Epílogo


Diez meses después

—Acabarás haciendo un surco en este antiguo suelo de piedra si no dejas de pasearte como un lunático. ¿Qué es lo próximo? ¿Sentarte en la esquina para empezar a moverte adelante y atrás como un loco? A ver si te tranquilizas.

Lancé a Sasuke mi mirada más dura y dejé de pasearme.

—Para ti es fácil decirlo, ahora que ya estás casado —repliqué con rencor —. Recuerdo el estado en el que estabas antes de pronunciar las palabras mágicas. Hubieras fumado los cigarrillos de tres en tres si no te los hubiéramos escondido donde no los pudieras encontrar.

Puso los ojos en blanco y movió la cabeza.

—Mira, chaval, todo pasará muy rápido. Comienzas a preocuparme.

—Me estoy mareando —grazné—. Necesito un vaso de agua.

—Creo que lo que realmente necesitas para estar bien es una botella de buen whisky escocés.

Asentí con la cabeza y respiré hondo varias veces.

—¿Qué hora es?

—Aproximadamente dos minutos más tarde que la última vez que me preguntaste. —Sasuke me propinó una fuerte palmada en la espalda, antes de hablarme al oído—. Vi a Temari ya preparada, con el vestido puesto, cuando eché un vistazo en la sacristía, donde están esperando las chicas.

—¿La has visto? ¿Cómo está? ¿Parece nerviosa? ¿Parece preocupada sobre...?

—Estaba preciosa y apenas parecía capaz de contener la impaciencia por estar casada contigo, a pesar de que te comportes como un orangután. ¿Tengo que darte un tranquilizante o algo?

—Te lo recordaré cuando Sakura esté dando a luz y tú te encuentres a punto de desmayarte. No te preocupes, entonces seré yo quien te ofrezca tranquilizantes.

Eso funcionó. Cerró su bocaza al instante. Movió los hombros como si quisiera liberar la tensión del cuello antes de volver a mirar el reloj.

—Bien, voy a ser sincero... La ceremonia es un jodido estrés lleno de memeces, y no puedo decirte lo contrario. ¿Lo bueno? Dentro de cinco horas podrás largarte para disfrutar de la noche de bodas, y eso es cojonudo. —Movió la mano en el aire imitando a un avión surcando el cielo.

Nos reímos a la vez por lo estúpidos que estábamos siendo y me sentí mejor al instante.

Llamaron a la puerta y la otra mujer que amaba asomó la cabeza.

—¿Puedo pasar un momento?

—Por supuesto —repuse, invitándola a entrar y besándola en la mejilla.

Sasuke se disculpó y nos dejó a solas. Ella comenzó a colocarme la chaqueta, alisándola, a ajustarme la corbata de aquella manera maternal que siempre había usado conmigo.

—Estás muy guapo, querido.

—Mírate tú —dije—. Pareces la hermana de Temari en vez de su madre. — Era una mujer hermosa, siempre lo había sido, pero ahora que había dejado de beber estaba impresionante. Su piel brillaba y parecía muy saludable.

—Oh, por favor, los dos sabemos que no es cierto. Sin embargo, querido, quería hablar contigo en privado solo un momento, para decirte lo profundamente feliz que me has hecho hoy, y todos los días desde que Gaara te trajo a nuestra casa. En mi corazón, siempre supe que Temari y tú teníais que estar juntos para ser felices. Siempre conocí vuestros sentimientos. Sé que cuando venías a verme te colabas en su habitación para tocar sus cosas. —Me sonrió con cariño—. Un poco de amor que tenía que manifestarse. Espero que perdones ahora mi intromisión para tratar de reuniros de nuevo, aunque creo que ya lo has hecho.

—¡Oh, mamá...! —Realmente no tenía palabras para expresar mi agradecimiento por lo que había hecho por mí. Por nosotros. Pero podía intentar expresar lo que significaba para mí—. Siempre me has hecho sentir como un hijo. Aquí dentro... —puse la mano en mi corazón—, lo soy.

—Sí, lo eres. Tengo dos hijos y una hija, y los quiero de la misma manera a los tres.

—Te quiero, mamá.

—Te quiero, hijo. —Respiró hondo y volvió a sonreír. Me imagino que estaba pensando en su marido y en que no estaba a su lado para nuestra boda. Me gustaba pensar que de alguna manera sí lo estaba. Que el amor que sentían en esa familia por él, hacía que estuviera en aquella habitación con nosotros para participar de la ocasión.

—Está aquí —susurré bajito.

Sonrió y asintió con la cabeza. Tenía los ojos empañados, pero dejó la tristeza a un lado y se puso manos a la obra como la mujer fuerte que era, que siempre había sido.

—Ahora tengo que regresar, he dejado a Gaara con Temari en la sacristía. Están preparados ya para dirigirse al altar. La acompañará y luego se colocará a tu lado, con Sasuke y Utakata.

—Me aprendí perfectamente el ensayo —le dije—. Tengo que acompañarte a la primera fila, ¿recuerdas, mamá? —Le tendí la mano.

—Eso haré, hijo. —Me estrechó los dedos y me acarició el codo con la mano—. Ha llegado el momento de que te cases con mi hija.

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Temari

—Señora Uzumaki, tu marido está muy cansado y desea que toda esa gente se largue y nos deje en paz para poder llevarte a la suite nupcial y comenzar con la noche de bodas.

—Bueno, creo que te has olvidado de algo... Casi todas estas personas se alojan con nosotros en esta gigantesca mansión que tienes, y estarán aquí mañana, cuando bajemos a desayunar.

—¡Oh, Dios! Esperaba que no aceptaran nuestra oferta. —Me acarició el cuello e inhaló hondo, haciéndome sentir un escalofrío.

—Te lo aseguro, tienen intención de dormir aquí. —Me reí.

Dejó caer los hombros, derrotado, y no pude evitar sonreír.

—Me encanta tu vestido. Es muy raro, pero resulta perfecto para ti. Te queda genial, por supuesto. Me gusta, sobre todo, la libélula.

Tocó con un dedo las alas perladas que se perdían entre el encaje azul que adornaba la parte posterior del vestido blanco de novia.

—Me preguntaba si dejarías a la vista el tatuaje —susurró.

Negué con la cabeza.

—No, no quería enseñárselo a nadie. Hoy, mi tatuaje es solo para ti.

Se sentó detrás de mí y apoyó la barbilla en mi hombro mientras me alimentaba con pequeños bocados de pastel de boda que ya estaba un poco deshecho. La mezcla perfecta de flores de cerezo de azúcar era demasiado bonita para comerla, pero eso no impidió que se diera buena cuenta de ellas. Por suerte, teníamos muchas fotos en el reportaje que Deidara Kamiruzu estaba haciendo de nuestra boda. Dei era un genio y sabía que aquella fecha tan especial para nosotros estaba siendo captada en su todo su esplendor, así que no me importaba demasiado el estado de la tarta. Lo que realmente importaba era que todo había salido perfecto.

—Me encanta que sea solo para mis ojos. —Me frotó el cuello con el pulgar, suavemente. Jamás dejaba de tocarme—. Te amo...

—Yo también te amo, y me encantan estas cucharas de plata. Creo que tenemos que usarlas todos los días, ¿no crees? —El regalo de Naruto habían sido dos cucharas de plata cada una con una cita «Y vivieron felices...» y «...para siempre jamás». Mi hombre tenía un gran don para encontrar lo inusual y exquisito, y me lo demostraba cada vez que podía.

—Sin duda, señora Uzumaki.

—Por cierto, después te daré una cosa —anuncié.

Él gimió.

—Oh, vaya, ¿no puede ser ahora, por favor?

Me reí de él.

—Si ni siquiera sabes lo que es.

Me acarició un poco más.

—Es un regalo tuyo, así que lo quiero ya.

—Pero, ¿qué hacemos con todos los invitados que disfrutan de la fiesta como si no tuvieran intención de marcharse jamás? —me burlé de él.

—¿Y si no se enteran de que nos vamos? —sugirió con la ceja arqueada.

—Estoy segura de que se darán cuenta de que los novios se van —aseguré con tono firme.

Suspiró y volvió a intentarlo.

—¿Y si me aseguro de que no notan que nos vamos?

—Pobrecito, creo que realmente debes subir la escalera para ir a la cama.

Su rostro se iluminó.

—Eres una buena esposa —dijo con una sonrisa que casi me dejó sin aliento. No me cansaba de mirar aquellos hermosos ojos azules que me ahogaban sin remedio.

—Gracias, es mi intención —repliqué, tomando el regalo que tenía para él. Se lo puse en las manos.

—¿Es mi regalo?

Asentí con la cabeza.

—Sí, capitán. Y creo que deberías abrirlo.

—Esta es la caja en forma de corazón en la que te entregué el anillo cuando te pedí que te casaras conmigo.

—Sí, es la misma cajita de plata.

Abrió el cierre y miró el interior. Solo había dentro un papel doblado que alisó entre sus dedos.

Alzó la cabeza y me miró.

—¿Estás segura, sunshine?

—Sí, dejé de tomarlas hace tres semanas.

Él bajó la mirada al papel, que no era otra cosa que la receta de mi médico para comprar las píldoras anticonceptivas, con un sello que ponía «canceladas». Había dibujado también algunas flores de cerezo rosadas y una libélula azul con mis escasas habilidades pictóricas. No era una obra de arte, pero se intuía de qué se trataba.

—Bueno, mujer, parece que tenemos trabajo que hacer... y mejor es ponernos ya manos a la obra.

—Estoy de acuerdo, capitán. Nuestras obligaciones pueden irse al carajo.

—Dios mío, eres absolutamente perfecta, sunshine —dijo al tiempo que me atrapaba y subía las escaleras conmigo en brazos.

Naruto atravesó la pista de baile, con mi vestido arrastrándose por el suelo, entre la multitud de invitados que nos despidió con aplausos y comentarios lascivos en cuanto se dieron cuenta de qué estábamos haciendo.

No creo que Naruto les escuchara, ni que supiera siquiera que había más personas en aquella habitación con nosotros.

Solo tenía ojos para su sunshine girl.

FIN