Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora


Capítulo IV


Las campanas del Colegio San Pablo se escuchaban estruendosamente. Candy pensaba que era un ruido sobrecogedor, le extrañó que hasta tales tiempos una estructura tan antigua siguiera teniendo semejante templanza. Ni las campañas de las catedrales góticas en su ciudad sonaban tan fuerte como la campana para despertar a todos los alumnos a primera hora de la mañana.

Se desperezó entre las sábanas de su cama y talló sus ojos para despertar por completo, el frío que sintió al salir de la cama la hizo soltar un súbito escalofrío. Corrió las cortinas de la ventana y miró no sin asombro los jardines. Estaba de acuerdo con Annie, aquel lugar era impresionante, nunca pensó que ella pudiera estudiar en un sitio como ese, y aunque los primeros meses se sentía fuera de lugar, lo cierto es que los amigos que logró hacer la ayudaron mucho.

Los días de visita los esperaba con ilusión, tuvo la impresión de que el detective Andrew iría a visitarla algún día, porque eso fue lo que les prometió cuando las dejó en el aeropuerto junto con Susana y Terry

Por supuesto, Annie, iré a visitarlas, les mostraré los mejores lugares del colegio y puede que hasta escriba alguna carta para desearles un buen año escolar...

Eso fue lo que dijo, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Los días de visita sólo llegaban Susana y Terry, después fue sólo Terry porque Susana no podía viajar, por su estado. La última semana del mes pasado, llegaron ambos con la pequeña Sofia en brazos. Annie se mostraba muy emocionada y contenta con la pequeña, Candy también estaba enternecida, pero cada mes de visita sus ilusiones de ver a Albert entrar por la puerta del colegio se le iban apagando.

Se moría de ganas por preguntar por él, pero no tenía el valor. Sólo Annie de vez en cuando preguntaba a Terry, era una pregunta rápida y recibía una respuesta igual de rápida "¿Está bien el detective Andrew?" preguntaba, "Sí, lo está" contestaba y la charla seguía hacia otros asuntos casi siempre relacionados con sus notas y su desempeño en la escuela. Así se fue un año que para Candy fue el más largo de toda su vida. Cada noche se iba a la cama con un trozo de esperanza menos. Hasta esta mañana en que había despertado por el estridente ruido de las campanadas y decidió que haría un último intento por saber de él.

Jamás había preguntado a Terry o a Susana por él, tampoco quería hacerlo; pensó que la juzgarían mal. Pero esa mañana era su cumpleaños y quería regalarse la noticia de saber cómo estaba y qué estaba haciendo Albert, así que se vistió y antes de empezar sus clases escribió una breve carta dirigida al rubio. No sabía dónde vivía. Por los comentarios entre sus amigos y los pasillos se enteró que venía de una familia muy importante y que tenían castillos, aquello la sorprendió y ahora se arrepentía de no haber preguntado más. No tenía idea a dónde enviar la carta. No quería dársela a Terry o a Susana porque seguro no se la entregarían o pensarían que era extraño que le escribiera una carta cuando él nunca había preguntado por ella. Así que terminó por enviarla a la comisaría, sin remitente.

- ¿por qué no le pides a Terry que la entregue? trabajan juntos - preguntó Annie- ¿o por qué no le llamas por teléfono?

Caminaban hacia la oficina de correos y telegramas. La chica había pasado por ella para ir juntas al comedor antes de la primera oración del día. Candy tuvo que decirle para quién escribía la carta porque no dejaba de atacarla con preguntas. "Sólo es para saludarlo y decirle que nos gusta el lugar" le dijo, y no era una mentira. No tenía mucho que escribirle así que básicamente, eso escribió.

-Porque no tiene caso molestarlo, sólo es una nota, no quiero que piense que es importante.

-Pero Candy, no lleva remitente - advirtió cuando Candy echaba la carta al buzón - ¿cómo sabrá que eres tú?

-Oh, cierto, lo olvidé - fingió- bueno, en la carta hablo del colegio y de ti, seguro sabe quién soy, ¿no?

-Sí, tienes razón

-Vamos a desayunar

Volvieron juntas. Tenía un nudo en la garganta y en el estómago de sólo imaginar su carta en las manos de Albert...Respiró profundo para evitar los nervios, el correo todavía no salía y sentía que ya le faltaba la respiración.

Cualquiera diría que eran las reacciones normales de una adolescente. Cumplir diecisiete no refleja un signo significativo de adultez, opero Candy estaba feliz de cumplirlos porque estaba un año más cerca de la mayoría de edad. Todo el mundo le decía que era una jovencita muy bella, había tenido alguna que otra propuesta de noviazgo por los estudiantes del colegio, pero un aura de misterio en su mirada dejaba el registro de que su pensamiento y sus ideas estaban en otra parte, concentradas en un lugar distinto y lejano.

No aceptó ser novia de nadie, tampoco aceptaba las invitaciones a salir. Las celebraciones se juntaron con otros dos alumnos del colegio que cumplían años el mismo día. Hubo banquete especial para ellos y disfrutó del festejo. "El último" pensó "Antes de empezar a ser una adulta de verdad" se dijo.

Terry y Susana le enviaron un par de regalos: libros, ropa y un cuaderno que incluía una pequeña nota escrita a computadora: Para que ningún recuerdo se pierda, sin firma, sin nombre, como el año pasado. Seguro era de Susana, apreció el gestó y escribió su nombre en la primera hoja

De Candy White

Y empezó a escribir:

9 de noviembre

Albert, hoy fue mi cumpleaños número diecisiete. Como hace un año, nos celebraron a los mismos alumnos, en el comedor. Nos prepararon nuestro platillo favorito. Yo pedí pizza, aquí no se acostumbra, pero hicieron una especialmente para mí. Terry y Susana enviaron regalos, muy bonitos todos. Entre ellos, un cuaderno más que ahora empiezo a usar...

El cuaderno tenía un diseño poco común, estaba forrado en piel color carmesí. Le gustaba, pero también pensaba que era un regalo muy inusual para los gustos de Susana. La ropa que le enviaba siempre tenía algún detalle alegre y delicado; el cuaderno, por otro lado, parecía desentonar con esos detalles femeninos y muy bien cuidados. Por algún motivo le recordaban a Albert, por ello escribía para él; sin esperar a que llegara a leerlo en algún momento, sólo lo hacía para quitarse la ansiedad de encima.

Aquel día terminó sin ningún contratiempo. Albert no la visitó ni tampoco envío una nota de felicitación.

-Debió haber conocido a alguien -habló sola frente al cuaderno abierto...

Quisiera pedirte que no nos olvides, Albert. Quisiera que no me olvidaras...

Fue lo último que escribió antes de abandonar la rutina de escribir cada noche a un Albert que la escuchaba, aunque no le respondiera. Luego de aquella noche, el cuaderno fue ocupado por las varias notas que tomaba en clase. La vida de una adolescente cualquiera no era algo que le llamara la atención, había carecido de esas frivolidades, pero ella y Annie se adaptaban lo mejor que podían.

Candy poco a poco iba dejando que la imagen de Albert rescatándola del encierro y el abuso se fuera disipando. En poco tiempo parecía sólo un mal sueño, como lo había descrito Susana. Las terapias a las que asistían en el colegio por decreto del juez las ayudaron mucho, aunque la rubia jamás externaba ese afecto especial que conservaba para el detective Andrew. Decidió quedárselo para ella. Decidió que fuera una linda reliquia de una bella ilusión...

Hasta que Terry fue por ellas para que saludaran a una saludable Sophie Grandchester.

QUIERO que sepas
una cosa.

Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan

-Así que, te gusta la poesía, Candy

Levantó la mirada confusa y dispersa a causa del reflejo de la luz del sol sobre la hoja blanca del libro que traía en sus manos. Había tomado la costumbre de empezar a leer poesía, sobre todo porque le recordaban sensaciones que aún se negaba a dejar ir para siempre.

-Sí, bueno, no he leído demasiado...yo sólo...

-Es bueno que te guste -sonrió rápidamente y se dedicó a mirar el paisaje por la ventanilla del auto. Mientras Annie informaba a Terry sobre las ávidas lecturas poéticas de la joven, ella miraba el adoquín de las calles. Pensó que nada de lo que estaba mirando se parecía a lo que ella llamaría hogar; las casas, los jardines, las calles, todo parecía diferente, lejano y extraño a ella. Era la segunda vez que visitaban la casa de Terry y Susana en Escocia y le parecía que esta vez se sentía aún más extraña que la primera.

"ganó un concurso de tertulias, aunque no hubo muchos participantes, Candy ganó el primer lugar..."

-Annie, no cuentes más por favor...

-Pero por qué no, eso me parece fenomenal -Candy volvió a mirar por la ventana -las hermanas no nos informaron de este pequeño concurso, te habríamos felicitado...

-Fue pequeño, sin importancia, por eso no había que informar nada -dijo sin dejar de mirar a las personas que iban dejando atrás. Pensó que este no era su mundo, no importaba cuánto se esforzara...nunca lo voy a alcanzar...

-No debes echar en saco roto este talento tuyo, Candy -la joven miró seria, por primera vez, al piloto del auto -Debes cultivarlo, conozco a una persona que le gusta mucho la poesía y le encantará saber que escribes

- ¿al señor Archibald? -preguntó -ya lo sabía, él me regaló Romeo y Julieta

-No, no, -interrumpió- claro que a él le gusta la literatura, pero él es un poco más clásico - el auto se detuvo frente a una casa de dos plantas, sencilla, acogedora y con muchas flores en las ventanas. A Annie le pareció muy pintoresca, notó cuánto habían crecido las flores. Candy no dijo nada, sólo se limitó a mirar. Ella no podía recordar las flores, sólo tenía enfrente el color azul de los ojos del detective que las había dejado en la puerta de aquella casa, sin entrar a tomar algo "¿Ni un poco de té, Albert?" le había insistido Susana aquella vez, pero se rehusó "Tengo que volver, la estación no puede quedarse sin turno ahora que Terry y tu estarán ausentes"

- ¡Vamos, Candy, no te quedes ahí, ayúdame a bajar las maletas!

-Ya voy, Annie - volvió en sí

-Déjame ayudarte con eso -Terry le quitó las maletas de las manos -vamos entren a casa, Susana debe estar esperándolas

-Disculpa, Terry -caminó a sus espaldas

-Dime, Candy

- ¿Quién es ese amigo tuyo que no tiene gustos clásicos?

-Ah, claro - Susana ya había abierto la puerta y abrazaba a Annie - Es Albert

- ¡Candy, qué gusto verte! - Se entregó al abrazo de Susana como si su alma se le fuera a salir del cuerpo. -Me da gusto que estén aquí, espero que puedan disfrutar de sus vacaciones y de tu último año de escuela

-Mi, mi último año-repitió confundida- ¿significa que ya soy adulta?

-Claro, el próximo año debes entrar a la universidad, no puedes ser una niña por siempre, ya eres toda una jovencita.

- ¿a la universidad?

- ¿no me digas que no has pensado a qué universidad irás?

-Yo...pues no

-Pues debes ir pensando- entraron hasta la cocina, donde Susana las había llevado para tomar algo y comer un poco luego del viaje

-La pobre Candy ha estado estudiando mucho este año, Susy

-Bueno, no tanto, me he esforzado

-Lo sabemos querida, tus calificaciones son muy buenas, seguro puedes entrar a cualquier universidad.

- ¿alguna idea de lo que quieres estudiar? -preguntó Terry que también tomaba un vaso con agua. Candy negó con la cabeza

-No te preocupes, Candy, aun tienes tiempo para pensártelo bien...tal vez en la fiesta de Sophie puedas hablar con Albert y con Sarah, y tener más opciones...

- ¡Fiesta! - le alegró Annie -lo que me recuerda, ¿dónde está ese pequeño bodoque?

-Arriba, tomando la siesta -contestó afable Susana- vamos a verlo

"Terry y Susana las cuidarán bien, ellos les darán todo lo que necesitan"

- ¡vamos, Candy, date prisa, no te quedes ahí como estatua!

"Yo, las visitaré cuando pueda"

- ¡Mírala, parece un angelito, verdad Candy!

"vendré a verte, lo prometo"

-Es linda, felicidades

-Bueno, la fiesta también era una pequeña sorpresa, porque pensábamos celebrar el cumpleaños de Candy junto al de Sophie, pero, claramente Susana no sabe guardar secretos

- ¿y vendrá el detective Andrew? - preguntó Annie, Candy sintió que las rodillas le sonaban como castañas

-Claro, él y su familia vendrán

- ¿tiene fa...familia? -disimuló curiosidad inocente frente a la cama de la pequeña -no sabía que se había casado

-No lo ha hecho- contestó Terry -viene con su tía abuela, su cuñado y su prometida

-Oh, vaya ...

"vendré a verte..."

- ¡al fin el detective Andrew encontró el amor! -se alegró Annie

"lo prometo"


Era la tercera vez que revisaba su vestido. Lo planchaba una y otra vez con sus manos. Se lo había regalado Susana, lo mandó a confeccionar para su cumpleaños pero no alcanzaron a enviarlo al colegio. Le gustaba la soltura de la falda y el corpiño ceñido a su cintura y a su busto. Aunque le parecía un estilo todavía naif, le gustaba la textura del terciopelo y el color verde. Pensó que con aquel vestido podría llamar la atención del detective Andrew. A pesar del corte podía resultar atrayente para alguien como él; tal vez tuviera la suerte de recibir un halago de su parte; quizás un "qué lindo vestido, Candy" o "cuánto has crecido" Era posible que hasta tuvieran una conversación mucho más seria y larga que las que tuvieron antes de que ingresara al colegio San Pablo. Podía imaginarse muchos escenarios en los que sólo ella y el detective tenían cabida, hasta que Annie la sacó de su imaginación recordando que sólo era una pequeña reunión para el festejo...

-No es una pasarela o alguna especie de alfombra roja, Candy, no tienes que pasar una hora viéndote al espejo - le dijo golpeando el piso con desesperación- yo también lo necesito

-No tienes que ser grosera, Annie - se hizo a un lado - además no he estado más que cinco minutos frente al espejo

-¡cinco minutos!- casi gritaba mientras peinaba su cabello con una trenza - ¡por dios, Candy, te has estado arreglando desde las nueve de la mañana!

- Bueno, no pasa nada que quiera verme bien - dijo la chica hurgando entre el joyero que compartía con Annie en busca de un par de aretes que le combinaran

-Ya eres preciosa, Candy, no necesitas esforzarte más

-Lo lamento, Annie, yo sólo quiero verme bien

-Candy - la miró soltando la trenza hecha -Entiendes que no es para ti, ¿verdad?. Es mucho mayor y ya tiene una pareja

-No sé de qué hablas - encontró un par de pendientes que Terry le regaló por sus buenas nota. La joven castaña suspiró, si había algo que le molestaba de Candy era que la tomaba como una niña tonta. Es cierto, era algunos años menor, pero no era ninguna ingenua. Juntas ya habían pasado por mucho y la conocía bien. Y si hasta ahora no había dicho nada era porque no quería herirla, pero si la rubia empezaba a estancarse en una lucha desigual con una mujer mucho más madura que ella, por ganar el beneficio de un hombre mayor, debía detenerla.

-Está bien, Candy - le dijo tomando su abrigo - sólo decía, no te pongas nerviosa - salió de la habitación - apresúrate, seguro Terry esta desesperado por tratar de ayudar a Susana, iré a ayudar con Sophie.

Candy esperó unos minutos antes de salir, lo que Annie había dicho le trajo el recuerdo de esa frase que le marcó la vida desde que nació: No es para ti. Nada había sido para ella, la suerte que había tenido se lo dejó muy claro, pero pensó que con Albert todo cambiaría; había empezado a cambiar, ella tenía otra vida ahora. Pero seguía siendo una carga, una carga que seguro él quiso evitar. ¿Qué podría darle ella a un hombre como Albert? Sólo devoción absoluta, no era ni medianamente sofisticada, como Eleonor.

-¡Candy! - Terry la encontró aún de pie en medio de la habitación absorta en un punto no definido entre la alfombra y el piso de madera - ¿estás bien, te sientes mal? - entró para cerciorarse de que no estuviera enferma, pero la frente y las mejillas de la joven parecían estar normales

Candy tenía un gesto extraño y contrariado - lo siento, sólo...sólo me quedé pensando

-De acuerdo, trata de encontrar otro modo de pensar, me metiste un buen susto - le dijo colocando un rizo rebelde tras la oreja -Debemos darnos prisa, Susana, Annie y Sophie ya están abajo, me pidieron venir por ti porque tardabas mucho

-Sí, claro, perdona - dijo y salió caminando tras él

-Albert y Sarah ya están aquí - le dijo girando para mirarla. Ella tragó en seco. Empezó a temblar de las piernas y se llenó de pánico. De repente quiso volver a subir las escaleras y encerrarse en su cuarto. No estaba segura de poder volver a ver a Albert y que la siguiera tratando como a una niña inválida y a la que deba tenerle lástima -le dará mucho gusto verte, no dejaba de preguntarnos por ti, la tía Elroy vendrá más tarde, junto con Archie, Stear y mi madre

-¿quién? - preguntó intentando sonar casual, pero el tono tembloroso y nervioso no pasó desapercibido por Terry, quien dio un suspiro casi con pesadumbre al notarlo.

Pensó que ambos habían superado ese momento de ensoñación que habían tenido. De Candy lo comprendía, ella aún era muy joven y era natural que se aferrara a su primer amor, pero cuando Albert le dio la mano para saludarlo al entrar pudo percatarse del nerviosismo de su amigo; le fue difícil ocultar el leve temblor en su voz cuando se nombraba a Candy. Varias veces miraba hacia el arco de la estancia que llegaba al pie de la escalera para mirar si por ahí estaba o no, hasta que Susana le pidió ir por ella.

-Terry - le habló antes de que ambos salieran del pasillo que daba a la estancia donde todos se encontraban

-Dime, ¿qué sucede, Candy, todo bien? - regresó para mirarla

-Yo, creo que no me siento bien, me siento un poco mareada

-Estarás bien, Candy -ella lo miró a los ojos, intuyó que Terry sabía de su enamoramiento por Albert.

-Yo quisiera volver a mi cuarto -dijo evitando su mirada - no quiero verlo

-Candy, escúchame -la tomó por los hombros para que le prestara atención - no sé cuáles sean exactamente tus sentimientos por Albert -hablaba en un tono sumamente bajo, para evitar que los escucharan en la estancia - pero conozco los de Albert

Entonces sintió que la rubia se petrificaba entre sus manos

-Y te puedo asegurar que son totalmente inocentes, puros y desinteresados

-¿qué? - Candy lo miraba ahora sorprendida, como si esperara que le hubiera dicho que estaba locamente enamorado de ella. Una sombra de tristeza empezó a cubrir su mirada que se perdía entre los botones de la camisa de su tutor. Lo escuchaba hablar, pero no prestaba tanta atención como su rostro aparentaba

-...está intentando rehacer su vida...-de repente el color de la camisa de Terry se volvía más interesante que lo que estaba diciendo

- te ve como su hermana...

no la quería

-sólo desea cuidarte como lo hizo con ella

no la quería

-Le recuerdas a su hermana, un amor fraterno y puro

no la quería

-No te digo esto con mala intención, Candy, lo digo por tu bien, además aún eres menor de edad si ambos no se controlan él puede salir perdiendo...

-¿ambos? -lo miró intrigada

Terry suspiró frustrado. Tan bien que iba y lo echó a perder con tal de convencer a Candy que Albert sólo la veía como a una hermana menor.

-Candy

-¿por qué saldríamos perdiendo los dos si sólo yo estoy enamorada de él? ¿por qué, Terry, dime, por qué si no tiene ningún sentimiento amoroso por mí más que el que tiene un hermano a su hermana? -fue insistente ante su silencio -Terry, por favor

-Disculpa, Terry - se escuchó una voz femenina al final de las escaleras - ¿Dónde tienes el baño? - ambos giraron para mirar - necesito usarlo

A Candy se le atoraban las palabras en la garganta. Aquella mujer era realmente hermosa. Su impoluta piel blanca hacía un contraste embriagante con el color oscuro de su cabello. Sus ojos chocolate lucían misteriosos y enigmáticos. Además su vestir era tan casual y nada esforzado que Candy se sintió ridícula por haberse arreglado tanto.

-claro, Sarah - Terry bajó dejando a Candy en el descanso - está cruzando el umbral de aquel pasillo - señaló- déjame mostrarte

Hace tiempo que sospechaba que aquel día llegaría. Que debía sacarse al detective de la cabeza. No era para ella, él tenía una vida diferente. Era demasiada fantasía pensar que alguien como él podría fijarse más allá de lo fraterno y humano en ella. Claramente la consideraba una niña que había visto y vivido cosas que nunca debió atravesar. Seguro ahí radicaba el verdadero interés del detective. Despertaba compasión y hasta lástima por haber sufrido las atrocidades del mundo adulto sobre su joven vida. Pensó que las atenciones que tenía con ella significaban algo más. Leyó mal esas miradas, esos titubeos cuando hablaba con ella. Cuando pensó que algo dentro de sí misma despertaba al sentir todo ese revoloteo en el estómago fue una falsedad. Fue un estímulo que sobre valoró.

Y a pesar de todo, nadie podía decir que la tristeza que sentía no era real. La falta de ánimo se le fue a los pies. Parece que ahí debía ir todo de ahora en adelante, a los pies. Incluso su mirada. No soportaría sostener su mirada y mucho menos la de Sarah. Estaba lejos de ser una mujer como ella. Respiró profundo, largamente, para reunir todas las fuerzas que le quedaban.

Se imaginaba que al pie de las escaleras estaría él, esperando. Como en la película Titanic, daría la vuelta para tomar su mano y saludarla. Sonrió ante la falta de imaginación al copiar burdamente la escena del film. Empezó a caminar antes de que Susana fuera a buscarla ella misma. Entonces, antes de entrar a la estancia, en medio del pasillo entre la puerta y las escaleras, se encontró con él.

Lo descubrió tan apuesto como siempre. Enmudeció cuando lo miró detenerse y girarse para mirarla. La luz que se filtraba por la lámpara que colgaba en medio del techo sólo hacía que el azul de sus ojos se notara más intenso. La delgadez que cargaba y que en otras ocasiones Terry le había comentado como inapropiada para su edad y altura, así como la barba que traía, lo hacían lucir despreocupado, libre, perfecto.

Aunque después de haberse mostrado deslumbrada, desvió la mirada. Albert, quien también había quedado sorprendido por la presencia de la joven, la miraba con insistencia, como si sus ojos fueran los únicos que no podían controlar sus ganas de abrazarla y preguntarle cómo había estado desde la última vez que se vieron. Pero su cuerpo quedó petrificado, sintió que sus piernas estaban hechas de piedra y sus brazos de la madera más pesada. Ninguno quería moverse de su sitio o respirar si quiera. ¿Hasta ahí habían llegado? ¿Qué había sucedido?¿Qué o quién los había hecho llegar hasta el justo momento en que tenían que mitigar sus ganas de abrazarse y preguntarse sencillamente "cómo estas"?

Lo que haya sido, la imposibilidad de que algo entre ambos surgiera o cualquier otro impedimento omnipresente, se negaba a irse. Estaban ahí, frente a frente, solos, a un metro de distancia y no conseguían acercarse del todo, tampoco alejarse. Aquello parecía una maldición. Mala suerte, pensó Candy. Tuvo la mala suerte de enamorarse de la persona equivocada.

La velada fue muy amena. Candy se obligó a divertirse. Procuraba evitar la mirada de Albert, de hecho evitaba estar cerca de él. Después de su momentáneo encuentro al pie de la escalera no volvieron a hablarse. Él intentando ser ecuánime, resultó ser muy frío y distante, a pesar de que su mirada evidenciaba una pequeña llama creciente dentro de él. Por su parte, Candy procuraba contestar sin tartamudear, le fue difícil articular las respuestas a las preguntas que Albert le hacía, sobre todo porque ninguna iba dirigida a ella, especialmente.

"¿el Colegio fue lo que esperabas? ¿Las clases te resultaron difíciles? ¿Has pensado qué estudiar ahora que empieces la universidad?" Todas eran preguntas que sugerían el poco interés que el detective tenía por saber de ella. Lo que desconocía, era que Albert se encontraba en un momento realmente complicado de su vida. Justo el año pasado había logrado aclarar su confusión respecto a la joven, no la quería como a su hermana. Por más que apelara al parecido de ambas, lo cierto era que lo único en común que tenían era el color del cabello. Los sentimientos que Candy despertaba en él era totalmente ajenos al cariño filial y lo descubrió el día en que vio una foto familiar en el cubículo de Susana en la estación. La tomaron durante el cumpleaños número 16 de Candy, ahí lucía realmente hermosa, el vestido que llevaba puesto resaltaba el color de su piel y la luminosidad de sus ojos.

No supo cómo pasó. Pero desde ese momento decidió sacarla de su vida, tanto por su bien, como por el de ella. Sarah, entonces, resultó el escaparate perfecto para poner a la joven -y todo lo que le hacía sentir con solo mirarla- dentro de una caja arrinconada en el espacio del olvido. Y lo habría logrado, de no haber ido a la casa de los Grandchester.


El camino de regreso fue demasiado atropellado, Sarah tuvo que prevenirlo sobre el paso en cada calle. Albert se disculpó por lo distraído que estaba, de hecho se disculpó por su torpeza durante la comida en casa de Terry y Susana, especialmente por haber derramado la copa de vino sobre sus piernas. Sarah le restó importancia al suceso, aceptó volver a salir con Albert en otra ocasión y agradeció que la haya llevado hasta su casa a pesar del cansancio extremo que tenía, porque a eso atribuía la poca destreza durante el día. Cuando salió el auto el rubio soltó un suspiro que llevaba largo tiempo reprimiendo.

Había algo fuera de lugar, por supuesto, en todo lo que sentía. No podía ser posible que esa oleada cálida que emergía en su pecho fuera natural. De repente le surgió la necesidad de proteger aún más a Candy ahora que la vio nuevamente, más alta, más madura, más bella. Pensó que seguramente ya tendría pretendientes en el colegio y aunque estaba seguro que Terry hacía un excelente trabajo, también pensó que sería bueno recordarle que Candy estaba creciendo demasiado rápido.

Aunque no estaba seguro cómo comunicarle esto que pensaba a su amigo sin que soltara uno de sus tantos sermones como cuando compraba los cuadernos que mandaba a elaborar especialmente para ella. Tempranamente notó que su interés no era específicamente fraterno y aunque él se negaba a nombrar de otro modo su inclinación por proteger a la joven, ahora que la volvió a ver, pensó que debía reforzar el cerrojo de esa caja.

"No puedes, Albert, tienes que alejarte" le recordó Terry en una de sus pláticas durante la comida en el jardín

A pesar de que su corazón y el propio reflejo de su cuerpo lo traicionaran, decidió tomar mayor distancia de Candy. Ya no habría más cuadernos para ella. Pronto empezaría la universidad y su atención iría a parar a otro lugar y a otras personas. Él, por otra parte, debía formalizar su compromiso con Sarah, como se lo había pedido la tía Elroy.

Sin darse cuenta, llegó más pronto de lo que pensó a su departamento. Estacionó el auto y caminó a la puerta con la imagen de Candy sonrojándose cuando sujetó un rizo rebelde que escapaba del agarre durante uno de los actos que el mago realizaba para entretener a todos. El gesto fue notado por Terry y Archie, quienes lo llamaron para evitar que su interacción con Candy pudiera perturbar ética de Elroy y que la chica resultara insultada.

"sigue siendo menor de edad y aunque entrara a la universidad, ¿qué pasará? ¿será soportable la diferencia de edad tan grande que existe entre ustedes? No me gustaría que ella o tu terminaran lastimados, ¿lo sabes, verdad?"

Con estas palabras pronunciadas por Terry, cerraba la puerta de su pequeña caja.