MCValera y MJ, gracias por leer y darse el tiempo de comentar. Traigo un nuevo capítulo. Comenté que el rumbo de la historia había tomado nuevos aires y estoy soltando un poco para ver hacia donde me lleva esta mente mía. La edición de los capítulos anteriores sirvió para ir perfilando una nueva etapa para Candy, me gustaría que se notara la transformación de ella, su desarrollo y esas cosas. El paso del tiempo hace que uno madure, ¿no? Bueno, para no aburrirles, este capítulo es parte del nuevo rumbo de la historia y para Candy también. Promesas, sospechas, secretos y-aun no tanto romance- pero vendrá, eso es seguro.
Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora
Capítulo V
Candy sintió que el último año en el Colegio San Pablo se había acabado demasiado tarde. Después de su cumpleaños en casa de los Grandchester, quedó con la llama de la esperanza creciendo candorosamente en su corazón. A pesar de que Terry y después Susana le insistieran que Albert no sentía más que un cariño paternal hacia ella, en el fondo podía intuir que no era así. No importaba la frialdad y la tosquedad con la que el rubio se dirigió a ella las pocas veces que habló durante la fiesta; podía notar, a pesar de eso, el temblor en la voz grave del detective.
Tan sólo eso la sostenía día con día, viviendo con la ilusión de conquistar a Albert Andrew. Y con esa idea en mente, aprovechó su estadía en San Pablo para conocer sobre la etapa estudiantil del detective. Annie le ayudó, a regañadientes, a investigar un poco; lo que había empezado como una estrategia de conquista para las chicas, terminó dándole luz para saber a lo que quería dedicarse cuando sus clases terminaran
- ¡detective! –gritó Annie
-Quieres, por favor, bajar la voz – rogó –estamos en el archivo de la escuela en calidad de intrusas, Annie, no queremos que nos descubran –completó mientras revisaba el expediente de los Andrew
Al parecer, el Colegio San Pablo era la cuna educativa de toda la familia desde el principio de los tiempos. Por lo que habían encontrado, ahí estudiaban los hijos de las familias más importantes. Un dato que ambas conocían, pero nunca consideraron que el colegio fuera una tradición familiar de muchos de los que ahora conocían como sus allegados, por ejemplo, además de los detectives Andrew y Grandchester, estaban los Cornwell, la familia del fiscal y del abogado Stear o los Brown, familia del esposo de la hermana de Albert.
-Lo siento, Candy –Annie también revisaba anuarios y reportes de mala conducta –pero es que me parece sorprendente que quieras ser detective –le mostró una fotografía de "Marie Rose Andrew"
- ¡Por Dios, es hermosa!
-Creo que es el gen de los Andrew –dijo observando mejor el anuario –mira, Candy –señaló una dedicatoria – es un pensamiento escrito para ella de parte del padre de Terry
-Recuerdo a Susana discutiendo con Terry sobre la obsesión de su padre durante el juicio –mencionó la rubia mientras leían la nota –es posible que la hermana de Albert fuera esa obsesión
- ¿Crees que la acosaba? –preguntó Annie volviendo a su tarea de revisar documentos mientras Candy seguía mirando la fotografía de Marie Rose Andrew. Recordó que Terry mencionó que su situación le recordaba a su hermana fallecida. Incluso Annie se lo había dicho de la boca del propio Albert. Pero ahora que veía la foto, podía estar segura de que entre ella y Marie Rose Andrew el color del cabello era lo único que tenían en común.
Por más que la miró no pudo reconocerse, ni en la mirada ni los rasgos de su rostro. Aunque sí percibió la melancolía que cargaba sobre ella, probablemente, debido a las responsabilidades que tenía como hermana mayor de una familia como los Andrew.
- ¡Candy, debemos irnos! – vio a Annie levantarse y correr a la puerta – creo que uno de los vigilantes ronda por el pasillo, además es muy tarde, podemos volver la próxima semana –advirtió mientras la rubia guardaba el anuario entre su ropa
- ¿Qué haces? –
-Podemos revisarlo en el cuarto y traerlo la próxima semana, no lo notarán, es un anuario muy viejo
- ¿qué pasa si nos descubren? – insistió – no quiero que me expulsen, tal vez este es tu último año, pero yo todavía debo quedarme y no quiero un reporte de mala conducta, Candy
-No te preocupes, Annie, no me descubrirán, yo me encargo.
-Está bien, sólo espero que esta investigación tuya vaya a buen puerto –salieron de la sala en donde se encontraban y caminaron por los silenciosos pasillos del colegio hasta su dormitorio –no quiero que después seas tú la loca que escriba una carta a Albert diciéndole que será tuyo a toda costa.
-Yo no soy Robert Grandchester, Annie –replicó la rubia ofendida –jamás haría eso; además, nunca contesta mis cartas
- ¿qué harás con el anuario, de todos modos? – cuestionó mientras se metían a la cama
- No lo sé todavía – giró para mirar de frente a Annie al otro lado de la cama –pero tengo la sensación de que el padre de Terry no sólo la acosaba
-No te metas en problemas, por favor – Annie le dio la espalda queriendo olvidar el tema – Robert Grandchester está preso no tiene nada que ver con nosotras, ni tampoco con tu estrategia de conquistar a Albert
Candy no contestó al comentario. Dejó que Annie conciliara el sueño y ella se dejó ir entre sus propios pensamientos derivados de sus hallazgos en el archivo del colegio. Como Terry lo había contado, él y Albert eran unos estudiantes rebeldes que se escapaban cuando tenían oportunidad. Incluso los comentarios a sus notas catalogaban al rubio como un aventurero y justiciero empedernido. Esos calificativos le hicieron gracia. Pensó que no podía enamorarse más de él, pero en el resguardo del silencio y en la oscuridad de la noche, se descubrió hechizada por la vida de juventud de Albert.
El tiempo que ocuparon en registrar el archivo pesó en sus ojos y terminó por cerrarlos recordando el "Sueño" escrito en el anuario de Albert "Quiero ser alguien justo, porque allá afuera hay mundos que esperan ser revividos"
- ¿Estás segura, Candy? –preguntó por tercera vez Susana
-ya se lo he preguntado yo mil veces, Susi –intervino Annie – pero ahora resulta que quiere serlo porque allá afuera hay mundos que esperan ser revividos
- ¡Annie!
-Pero eso fue lo que dijiste a la asistente vocacional– la joven se encogió de hombros
-Eso es inesperado – dijo Susana – pero, Terry y yo podemos ayudarte
Candy miró en dirección al aludido. Llevaba tiempo mirando la ventana sin decir una palabra desde que anunció que no iría a la universidad, sino a la academia de policía y se volvería detective.
-Albert también podría ayudarte, el camino es bastante difícil si empiezas por ser policía, Candy, pero nosotros…
-No – Susana se vio interrumpida por Terry –No vas a entrar a la academia de policía
La miró fruncir el ceño. Tal vez fue demasiado obvia, pero no le importaba. En su decisión influyó Albert, ciertamente, sin embargo, no lo hacía para conquistarlo. Para ello, tenía un plan, pero ser detective, esto era diferente. Era una decisión que tomó inspirada en el sueño que Albert escribió en el anuario, un sueño que se materializó en ella y en Annie. Si no fuera por su encuentro con el rubio, posiblemente estarían envueltas en el tráfico de mujeres, pasando de diplomático a político cuanto se les antojara. Gracias a su intervención, su mundo revivió. A sus vidas llegó una segunda oportunidad y ella quería lo mismo para otras mujeres.
-No me importa si no estás de acuerdo –Dejó su lugar – tampoco me importa si crees que lo hago por él –continuo – es lo que quiero ser, porque allá afuera hay otras chicas como yo que en su vida han tenido una educación apropiada, ni siquiera un poco de amor…
-Candy, cariño –Susana la tomó de la mano –lo entendemos
-No Susana – se apartó encarando a Terry una vez más –no lo entiende –fue directamente a él – sí, estoy enamorada de Albert, ya lo saben, y también sé que soy como su hermana, tú mismo lo dijiste -Annie la miraba con una sonrisa mientras sujetaba a la pequeña Sophie – pero no tienes que atormentarme más con eso, no es justo; quiero ser alguien, quiero ser alguien que deje más que cenizas en su paso por la vida, y esto no tiene nada que ver con él sino conmigo.
-En ese caso –Terry guardó sus manos en los bolsillos – no entres a la academia de policía
- ¡Por todos los cielos, Terry, no acabas de escucharla! – intervino Annie para apoyarla
-Perfectamente – respondió sin quitarle la dura mirada de encima a la rubia – si tanto quieres dejar tu marca sin ser simplemente cenizas que vuelen con el viendo, tienes que ir a la universidad
- Pero …
-Candy, Terry tiene razón –fue el turno de Susana – podrías optar por una disciplina que te facilite la entrada a la policía después.
- Albert se graduó en economía antes de decidirse a ser detective, Susana en psicología y yo en ciencias políticas – tomó un respiro para sentarse en uno de los sillones de la sala de visitas –todos nos graduamos de algo que no estaba destinado a investigar crímenes. Eso vino después, pero la disciplina de cada uno aportó mucho para desarrollar habilidades deductivas más allá de lo que puedas aprender en la academia de policía
- Yo…-la joven se apenó –lo siento, Terry, pensé que…
-Tampoco me importa si estás enamorada de Albert – elevó el tono de su voz –o de dónde hayas sacado ese deseo de revivir mundos – lo miró, se supo descubierta –pero como tu tutor debo asegurarme de que conozcas las dificultades del camino que tomas –Ella asintió
La visita terminó con menos tensión que al inicio de la plática. Candy estuvo satisfecha con los planes que había hecho junto con Susana y Terry. Era su último cumpleaños en San Pablo y juró disfrutarlo. Recibió con alegría los regalos que le dieron, incluso aquel cuaderno de piel que Terry le daba por tercera vez. Se quedó con la promesa de Susana para ayudarle a entrar a la universidad en Londres, no en América. Esta decisión fue sorpresiva hasta para Annie, pero Candy tenía una buena razón para tomarla. No quería que pensaran que toda su vida giraba alrededor de Albert. Aunque su corazón sí le pertenecía al rubio, estaba decidida a dejar de ser la niña huérfana y necesitada de amor que pensaban que era, porque ella no rogaba cariño; ella estaba enamorada y quería poder expresarlo de frente, sin vergüenza.
Annie se mostró muy confundida, pensó que el plan de conquista de Albert era mucho más sencillo. Investigar cosas de él como lo venían haciendo durante todo el año para acercarse y provocar una plática sobre sus gustos o ideas en alguna reunión de la familia. Nunca pensó que Candy fuera tan radical como para decir que necesitaba prepararse para decir que llevaba enamorada de él mucho tiempo.
Miró la sonrisa en el rostro de Candy mientras se despedían de Terry, Susana y la pequeña Sophie a las puertas del colegio. Se alegró de percatarse que su sonrisa se notaba mucho más tranquila. Supuso que algo dentro de ella empezaba a transformarse y una nueva Candy surgiría a su salida del colegio.
Y así era, excepto que la única cosa que mantenía una marca de sombra sobre su corazón era aquella nota dejada por Robert Grandchester en el anuario de Marie Rose Andrew.
-Él…-vio a Terry levantar la mirada para despedirse antes de entrar al auto. Sintió algo que no supo explicarse, una punzada, grave y profunda en su pecho. Ese azul, Terry tenía los mismos ojos que…-no sólo la acosaba
- ¿Qué? –Annie la miró confundida – Candy, deja de batir la mano, pareces tonta, el auto ya se fue
-Lo siento, me quedé pensando
- ¿Qué pasa, Candy, no estás emocionada? –le preguntó Annie
-Sí, claro que sí Annie, es sólo que recordé algo
- ¿qué cosa? – entraron al colegio. Caminaron por los pasillos hasta llegar al comedor -Lo que Robert Grandchester escribió en el anuario de la hermana de Albert - El festejo a los cumpleañeros había terminado, pero todavía quedaban algunos alumnos que jugaban mientras se seguía escuchando música. -Sí, es terrorífico, ¿no? – dijo Annie temblando de los hombros simulando un escalofrío.
-Eso es – Candy se detuvo, Annie apenas la percibió quieta atrás de ella. Estaba distraída con el celular que Terry le había regalado, aunque no fuera su cumpleaños – él no sólo la acosaba, sino que la aterrorizaba
- ¿hablas del padre de Terry? – Annie la miró seria - ¿qué tanto piensas, Candy?
-Nada claro aún, pero –la chica alcanzó a su hermana – tal vez deba seguir revisando con más atención el anuario de Marie Rose Andrew
-No puedo creer que sigas conservando ese anuario, Candy –la reprimió –quedamos que lo devolverías hace dos meses
-Lo sé, Annie, pero algo me dice que Marie Rose Andrew no pasó una buena estancia en este colegio y necesito investigar
-Todavía ni terminas el año aquí y ya te crees detective de verdad, mejor concéntrate en los exámenes de la próxima semana – Annie, como siempre, dejó el tema concluido dándole la espalda.
Los globos de colores que se elevaban al cielo eran una representación de la despedida nostálgica de muchos graduados en San Pablo, pero no para ella. El globo azul que soltó llevaba dos promesas consigo, convertirse en detective y poder pararse frente a Albert sin rubor en las mejillas ni con las piernas temblando y expresar libremente sus sentimientos por él. Sería una persona diferente, menos temerosa, más segura de sí misma, pero siempre enamorada. Aún conservaba encendida la pequeña llama que revivió durante su cumpleaños diecisiete.
- ¡Vamos, Candy, es nuestro turno para la foto!
-Ya voy, Annie
- Candy, quédate en medio –dijo Susana mientras colocaba un rizo rebelde en su lugar – Ten cariño, carga a Sophie que está muy inquieta – entregó a la niña de cuatro años a su padre, mientras Annie se colocaba entre él y Candy.
El fotógrafo del colegio pidió a todos mirar al frente. Candy, al centro, escuchó el click de la cámara y no supo si fue el destello del sol sobre el lente o la luz del medio día reflejada en el cabello dorado de un hombre que miraba a la distancia el momento familiar.
Quiso sacarse la idea de la cabeza; ese hombre tenía una barba abundante y el cabello muy largo, pero para quitarse la duda, preguntó, tímidamente a Terry - ¿Cómo están Archie y Stear en la estación? – aprovechó mientras Susana y Annie peleaban por los bocadillos que el colegio preparó para los graduados
-Todos están muy bien, Candy – le dijo, sonriendo – te envían muchos saludos, además de un obsequio para ti
-Gracias –contestó apenada
-Este es el obsequio –sacó una pequeña libreta de piel de su saco – tal vez es demasiado pronto, pero …
Le servirá en su carrera como detective
-Te adelantas demasiado – contestó Terry mientras terminaba el informe de un caso –es probable que desista una vez que entre a la universidad –miró a su amigo de reojo –puede que le interese más la psicología clínica y se olvide de ser detective
Aun así, le servirá- replicó Albert antes de salir del cubículo de Terry y volver al suyo
Seguía consternado, después de un mes entero, por el hecho de que Candy pronunciara querer ser detective como ellos. Aunque en un principio estuvo en contra, entendió que esa decisión sólo la podía tomar ella.
Admitió que una pequeña alegría se apoderó de él sólo de pensar que Candy tomaba una decisión como esa por él. Pero Terry pronto aclaró que se debía a su pasado y a la ayuda que quería proporcionar a otras chicas que enfrentaban a monstruos como Thompson.
Justo ahora, cuando estaba decidido a acercarse, a ofrecer su ayuda para adaptarse a la universidad, justo cuando pensó que elegiría un lugar como Nueva York para estudiar y no Londres –sonrió – justo cuando Sarah terminaba con él por haberla llamado Candy mientras estaban juntos
-Justo ahora te vas
- Es igual a la que él usa
-Tenía las intenciones de venir –confesó Terry –pero lo convencí de no hacerlo
- ¿por qué? –preguntó con molestia
- Necitas concentrarte en tu futuro –la miró a los ojos, se percató de la furia contenida. Sonrió de lado. Era en cierto modo gratificante poder percibir el poder y la determinación de Candy por defender no sólo sus ideas, sino sus sentimientos. Aun la veía como una niña, la niña de diecinueve años que atormentaría a Albert hasta la locura con su belleza y su pasión si la veía ahora, justo ahora.
Quiso dejar en claro que la mezquindad que mostraba por la relación entre ella y Albert se debía a su responsabilidad como protector. A pesar de que había llegado a la mayoría de edad, era su deber –como familiar frente a la ley – cuidar de ella hasta donde le fuera posible. Pero ahora que la miraba a los ojos y distinguía ese fuego en el esmeralda de su iris, supo que en verdad lo hacía por su amigo.
-No sé cómo conseguiste el anuario de Marie Rose – habló después de mirarla por varios segundos –pero te advierto que nada valioso encontrarás ahí sobre Albert, son recuerdos dolorosos para él; era su única hermana. Esos libros se entregan a la familia, pero ella y Albert simplemente decidieron dejarlos aquí y fue por una razón que a ti no te incumbe
La dejó sola, en medio del tumulto de graduados melancólicos por dejar los jardines del que fuera su colegio por tantos años, mientras iba al encuentro de su esposa e hijas. Los miró abrazarse, sonreír y jurar el contacto continuo entre ellos. Alguien se le acercó para que firmara y escribiera una dedicatoria en su anuario. Escribió algo prometedor, como esos mensajes que leía en las tarjetas de cumpleaños, sin olvidar agregar el fervoroso de deseo de conseguir el éxito en sus vidas.
- ¿puedo firmar tu anuario, Candy? –le preguntó el chico que esperaba a que ella terminara
-Lo siento –ni siquiera recordó que debía ir por el suyo a la dirección escolar –yo, lo está firmando Annie, pero cuando vuelva, te buscaré – entregó el anuario al chico y con la mirada ubicó el camino hacia la dirección escolar antes de avisar a todos que debía recoger algunas cosas de su cuarto.
El viento que empezó a soltarse durante el día hizo que el tranzado que ella y Annie habían hecho se saliera de control. Más de un rizo quedó fuera del peinado, pero sólo los recogió tras la oreja mientras corría hacia la dirección escolar. La carrera tan repentina hizo que él debiera ocultarse entre los pilares. No pensó que ella pasara precisamente por el pasillo en el que se escondía. El aroma floral que dejó tras de sí le reconfortó más de lo que se hubiera imaginado. Fue como darle el abrazo que siempre quiso recibir. Inhaló una vez más para llevarse ese aroma consigo, antes de marcharse.
-entonces – dijo –si decido dejar mi anuario, ¿el colegio lo archiva con el resto de mi familia?
Miró la hora en su reloj de pulsera –Ese hombre – lo vio a través del vidrio de la ventana – si se apresuraba, llegaría a Nueva York en unas horas –es …
- ¿me está escuchando, señorita?
- ¡Albert! –gritó esperando a que el hombre se detuviera, aunque estuviera lejos - ¡Albert ¡- pero apenas paró su andar por unos segundos, ni siquiera giró para mirar quién gritaba - ¿Eres tú? – se soltó del marco de la puerta, pero él se marchó
- ¿señorita? –insistió la secretaria escolar
-Perdón, creí que era un conocido, ¿me decía?
-Comentaba que el anuario se archiva con los expedientes de su familia, pero en su caso, se reserva sólo en el expediente del señor Terrence Grandchester.
-eso significa que, si quiero recuperarlo, puedo hacerlo, ¿verdad?
-Claro, el día que quiera venir por su anuario o alguno de los documentos elaborados por usted durante su vida escolar, están disponibles. –dijo la secretaria – es frecuente que a muchos les entre la nostalgia de sus amistades y vienen a buscar su anuario para recordar o contactar nuevamente con ellos.
-Bien, me gustaría dejar mi anuario, también
-Pero no tiene ninguna firma ¿no quisiera que sus amigos firmaran antes? – la joven rio nerviosa
-sí, perdón –recogió el libro – volveré para archivarlo – agradeció y salió de la dirección. No pudo evitar mirar al pasillo por donde el hombre de barba se alejó.
-Eras tú
