Corría a un ritmo medio por los verdes bosques del territorio de Konoha. El aire frío de la mañana golpeaba su rostro como una suave y gélida caricia, despertando todos sus sentidos, mientras su largo cabello oscuro se movía al compás de sus movimientos.

Saltó a una rama.

Pisó el suelo con gracia.

Saltó al siguiente.

En un movimiento continuo, armónico y constante; dejó los frondosos parajes de su tierra para adentrarse en las amarillas arenas del desierto junto a sus compañeros en una misión que se suponía sería fácil.

Kiba, Shino, Shikamaru, Sakura, Naruto y Sasuke la acompañaban en esta misión en la aldea del desierto: Suna.

La misión consistía en un intercambio de shinobis por un mes, como parte del programa de actividades necesarias para mantener la alianza y la paz, después de la gran guerra.

Tampoco era que hubiese mucho que hacer, últimamente, las misiones eran simples y las que requerían de mayor esfuerzo consistían en desarmar pequeñas células que pretendían seguir los pasos de Obito y Madara.

Esta, en particular, se veía prometedora.

El viaje a Suna era su último rayito de sol antes de entregarse a un sacrificio no voluntario pero ineludible. Iba a casarse en un matrimonio arreglado, por conveniencia, y cuando volviera iniciarían la búsqueda de un candidato. No habría amor, probablemente ni siquiera sería de la aldea.

Así que esta era su última misión.

Le cortarían sus alas.

Esta era una verdad que inconscientemente, siempre había sabido. Por ello, cuando la edad llegó la sabiduría también lo hizo, y comprendió que más allá de los entrenamientos y las ganas de superarse, ya no podía perder su tiempo; ella nunca sería suficiente para su familia ni para Naruto; y estaba perfectamente bien. Y cuando descubrió aquello, otro mundo de posibilidades se mostró ante ella, uno en el cual encontró que era lo que ella realmente quería, que era lo que a ella le apasionaba.

Su refugio.

El camino la llevó a encontrar una pasión desconocida en el estudio de las plantas y hierbas medicinales.

En secreto, y con la ayuda de Shino y Kiba, a quienes no les podía esconder nada, estudió las plantas de Konoha y alrededores; sus preparaciones y usos en combate y medicina. Y ahora, este viaje a Suna, le entregaba una nueva posibilidad de aprender.

Pero eso no era todo, oh no. Estaría mintiendo si dijera lo contrario.

Para ella, esta misión, este viaje, significaba su último acto de libertad; su último escape de la realidad.

Aquellas alas que había descubierto, aquella pasión que había encontrado le sería arrebatada por una vida de sumisión a su esposo.

La arena caliente tocó sus pies a través de sus sandalias y sonrió.

La Hinata de años atrás hubiese reclamado, hubiese intentado escapar o tendría la esperanza de poder cambiar su futuro inspirándose en las palabras de Naruto; pero ya no.

La guerra, la muerte de Neji y sus propias experiencias le habían enseñado que esta era una más de las consecuencias de su vida; ella no tendría un amor correspondido, ni mucho menos una historia romántica como otros, pero tal vez podría encontrar satisfacción en otras cosas. Aun no lo sabía, pero esperaba que así fuera.

Porque el clan y su futuro esposo podrían tener su sacrificio y su vida; pero jamás su corazón.

Eso era de ella.

Esa era su última esperanza.

Las puertas de la gran aldea aparecieron frente a ellos en medio del desierto, como fundiéndose con él, en perfecta armonía con su entorno.

Temari y Kankuro se encontraban esperándolos en la entrada con un calmado saludo, propio de los hermanos; y para nadie pasó desapercibidas las miradas entre Shikamaru y Temari, cómplices y enamoradas.

Los llevaron por las calles de la aldea, donde más de alguna persona se giró a mirarlos, pero nadie prestó mayor importancia y continuaron hacia la torre del Kage.

Gaara del desierto, los esperaba en su despacho, inmutable, mientras les daba la bienvenida. Si no fuera por la alegría de Naruto al verlo, nadie sospecharía que eran amigos.

Le asignaron una casa cercana a la torre del Kazekage con habitaciones para cada uno para pasar el mes y por la hora, todos aprovecharon de descansar.

De todos los presentes, Hinata era la única acostumbrada a madrugar; y en el que sería su hogar por todo un mes, las cosas no iban a cambiar.

Se asomó por el pequeño balcón del dormitorio que le habían asignado, acompañada de un tazón de té, y contempló como la noche abandonaba el desierto y las arenas se cubrían de un tibio dorado. El sol se asomaba tímidamente por las dunas, más allá de las paredes de Suna, en un espectáculo encantador y tan diferente a Konoha.

Cálido, tranquilo, e incluso, romántico.

Fue ahí, cuando Gaara dejó los papeles de su escritorio a un lado y decidió admirar la belleza del amanecer; como todas las mañanas. Y en el solo instante en que despegó la mirada de aquella Luna que se perdía, como una jugada del destino, vio a Hinata.

Ya la conocía, de lejos, de nombre, pero esta era la primera vez que realmente la veía.

Que realmente la miraba.

La última brisa de la madrugada sacudió con gracia su oscuro cabello, sutilmente; como rozando aquel último vestigio de la noche que se estancaba entre sus fibras. Su mirada, fija en el horizonte, totalmente perdida en aquella escena que él también acostumbraba a mirar pero que ahora no lo hacía. Y su piel, tan blanca como la luna se perdía en aquellos destellos dorados de la luz matutina, entregando una imagen totalmente irreal.

Ella estaba ahí, frente a él, imponente, fuerte y a la vez hermosa.

Y desde la distancia, esta era la primera vez que realmente la veía.

Hipnotizado ante la imagen, donde el amanecer no lograba hacerle competencia, fue consciente de que no era capaz de despegar su mirada; y que ella, sin duda lo notaría, era una Hyuga.

Hinata, desde su posición, giró su rostro hacia la torre del kage y con una leve sonrisa inclinó su cabeza en un respetuoso y delicado saludo.

Y esta vez, fue la primera vez que se saludaron.

Hinata era la noche y Gaara el fuego del desierto; y aquél, el primer encuentro.