Los días en Suna avanzaban y no siempre en vano.
Esa tierra dorada, de días calurosos y frías noches, siempre tenía algo nuevo que ofrecer, alguna nueva cosa que mirar o cosas que enseñar; nunca un día era igual al anterior.
Fue así, como llegó la primera misión real para el equipo ocho: una de rastreo, su especialidad. Encontrar un grupo de ladrones que habían robado un scroll con un jutsu prohibido de la arena.
Fueron tres días y tres noches en las que la rutina del Kazekage se vio interrumpida por la ausencia de su lejana compañía. No hubo saludos matutinos ni despedidas nocturnas.
Y por muy raro que resultara, sobretodo para alguien como él, se vio extrañando aquellos breves intercambios y esperando su regreso.
Los tres días pasaron.
Lento. Aburridos. Monótonos.
Y el tiempo sobraba, y los papeles se acumulaban, y el horizonte parecía bastante más interesante que mantenerse en esa pequeña oficina que comenzaba a asfixiarle.
La tentación de llevar sus ojos aguamarina hacia las puertas de la aldea era cada vez más seductora.
¿De verdad su vida era tan plana que esperar ver a una kunoichi era más entretenido?
Algo estaba mal.
- ¡Oi!, ¡Teme! - le gritó Naruto por tercera vez
Sasuke volvió en si, encontrándose en medio de su campo de entrenamiento y perdido en sus pensamientos; miró la hora y notó que ya eran pasadas las diez de la mañana.
- ¿Que quieres?
- Vine a buscarte, no te vi en el desayuno.
Sasuke tomó sus cosas y se acercó a su amigo para irse del lugar, porque Naruto tenía razón; no había ido al desayuno, lo había olvidado.
Tres días.
Tres días sin su compañera de entrenamientos, sin la chica que marcaba el inicio y el término de la sesión sin falta; que se preocupaba de llevar botellas de agua y comida; y que le llevaba el ritmo de forma excepcional.
Tal vez por eso había perdido la noción del tiempo.
Era demasiado fácil acostumbrarse a su presencia.
Iba a decir algo cuando notó que su mano estaba herida, nuevamente, y antes de que dijera algo Sakura apareció a su lado.
Había estado tan distraído que no había visto que su compañera estaba también ahí.
Mierda.
- Sasuke-kun, déjame ayudarte.
Ni siquiera intentó ocultar su desagrado ante la idea de ser atendido por ella y cuando iba a rechazar, la mirada de Naruto pudo más que cualquier cosa y cedió.
Era de esos días de mierda que Naruto intentaba hacer que Sasuke aceptara los sentimientos de Sakura.
Sin esperar respuesta, la chica tomó la mano de él, sujetándola completamente y con la otra comenzó a usar su chakra, mientras un pequeño sonrojo adornaba sus facciones.
Demasiado contacto; demasiadas caricias ocultas y anhelos en vano.
La tentación de salir corriendo lo embargó, pero se obligó a permanecer ahí, quieto.
Sakura, mal interpretando su silencio, se movió para estar más cerca; invadiendo su espacio personal cuando no era necesario.
Naruto desvió la mirada y Sasuke no pudo evitar pensar en Hinata.
Tal vez, era momento de comenzar a hablar de ella con su amigo.
Separó sus labios para iniciar aquella conversación, y lo intentó, de verdad lo intentó; pero las palabras no parecían querer llegar a su garganta, se quedaban ahí, atascadas en su mente, llenándola sin piedad.
Miles de cosas para decir sobre la Hyuga esperaban su turno para ser liberadas, listas para llegar a los oídos de su amigo, preparadas para abrirle los ojos y que viera la suerte que tenía. Pero no, nada pasó, y el silencio reinó entre los tres.
Quedaron guardadas como si fueran un secreto, uno que él quería ocultar celosamente.
Inconscientemente.
E Inevitablemente, Sasuke comparó a Sakura y Hinata.
Ambas eran físicamente hermosas, pero indudablemente Sakura era más llamativa. Ella era la clase de chica que se roba las miradas de todo un salón, que destaca entre todas sus compañeras y capaz de robar el aliento con solo una mirada.
Pero Hinata tenía algo diferente, no desbordaba belleza como Sakura, pero brillaba con luz propia, si sabías mirar. Lo hermoso de la Hyuga estaba en la sutileza, en sus líneas suaves, en sus ojos de tormenta, en el violento contraste entre su piel y cabello.
En cada pequeño detalle que adornaba su rostro y lo hacía perfectamente armónico.
Y eso era solo lo físico.
Porque en personalidades, había un abismo de diferencia, un universo que las hacía completamente opuestas; donde Sakura buscaba cercanía y apego, Hinata mostraba respeto y prudencia. Sakura era fuerza y poder, Hinata era delicadeza y precisión.
Y en su forma de amar…
Sobre todo, en su forma de amar; Sakura imponía, irrumpía y llenaba los espacios con su amor demandante y abrazador, demasiado abrumador. Hinata amaba a la distancia, en silencio, y sin presiones; su amor era de ella, personal y sin imposiciones.
Él prefería esa clase de amor, ese amor que no estaba dedicado a él, sino a su mejor amigo.
Quizás, por eso calló todo aquello que podría haber dicho. Tal vez, por eso no tuvo deseos de que Naruto se enterara.
Pero Sasuke aun estaba muy inmaduro como para comprender.
La noche del tercer día, el Kazekage abandonó esa oficina que se hacía cada vez más sofocante y aburrida, y caminó hacia el campo de entrenamiento de los chicos de Konoha.
Avanzó solo, acompañado por el silencio y la noche, calmado solo en apariencia; porque en ese momento, la ansiedad gobernaba sus levemente acelerados pasos.
Gaara del desierto estaba completamente seguro de su destino y de a quien vería.
Saltó, de tejado en tejado, con su fiel calabaza en la espalda.
Avanzó.
Pisó la arena, dura y suave de su aldea; y llegó a destino
Ella estaba ahí.
Aquella lejana compañera había vuelto.
Giraba, con esos movimientos tan característicos de su clan, con su cabello negro siguiendo cada paso que daba con gracia y con sus manos levemente iluminadas con chakra. Ella era la única capaz de entrenar a estas horas de la noche.
Se detuvo, lo saludó como siempre, como si jamás se hubiese ido, y la voz de Gaara escapó antes de que lograra procesar.
- Hay un lugar donde puedes aprender de las plantas medicinales de Suna.
Si la sorpresa que le causó el actuar antes de pensar fue grande, lo que vino a continuación fue aún peor (o mejor).
Hinata llevó su mirada hacia la de él, conectándola por algunos segundos y una pequeña sonrisa apareció en su rostro; suave, dulce y real.
La más real que Gaara hubiese visto y lo más raro de todo, era que él había sido el causante.
Él.
Pero no quedó ahí, y esa kunoichi no dejaba de sorprenderlo; aquella sonrisa, por leve y pequeña que fuera, iluminó su rostro y llegó a sus ojos tristes.
Lo desestabilizó.
El ninja de la arena, el jinchuriki del desierto, se transformó en un complejo nudo de emociones raras y agradables.
No había rabia, ni incertidumbre, ni mucho menos deseos de sangre; nada de lo que él conocía por sentimientos; nada de lo que él había aprendido a calmar.
Esto era diferente. Nuevo.
Quería más.
Quería entender.
Así que dio un paso más hacia ella, dudoso y luego retrocedió, completamente abrumado por lo que había sucedido, y asustado de no saber como proceder.
- Ve mañana a mi oficina, a primera hora.
Y desapareció.
O más bien escapó.
Hinata estaba contenta, aquello había sido un pequeño rayo de luz en ese momento de incertidumbre por el que pasaba.
Su pasión era la única cosa cierta e invariable en su mundo; aquello que jamás iba a cambiar independiente de las decisiones que tomara. Así que, sentada frente a la inmensidad de la noche y frente a esa hermosa y enorme luna, Hinata sonrió contenta, con soltura.
Su estado de ánimo no cambio cuando Sasuke apareció a su lado, y la sonrisa no disminuyó al momento de saludarlo; y él lo notó.
También notó que ella estaba más acostumbrada a él, tanto como para no importarle que la viera así, y eso le agradó.
En silencio, como siempre, se acompañaron una vez más.
Y en silencio, Sasuke esperó que ella dijera algo sobre su misión, sobre esos tres días de ausencia o sobre su notoria alegría.
Y Esperó...
Esperó...
Esperó...
Esperó...
Y Hinata se mantuvo en silencio, con su sonrisa y la cabeza en otra parte.
Sorprendido por su actitud, giró su rostro hacia ella, casi molesto por la nula interacción que tenían después de tres días sin verse y antes de decir algo, la verdad le golpeó en la cara: Hinata no era Sakura, ni mucho menos Naruto.
Así que ella no hablaría a menos de que le preguntaran, porque no consideraba que su vida fuera interesante para los demás.
Suspiró.
Esa era una de sus mejores cualidades y también la peor; pero supuso que aún no tenía la confianza suficiente como para que ella soltara sus cosas como probablemente lo hacía con Kiba y Shino.
Tal vez, algún día…
- Te ves contenta- comenzó- ¿Pasó algo bueno?
Ella llevó aquellos ojos a los suyos con alegría y respondió escuetamente.
- Sí.
Sasuke esperó a que continuara, pero ella volvió su mirada al cielo y él supo que aún quedaba un largo camino por recorrer.
- ¿Me cuentas?
- El Kazekage me llevará a un lugar donde pueda aprender de las plantas medicinales de Suna.
La declaración lo tomó por sorpresa; algo tan simple como eso, no era lo que esperaba para alguien de la clase de la Hyuga.
Pero luego comprendió, estaba hablando con Hinata y nada en ella era lo que él esperaba.
- ¿Y eso te hace feliz?
- Sí, mucho.
- ¿Porqué?
- Porque esto es lo que me gusta hacer. Mi pasión.
Su mirada volvió a él por unos momentos y luego, la chica se levantó para retirarse con evidente cansancio.
- Uchiha-san, ¿Qué es lo que le hace feliz?
Sasuke la miró descolocado, no esperaba esa pregunta ni mucho menos sabía como responder aquello. Sinceramente, jamás se lo había preguntado.
- No lo sé.
Ella se inclinó un poco hacia él, que permanecía aun sentado, y habló con decisión.
- Ya sabe mi respuesta, así que cuando descubra que es lo que le hace feliz, me encantaría escucharlo.
La mañana siguiente llegó y luego de su rutina matutina, se presentó en la oficina del Kazekage, puntual.
Gaara elevó su mirada hacia ella, con parsimonia se levantó y caminó hacia la puerta para abandonar la oficina seguido por la Hyuga.
Caminaron en silencio por las calles de la aldea, él lideraba y ella lo seguía a una distancia prudente y con el debido respeto a su posición.
Ella era una Hyuga, un ninja y una dama; había sido educada de esa forma.
Llegaron a una pequeña casa del mismo color de la arena, con un antejardín decorado con cactus de distintas clases y en el interior, una mujer de mediana edad; castaña y vestida de una túnica gris, los esperaba.
Gaara le presentó a la amable mujer que sería su maestra en ese nuevo arte y esta, los llevó a conocer el lugar: el invernadero.
Un pequeño paraíso oculto.
Hinata casi podía jurar que toda la escasa vegetación de Suna estaba concentrada en aquel lugar; como una mini selva.
Ingresaron al jardín que llamaban invernadero, donde otras dos personas más trabajaban, y los cactus gobernaban sin piedad.
Grandes, pequeños, libres; todos se habían adueñado de aquel pedacito de oasis.
El Kage las siguió, sin perder de vista los detalles ni la conversación que ambas llevaban mientras avanzaban por el lugar, queriendo olvidar el alto stock de papeles por firmar que lo esperaban en su oficina. Esto era mucho más interesante.
Pero la visita era una introducción, así que la mujer y Hinata acordaron que ella trabajaría en el lugar como su aprendiz por el resto de su estadía en la aldea y mientras no estuviera de misión. Y mientras la conversación seguía, Gaara se vio envuelto en aquella plática y la mujer lo invitó a participar si el tema le interesaba.
Nuevamente, su cuerpo actuó antes de que meditara su respuesta y las palabras escaparon indicando que iría siempre que su agenda lo permitiera.
Su propia acción lo tomó por sorpresa y aquella agradable visita llegó a su fin, pero sería la primera de muchas. Para ella y para él.
Una vez fuera de la residencia, Hinata se giró hacia él y se inclinó en una profunda reverencia, llena de respeto y gratitud.
La acción lo tomó por sorpresa, tal como el día anterior, y se sintió ridículamente avergonzado e inquieto; sin saber que decir, ni como proceder.
Y otra vez, aquellas sensaciones extrañas aparecieron; desestabilizando su tan acostumbrada tranquilidad.
Pero de una manera exquisita, agradable; impulsando a más cosas que ni él mismo entendía.
Hinata volvió su mirada hacia él, contenta y con un brillo especial en su rostro y cuando iba a hablar un agudo grito captó su atención.
- ¡Hey! ¡Gaara!
Naruto venía junto a Kiba y Sasuke, buscando a Hinata para almorzar.
Y así, como la arena se eleva liviana con el viento, y avanza de manera infinita hacia nuevos caminos; Gaara del desierto decidió tomar lo que el viento le ofrecía.
Paso a paso.
