Gente Bonita, gracias por la buena segunda acogida que le están dando a esta historia. La verdad es que me motivan mucho para seguir escribiendo. Ahora que hay más claridad en mí, esto no se detiene hasta el final, se los aseguro. No estoy muy segura de que resulte ser una historia muy larga, pero tendrá los capítulos justos. Sus comentarios y sugerencias son bienvenidas. Espero que disfruten este nuevo capítulo que, bueno, qué les digo, ya definiendo por dónde va la cosa. Se viene una bomba, casi nuclear, pero no estallará antes del encuentro, se los aseguro, para allá vamos.
Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora
Capítulo VI
Los cambios son, ciertamente, difíciles y los momentos de transición lo son aún más. Los primeros dos años en la universidad habían sido terribles para ella. Extrañaba la compañía de Annie, la rudeza de Terry, los regalos de Susana y hasta los caprichos de la pequeña Sophie. Extrañaba a su familia, apenas era consciente de que podía decir que ese conjunto heterogéneo de personas eran realmente su familia, pero lo eran. Entre estos recuerdos, se ocupaba también de atender sus clases. Psicología había resultado más apasionante de lo que esperó. Pensó en especializarse en psicología clínica, tal y como Susana le había aconsejado, los libros que había recibido le ayudaron mucho. Hizo una nota en su agenda para recordarse agradecer a Susana por el dinero invertido en esos libros, esas ediciones no eran baratas, además de que era difícil de conseguirlas. Era altamente probable que optara por la línea de crímenes sexuales cuando hiciera su solicitud para ingresar a la comisaría, pero para eso faltaba tiempo.
En el campus reinaba el ambiente navideño, faltaban sólo unas semanas antes de finalizar las clases y todos pensaban en sus familias; ella estaba ansiosa por verlos, pero también por tener noticias de Albert. Llevaba tiempo soñando con él, a veces sentía que alucinaba, en varias ocasiones le pareció ver a un hombre rubio con barba y anteojos negros rondando los jardines de la biblioteca o camino a la residencia.
Su tiempo en la universidad le había dejado poco espacio para pensar en su plan para conquistar a Albert. Aunque Annie la mantenía al tanto cuando Terry o Susana mencionaban algo respecto al detective; lo que sabía de él, en los últimos dos años, se reducía a los pequeños cuadernos que llegaban a su dormitorio con el remitente a nombre de Terry en su cumpleaños.
Ni siquiera en su tiempo de visita a América había tenido suerte de encontrarse con él. Susana dejaba escapar alguna que otra novedad, como que él y Terry tenían un caso importante, siguiendo el rastro de una serie de homicidios de mujeres en la zona. Al menos tenía conocimiento de que se dedicaba al trabajo.
Pero este año, sus vacaciones serían distintas. Esta vez lo vería, si él no llegaba lo buscaría. Tenía veintidós ahora, estaba a la mitad de terminar sus estudios y no veía mal que fuera a la estación a visitar a Susana y a Terry para empezar a familiarizarse con el movimiento, ¿no?
-Candy – escuchó que la llamaban
-Hola, Thomas –saludó – lo siento, no te vi
-Lo noté, vengo siguiéndote desde la biblioteca, te vi salir y quería preguntarte si almuerzas conmigo – dijo el joven
-Te lo agradezco, pero no puedo –sonrió para él –hoy es mi último día de clases y saliendo quiero empacar para ir a casa
- ¿te irás a América?
-Sí, mi familia vive allá
-Creí que eras la hija adoptiva de los Grandchester
-bueno, Terrence Grandchester fue mi tutor
- ¿Y vive en América? – preguntó consternado el chico
-Sí con su esposa e hija –explicó - ¿conoces a los Grandchester?
-No personalmente, pero supe del escándalo de Grandchester padre en América
- ¿se supo de eso aquí? –volvió a preguntar Candy con más interés del mostrado cuando la saludó el chico
-Sí, claro, de hecho, cuando te conocí, pensé que eras la chica White del juicio, pero después supe tu verdadero apellido –Candy fingió una sonrisa para continuar preguntándole.
Antes de empezar la vida escolar en San Pablo, Terry sugirió cambiar sus apellidos, sobre todo el de Candy, así que adoptó el de Susana. Era más probable que ambas niñas pasaran como parte de la familia Marlow y así no se verían atormentadas por reporteros o morbosos que quisieran saber de ellas. Candy no estaba de acuerdo, pero al final aceptó y ahora que hablaba con Thomas, agradeció que Terry pensara en ello.
Aunque quiso saber más respecto a los Grandchester, Thomas aportó poco. No conocía más que la versión oficial sobre el caso y algunos chismes de la zona. Se arrepintió pronto de haber aceptado el almuerzo ahora que se encontraba enfrascada en una plática sobre las mejores películas de acción del momento.
Acudió con unos minutos de retraso a su última clase y después fue a su dormitorio a despedirse de Karen, su compañera de piso, para salir hacia el aeropuerto. Quiso dormir un poco durante el viaje, pero apenas pudo conciliar el sueño; aún seguía pensando en lo que Thomas le había contado.
-Aquí los más conocidos son los Andrew –contó mientras mordía una galleta – Son una de las familias más viejas de Escocia y son muy allegados a la nobleza. Les llaman los malditos porque siempre los persigue una sombra de desgracias.
- ¿a qué te refieres con eso?
-dicen que una de las mujeres Andrew abandonó su casa en Escocia porque abortó y eso, aún en estos tiempos, es inaceptable para gente como ellos.
- ¿sabes quién era esa mujer?
-No
Cuando cerró la puerta del auto, soltó un gran suspiro por el aire que venía reteniendo desde que bajó del avión. La vuelta a casa la tenía en un estado de nerviosismo extremo, tanto por reunirse con Annie y Susana, como por sentir la incertidumbre de su primer encuentro con Albert después de años de distancia.
-No está aquí – dijo Terry contestando una pregunta que no hizo, pero que sabía que la estaba atormentando desde que fue por ella
-Por supuesto – contestó pasando las palmas de sus manos para secarse el sudor que sentía – eso ya lo sé
-Sólo quería que estuvieras tranquila – aclaró. Candy caminó hasta tocar el timbre de la casa, la dejó entrar antes de sacar las maletas de la cajuela. Limpió sus pies en el tapete del pórtico y enfocó la mirada al otro lado de la calle – vete ya, Albert – susurró antes de ver andar un auto negro.
Adentro, Annie escuchó el reclamo de su tutor - ¿todo bien, Annie? –preguntó Terry al verla sonreír de una manera tan extraña como si estuviera burlándose de él
–Terry, todo perfectamente bien, es más, me has hecho el día –lo abrazó y besó su mejilla - ¡gracias!
-Esta niña está loca -se dijo mientras dejaba las maletas en la estancia y avisaba a su familia que debía ir a la comisaria.
-¿Tan pronto? - reclamó Susana - Candy acaba de llegar
-No te preocupes -contestó la chica con un pedazo de pastel en la boca - debe ser importante, te esperamos a cenar
-De hecho, sí lo es -dijo Terry - hay novedades de un viejo caso, Archie nos quiere en su oficina- sin tardar más, besó a todas y salió de casa
-Bueno, será mejor que desempaquen -dijo Susana - terminaré de preparar la comida
Terry golpeó el marco de la puerta para anunciar una entrada que de todos modos iba a hacer sin esperar autorización. Albert lo saludó como era su costumbre y el castaño, como era su costumbre también, puso un vaso de café negro sobre el escritorio
-No finjas que haces el informe del caso – tomo asiento sobre una pila de papeles - ¿por qué fuiste?
-Sólo quería verla
-Albert, ella está bien, tienes noticias todos los días
-No es lo mismo a verla –dijo sin quitar los ojos del informe que estaba haciendo - ¿cómo está?
- cada vez más guapa y en una relación de un año –el rubio arrugó la nariz
- ¿te parece divertido?
- ¿por qué no la visitas? – de repente Terry adquirió un tono más serio –tiene veintidós ahora, habla con ella, comprueba si te corresponde – extendió el cuaderno de piel que un mes antes le había dado como regalo para Candy –entrégaselo tú mismo – lo miró sin aflojar el ceño – olvidé cargar con él en el último viaje – se encogió de hombros despreocupado
-no puedo hacerlo
-Ella sabe que los cuadernos son de tu parte –Albert lo miró más que sorprendido asustado – siempre lo supo, yo sólo se lo confirmé hace ya un tiempo
-Que tenga veintidós no reduce la diferencia entre nosotros
- que ella te lo diga –rebatió el castaño – deja que te mire, que te escuche, si lo sigo haciendo yo terminarás por odiarme
-no puedo Terry
- ¡Entonces deja de matarte de esta manera, maldita sea! –gritó sin que le importara que otras personas lo escucharan - ¡deja de arriesgarte en cada captura, duerme un poco, come bien, deja de viajar cada mes para mirarla de lejos, deja de torturarte!
-solo me aseguro de que sea feliz – Resopló estresado
-Albert, eres mi amigo y me preocupas – habló con más tranquilidad – los intentos que has hecho por mantener tus relaciones siempre terminan de la misma manera –continuó – no lo entiendo, ¿Qué sucede?
-no lo sé, Terry – dejó el informe que estaba haciendo – sólo quedé hechizado, no me di cuenta de cómo o cuándo pasó; tal vez sí me recuerde a Marie Rose, tal vez ella sea el agua dulce de la juventud que puede tranquilizarme. No te puedo asegurar que la amo, pero sí que la quiero proteger, a pesar de mí mismo.
- Eso, Albert, es la definición de amor - el rubio se vio consternado. Él asumía que se sentía atraído por Candy, lo que lastimosamente lo dañaba al considerarlo poco ético de su parte, pero hasta ahora nunca lo había nombrado amor por miedo a verse perdido si llegaba a enterarse que ella no tenía interés en él, al menos no uno más allá de la amistad y apoyo que pudiera darle.
Pero a este enredo, faltaba añadirle un nudo más; en ese momento la secretaría de Archie se anunciaba para notificarles que había quedado libre. Ambos detectives dejaron el cubículo y anunciaron en recepción que saldrían aunque en realidad sólo iban dos pisos más arriba. El fiscal les pidió discreción en el asunto, habían sido llamados de manera confidencial, pues todavía no se hacía el anuncio oficial, por lo que ellos tomaron también estas precauciones.
-¿qué sucede Archibald? - preguntó Terry cuando entraron a su oficina.
-Detectives -los saludó mientras miraba a Terry sentarse frente a su escritorio y a Albert quedarse de pie cerca de la ventana - es sobre caso Grandchester
-Juro, por mi admisión a la universidad, Candy, que Terry le dijo a Albert que se fuera
-No entiendo –dijo molesta la rubia – ¿por qué Terry se empeña en convencerme de que no le intereso?
- Bueno, estoy casi segura de que es por la diferencia de edad
-Soy mayor ahora, puedo cuidarme sola y decidir por mí misma el tipo de relación que quiero tener con una persona
-y no lo dudo, pero también entiendo a Terry – la apaciguo – éramos unas niñas cuando se ocuparon de nosotras, no podía sólo dejarnos hacer lo que se nos viniera en gana.
-Sé que suena extraño, Annie, pero te aseguro que mis sentimientos por Albert no han cambiado
-Te creo, Candy, pero de él no sabes nada –se encogió de hombros – excepto los asuntos de la comisaría, no sabes qué comida le gusta o si ronca cuando duerme, ¿qué pasa si al final Terry tiene razón y termina queriéndote como una hermana?
-No, no es así –recordó la graduación en San Pablo – sé que no, él no puede viajar tan lejos sólo por esa razón –suspiró – ay, Annie, si pudiera verlo y hablar con él, estoy segura de que me lo diría
- ¿por qué no vas a buscarlo entonces?
- Eso pensaba hacer, pero quería esperar a que él venía antes
-Pues vino antes – aclaró la chica – sólo que no lo dejaron entrar – escucharon que Susana las llamaba para comer juntas –vamos, hoy me toca recoger a Sophie del colegio
- ¿Podrías excusarme con Susana? – preguntó antes de que Annie saliera del cuarto –iré a buscarlo – Annie asintió. Tampoco tuvo que buscar una gran excusa. "Candy tiene cólicos" Además, Susana estaba muy nerviosa porque el año próximo Sophie entraría al Colegio San Pablo y no lograba convencer a sus padres de que era un buen colegio para ella.
- Señor - hablaba un hombre vestido en traje gris a través de un auricular que lo conectaba con el preso - en poco tiempo tenemos una confirmación
-positiva - contestó el aludido - ¿verdad, abogado?
- Positiva, señor ...- hablaron de otras cosas, cosas cercanas a su situación actual y probablemente a su situación futura. Mencionó negocios, favores, nombres. Pidió sigilo y mano dura, el abogado al otro lado del cristal asentía abrumado por las demandas de su cliente, pero satisfecho de los honorarios que le pagaban. Dudó en tomar su caso, ese hombre estaba en la ruina completa, pero hubo alguien que le "tendió" la mano. Una mujer huraña e impenetrable.
Nunca el camino a la comisaría le había parecido tan largo. Una sensación extraña se apoderó de ella. La última vez que había estado ahí se preparaba con Archie para entrar al juicio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Respiró profundo y se dio valor para entrar. Era distinto ahora, no tenía quince años, no estaba siendo acosada por reporteros o manifestantes, no fue comprada por ningún diplomático, fue salvada y era libre.
-Buenas tardes –escuchó el saludo - ¿en qué puedo ayudarla?
-Busco al detective Albert Andrew, señorita
- ¿tiene cita con él?
- De hecho, no, pero soy un familiar cercano de Susana Marlow
-oh, Dios mío, eres Candy – contestó sorprendida la recepcionista
-Sí – respondió apenada, pero respiró para volver a retomar el valor y aprovechar el reconocimiento - ¿cree que pueda hablar con Albert Andrew?
-Lo siento, Candy, pero él y Terry no están, llegaron noticias de un caso en el que están trabajando y tuvieron que salir, pero puedes esperarlo si gustas
-No, está bien –agradeció –por favor, no le diga a nadie que vine, yo misma hablaré con Terry - y salió antes de que alguien más la reconociera. Aunque esto fue demasiado tarde. - ¿Candy? –una sofisticada mujer la detuvo a medio camino
-Sí – la miró, tardó un poco, pero la reconoció como Eleonor, la madre de Terry. Estaba sorprendida de verla ahí, pensó que seguiría en Londres. Fue ella quien escribió una de las cartas de recomendación que necesitaba para entrar a la universidad. No tenía un especial afecto por ella, pero estaba agradecida por los gestos que tuvo al enseñarle un poco de Londres, además de dejarle carta abierta para que visitara su casa los días de descanso.
Ocultó sus intenciones de ver a Albert cuando le preguntó por su visita en la comisaría. Esquivó el tema afectivo apelando a su interés por las líneas de investigación del distrito.
-Tan pronto preocupada por el trabajo – comentó mientras la tomaba del brazo para caminar con ella – eso me parece muy bien y déjame expresarte, nuevamente, mi admiración por la persistencia que tienes al querer ser detective
-Se lo agradezco
-por favor, llámame Eleonor
-Te lo agradezco Eleonor
-dime Candy, ¿te gustaría tomar un café conmigo mientras esperamos a los muchachos?
- para serte honesta, Eleonor, me gustaría que Terry no se enterara de que vine –dijo jugando con su cabello tras la oreja mientras la miraba levantar una ceja con agudeza. La mujer asintió a sus palabras sin poner muchos reparos y sin hacer muchas preguntas al respecto. Candy supuso que ya habría adivinado por qué.
Suspiró con cansancio, claramente, todos sabían que estaba enamorada de Albert, menos él. Se dejó llevar por Eleonor hacia una café bastante concurrido. Pidió una mesa para dos y la invitó a pedir lo que quisiera, pero ella fue simple y ordenó un simple americano.
-Dime querida, ¿cuándo llegaste? – preguntó mientras el mesero se alejaba con la orden pedida
-hoy por la mañana – contestó jugando con sus manos bajo la mesa –Terry fue por mí al aeropuerto
-Ese bribón de mi hijo – entornó los ojos – le dije que me avisara cuándo vendrías para ir por ti también
-seguro lo olvidó, aunque no hizo, falta –estaba nerviosa – pero gracias de todos modos
-no tienes que agradecer, eres una chica muy sensata –el mesero llegaba con la orden –estoy realmente sorprendida por todo lo que has cambiado – Candy agradeció al mesero para eludir el comentario. Si bien a madre de Terry le había tendido la mano en más de una ocasión había algo en ella que le impedía hablar con ella con total libertad –ahora luces más segura de ti misma, más decidida, diría yo
-La universidad me ha ayudado bastante – bebió café – además Terry y Susana también han contribuido a mi confianza
-Me alegra saberlo, querida, imagino que no ha sido fácil – tomó de su bebida también – es una fortuna que te quedaras bajo la tutela de los Grandchester, aunque Albert hubiera estado dispuesto a pelear con Elroy para que aceptara adoptarte, gracias a Terry esto no pasó – dejó la taza sobre la mesa – claramente William no pensaba con claridad
- ¿qué? – la taza de café se quedó a medio camino - ¿Albert quería adoptarme? –sintió como si un balde de agua fría cayera sobre ella - ¿por qué? – recordó la plática con Annie "¿qué tal si al final resulta que te quiere como una hermana?
- ¿Qué no es obvio, niña? – Eleonor sonreía tranquila – Albert ha querido ayudarte en todas las formas posibles
-pero …-seguía sosteniendo la taza en el aire
-claro que no todas las formas son las adecuadas –volvió a beber del té que pidió – a veces uno quiere tanto que llegamos a ponernos el pie nosotros mismos
-no entiendo – dejó la taza sobre la mesa - ¿trata de decirme algo?
-Candy, querida –insistió –llámame Eleonor
- ¿Tratas de decirme algo, Eleonor? –apoyó los brazos sobre la mesa – sé clara por favor
-No estás aquí para conocer las líneas de investigación de la comisaría –la increpó –y aunque estoy segura de que tu interés por ser detective es legítimo, también estoy segura que hoy viniste para verlo
Apretó las manos
-Viajaba a Londres cada mes – apoyó sus manos en la mesa, menos desafiante a como Candy las tenía, pero igual o con mayor confianza – las primeras visitas se quedaba en la casa de los Andrew, pero Elroy pronto se dio cuenta de que iba a verte
- ¿iba a verme?
-No te cuento esto porque me guste ventilar los problemas de otros, querida – volvió a su pose original, a su sofisticada manera de beber té – lo hago porque Albert nos preocupa demasiado, la ha pasado mal y es posible que su trabajo, así como la relación con su familia o lo que queda de ella, esté en riesgo
- ¿Qué fue lo que paso? – casi gritaba –por favor dímelo
-no puedo decirte más –pidió la cuenta –no me corresponde – buscó su bolso, pero Candy se lo quitó antes de que simplemente se fuera –Terry pensó que la distancia entre ustedes sería suficiente para ayudar a Albert a aclarar sus ideas
- ¿Cuáles ideas?
- ¿no me digas que nunca lo notaste?
- ¿notar qué? – se levantó de la silla – por favor, Eleonor deja de decirme las cosas por partes y cuéntame qué está pasado con Albert
-Ya te dije que no me corresponde –ella también se puso de pie –lo único que te puedo decir es que todos esos cumpleaños en San Pablo, los libros de psicología y la sugerencia de especializarte en clínica, todo eso, lo pensó él a costa de ir deteriorando su vínculo con Elroy Andrew
- ¡Dios, mío! – soltó el bolso de Eleonor y cubrió su boca con ambas manos – sabía que era él, el hombre con barba – las lágrimas se agolpaban en sus ojos – era él
-Terry confío en que sólo eras un embeleso para Albert – tomó el bolso del piso – pero ahora no estamos seguros
-Yo le escribía cartas – empezó a llorar – pero nunca contestaba –y las lágrimas parecían abundantes – pensé que su silencio se debía a que no me quería, no de la forma en que yo lo quiero
-Querida – le ofreció un pañuelo – ahora no sólo la edad es un problema para ustedes
- ¡Necesito verlo!
-no, no ahora por lo menos, dale tiempo
- ¿qué hago mientras?
- ¿le escribías cartas? – Candy no contestó. Dejó sola a Eleonor, con una cuenta que pagar y una carpeta con su curriculum adentro sobre la mesa – ¡lo del trabajo también era verdad! – recogió los documentos de la chica, pagó y caminó de regreso a la comisaría a concluir con lo que tenía pensado. Solo esperaba no haberse equivocado.
-Señora Grandchester, bienvenida – saludó la recepcionista – su hijo acaba de llegar, está en su cubículo con el detective Andrew, pase
-Gracias querida – avanzó lentamente por los pasillos del edificio. El sonido de los zapatos se confundía con el ruido de los radios. Rodeo la pilastra que escondía los cubículos de los detectives, leía mientras llegaba los nombres de cada uno en las puertas. "Detective "Terrence Grandchester"
-Queridos – tocó ligeramente la puerta abierta para anunciarse - ¿cómo están?
-Eleonor – saludó Albert poniéndose de pie al reconocerla – adelante – Terry, por otra parte, acudió a besar la mejilla de su madre
-Asumo que te has enterado, madre
-Me lo dijo, Stear – los miró – ¿hay algo que se pueda hacer? – ambos negaron
- le concederán la libertad condicional en unas semanas – respondió Albert sin ánimo
