Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora


Capítulo II


Dos golpes en el estómago. Cayó al piso con la suficiente fuerza como para romper la mesa que estaba en el centro. Sintió su puño hundirse de nuevo en el estómago, algo dentro de él se revolvió. Ya había olvidado la pregunta, pero no la respuesta..."Es mi niña y hace todo lo que le ordeno" había dicho. Atrás Terry lo sostenía, escuchaba que gritaba algo ininteligible para él, pero intuía qué era. No podía lastimar al interrogado, no cuando apenas logró que Susana aceptara su asistencia.

-¡Quieres el maldito caso o no, Albert!-le gritó una vez qué lo separó y lo sacó a empujones de la sala para interrogatorios- Un maldito rasguño y lo perdemos todo -le advirtió

Albert pasó los dedos entre su cabello. Estaba ofuscado -¿escuchaste lo que dijo ese imbécil? - lo señaló desde el cristal. Terry vio al sujeto que medía apenas 1.65 pero pesaba casi cien kilos, también sintió rabia, pero no podía ser visceral.

-Lo escuché, Albert - dijo -pero cometiste un error, uno de principiante y lo sabes

El rubio volvió a resoplar. Se remangó el puño de la camisa, la que cayó luego de propinarle esos dos golpes al "cerdo" como él lo llamaba. Respiró más tranquilo. La puerta se abrió, Susana llegaba con una carpeta en las manos. Miró la camisa remangada de Albert y al otro lado del cristal al sospechoso que estaba en el piso, sin recuperar todavía el aliento.

Frunció el ceño, Albert lo notó, pero no dijo nada. Pensó en lo que Terry le había dicho...y era cierto, cometió un error...se estaba involucrando más de la cuenta en el caso...y aquel sujeto lo supo, supo que de algún modo había quedado prendado de los ojos esmeraldas de Candy. Pero Albert no era como él, no...no era lo mismo.

-Acepté su apoyo para meter a este sujeto tras las rejas -dijo mirando más bien a Terry - no para que me acusen de confesión bajo tortura y me quiten el caso.

-Descuida, no volverá a pasar - dijo Terry - ¿cierto, Albert? - lo miró con seriedad. El rubio asintió. Ella puso sobre la mesa varias fotografías. Fueron tomadas de la casa de Thompson. Tanto él como Terry las tomaron para mirarlas con atención. Albert las veía sorprendido, como si fuera la primera vez que veía el lugar. Recordó el momento en que entró; todo estaba oscuro y había un olor a humedad muy penetrante. La pintura de las paredes se veía opaco, trató de recordar. En su mente todo se veía gris, pero en las fotografías se veía tan claro; en el papel el lugar se notaba más grande a como lo recordaba.

Había muchos muebles atestados de ropa. Pero hubo una foto que le llamo especialmente la atención, una donde aparecía un cartón sobre el piso con una cobija extendida encima que apenas cubría la superficie color café y junto a él un vaso de refresco de McDonalds con una rosa blanca adentro. La sostuvo en su mano por largo rato hasta que Susana habló

-Ahí dormía, Candy - dijo

Albert sintió que su corazón se partía en miles de pedazos cuando la escuchó decir aquello. Terry se acercó a mirar.

-¿qué dice el peritaje, encontraron rastros de otras mujeres o niñas adentro? -preguntó. A Albert se le figuró que la pregunta era demasiado fría, pero así debía ser...es su trabajo ¿no?

Nos corrieron del cuarto que ocupábamos las tres de una forma muy cruel. Arrojaron nuestras cosas a la calle y cambiaron la cerradura de la puerta. Aquella noche buscamos un refugio, fuimos a un asilo para indigentes. Vivimos ahí un tiempo. Annie iba conmigo al trabajo, yo la llevaba porque no quería dejarla sola y la escondía en la bodega, ahí se quedaba callada hasta que era mi hora de salir. Después nos descubrieron y terminaron corriéndome porque pensaron que robábamos comida, no era verdad. Aquella ocasión Annie se enfermó y yo, sólo tomé un poco de agua caliente para preparar un té. El asilo estaba bien, pero no para una niña, así que pensé en algún modo de sacar a Annie de ahí...

Albert sonrió con pesar al recordar la declaración de Candy..."el asilo estaba bien, pero no para una niña" Ella misma era una niña que había sido obligada a entrar a un mundo de adultos tan violento como triste.

-Todo parece indicar que había más mujeres o niñas viviendo ahí, pero también todo estaba limpio. Toda la ropa que se ve en las fotos estaba recién lavada, aunque no lo parezca. Incluso los juguetes, todo está lavado ahí.- contestó Susana señalando las fotografías

-¿qué hay de las fotos colgadas en la pared y en las repisas? -volvió a preguntar Terry

-Son recortes de revistas, no hay nada

Cuando el caso llegó a manos de Susana, se hizo cargo de buscar un lugar seguro lo más pronto posible. De acuerdo con las leyes, Candy era testigo principal de un caso de delito sexual, "trata de personas y pederastia" según lo tipificó el fiscal Archibald Cornwell, por lo tanto, ninguna de las menores debía quedar desprotegida. Albert ofreció su casa de inmediato, pero Susana lo rechazó, así que asignaron una casa de seguridad: una casa de asistencia cerca del departamento de investigación. A Albert no le gustó mucho la idea, el ambiente por esa zona no era el más adecuado, pero se comprometió a cuidarlas. Dormiría incluso en su oficina, si era necesario.

-¿qué hay de Candy? - preguntó Susana mirando a Albert con cautela- ¿agregó algo más a la declaración que les dio ?-esta vez miró a Terry, quien negó en silencio

Albert lucia más pensativo...

-¿cómo conocieron a Thompson? -preguntó Terry

-Era el que repartía la comida en el asilo...

Iba de manera intermitente. Había semanas en que no llegaba y otras en que aparecía sonriente y amable. Era generoso Candy y con Annie, estaba atento a ellas, a sus necesidades, les preguntaba por sus padres...su día, sus gustos...

-Cometí el error de confiar en él, un día me invitó a salir y como yo no dejaba a Annie sola por ningún motivo, fuimos al cine los tres. Esa noche fue maravillosa para nosotras, las palomitas de la función fueron nuestra única comida del día...

-Ella ya dijo todo lo que tenía que decir, no sabe nada, no puedes tratarla como cómplice - contestó Albert secamente

-No será tratada así, Albert, sólo...sólo quiero que diga todo lo que sabe

-¡Ya lo ha dicho, Susana!

-Oye, tampoco le grites a mi esposa - advirtió Terry

Albert respiró profundo y se disculpó

-Necesito que insistan, ustedes son las únicas personas con quienes hablará...-dijo- quiero que vuelvan a interrogarla

-¿a qué te refieres con las únicas? -preguntó el rubio inquieto

-Cuando volví para tomar su declaración, me dijo que ya la había dado al agente Andrew...

Yo confío en él, prometió que nada nos pasaría, que todo iría mejor para nosotras y yo confío en él. No voy a decir nada que nos sea frente a él y a su compañero, Terry Grandchester.

Susana no tuvo más que hacer, se despidió y les aseguró que Albert y Terry estarían ahí en cuanto terminaran de solucionar algunas cosas más. Mientras caminaba rumbo a la salida, alcanzó a ver un trozo de papel arrugado que sobresalía del vestido de la joven, reconoció la fotografía y sonrió. Recordó aquella noche. Fue la graduación de Albert y de Terry del Colegio San Pablo, el colegio más costoso de todos. Aquella noche Albert había sido presentado a la sociedad inglesa como el heredero legítimo de la familia Andrew, el recién graduado del Colegio más prestigioso de Estados Unidos. Se graduó de Economía para tomar posesión de su lugar, pero al final...no fue así...

-Y eso hizo, dijo todo lo que tenía que decir

-Por favor, Albert, sabes cómo es esto y que tendrá que volver a hablar con el fiscal, frente al juez y frente al jurado. No puede sólo hablar contigo -contestó Susana alterada

-Tranquila, Susi, lo entendemos -intervino Terry -pero comprende, es una niña y sólo sabe que debe proteger a su amiga, dale tiempo

-Pues tiempo es lo que no tenemos si queremos hundir por cincuenta años a ese bastardo -advirtió Susana -además primero sugeriste llevarlas a tu casa, ¿cómo es que ahora no vas a verlas? - se dirigió a Albert

Él no contestó, sólo atinó a mirar a Thompson que no hacía nada más que retozar sobre la silla. Frunció el ceño y apretó los puños, quería golpearlo, quería entrar otra vez y golpearlo de nuevo hasta que se cansara. Susana lo miró de espaldas. Tomó las fotografías y se dirigió a la sala no sin antes mirar a Terry y advertirle ...

-Que no se encariñe con ella.


Llevaba dos horas estacionado frente a la casa segura que habían asignado a Candy y a Annie. Había dos oficiales vigilando la entrada del edificio, precaución que a él le pareció ineficiente, sobre todo porque vio a sus compañeros de profesión fumar y comer un par de donas. No parecía que estuvieran vigilando. Eso le molestó, hizo una nota mental: hablar con Susana para proteger a Ca...a las víctimas.

Sujetó el volante del auto son suficiente fuerza. No lograba entender por qué los ojos de la niña se le había grabado en su cabeza.

-¡Rayos! - soltó -¿qué me pasa?, sólo es una niña -se dijo

Pero tampoco pudo responderse. Intentaba explicarse cómo es que llevaba dos horas en su auto esperando salir y entrar para interrogar a Candy y a Annie, no entendía de dónde le venía todo ese nerviosismo...o quizás miedo. Maldijo a Terry por no estar ahí, por dejarlo solo y maldijo al médico de Susana por haberles citado justo el día en que tenían que interrogar a Candy. Pero ya estaba ahí y debía hacer su trabajo.

Respiró profundo, buscó su libreta entre la guantera del auto, se aseguró de ocultar su arma entre la ropa, cogió el celular, se colocó los lentes de sol y salió. Cruzó la calle con cierta normalidad. Cualquiera que le hubiera visto diría que parecia un hombre bastante rudo, aunque él temblara por dentro. Llegó hasta el piso y número de departamento que Susana le indicó y esperó algunos segundos a que la puerta se abriera.

- ¡Detective, bienvenido! -contestó Annie - pase, lo estamos esperando

Él saludó en silencio y en silencio entró. El pequeño pasillo lo inquietó un poco por la poca luz que había, lo que le recordó que debía quitarse los lenes de sol; cuando pasó a la estancia el lugar estaba más iluminado. De la pequeña sala salía Candy a recibirlo con una gran sonrisa y un vestido color añil. Un color y estilo muy adulto para su edad, le molestó verla así, ese color de vestido no permitía que el esmeralda de sus ojos brillara lo suficiente y el talle de la cintura resaltaban el cuerpo delicado que se estaba formando. Tal vez haya hecho un gesto excesivo y grotesco para su perfil que Candy interpretó como una señal de despreció hacia ella y, aunque ciertamente había sido un signo de rechazo, iba dirigido al vestido que minimizada la verdadera belleza y ternura de la joven.

- Bienvenido, nos dijo la detective Marlow que vendría a vernos ...-dijo- es decir a interrogarnos

- Sí -contestó secamente. La miró por unos segundos que le resultaron realmente largos, pero la joven no atinaba a ser buena anfitriona, nunca nadie la había visitado mientras vivió con Thompson; además, los nervios la mataban, el detective le resultaba atractivo. No sabía bien qué hacer o qué decir. Las manos le sudaban y tampoco atinaba a ver otra cosa que no fueran sus ojos azules. Cuando la detective Marlow las llevó a comprar ropa, ella escogió ese vestido porque el color le recordaba la mirada protectora y reconfortante del detective Andrew. Ahora pensaba que no había sido una buena elección.

Annie, que aún permanecía de pie entre ambos, fue la que invitó al detective a tomar asiento y ofrecerle algo de tomar...

-No tenemos café, pero sí tenemos una variedad de té que nos ha encantado -terminó por decir la pequeña Annie.

Candy se sonrojo por su falta de atención. Albert sólo sonrió y tomó asiento en el mismo sitio en el que se había sentado la detective Marlow hace ya varias semanas. Candy se sentó frente a él mientras Annie se fugó a la cocina disculpándose, así pudo observarla más de cerca, y como el día en que la conoció, el tono y posición de sus pecas le causó una gracia que no supo cómo asumirla. Se obligó a aceptar que aquello era ternura, una ternura que cualquier niño queriendo vestirse como adulto causa en otro.

-La detective Marlow nos dijo que nos interrogarían, de nuevo - Candy rompió el silencio

-Necesitamos aclarar algunas cosas -entró en materia, debía controlarse, estaba frente a una niña de quince años -la detective Marlow necesita más información que pueda ayudarnos en el caso.

-Sí, eso nos dijo -contestó con un dejo de tristeza, le pareció que el cambio de humor en el detective había sido abrupto - pero no sé qué más quiera saber, lo hemos dicho todo, a usted y al detective Grandchester

Albert le habló sobre las fotografías que Susana les mostró luego de los peritajes en la casa de donde fueron rescatadas. También sobre la cantidad y variedad de ropa que encontraron, la mayoría de mujer. Candy no decía nada, sólo escuchaba en silencio y sin ninguna expresión, esto le preocupó en demasía, quiso buscar emociones en Annie, pero la niña sólo miraba sus manos sobre las piernas desde que llegó con las tazas de té. Comprobó que Susana tenía razón, había algo...no, más bien, había mucho más que Candy y Annie no estaban contado.

-Candy, sólo quiero ayudarlas, pero para hacerlo necesito que me cuenten todo -las miró a ambas- porque no lo harán sólo una vez, sino varias veces más

-¿cuantas más? -preguntó Candy apresurada - ¿a quiénes?

-No sé decirte cuantas exactamente, pero por ahora a mí, a la detective Marlow y al fiscal -contestó Albert habiendo notado la tensión que mostró Candy cuando pregunto

-¿a...tantas personas? - esta vez su mirada pareció perderse en algún sitio. Sus ojos apuntaban a él pero no estaba mirándolo, apenas se daba cuenta de que ahí seguía. Albert se preguntó qué cosa habría ensombrecido así su mirada

-Lo lamento, pero así es el procedimiento - dijo sin quitarle la mirada de encima -si el fiscal ve la posibilidad de armar un caso, lo llevará a juicio y entonces...tendrás que testificar frente a un jurado

Sólo hasta ese momento la chica volvió a ser consciente de que el detective estaba sentado frente a ella. Pudo distinguir la mirada de terror. Sintió un impulso casi irrefrenable de levantarse, cruzar la sala y abrazarla y cubrirla con su cuerpo para que nada ni nadie pudiera tocarla, pero sólo apretó con fuerza el lápiz en su mano y se quedó donde estaba, sentado, rogando paz con sus ojos esmeraldas.

-¿qué pasa si Candy no cuenta nada de lo que sabe? - preguntó Annie acongojada- ¿lo dejarán libre?- sólo hasta que la niña habló Albert apartó la mirada de Candy que ya empezaba a dejar escapar un par de lágrimas

Primero negó con la cabeza-no lo permitiría -dijo - pero ayudaría mucho que Candy pudiera declarar en su contra

-No puedo -dijo ella de repente. Albert la miró confundido y añadió

-No estás, ni estarás sola

-No es cuestión de estar o no sola, simplemente no puedo, no quiero. Ya les conté todo lo que sabía, ya les dije que me obligó a casarme con él, que me amenazó con Annie, que un amigo suyo consiguió falsificar documentos para que nuestro matrimonio fuera legal, ya les dije el nombre de todos los que lo ocultaron, que aprovechó nuestra situación porque somos huérfanas...-respiró hondamente -que...que me...que...

Albert la miraba consternado...la miró temblar, sus manos temblaban, sus piernas temblaban, su pecho temblaba, su voz también y no era sólo falta de aire. Se llevó las manos al rostro para ocultar su furia, su impotencia. Annie la abrazó. Candy la sujetó fuertemente.

-Per..perdona, Candy, pero tengo que preguntarlo - anticipó Albert sin mirarla de nuevo

-¡Ya le dije que no quiero! - soltó a Annie - ¡no lo soporto! -Albert la miró aterrado

-¿qué no soportas? - se levantó de golpe, ella guardó silencio, Annie le sujetó la mano como apoyo - ¡Te hizo algo!

-La golpeaba - respondió Annie frente a una Candy temerosa. Albert terminó por partir en dos el lápiz que tenía en su mano. El sonido que hizo al quebrarse hizo que un impulso nuevo lo inundara por dentro; no sabía si se sentía aliviado, pero un nuevo tipo de furia se acrecentaba en su interior. Se hizo un silencio que le resultó abrumante. Ni Annie ni Candy hablaban, sólo atinaban a controlar sus respiraciones. Albert entró en un sopor desesperante. Quería saber qué era lo que realmente había pasado. Intentó serenarse. Buscó con la mirada los pedazos del lápiz roto y volvió a sentarse; con un movimiento de su mano que a Candy le pareció galante, las invitó a sentarse. Annie miró a Candy sentarse y la imitó.

-Entiendo que esto es difícil para ambas - empezó a hablar con un tono sereno - es comprensible que no quieran saber nada de su vida antes de ahora, pero...-respiró - aunque daría todo para que así fuera, esto aún no termina. Es un proceso largo, sólo les pido, les suplico que reúnan todas sus fuerzas para tolerar lo que viene y les garantizo que Thompson no volverá a tocarlas, en ningún sentido.

Se detuvo abruptamente, sintió que el aire le faltaba. Miró de nueva cuenta a Candy, buscó otra vez sus ojos verdes, no estaba seguro de lo que veía, pero al menos notó que había dejado de temblar.

-él - empezó - engañaba a mujeres, les mentía, como a mi. Cuando me ofreció matrimonio, dijo que sólo era por protección...

-Pero no fue así realmente...-la invitó a continuar

-No - hizo una mueca - legalmente estábamos casados, pero él tenía todos los documentos, ante todos, o más bien ante todas, Annie y yo éramos sus hijas, cobraba nuestros cheques de la asistencia social.

-¿qué hay de las mujeres a las que mentía? -preguntó Albert volviendo a retomar su posición de detective -dijiste que engañaba a mujeres, ¿las secuestraba?

- Algo parecido, todas eran extranjeras, inmigrantes que habían perdido a su familia o solo no tenían autorización de trabajar en el país. Él las - Se detuvo - ¿puede Annie no estar aquí?

Albert asintió y la pequeña, contra su voluntad, fue a otra habitación. Entonces Candy pudo continuar.

-Él las vendía, las prostituía con políticos. A su departamento llegaban en mal estado, golpeadas, drogadas, sangrando; nuestra casa era el hospital de una casa de citas de la gran manzana. Annie y yo las curábamos y las cuidábamos hasta que se recuperaban, luego se iban; algunas volvían peor que la primera vez y otras jamás regresaban.

-por eso la ropa que guardaban -dedujo, Candy asintió

-Cuando la ropa empezó a acumularse, nos envío a Annie y a mí a donarla; eso hacíamos hasta que en los dispensarios empezaban a preguntarnos de dónde sacábamos tanta ropa y es que había ropa de todo tipo: decente y ropa...lujosa, vestidos de fiesta muy caros.

-¿Que hacían cuando empezaron a dejar de donarla?

-La regalábamos a gente sin hogar o que vivía en las calles

Albert respiro profundo, no quería, pero debía preguntarlo. -¿por qué te golpeaba?

-por varias cosas, porque les daba carne y verduras a las que llegaban enfermas o porque compraba mejores cosas de comida para ellas; o porque al cobrar el cheque de la asistencia me quejé con la trabajadora social...me jalo del brazo antes de que pudiera contar a lo que realmente se dedicaba...aquel día cuando llegamos a casa, sentí un golpe mudo y seco sobre mi mejilla...

Había pocas cosas que realmente disfrutaba con una sincera emoción infantil y eso era el amanecer, sobre todo porque siempre pensó que la salida del sol haría que todo fuera nuevo, haría que el día anterior fuera olvidado si había sido malo, sus rayos daban nuevos bríos a las flores que levantaban sus pétalos para espantar el rocio que las bañó durante las horas oscuras; y a ella le daba fuerzas, las fuerzas que necesitaba para levantarse cada día y no dejar que ninguna mujer muriera. Pero aquel día, ese día...ni los primeros rayos del sol que cruzaban su ventana le dieron ese empuje que necesitaba para levantarse, no podía; el cuerpo le dolía, sobre todo la cabeza. Apenas abrió los ojos miró su mano rosando los pétalos enlodados de su rosa. Miró las dos manchas rojas sobre el cartón en el que dormía y escuchó dos golpes sobre la puerta..."Candy...Candy" escuchó que le llamaban. "Annie..." reconoció su voz...

El foco que alumbraba el pasillo de la entrada del edificio se apagó de repente. Caminaba a oscuras, le sorprendió que la luz del día no fuera suficiente. Tropezó con algo o tal vez fue con sus propios pies, no supo. Se sostuvo con una mano en la pared, se recargó en ella un momento. Respiró profundo, una vez más, guardó el lápiz partido a la mitad en la bolsa de su pantalón, se colocó los lentes de sol y volvió a emprender la marcha. Empujó la puerta. La luz del medio día atravesaba también las micas oscuras de sus lentes. Saludó con la mano los dos oficiales y caminó a su auto.

Amenazó con vendernos, dijo que había políticos que pagarían mucho dinero por dos vírgenes

Tomó su teléfono para llamar a Terry...

Se casó conmigo para amenazarme, dijo que era de su propiedad y que sólo me cuidaba para entregarme

el tono crepitante de la llamada sonaba sin que al otro lado Terry contestara...colgó y volvió a intentar

dijo que un diplomático extranjero ya había pagado por mí

Otra vez ese tono que no hacía más que sacarlo de sus casillas

¿te entregaría cuando cumplieras la mayoría de edad?

-Albert, lo siento hermano, estábamos en medio de la inseminación...los doctores dicen que esta vez puede darse

-Me alegro por ambos, Terry, pero -volvió a respirar - hablé con Candy

-¿Te dio su declaración?

No, lo haría cuando tuviera quince

-Sí

Pero, tienes quince años, ¿no?

-y ¿tenemos un caso para Archie?

Aquel día en que te conocí, fue mi cumpleaños número quince...había planeado nuestra fuga junto con las chicas, aquella noche me iba a entregar a un desconocido que había pagado por una virgen de ojos esmeralda.

- QUIERO A ESE DESGRACIADO MUERTO, TERRY...LO QUIERO MUERTO - gritaba al teléfono. Del otro lado, Terry escuchaba sin decir una sola palabra. Susana lo miraba expectante, cuando colgó la miró frunciendo el ceño...ella preguntó...

-El día en que Albert conoció a Candy, la iban a vender a mi padre

-¿Qué?


CONTINUARÁ...