Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora


Capítulo IX


El recuerdo de Marie Rose estuvo presente en sus sueños durante toda la noche. Aún estaba incrédulo por las declaraciones de la tía Elroy, pero de ser ciertas no se conformaría con regresar a Robert Grandchester a prisión, sino de mantener ahí toda la vida si le era posible. Esto fue algo que no discutió ni con Archie ni con Terry cuando estaban construyendo el caso para que fuera presentado al juez, pero él tenía sus propios medios para investigar. Haría una búsqueda alterna, necesitaba conocer la verdad. "¿Qué te hicieron Marie?" preguntó mirando el color rosado que traía la aurora sobre la ciudad.

Respiró largo y profundo. Ninguna navidad le pareció tan agridulce como esa. Enterarse, después de mucho tiempo, que la muerte de su hermana, posiblemente no fuera un accidente y, además, en el mismo día, tener que sincerarse frente a Candy, la niña que lo había atado de una manera inimaginable a su vida, eran dos sucesos que podrían sobrepasar a cualquiera. Quiso pensar que él no se trataba de cualquier persona. La vida, definitivamente tenía maneras muy extrañas de extender sus ramas en este mundo.

Cuando pensó que su vida se acercaba al ocaso, llegaba Candy con la vitalidad de su alma para admirarlo. Mucho tiempo se preguntó si no era sólo eso, que había quedado atrapado entre la admiración y la fascinación. Terry lo planteó en un momento y acosta de su propia vitalidad, entregó el cariño que ya no tenía a mujeres como Sarah o Eliza. Se sintió culpable por el tiempo perdido y por las máscaras que intentó usar para convencerse de que sus sentimientos por Candy no iban más allá de la nostalgia e inquietud que despertaba en él por el parecido a su hermana. Tal vez en el fondo sí había algo de Robert Grandchester en él, pero esto no fue sólo más que el flechazo que sintió cuando Candy se graduó en San Pablo; no podía negar la belleza que encantaba su figura y que caía como un velo mágico sobre ella. Tal vez ahí empezaron sus verdaderos problemas. Nunca pudo quitarse de la cabeza la imagen de una Candy creciendo y embelleciendo el mundo como una rosa que florece en primavera. Pero la distancia que tanto él como Terry impusieron, le ayudó a darse cuenta de que sus deseos e intenciones no buscaban satisfacer las necesidades que suscitaban sus propios sentimientos, sino procurar el bienestar del ser querido por sobre todas las cosas.

Suspiró medianamente satisfecho por las meditaciones que había estado haciendo sobre sus sentimientos hacia Candy, y terminó de vestirse. Tomó su abrigo negro y se dirigió a la comisaria para aclarar algunas cosas con Archie, después, supuso que ambos se dirigirían a la cena navideña en casa de los Grandchester.


- ¡Terry, llaman a la puerta! –gritó Susana- ¿puedes abrir?

El castaño dejó sobre el escritorio los expedientes que Susana trajo por el desde la comisaría y fue a ver quién en el mundo llegaba a la cena navideña a las 5 de la tarde.

- ¿George? – dijo sorprendido mientras el señor Brown se encontraba haciendo malabares con cuatro bolsas llenas de…- ¿qué son estas cosas? – preguntó mientras tomaba un par de bolsas para ayudarle

-bueno, tus hijas fueron a mi casa para pedirme ayuda con la cena navideña – se encogió de hombros mientras lo seguía atravesando la estancia hasta llegar a la cocina donde se encontraban Candy y Sophie

- ¡tío George! – la pequeña corrió a sus brazos provocando que soltara las dos bolsas que traía, pero recibió a la niña con agrado. Saludó también a Candy que se dedicó a recoger las bolsas a sus pies

- ¿por qué mis hijas fueron a pedirte ayuda? – preguntó Terry con las manos en la cintura y mirando a Candy casi exigiendo una explicación

- Pues verás…

-Yo se los pedí –interrumpió Susana – gracias por venir George – saludó con un beso a su viejo amigo – sólo así te dignas a dejarte ver, ¿cierto?

-¡qué puedo decir, Susana, no pude negarme!

Con la conversación trivial y que terminó por dominar Sophie, Terry no pudo encontrar el modo de retomarla. Ciertamente le parecía muy extraño que después de tantos años de que George declinara sus invitaciones, finalmente aceptara. Le quedó claro que Candy o Annie tuvieron algo que ver, aún más que Susana, pero por ser navidad, decidió dejarlo pasar. Sólo esperaba que su presencia no generara algunos inconvenientes con Albert y Elroy, después de todo, si la muerte de Marie Rose no fue accidental, George también tenía derecho a saberlo.

-por cierto, Terry – lo llamó – felicidades por haber resulto el caso tan rápido y hábilmente, escuché las noticias por la mañana – lo miró

-En realidad sólo se presentaron pruebas al juez, una vez que empiece la audiencia, debemos confiar en las habilidades de Archie

-aun así, buen trabajo – Terry aceptó el cumplido sin complicar más la conversación, no quería llegar a que George preguntara cual fue la estrategia que ocuparon. De cierto es que su padre saldría mañana, pero con el alegato de Archie era seguro que la audiencia la enfrentara en arresto domiciliario y esto se consideraba una victoria sobre las intenciones de su padre. Se sintió tranquilo, aunque inseguro de los próximos avances.

- ¿todo bien, cariño? – preguntó Susana al mirar los movimientos lentos e incoherentes que hacía al guardar un molde para pasteles en la nevera - ¿qué te preocupa?

-para serte sincero – contestó él dándose cuenta de lo que estaba haciendo – todo de aquí en adelante

-Es sorpresivo que ahora resulte que la muerte de Marie no haya sido un accidente – comentó lo que Terry ya les había contado cuando llegó a casa. Le pidió discreción respecto al tema, pero ahora con George aquí, no sabía qué tanto Albert podría contenerse de mencionar el tema

-conozco a Albert – la miró dejando de guardar las cosas que George había comprado – sé que investigará por su cuenta

-Se topará con más de una limitante, empezando por la jurisdicción

-encontrará la forma –continúo asegurándose de que George estaba totalmente aislado de la conversación – lo conozco bien

-bueno – lo abrazó por la espalda – al final él y su familia tienen derecho a saber qué sucedió en realidad, tal vez esa investigación ayude a entender muchas cosas

-Suenas enigmática

- soy una mujer enigmática, querido – hizo un guiño para después ordenarle que continuara con su tarea de poner las cosas en su lugar. Susana sabía que la "confesión" de Elroy beneficiaba en más de un modo las intenciones que ella y las chicas tenían de ocuparse del caso de Marie Rose. Mientras Robert se mantuviera preso en este país, ella se aseguraría de investigar todo lo posible hasta que Candy pudiera apropiarse del caso o hasta que ella y Albert llegasen a encontrarse en su búsqueda por la verdad. Sólo esperaba que, para entonces, su relación haya mejorado.


La cena de navidad había reunió a todas aquellas personas que no se imaginaba compartir la mesa. Cada año, desde que se casaron, Terry y Susana invitaban a todos para navidad, pero con frecuencia, sólo Eleonor y Archie eran quienes asistían, los demás declinaban por alguna u otra razón. Pero ahora, por alguna u otra razón, todos se encontraban sentados a la mesa intercambiando pláticas interesantes, triviales y cómicas entre ellos.

A Terry le resultó peculiar que Eleonor mantuviera una charla bastante amena con Archie sobre decoración de interiores. El joven le mencionaba que pensaba cambiar los muebles de su departamento y ella se ofreció a darle algunos consejos. Por otra parte, estaba Elroy Andrew, quien había entablado una charla bastante crispada con Annie sobre la decisión de convertirse en periodista. La mujer alegaba que, en su época, esa profesión no estaba bien vista para que fuera ejercida por una señorita. Annie, por supuesto rebatió su comentario y en menos de un minuto se enfrascaron en una acalorada discusión al respecto.

También estaban Stear y Susana que conversaban sobre la posibilidad de que éste le ayuda en un caso muy importante que tenía entre ceja y ceja. Por su parte, George, el que causante de que todos quedaran con la boca abierta cuando lo vieron salir de la cocina, se encontraba conversando con Candy y Sophie, especialmente, sobre recetas. Y finalmente, Albert, él no conversaba con nadie, igual que él, pero tampoco estaba totalmente desentendido del acontecer de aquella cena. No perdía ojo de Candy.

Él, en realidad tampoco le perdía ojo a la interesante reunión navideña que ese año se había congregado en su casa. Recordó viejos años, cuando su familia se reunía en casa de los Andrew en Londres. Por ese entonces, los más jóvenes eran el fallecido Anthony, le seguían Stear, Archie y él; el adolescente Albert procuraba mantenerlos distraídos con algún juego o reto mientras la cena era servida.

- ¿qué es esa mirada melancólica? – preguntó el rubio

- recordaba viejos tiempos – se encogió de hombros. Después miró a Candy y regresó la mirada al frente para preguntarle si hablaría con ella, cuestión que Albert le confirmó

- solo tengo temor de no encontrar el momento – se sinceró

- sabes que George vive cerca de aquí, ¿no? – continuó tomando un bocado de su plato – escuche a Susana decirle que solo se quedaría hasta cena y después regresaría a casa – continuó - ¿por qué no lo acompañan? – Albert se volvió hacia donde estaba Candy. Todo este tiempo se había dedicado a mirarla que no se percató de que no se había tomado un tiempo para hablar con George, excepto el saludo y el abrazo que se dieron cuando llegó; no había hablado con él desde la muerte de Marie y Anthony.

Terry no sólo le ofrecía la oportunidad para hablar con Candy a solas, sino para retomar una relación que hasta ahora no se había propuesto reparar.

Terminando la cena, empezó la apertura de regalos. La pequeña Sophie fue la más halagada con regalos, aspecto que molestó un poco a Terry, no le gustaba que su hija terminara siendo una consentida, pero tampoco pudo evitar que todos pensaran primero en ella. Lo cierto es que los regalos fueron sencillos pero significativos. Entre risas y comentarios dulces por parte de la más pequeña de la casa, George empezó a despedirse.

Albert se ofreció a acompañarlo e incluyó a Candy al viaje tal y como se lo sugirió Terry. La joven se vio alegremente sorprendida y aceptó antes de que alguien o algo se lo impidiera. Buscó su abrigo y una bufanda. Los tres empezaron a caminar rumbo a la casa de George, primero, en completo silencio hasta que fue interrumpido por Candy.

-Espero que esta noche sea la primera de muchas más señor Brown

-Llámame George, Candy – dijo mirándola – fue una noche encantadora, gracias

- no tenía idea de que se conocieran – intervino Albert bastante inseguro sobre cómo integrarse a la plática

-Nos conocimos en circunstancias excepcionales – contestó George – comimos un poco de pastel ese día – Candy lo miró sonriente, ella acompañó el relato incluyendo los planes que hicieron para la cena junto con Sophie. De un momento a otro el silencio se volvió a instalar entre ellos, pero éste fue diferente. Era un silencio necesario para restaurar la tranquilidad y dejar fluir las palabras que habrían de decirse y esta vez fue George el que se encargó de empezar

-Me ha dado gusto verte, Albert – respiró – después de tanto tiempo

-A mí también me ha dado gusto, George – le dio una palmada sobre el hombro – lamento no haberte buscado antes

-no era tiempo – contestó – ninguno hubiera estado preparado

-Sabes que siempre serás parte de mi familia, a pesar de mis olvidos –intentó disculparse – eres el único que logró entender la melancolía de mi hermana y el único que la acompañó en todo momento, no tengo cómo agradecértelo

-No tienes que hacerlo – después de esto, no se volvió a decir ninguna palabra hasta que llegaron a la casa de George. En la puerta se despidieron, prometieron volver a verse y conversar. Por su parte, Candy se acercó para abrazarlo y desearle una feliz navidad. Le entregó un atado con un moño color rojo

-Es mi regalo, señor George – le dijo al despedirse. Permaneció al pie del umbral unos momentos más mientras los miraba tomar el camino de regreso y ahí mismo rompió la envoltura de periódico para descubrir la fotografía de Marie Rose en la época colegial guardada en un marco color azul.

-¿qué fue lo que le regalaste? –preguntó más para evitar que el silencio incómodo se instalara entre ellos

-un portarretratos – dijo ella mirando el cielo estrellado. Él miró en la misma dirección que ella y se dio cuenta de que el cielo estaba iluminado. Se perdió un rato en la vista nocturna que cuando volvió para mirarla ella ya lo estaba observando – Albert - sus ojos volvieron a atraparlo como la primera vez que los vio – estoy enamorada de ti – sus palabras lo trajeron del mar esmeralda en el que se había sumergido – lo he estado desde hace años

-Candy…

-No, Albert – detuvo su andar – esta vez me gustaría hablar a mí primero

Él asintió. Ella tomó valor – Tal vez pienses que estoy confundida o que soy muy joven para saber con certeza lo que siento, incluso puedes pensar que la diferencia de edad que hay entre los dos es una brecha imposible de superar; pero todo eso es mentira – volvió a respirar, él notó el cálido aliento desprendido de sus labios para fundirse con el frío ambiente que los rodeaba – he vivido y reprimido mis sentimientos durante mucho tiempo, los conozco bien, ellos no pueden equivocarse; no se trata de un simple agradecimiento por haberme rescatado, mi corazón está seguro de lo que siente y – se mordió el labio, ese labio que lo tentaba ahora más que nunca – sé que tu pasas por lo mismo que yo

-Candy …– quiso tocarla

-No, Albert, no – cerró sus ojos con fuerza – me niego a pensar que no sientes lo mismo que yo, perdón si sueno arrogante, pero he estado esperando poder decirte todo esto desde hace años y no voy a perder mi oportunidad otra vez

-Candy….

-Sé que no conozco mucho del mundo, pero eso no impide que lo que siento por ti sea real, tal vez no sea una mujer sofisticada como las chicas con las que acostumbras salir…

-Candy ….

-y tal vez sea una huérfana…

- ¡Candy…! – la sostuvo con sus manos – mírame

-No quiero que me rechaces, Albert – habló sin hacerle caso – no me gustaría que lo hiciera, al menos no por mi edad…- pero no pudo terminar. El frío que hubo sentido en su cuerpo momentos antes se había ido, aunque no el temblor de su cuerpo que ahora podía controlar menos que antes. La suave y húmeda caricia que sintió sobre sus labios fue lo que la hizo abrir sus ojos. Era su primer beso y no sabía qué hacer. Se sostuvo de los brazos de Albert que la sujetaban para evitar caer. Él la envolvió con uno de sus brazos por la cintura provocando que su unión se sintiera más profunda. Sus movimientos eran suaves pero precisos, se sentía en el cielo.

Él interrumpió el beso sin soltarla por completo. Recargó su frente en la de ella. Miró los labios rojos y húmedos y sonrió mientras ella correspondía del gesto. Sintió su mano acariciar su rostro hasta enredarse en su cabello sujeto en una coleta. Y la volvió a besar, está vez con más ímpetu, tal vez necesidad. Ahora rodeaba su cintura con ambas manos. La pegó más a su cuerpo. Ella respondía como podía. El ritmo lo impuso él y demandó invadir sus labios. Ella lo dejó y cuando lo hizo terminó por llevar ambos brazos hasta su cuello. Buscó sostenerse con fuerza para evitar caer por segunda vez. Fue disminuyendo la intensidad del contacto hasta terminar por separarse.

Entrelazó sus manos y reanudó la caminata. Ella lo siguió sin decir una palabra más. Tomaron un camino largo. Los adentró al parque. Después de un momento en silencio en el que ella parecía escuchar su corazón latir sin descanso, la llamó

-Candy …- lo miró expectante – no puedo asegurarte que yo esté enamorado de ti – sintió que un rayo la atravesaba de cuerpo entero y de repente todo el frío que se había ido, que él había ahuyentado, regresó.

Quiso soltarse, pero él se lo impidió, así que volvió a intentarlo

-Escucha lo que tengo que decir – pidió – y si decides soltarte, no te lo impediré – ella asintió en silencio

-Quisiera poder decirte con total libertad, sin prejuicios ni condicionamientos morales o éticos que estoy enamorado de ti y que soy merecedor de guardar y cuidar tus sentimientos – respiró – es lo que más deseo, Candy

-No entiendo ….

-Me atraes, Candy, de una manera que no te imaginas – llevó su mano libre a sostener su cabeza – desde que volví a verte en tu graduación en San Pablo te me metiste en la piel – sintió que él apretaba su mano – y no pude expulsarte desde entonces. Eso fue algo que me asustó al grado de alejarme cada vez más. No quise asustarte y no quiero hacerlo

-No lo haces ...- acarició su mejilla como hubiera hecho antes – nunca lo harías, jamás pensaría que te aprovecharás de mi o que siquiera lo has pensado

- es que sí lo he pensado, Candy – confesó siendo ahora él queriendo soltarse, pero sin conseguirlo –he buscado en otras lo que sueño tener contigo cada noche – dijo cubriéndose el rostro – me gustaría entregarte un amor más puro – entonces ella se soltó de un jalón.

Él la miró consternado

- ¡por favor deja de tratarme como a una niña! – rebatió – No he tenido una relación con ningún hombre, pero no porque tenga miedo o porque no sepa lo que implica, sino porque la quiero tener contigo

-Candy …

-Dicen que estar con alguien es como sentirse realmente vivo – dijo mirándolo a los ojos – pues eso es lo que quiero, quiero sentirme realmente viva a tu lado, Albert

Él sonrió. Se llevó ambas manos a la cabeza

-Candy …-le miró con seriedad - ¿siquiera sabes lo que me acabas de decir?

-Por supuesto que sí – contestó sin titubear

-porque lo que quiero hacer ahora – dijo llevando sus manos los bolsillos – es besarte, besarte como si la vida se me fuera en ello – fue ella quien empezó a acercarse – no Candy – dio un paso atrás

-por favor, Albert, deja de tener miedo – intentó volver a acercarse – pensaste que al alejarnos esto que sentimos se iría con el tiempo, ¿cierto? – se acercó un poco más – pero la distancia sólo logró acrecentarla – la miró no dejaba de mirarla, sus ojos, sus labios – dices que quieres poder decirme que también estás enamorado – continuo – lo mismo me pasó, esperé años para estar aquí frente a ti para decírtelo porque creí que debía convencerte, pero míranos Albert – extendió sus brazos – no podemos negarlo, no más, por favor.

No pudo moverse. Sus piernas se negaban a caminar, fue ella, esta vez la que llegó hasta él levantándose de puntas para besarlo. Su roce fue tímido, ingenuo, cálido, necesario…