Hola gente bonita! Mil gracias por sus comentarios y el tiempo que se dan para dejarlos, los atesoro con mucho cariño. Bien, aquí les traigo un capítulo más que espero que les guste, espero sus impresiones!


Los pequeños instantes entre el ocaso y la aurora


Capítulo XIII


Los oficiales que hacían guardia nocturna en la comisaria lo saludaron como de costumbre, él respondió con un firme movimiento de su cabeza sin detenerse. Caminó por el pasillo central hasta el fondo para tomar el ascensor. Le pareció que los tres minutos que le tomaba llegar al departamento de homicidios fueron eternos, cuando las puertas abrieron no esperó a que la campana que anunciaba la llegada segura sonara. Mientras caminaba alcanzó a ver una tenue luz en la oficina de Terry y apresuró el paso. No lo vio a través del cristal, pero aun así entro estrepitosamente por si el castaño se había quedado dormido en el piso. Pudo respirar tranquilo cuando recién lo veía llegar sosteniendo dos vasos de café caliente.

-llegaste rápido – soltó la impresión sólo para no quedarse callado –también lo necesitarás – dijo entregándole el vaso de café mientras el rubio se sentaba en una de las sillas libres que había

- ¿cómo estás?

- ¿cómo se supone que debería estar?

- ¿has pensado algo?

-algo es decir poco

-si estás aquí entonces imagino que no hablaste con Susana –el castaño negó - ¿hablarás con Archie?

- ¿y decirle qué? – contestó con molestia – si lo hago me sacará del caso

-Susana podrá retomarlo – contestó el rubio con un tono neutro

- ¿por qué te ves tan tranquilo? – le preguntó Terry sin probar todavía el café que mantenía en sus manos - ¿qué exactamente corre por tus venas, tío?

- ¡SUFICIENTE! – entonces gritó - ¡no tienes que tomar ese papel conmigo!

- ¿Cómo demonios quieres que me lo tome cuando me entero que mi hija adoptiva y mi propia esposa sabían de esto hace unos meses?

- ¡no lo sabemos exactamente!

- ¿desde cuándo tiene Candy el maldito anuario? – se puso de pie – ¡desde hace años, tú mismo lo dijiste, luego está ese maldito niñato Thomas que robó el otro anuario y George, maldita sea, George que lo conozco de hace años lo sabía; y mi…! – estaba furioso – ¡Eleonor, maldita sea!

-Creo que esta es la razón por la que Candy quiere entrar a la comisaría – habló el rubio con un aire de tristeza – tal vez esa también haya sido la razón por la que se acercó

-sea una o la otra, no me importa, esa niña no tocará nada del caso

-Sea una o la otra, no deberíamos precipitarnos

- ¡qué te sucede Albert! – caminó hasta quedar frente suyo y levantarlo de su sitió con un fuerte jalón en su camisa - ¡qué demonios te pasa! – gritó en su cara - ¿por qué no te veo gritar, romper y maldecir?

-porque tu nacías bajo mis narices – dijo sin mirarlo a la cara – y nunca hice nada, nunca noté nada, siempre creí que su temperamento era así, melancólico, de haberlo sabido, seguro tú no estarías aquí y ella seguiría viva

Terry tensó más su agarre con la intención de mantenerse de pie más que por desahogar la furia que sentía corriendo por todo su cuerpo. Lo sujetó unos segundos más antes de soltarlo violentamente. Albert sólo se dejó caer. Lo miró de soslayo mientras regresaba a su lugar para dejarse caer, también, sobre la silla al otro lado del escritorio

Echó todo su cuerpo sobre el respaldo reclinable y se quedó mirando el techo hasta perderse en tiempo y espacio. El primer recuerdo que tuvo de Marie Rose Andrew se le vino a la mente de repente. Sin poderlo controlar la imagen de la mujer acercándose a él con una sonrisa angelical y noble mientras él se ocultaba tras las piernas de Eleonor. En ese momento no lo sabía, no había forma de saberlo, pero Marie Rose nunca faltaba a ninguno de sus cumpleaños, y aquella mañana, en su cumpleaños número cuatro, fue consciente, por primera vez, de que ella nunca faltaba, ni tampoco su hijo Anthony, con quien apenas convivió porque era un chico demasiado tranquilo para su temperamento.

- ¡Terry! – escuchó el llamado insistente del rubio. Había quedado preso de aquella imagen de Marie que apenas notó que Albert estaba de pie frente a él con las manos en los bolsillos.

- ¿qué pasa?

-Estaba diciendo que podríamos guardar esta información de Archie – dijo mirándolo, ahora así, a los ojos – por lo menos hasta tener las pruebas suficientes – por primera vez reparaba en que la mirada de Albert era idéntica a la de Marie –pruebas que no puedan excluirse en el juicio – posiblemente su propia mirada también era igual a la de ella. Una fuerte sensación de vacío lo invadió hasta desubicarlo y Albert lo notó - ¡Terry! – su voz hizo un eco en él que lo trajo de vuelta abruptamente.

-me sentía fuera de lugar – declaró de repente, pero Albert sabía a lo que se refería

-Hubo una ocasión en que Anthony me dijo que tenía miedo de acercarse a ti

-yo lo odiaba, sentía una…

-incomodidad verlo a los ojos

-sí – supuso que Albert también lo sentía, tal vez siempre lo sintió, incluso más ahora.

Ambos se quedaron en silencio por un tiempo. Ciertamente había mucho que digerir. Terry permaneció sentado en la misma posición en la que estaba, mientras que Albert terminó por apoyar su espalda en la pared y quedarse ahí, mirando a través del cristal cómo sus colegas iban y venían desinteresadamente. De repente quiso ser uno de ellos. Tal vez un oficial de menor rango, tal vez patrullando las calles no habría tenido que enterarse de todo esto, o tal vez de haber sido un adolescente menos egoísta, habría permanecido en casa y habría notado la oscuridad que cubrió la vida de su hermana.

"¡Cómo pude fallarte de esta manera Marie!" se gritaba internamente "! cuándo me permití estar ausente!" y es que los recuerdos de su hermana llorando silenciosamente mientras paseaba, de la mano de Anthony por los jardines de la casa Andrew centelleaban uno a uno en su cabeza. Su sonrisa melancólica, sus dóciles y temerosas caricias sobre su necia cabeza de hermano menor, la fragilidad de su figura. ¿Por qué no pudo percatarse de nada?

Suspiró derrotado, el café que Terry le había dado quedó varado en el piso del cubículo. Solo alcanzaba a percibir el olor que viajaba por el interior de la habitación y eso lo llevó de vuelta a la casa de George. La cocina en la casa Andrew olía así también, a café recién hecho, el olor a café con canela que Marie preparaba todas las mañanas "Sólo para resistir el día" decía.

Apretó las manos contra sí mismo.

¿Por qué hasta ahora, George? – se puso de pie violentamente gritándole a la cara - ¿Por qué maldita sea?

Miraba a su compañero hervir de la furia, él también quería hacerlo. Quería responder igual que él, pero no pudo. Su cuerpo no se lo permitía. Había quedado congelado sin poder articular palabra alguna

No tengo por qué darte explicaciones Terry – contestó – ahora es un hecho, sucedió y lo que importa es que es real

Su semblante se veía tranquilo, pero sus ojos estaban opacos. George lo sabía, lo supo desde siempre. Ahora todo encajaba; sus visitas a Marie, la insistencia de la tía abuela para que se decidiera a proponerle matrimonio, la aceptación de su hermana, su afán por acercar a Anthony y a Terry.

Se sintió asqueado. De repente se descubrió ajeno a su familia, distante de su hermana, extraño de su dolor. Vivió con ella hasta su muerte, pero nunca, ni una maldita vez cruzó por su cabeza que estuviera atravesando años de…

¡Pura mierda! – gritó el joven detective- ¡Maldita y puta mierda! – tiró las tazas de café sobre la mesa - ¿por qué diablos no merezco una explicación? – George lo miraba impávido - ¡no puedes decirme que Marie Andrew es mi madre y no sólo eso, sino que mi padre abusaba de ella desde hace años!

Entonces reaccionó. Las palabras de Terry lo hicieron volver del limbo en donde estaba a punto de ocultarse.

Abuso.

Abuso…

Esa palabra. Esa inmunda palabra. "Mi querido, hermano…" ese maldito bastardo "por favor, cuida de mis pequeños ángeles…" Nunca la dejó en paz "Anthony y Terrence deben llevarse bien…" ni un solo momento de su vida "cómo que por qué, se llevan a penas dos años, serán grandes amigos, lo presiento"

¡MALDITA SEAS GRANDCHESTER! – soltó un alarido que terminó por desubicar a George y calló a Terry por un momento. La mención de su apellido en medio de un grito sofocante y cubierto de dolor lo hicieron sentirse una basura. Se sintió sucio, quiso arrancarse el apellido, borrar todo rastro de Robert sobre él. Quiso desaparecer.

Descubrir la verdad de la boca de George no significó un alivio como mucho se decía en la comisaría cuando se presentaban casos de este tipo. Por el contrario, sintió que una mano extraña lo abría del pecho y le arrancaba el corazón y le drenaba la sangre hasta dejarlo vacío. Y luego, también estaba Candy. No sabía qué pensar, tampoco sabía cómo reaccionar. ¿Por qué no le dijo nada? ¿Tanto era su deseo por ser detective que se buscó un caso, el que fuese? ¿por qué precisamente el de su hermana? ¿y si sus intenciones sólo se ceñían a conocer la verdad sobre Marie? La imagen de la chica le hizo recordar que tendría que llamarle para cancelar su visita, no podía verla ahora. Tomó el impulso de sujetar el teléfono de la oficina y llamarle, pero la pregunta de Terry lo detuvo a medio camino

- ¿qué harás?

-llamaré a Candy para cancelar nuestra cita – la mención de la rubia hizo que Tarry volviera a reaccionar abruptamente.

-esa mocosa va a escucharme – se levantó de golpe, pero Albert lo detuvo del brazo y lo lanzó sobre las sillas provocando que cayera al piso

-No es momento – dijo habiendo dejado colgado el altavoz del teléfono sobre el escritorio

- ¿cuándo será el momento? – atacó poniéndose de pie - ¿unos cinco, diez o veinte años más? – avanzó, pero Albert lo flanqueó

-no vas a tocarla – ante la amenaza Terry no hizo más que gritar de frustración sosteniendo su cabeza con ambas manos. Tras el grito volvió un estado de tranquilidad engañosa. Escucharon unos golpes sobre la puerta. Se trataba de tres oficiales que escucharon el alarido desgarrador. Albert los alejo y terminó cerrando las persianas por completo.

-Los anuarios pueden ser importantes para el caso – dijo Terry estando más tranquilo – y los tiene Candy

-encontraremos la forma de recuperarlos – añadió el rubio manteniéndose de pie junto a la puerta, por si Terry volvía a tener un ataque de ira incontrolable contra Candy o contra Susana

-¿cómo lo haremos? No me siento capaz de volver a casa – confesó. Vio al rubio acercarse hasta él y recoger una de las sillas caídas para sentarse

-puedo entender cómo te sientes, pero no puedo imaginarme los sentimientos que ahora están creciendo dentro de ti – respiró – yo mismo siento que los míos están perdidos, se trata de mi hermana, Terry – continúo mirándolo fijamente – de mi única hermana, de su vida, su dolor, de su muerte y la de su hijo –Terry lo escuchaba sin intervenir – en el fondo, creo que agradezco que tu madre biológica sea Marie y no Eleonor; supongo que se debe a que una parte de ella vive en ti o tal vez eso es lo que deseo

-Mi…- se detuvo -Eleonor y Elroy serán tratadas como cómplices – afirmó Terry, hecho que le sorprendió al rubio – no voy a permitir que esto quede así, Albert, se trata de mi madre – aunque al rubio le pareció demasiado apresurado, parte de su corazón empezó a latir con mayor serenidad al saber que Terry no despreciaba el lazo que lo unía a Marie. A pesar de ello, hacía falta esperar, dejarle al tiempo inmiscuirse entre sus vidas. Ciertamente lo que se venía no iba a ser grato. Tendrían que salir, tarde o temprano y hablar con ellas, tanto con Susana y Candy, como con Eleonor y Elroy.

Sintió que una nube de angustia se cernía sobre él y susurraba su nombre. La joven volvía otra vez a su mente. Volvió a ser testigo de la mirada decidida y frenética de la joven cuando dejó escapar la palabra que lo hizo virar el camino de la investigación.

"Justicia" Río para sus adentros, sin percatarse, Candy le dio la llave que necesitaba para encajar las piezas que hasta ahora faltaba. Ya desde la supuesta confesión que hiciera Elroy sobre la amenaza de Robert y la muerte de Marie sospechaba de los hilos que se enredaban para ocultar la historia de su hermana.

- ¿cómo fue que…? ... ¿cómo estás tan seguro de eso? – preguntó Terry siendo consciente de que su padre no podría avergonzarlo más

-Investigué el pasado familiar desde que leí la confesión de la tía abuela –empezó a hablar con pesadez- no encontraba razonable que cediera a las presiones de Robert con algo como el accidente de Marie si no fuera verdad.

-fue tu primer sospechoso

-Sí –guardó silencio unos momentos

- ¿Qué fue lo que investigaste de la historia de los Andrew?

-He de confesar que todas mis indagaciones se limitaron a registros y recuerdos de infancia y adolescencia – suspiró – cada aspecto, comportamiento y palabras extrañas que recordara o que me dieran, en ese momento y ahora, una impresión de contradicción las consideré pistas elementales. Pero fue Candy la que me dio la clave para unir todas esas piezas

-¿cómo que Candy?

-Quise buscar los anuarios de San Pablo; el mío, el de Marie, el de Robert y el de George – continuó – pero sólo pude recuperar el mío, el de George y el de Anthony

- ¿qué tiene eso que ver con Candy?

-Conseguí información de la última persona que solicitó un anuario y esa persona fue un tal Thomas Brown, a nombre de Candy

-asumo que fuiste con ese imbécil de Brown

-Sí, investigué todo de él, va a la misma universidad que Candy, pero él no es relevante para el caso. Tuve oportunidad de sacar el tema de los anuarios perdidos con Candy y otras cosas más sobre la investigación, ella dijo varias cosas alentadoras, pero hubo una de la que estaba complemente segura

"Ahora es diferente, estoy segura de que Terry y tú lograran la justicia que Marie se merece" Parecía que la estaba escuchando hablar frente a él otra vez. Tan sólo su nombre producía en él un oleaje peligroso y alarmante; algo dentro de él le urgía ir a su encuentro, pero también sentía miedo e incertidumbre por verla. ¿Qué pasa si todo al final resulta ser una ilusión?

"¿Qué fue lo que te llevó a actuar así? Y ¿por qué no puedo más que sentir una angustiosa necesidad de abrazarte?"

Se preguntó si debería odiar a Candy o por lo menos molestarse con ella, gritar como lo hacía Terry, gritar y gritar y gritar hasta que se olvidara de que él también tenía la culpa de todo. Nunca imaginó que confirmar la participación de Robert en el asesinato de Marie lo llevara hasta George a descubrir la verdadera razón de su persecución.

Si los dos están aquí significa que ya lo saben – dijo sosteniendo el pomo de la puerta con tanta fuerza que la madera empezó a temblar – o al menos conocen una parte

-Si hay más por conocer, tendrás que decírnoslo – precisó Terry con un tono amenazante. George los dejó pasar. Caminó hasta la cocina sin mirarlos ni hablarles, ellos lo siguieron sin soltar una palabra. Sin ningún anuncio o invitación tomaron asiento alrededor de la mesa mientras él preparaba tres tazas de café

¿Qué parte conocen? –preguntó aun dándoles la espalda

-Que Robert Grandchester estaba al acecho de Marie –fue Albert quien contestó

¿Cómo puedes asegurarlo?

-solicité todos los registros telefónicos en la mansión, el ochenta por cierto de las llamadas que se entraban venían de la casa Grandchester o de un número privado que terminó siendo de Robert

-Sabemos que la amenazaba– declaró Terry – creemos que la razón es Anthony

¿Por qué Anthony?

- ¿Fue Anthony hijo de Robert? –preguntó Albert

¿qué le llevó a concluir eso detective?

-es una sospecha – dijo con severidad –tu anuario sólo fue firmado por dos personas, Marie y Robert, ella te deseaba todo el éxito en esta vida y él que no te metas en sus asuntos –puso sobre la mesa unos papeles –se solicitó la exhumación de los restos de Marie y Anthony, además de una prueba de ADN, necesitamos tu autorización

Así que sólo quieren confirmar sus llamadas sospechas

-Sé que Candy tiene posesión de los anuarios de Robert y Marie de San Pablo, pero creo que eso ya lo sabías – siguió el rubio – quiero la verdad, George, quiero saber qué tipo de relación tenían mi hermana y Robert Grandchester

-¿Marie Rose Andrew y mi padre eran amantes?- cuestionó ahora Terry - ¿Anthony fue la causa de que él los asesinara?

Puedo pedir la presencia de un abogado

-Si lo haces serás tratado como sospechoso – explicó Albert –por favor, te pido que no lo hagas

¿Qué ocultan los Andrew, George? – fue Terry quien presionó. George tomó aire y los miró fijamente

Anthony es mi hijo, no de Robert Grandchester

-¿eran…amantes él y….?- se le secó la garganta

No, Albert – lo miró – no lo eran

-¿entonces…

Ella fue una víctima de una persecución atroz

-Habla claro, George

Robert sabía que Marie tuvo un hijo suyo, creyó que era Anthony, pero él siempre fue nuestro, el remanso que nos unía y nos daba aire para respirar y resistir

- ¿resistir qué? – Albert sintió un escalofrío en la espalda.

Quise matarlo con mis propias manos, molerlo a golpes hasta destrozar su rostro para hacerle honor a su bestialidad, pero Marie no me lo permitió

- ¿qué insinúas George? - insistió el rubio entrando en pánico sin saber exactamente por qué

La convencieron o quizás la obligaron a entregar a su hijo para resguardarlo de la deshonra que representaba si todo el mundo se enteraba de que aquel niño fue producto del abuso ejercido durante años

- ¡no! – Albert se quedó sin aire

Elroy Andrew y Eleonor Baker se encargaron de ocultarlo

-¡no!

-¿dónde está ese niño ahora? – cuestionó Terry - ¿dónde podemos encontrarlo, mi madre y Elroy saben dónde está?

-¿tú sabes dónde encontrarlo? – volvió a preguntar el castaño ante el mutismo en el que Albert se había sumergido

Aquel niño creció en la boca del lobo

-explícate – exigió Terry

Ese niño representaba la deshonra de los Andrew y de los Grandchester, se jugaba mucho y nada al mismo tiempo

-¿dónde está George, quién es? – preguntó Albert, casi como si fuera una súplica. George lo miró y sintió pena y vergüenza de empezar a sentirse liberado. La carga que por años pesaba sobre él, y que decidió compartir con Marie, se estaba cayendo de sus hombros sin que él pudiera sostener los pedazos para reagruparlos de nuevo. Miró entonces a Terry, lo miró por varios segundos que terminaron por incomodar al castaño.

-escuchaste la pregunta, George – levantó la voz, más para ocultar la inseguridad que empezó a sentir - ¿dónde está ese niño?

La convencieron de que estarías seguro en la casa Grandchester, le dolió entregarte, lloró cada día de su vida por eso

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¿Por qué hasta ahora, George?...¿Por qué maldita sea?

Los golpes en la puerta los sacó del letargo en el que se habían sumergido por tercera vez. Esta vez fue Terry quien recibió al solicitante en la puerta. Todo su cuerpo se tensó de tal manera que no se percató de la fuerza que su mano imprimía sobre el picaporte de la fuerza. "Hola, Terry" Albert reconoció esa voz "Vine porque estoy preocupada" Ahí estaba ella. Tuvo el impulso de moverse para salir y verla, lanzarse y capturarla entre sus brazos y presionarla fuerte contra su pecho, pero..." He estado llamando toda la mañana, pero ni tu ni Albert contestan el teléfono"

-Candy – la llamó con una voz trémula, casi a la fuerza – Candy –Miró a Terry empuñar la mano que estaba libre - ¿cómo pudis…- y entonces tuvo un impulso que lo hizo llegar hasta la puerta, sujetar a Terry por los hombros y lanzarlo hacia atrás mientras él salió cerrando tras de sí sin soltar el picaporte. La velocidad con la que se movió hizo que quedara demasiado cerca de la joven. Sus sentidos se vieron invadidos por el olor y el aliento de la rubia. No pudo evitar sus labios ni sus manos temblorosas, quizás, por su repentino comportamiento.

Quiso jugar con sus rizos rebeldes, quiso acariciar su mejilla, quiso besarla, quiso preguntarle por qué, quiso saber si lo quería en realidad, pero tuvo miedo, miedo de no poder mirarla con molestia como Terry ya lo hacía. La vio ceñir con angustia y levantar su mano hacia su rostro, pero fue velozmente capturada por él para evitar tocarlo. Aunque este esfuerzo le valió de poco, el contacto con su cálida piel ahuyentó de golpe las imágenes de Marie llorando en el jardín, acariciando su cabeza, pidiéndole que cuide de Anthony y Terry; tan sólo el roce de su piel ahuyentó el vacío y desprecio que ya sentía de sí mismo.

-Albert

-Vete a casa

- ¿qué sucedió?

-por favor, vete – la soltó como si quemara – por favor – no esperó a que ella respondiera, volvió a abrir la puerta y la cerró con fuerza, creyendo que el golpe la haría desaparecer al otro lado. Terry se lo quedó mirando con el ceño fruncido reclamándole en silencio que lo hubiera despojado de su derecho a reclamar. Albert volvió a sentir desprecio de sí mismo – lo lamento – dijo mientras escuchaba los pasos de Candy alejarse por el pasillo – no puedo permitir que le hagas daño

El castaño soltó una risa sarcástica que pronto se volvió un llanto abrumante. Terminó por caer al piso. Ocultó el rostro entre sus manos y dio un grito desesperado, un grito que no fue escuchado más allá de la puerta, no rebotó contra los cristales, no expulsaba nada, no desahogaba nada; por el contrario, fue un aullido que parecía tragarse todo. Albert no se movió de la puerta, sujetaba aún el picaporte mientras escuchaba el sofocante llanto de Terry.

Desolación. Era una palabra que había usado una vez en su vida, cuando Elroy le daba la noticia que al graduarse de la universidad debía ocupar su lugar como cabeza de familia. Desolación, dijo cuando Marie le preguntó a qué le temía para irse de viaje de la manera en que se iba. "No quiero sentirme desolado en un mundo tan frívolo como este, no quiero verme obligado a cuidar de la riqueza y las casas familiares, Marie; tal vez tú espíritu se preste para eso, pero el mío no"

¡Qué estúpido sonaba ese argumento ahora que sabía el infierno que Marie tuvo que soportar para cuidar el apellido familiar! ¡Cuán egoísta fue! ¡Miedo a la desolación, a la añoranza por su libertad, eres un idiota William!

"Ojalá pudiera saber que tuviste momentos de tranquilidad, hermana" pensó mientras conducía de regreso a la comisaría. Terry había guardado silencio desde hace un rato. Miró el techo del auto durante todo el camino, pero nada de su ímpetu se domaba; mientras discutían y relacionaban hechos, indicios y pruebas en su cubículo, Terry nunca dejó de maldecir, gritar y tirar cosas a su alrededor.

Estaba furioso, su ira iba de Susana a Candy; de Elroy a Eleonor, de Robert al título que se ceñía sobre sus familias. Por un momento pensó que lo terminaría odiando a él, pero no necesitó de sus reclamos porque él mismo ya tenía los suyos.

En un momento escucharon a Susana preguntar por él, pero los oficiales que se encontraban le notificaron de su ausencia, como Terry pidió si alguien llegaba a buscarlo. Pasaron toda la noche ahí, hasta que la furia se fue convirtiendo en otra cosa: quebranto. Ambos estaban destrozados sin que todas sus partes fueran iguales, no compartían el mismo dolor ni la misma verdad, pero ambos podían darle el mismo nombre a lo que sentían: culpa y tristeza.

Después de un tiempo decidieron suspender todo avance. Albert lo convenció de llevarlo a casa. "habla con Susana" sugirió mientras llegaban a la puerta. El castaño no contestó, abrió y se internó en la oscuridad de su casa. Albert no lo siguió. Alcanzó a distinguir el movimiento de la cortina en su habitación; la urgencia por irse de ahí lo hizo cerrar la puerta y desaparecer.

Fue hasta que llegó a su casa que soltó ese rugido de impotencia y rabia que lo carcomía desde adentro. El grito duró mucho tiempo, sintió que su garganta se desgarraba, pero no le importó; cuánto dolor pudo haber sentido Marie viendo su paz violentada mientras él, perfecto egoísta, viajaba por el mundo buscando libertad.

¡Perdóname, Marie, te fallé!


No tardó en regresar a casa. Durante todo el trayecto sintió que el alma se le desprendía del cuerpo. La mirada de Albert la dejó helada. Algo pasaba, algo muy malo pasaba. Quiso quedarse más tiempo, pero la risa que soltó Terry se escuchó aterradora. Se abrazó a sí misma y terminó corriendo por el pasillo sin detenerse hasta llegar al café que ella y Albert volvieron su pequeña tradición del día. Respiró profundo para recuperar el aire que se le había ido y empezó a caminar con un nudo en la garganta creciendo y creciendo, provocando pronto la sensación de no poder respirar bien.

Pero antes de entrar en pánico, escuchó sonar su teléfono. Buscó frenéticamente el móvil entre su bolso hasta que lo encontró. Deseaba que fuera Albert el que llamara, pero en la pantalla leyó: Susana. A penas se percató de que su mano temblaba. Contestó con un "diga" sin agregar más, incluso la voz le estaba siendo negada

-Aquí está George – escuchó. Rodó una lágrima por su mejilla y después otra –lo saben – y otra - Terry y Albert lo saben – y miles de ellas más hasta nublarle la vista – regresa pronto a casa Candy