Kakashi estaba cansado, agotado y preocupado. Los asuntos de los clanes eran algo con lo que ningún Hokage quería lidiar, sobretodo después de la masacre de los Uchiha.
Tal vez por eso, por aquel horrible error, había accedido al plan de Naruto.
El Uzumaki tenía una habilidad tremenda con las palabras y la persuasión.
Todo comenzó durante la tarde del día anterior, cuando arribó a la aldea desde aquella larga misión en Suna.
Debió haber previsto el desastre desde el momento en que el chico entró en la oficina, con aquel gesto serio que no lo caracterizaba.
Se presentó ante él, dio el reporte de la misión y luego se sentó en el asiento de enfrente y Kakashi supo que algo se traía entre manos; escuchó con atención, pensando que sería alguna travesura.
Para él, Naruto sería siempre aquel chico de doce años, alegre, travieso y divertido; así era como le gustaba recordarlo.
- Necesito tu ayuda.
El Kage se inclinó en su asiento y prestó atención mientras Naruto colocaba otro pergamino con un sello del Kazekage; y ahora, Kakashi supo que esto era en serio.
- Te escucho.
Naruto comenzó a hablar y su mirada nunca dejó la de su maestro, jamás dejó aquella expresión aproblemada y el Hokage empezó a entender la gravedad del asunto.
- Hinata dejará de ser ninja a partir de mañana y comenzará la preparación para buscarle un matrimonio político, mientras Hanabi será presentada como la sucesora del titulo de líder del clan.
Lo escuchó, porque conocía parte de la historia, aquella en que Hinata ya no era la heredera, pero no tenía idea de que tendría que renunciar a ser ninja ni menos a que sería entregada en un matrimonio forzado.
Sintió que el mundo era injusto.
Él y todos habían visto lo mucho que se esforzaba por mejorar, como creció para convertirse en una fuerte kunoichi y todos los valientes sacrificios que había hecho por Naruto y la Aldea.
No, la vida no era justa.
- No podemos intervenir. Son temas internos del clan
- ¿Incluso si le colocan el sello? - preguntó, pero más bien cuestionó- ¿recuerda lo que ocurrió con el padre de Neji? Él era hermano de Hiashi y como no era el heredero le colocaron el sello.
Y Kakashi comenzó a entender el punto de Naruto, que era lo que estaba diciendo: Hinata iba a ser marcada.
El rostro de Naruto se endureció, con algo de rabia.
- El sello puede ser mortal cuando eres adulto, no podemos permitirlo.
No, no podían.
Él no quería cargar con ese peso en su consciencia; mucho menos después de haber visto crecer a esa chica.
- Creo que ella no le ha tomado el peso al asunto, que no sabe que le colocaran ese sello – continuó – porque cuando le sugerí irse de Konoha, ella indicó que no lo haría porque sino el matrimonio recaería en Hanabi y ella nunca se perdonaría aquello.
- Y Hinata es la única que no ve que Hanabi por lo que es- completó otra voz.
Shino estaba apoyado en la ventana del despacho del Hokage.
Naruto llevó su mirada hacia él y asintió, mostrándole a Kakashi que entre ellos ya había una complicidad en este asunto.
- ¿Cual es el plan?
Su mirada viajó de Naruto a Shino, sorprendido de que ambos ya tuvieran todo preparado; orgulloso de ver como sus jóvenes aprendices ahora trabajaban en equipo y por sus propios compañeros.
De cierta forma tranquilo de que la guerra no hubiese afectado tanto sus corazones.
- Gaara envió los papeles del traslado, con todo listo de su parte – continuó – en caso de que ocurra lo que creemos, solo faltará tu firma y Hinata pertenecerá a Suna.
Él asintió, sin dudar.
- Lo haré- indicó- pero ahora, ¿Cómo sabremos cuando?
Shino dio un paso a delante, ubicándose al lado de Naruto y habló.
- Hinata siempre lleva un Kikaichū – comentó y Kakashi sonrió al escucharlo – Me avisará cuando esté en peligro y enviaré un clon de sombras por Naruto.
- Yo haré lo mismo para avisarte e ir por Sasuke y Sakura para el rescate.
El Hokage, aún sorprendido por la preparación, preocupado por el futuro de Hinata y analizando como poder frenar a un clan que quedaría con el orgullo herido, abrió el pergamino de Gaara, lo examinó; y luego sacó otro y se lo entregó a Naruto.
Ese nuevo pergamino tenía la misión de escolta de Hinata hacia Suna.
Con esto, el pacto estaba sellado.
Este era el único regalo que Naruto podía hacerle a Hinata, después de tanto tiempo apoyo incondicional.
Los sucesos posteriores ocurrieron no de la forma esperada, peor de lo que imaginaban, pero ella ya estaba a salvo y eso era suficiente.
Ella estaba viva.
Días después, Temari, Kankuro y otros dos ninjas Suna llegaban a las puertas de Konoha.
Esta vez, la hermana del Kazekage venía como moneda de cambio por la Hyuga, en un intercambio que fortalecería aquella alianza.
La idea había sido propuesta por el mismo Kazekage, considerando que Temari estaba comprometida con Shikamaru y planeaban irse a Konoha.
Esto facilitaba aún más las cosas.
Kakashi sonrió al recibirlos, totalmente de acuerdo con aquel intercambio que parecía prometedor.
Dos días después del arribo de Hinata a Suna…
Dos largos días en el hospital esperando a que la Hyuga saliera de cuidados intensivos y volviera de su estado de inconsciencia.
Sus órganos estaban dañados, sus huesos quebrados y aquel sello... aquel sello maldito parecía seguir quemando su piel.
Ardiendo al rojo vivo, como lava, como un fuego que la mataba lentamente.
Curaron sus heridas externas, las más visibles y fáciles de tratar, pero el daño fue tanto, tan tremendo, que se vieron obligados a internarla para mantenerla con vida.
Y Hinata parecía no querer despertar.
Sus compañeros extendieron su estadía con permiso del Kazekage, para poder hacer guardia, temerosos de que algún Hyuga infiltrado ingresara al hospital y atacara; y se repartieron en turnos para vigilar.
Fue en esos turnos en los que la ex heredera despertó.
Pero su despertar fue solo dentro de su mismo estado de inconsciencia, en un estado febril que no le permitía diferenciar la realidad de los sueños (o pesadillas), donde la batalla continuaba y todos eran enemigos. Y ella seguía peleando por su vida.
Siempre luchando contra su propia familia.
Para ella, la batalla no había terminado; y probablemente no terminaría en un buen tiempo, hasta que aquellas memorias fueran recordadas sin dolor.
Cuando el pájaro enjaulado dejara de intentar volar.
Con pesar, optaron por sedarla, quizás así lograría descansar; durmiendo sin sueños, sin luchas, sin el corazón roto.
A un par de cuadras del lugar, había una persona que era capaz de comprender lo que Hinata estaba viviendo; de entender todo aquello que no sería dicho.
Gaara pasaba a verla en las mañanas y luego en las noches; en aquellos minutos que su cargo le permitía. Pero era inútil.
Su cabeza no abandonaba a la Hyuga en ningún momento, ni en sus reuniones, ni en la soledad de su oficina, ni en los interminables papeles de su escritorio; y se encontró en muchas oportunidades desviando la mirada hacia el hospital, inquieto por estar ahí sin saber de ella.
Si poder olvidar aquella imagen de Hinata herida, desesperada y aferrándose a la vida con su último aliento.
El turno de Kiba terminó e ingresó Sasuke en aquel diminuto espacio rodeado de cortinas para darle privacidad entre todos los pacientes que se encontraban en ese lugar.
Lo primero que vio fue el silbato de Kiba y la calabaza de Gaara enrolladas en su muñeca, como un amuleto de la suerte, y el bicho de Shino descansando enredado en su largo cabello.
Se sentó a su lado, mientras llevaba su mirada al rostro de Hinata y la contemplaba, en una imagen que prefería no volver a ver.
Solo recordaba que estuvo a punto de perderla.
Suspiró, cansado y apesadumbrado; si no fuera por el clon de Naruto, jamás se hubiera enterado de lo que ocurrió esa noche y ahora estaría desesperado intentando venir a Suna. Tampoco era que la situación estuviera mejor, pero al menos había podido ayudar, al menos estaba ahí, viéndola.
Y dolió pensar que ella no había pedido su ayuda.
- Nunca me pediste ayuda – dijo en un susurro- y yo solo quería dártela.
"Y podría hacer mucho más si solo lo pidieras…"
Llevó su mano a su rostro, cubriéndolo con frustración, abrumado por lo que sentía y sintiéndose un total estúpido por haber notado a Hinata tan tarde. Si la hubiese mirado antes, tal vez, podría haber hecho algo; tal vez, ella seguiría en Konoha y él…
- Tienes demasiado en tus manos como para ser una carga más.
Su voz sonó rasposa, pero con aquel suave timbre que la caracterizaba.
Llevó su mirada hacia ella con sorpresa de verla despierta y con alegría de saber que estaba consciente.
Hinata intentó moverse pero el suero, la máquina a la que estaba conectada y su propio cuerpo adolorido, se lo impidió.
Perdida y atontada, intentó identificar el lugar en donde estaba, recorriéndolo con la mirada, pero no lo logró. Su vista estaba algo desenfocada, y de pronto, todo comenzó a molestar: los ruidos eran muy fuertes, las luces demasiado brillantes y su respiración más lenta de lo que ella necesitaba.
- Byakugan- susurró.
- ¡No! - dijo Sasuke intentando impedirlo.
Pero fue en vano, la técnica ocular se activó y todo aquello que le molestaba se intensificó, y su cabeza martilleo con fuerza; y sus ojos, sus ojos quemaron.
Sin importar las restricciones en su cuerpo, desactivó la técnica y llevó sus manos a su cara, cubriéndola con desesperación mientras apretaba los dientes aguantando un grito.
Sasuke se inclinó, tomando sus manos para que dejara de apretarse los ojos, y no se hiciera más daño.
- Por favor, detenlo.
- ¿Qué cosa?
- Los ruidos, la luz…todo.
Los médicos ingresaron rápidamente al ver el alboroto y ella se asustó al no reconocer las caras. A pesar de estar despierta, su mente aún estaba desorientada y sus sentidos no ayudaban en nada.
- ¿Dónde estoy?
Sasuke mantuvo su mano tomada y respondió suave mientras hacia un gesto a los médicos para que no se acercaran.
- En el hospital de Suna y ellos están aquí para sedarte y que descanses.
Ella se aferró a él, asustada y lo miró.
- No lo hagan, no puedo estar sedada, el clan… el clan va a venir y debo defenderme, yo necesito estar despierta.
- Tranquila, Kiba, Shino y yo estamos aquí por eso.
Hinata llevó su mirada cansada hacía él, y Sasuke respondió con seguridad, dejándole claro que nada iba a pasar.
Asintió y se tranquilizó.
La trasladaron a una habitación sola y más oscura, ahora que ya estaba despierta para que continuara su recuperación. Le quitaron las máquinas y dejaron solo el suero para que estuviera más cómoda.
En silencio, Sasuke se sentó en un pequeño sillón mientras ella se mantenía con los ojos cerrados, descansando.
Esta vez estaba más tranquilo.
Poco antes de terminar su guardia, Kiba apareció y trajo consigo a Shino y Akamaru; y el rostro de Hinata se iluminó al verlos.
Los chicos se acercaron a su compañera y si bien Kiba siempre había sido el más expresivo de los tres, fue Shino quien se adelantó.
Hinata estiró sus brazos hacia él y el chico se acercó, sumiso, y la abrazó, en silencio y contenido.
Sasuke, sorprendido de la muestra de cariño de uno de los más misteriosos y poderosos shinobis de su aldea, salió de la habitación; entendiendo de que era un momento privado, en aquella burbuja personal que se creaba siempre entre ellos.
- Estoy bien- escuchó decir a Hinata con voz suave antes de cerrar la puerta.
Y comprendió, como aquel equipo con personalidades tan diferentes, podía mantenerse tan unido. Shino era la cabeza fría, Kiba el alma salvaje y Hinata el equilibrio; los tres se necesitaban, se complementaban.
Gaara hizo acto de presencia más tarde, en el turno de Kiba y el chico se retiró para darle privacidad.
Caminó con parsimonia hasta la cama, buscando su mirada en aquella espesa oscuridad, manteniendo aquel tranquilo silencio.
La mirada blanca de Hinata encontró la suya y se mantuvo ahí, esperando; ahogándolo con aquellas preguntas que quería hacer y no lograba formular. Sumergiéndolo en aquel mar de emociones que solo ella provocaba sin ser consciente de aquello; invitándolo a buscar más, a querer más.
Gaara sabía que estaba cayendo en algo que jamás pensó, en un sentimiento dulce, que iniciaba tímido y que parecía querer crecer y expandirse; sin control.
Y dio un paso adelante. Sin temor.
- La marca – comenzó y su voz se escuchó baja, como un susurro- ¿Todavía duele?
- Sí- respondió en el mismo susurro- pero menos.
Él asintió, con unas ganas enormes de acercarse más, de hablar más; de buscar contacto. Su mano hizo un suave e imperceptible recorrido por el borde de la cama, rosando las sabanas con timidez y estirando sus largos dedos para alcanzar aquel anhelado toque con sus yemas.
Impaciente.
Solo un poco más.
- Kazekage-sama- habló ella y rompió toda la magia de aquel momento.
Su intento quedó en el aire, a centímetros de concretarse, incómodo con aquel titulo que creaba una distancia inútil entre ellos. Una distancia que él no quería.
- Muchas gracias por todo- continuó inclinando su cabeza y cortando el contacto- si existe algo que pueda hacer para compensar, por favor, dígalo. Haré lo que sea.
Frunció el ceño, sin que ella lo notara, porque no era esto lo que quería. No buscaba lejanía, ni mucho menos su eterna gratitud.
- Gaara- respondió- Soy Gaara.
Ella llevó su mirada hacia él, sorprendida que solo eso fuera su respuesta y de la molestia que mostraban sus ojos.
- Ahora pertenezco a Suna, le debo respeto y obediencia.
Pero la mirada de él se volvió más dura y desafiante, tan intensa que ella no tuvo más remedio que ceder.
- En privado, te llamaré por tu nombre.
Su mirada se suavizó y asintió, ese trato estaba bien para él.
Y aquel movimiento que se había detenido, continuó; ansioso pero contenido. Lentamente, encontró aquel contacto entre las vendas que cubrían parte de sus manos, y su suave y tibia piel inundó sus sentidos de manera exquisita.
Ese simple toque lo era todo.
Gaara lo supo, Hinata también.
Sus miradas se encontraron nuevamente, ambos expectantes e indecisos sobre que decir.
Plenamente conscientes de lo que ocurría entre ellos, pero Hinata tenía miedo de ver más allá y Gaara quería avanzar.
Se estacionó ahí, en la punta de sus dedos, queriendo ir más allá, pero deteniéndose antes de intentarlo; en ese embriagante pequeño experimento.
- Los Hyuga no podrán alcanzarte aquí.
- Al clan no le importan los tratados, vendrán por mis ojos tarde o temprano.
Los ojos del chico se volvieron furia por un momento y finos granos de arena se elevaron, imperceptibles, respondiendo a su chakra. Respondiendo a su llamado.
- Y yo estaré esperando.
Hinata Hyuga supo que aquello era una amenaza, una invitación al desastre.
Y aquellas palabras que Gaara le dijo cuando la recibió, antes de abandonarse a la oscuridad, volvieron a su mente, como un eco de una promesa.
"Perteneces al desierto"
Los días en esa pequeña habitación pasaron, y la compañía de sus amigos llegaba a su fin el mismo día en que ella iría a su nuevo hogar.
Este sería el último día en que serían ese equipo ocho, de rastreo, el equipo de Kurenai.
Kiba fue el primero en ingresar a su habitación esa mañana, Akamaru venía a su lado y ambos no venían contentos; y Hinata supo que había llegado el momento.
Se levantó en su pijama, y con dificultad, caminó hacia su amigo que ahora, parecía aquel chico de doce años con un pequeño perro a su alrededor. Siempre riendo, mostrando aquellos colmillos que lo hacían tan diferente.
Desde ese momento, Kiba fue el rayo de luz en su vida; el hermano que nunca tuvo, y con él hizo todas aquellas travesuras que su clan prohibía. Secretos compartidos en la más profunda complicidad.
Kiba era la fuerza que le ayudaba a avanzar, los brazos que siempre la iban a levantar.
No iba a llorar.
Alzó sus brazos y se colgó del cuello de aquel chico que era su familia; y Kiba hundió su rostro en su oscuro cabello.
La atrapó en un abrazo, tan cálido como él mismo, tan puro como su propia relación y cargado de todos los sentimientos acumulados en las experiencias vividas en los años juntos.
Ambos sabían que este momento sería eterno. Y las palabras no lograrían decir todo aquello que ya ambos sabían.
- Suna no queda tan lejos- dijo ella.
- No, no lo es- respondió.
Se separaron, con una sonrisa traviesa y entendiendo que esto jamás sería una despedida. Porque ellos siempre serían su familia.
- Extrañaré tu calma
- Y yo tu luz.
Y así, el Inuzuka se separó, observó a su compañera una vez más y abandonó aquella habitación antes de desmoronarse; porque él era la fuerza y la luz, y debía permanecer siempre así, alegre para Hinata.
Hinata se giró a su ventana, conteniendo aquellas lágrimas que amenazaban con escapar; no aún, no todavía.
El segundo en llegar fue Shino.
Aquel dulce chico que se escondía entre sus holgadas ropas y oscuras gafas, mostrando una imagen fuerte, impenetrable y fría.
Shino era muy parecido a ella, ambos se escondían de distintas formas, ambos gustaban del silencio y la tranquilidad, y con él descubrió que aquello no era malo.
Con él no se sentía diferente.
Se sacó los lentes y mostro esos hermosos ojos castaños sensibles a la luz; como si fuera otro de aquellos secretos que compartían.
Se tomaron de las manos de forma instintiva, de la forma en que lo hacían cuando necesitaban la fuerza del otro, la calma del otro o simplemente la compañía.
Se inclinó y juntaron sus frentes, en un acto íntimo, silencioso y cerraron sus ojos, ambos buscando la calma antes de las últimas palabras.
Y Hinata recordó aquellas memorias de ambos descubriendo el mundo; de él enseñándole los insectos, mostrándole que las arañas no eran enemigas, y recordándole que la belleza no está en lo exterior, ni en lo que vemos a simple vista.
Shino era toda aquella sabiduría de la que ella carecía, toda aquella dulzura que a veces necesitaba; como el hermano mayor que no tenía.
- Eres mi familia- dijo ella.
- Nunca lo olvides- respondió.
Se soltaron y ella tomó las gafas del chico, una última vez, y estiró sus manos alcanzado su rostro, colocándolas en su lugar.
Esos hermosos ojos solo debían ser vistos por aquellos que lo merecieran.
Y la espalda de Shino, saliendo por aquella puerta, marcaba el fin del equipo ocho.
Ahora, cada uno debía encontrar su propio camino.
El último en aparecer fue Sasuke, y ella agradeció que no llegara inmediatamente después de Shino porque le permitió recuperarse, soltar ese nudo que amenazaba con quebrar su voluntad y robarle la voz.
Ingresó a su habitación, como si se tratara de cualquier otro día, y se plantó frente a ella con decisión.
- No me despediré- dijo- porque volveremos a vernos, estoy seguro.
Ella sonrió y él también.
- Así será.
Sasuke dio otro paso, ahora invadiendo su espacio personal, aquel que ella siempre procuraba mantener.
Contempló aquellos ojos que le cautivaron, y que eran los causantes de todas sus desgracias, que la unían a una familia maldita, como a él.
Repasó con su oscura mirada su rostro, ese que descubrió hace un poco más de un mes mientas buscaba maneras en que Naruto se fijara en ella. Y notó que este era hermoso, a su propia manera, sutil, elegante y armónico.
Pero Hinata era mucho más que eso; era paz, era tranquilidad y la calma después de la tormenta. Ella era todos aquellos pequeños detalles que la rodeaban, era las historias no contadas, era las experiencias vividas; Hinata era todo aquello que él no podía tener pero que anhelaba.
Porque él había elegido el camino de la venganza hace mucho tiempo atrás, un camino de soledad, y en la vida no puedes tener todo. Y aquello había cerrado la posibilidad de ver a su alrededor; de ver a Hinata antes.
Pero él había tomado su decisión, y ahora, tenía que afrontar las consecuencias de aquel solitario destino que escogió.
En su camino a la redención, apareció ella; como la energía que calmó su corazón, aquella que lo empezó a reconstruir con su presencia, y las fuerzas que lo impulsarían a continuar.
Y el amor que probablemente no podría tener.
Su viaje estaba lejos de acabar, la guerra fue el primer paso y el camino se abría amplio y largo frente a él. Y por eso, solo por eso, no podía quedarse y luchar.
Su vida pertenecía a Konoha y ella ahora estaba en Suna.
Pero Hinata siempre sería ese oasis para él.
- Creo que- comenzó- encontré aquello que me hace feliz.
Ella llevó su mirada hacia él, atenta y recordando aquella conversación semanas atrás, cuando le habló de sus clases de plantas.
- Hay un pequeño oasis, en el que viví un mes – indicó – donde contemplé la luna y las estrellas; acompañado por primera vez.
Hinata supo de que hablaba y se sonrojó levemente al comprender mientras Sasuke sonreía.
- Me hubiese gustado que durara más – siguió- que se quedara conmigo, pero sé que no puedo retenerlo.
Sus manos alcanzaron la mejilla de ella y la recorrió con cariño, en una caricia que sería la primera y probablemente la última, la única.
- Sasuke…
- Solo considérame – le cortó – tómame dentro de tus posibilidades, y aún si no me eliges, yo permaneceré siempre ahí.
Porque un sentimiento así, uno como el que él comenzaba a sentir, era imposible de olvidar y él estaba seguro de aquello.
Y así, aún cuando ella no lo correspondiera, él estaba tranquilo, porque Hinata le había dado las alas que él había perdido y le había dado la oportunidad de mirar el mundo sin aquella estela de rabia y oscuridad.
Ella había peleado por sobrevivir y él tenía que hacer lo mismo.
Hinata, con sorpresa, asintió.
Agradecida de haber tenido a aquellas personas en su vida, de haber recibido amor a pesar de las circunstancias y de la nueva oportunidad que esas mismas personas le daban.
- Sasuke – dijo- mereces ser feliz.
Aquella caricia terminó con los cabellos de Hinata en sus dedos y un beso perdido entre sus fibras como un adiós que se negaba a ser el último.
Se libre.
Salió del hospital sola, con un cambio de ropa que le habían dejado luego de que las suyas habían sido destrozadas.
Caminó por las calles de Suna con la cabeza vacía, evitando pensar en todo aquello que había ocurrido. En las despedidas y en su situación.
Admirando aquellos últimos rayos de luz que se perdían en el horizonte.
Ingresó a la pequeña casa que le habían asignado, sin admirarla, y con la cabeza nublada por aquellos sentimientos que amenazaban con abordarla.
Cerró la puerta tras de si.
Y el silencio la embargó.
Un pesado y vacío silencio.
La casa estaba vacía, con solo lo necesario y probablemente tendría muchas cosas que hacer antes de que estuviera cómoda.
Tal vez, podría pintar las paredes, comprar un sillón cómodo donde leer, una mesa redonda de madera, cortinas claras. También estaba el jardín, había que trabajarlo, plantar. Incluso podría tener su propio taller de trabajo y una sala de entrenamientos.
Pero…
El silencio nuevamente pesó más que aquellos pensamientos con los que se intentaba distraer.
Y la realidad la alcanzó.
Estaba sola.
Vacía.
Las risas de Kiba no estaban, los pelos de Akamaru no inundarían su alfombra, y las palabras de Shino faltarían. La calma de Sasuke tampoco la acompañaría.
Todo aquello estaba en Konoha, y ella estaba en Suna.
Sola.
Dio un paso, intentando avanzar, pero cayó estrepitosamente al suelo y las lágrimas acompañaron la caída.
No importaba, no había de quien esconder aquello, ni tampoco nadie que la consolara. Así que, por este solo momento, se permitió llorar.
Lloró por Hanabi, por su familia, por sus logros perdidos, por el recuerdo de Neji, por sus amigos y por todo aquello que guardó en su corazón roto.
Y en ese llanto, por primera vez, fue libre.
Gaara caminó por las calles de su aldea, avanzando con la calma que lo caracterizaba mientras a lo lejos, veía su destino.
Estaba nervioso, y ocultarlo sería inútil, esta era la primera vez que visitaría a Hinata sin la presencia de sus compañeros.
La pequeña casita tenía las luces apagadas y el balcón, aquel él mismo se fijo que tuviera cuando eligió su residencia, estaba vacío. Y según entendía, la chica ya debería haber llegado.
Preocupado, tocó la puerta, pero nadie atendió.
Debatió un momento de forma interna si era conveniente ingresar o esperar al día siguiente; pero la inquietud tomó lo mejor de él y optó por la primera opción.
Abrió la puerta despacio, preparado para cualquier cosa, pero no para lo que vio.
Ahí, frente a él, en el suelo, Hinata estaba sentada cubriéndose la cara con sus manos y su oscuro y largo cabello cayendo como una cascada por su espalda.
Dejó su calabaza a un lado, mientras ella intentaba borrar aquellas rebeldes lágrimas y controlar su entrecortada respiración.
Intentó levantarse, ponerse presentable y hacer como si nada ocurría, pero Gaara se agachó a su lado y sus ojos se apoderaron de ella.
No la estaba juzgando.
Y sus palabras salieron antes de que ella pudiera controlarlas.
- Se fueron- dijo- y ahora… estoy sola.
Como si sus manos tuvieran vida propia, y su voluntad no existiera, enredó sus dedos con los de ella con decisión. Y ella tapó su rostro con su mano libre ocultando el mar de lágrimas que volvía a asaltarla y apretaban su garganta.
Kiba…Shino…
- Perteneces al desierto – repitió él en un susurro- como yo.
Cerro aquella distancia que siempre los mantenía separados y se permitió dejar aquella defensa de arena que cubría su cuerpo.
Se detuvo con su nariz a centímetros de la de ella, casi respirando el mismo aire; sin cortar su mirada en un solo segundo.
La arena hizo un recorrido serpenteando, como un espiral, desde sus brazos a la mano que sostenía la de ella, envolviéndola. Y con sumo cuidado, guió aquellos dedos a su propio tatuaje.
Hinata descubrió sus tormentosos ojos, con sorpresa, y en silencio se dejó guiar; lento, suave y torpe, recorrió aquella cicatriz que lo marcaba, que lo encerraba, que lo definió por tanto tiempo.
Y la sensación de ser acariciado de esa forma tan dulce embargó sus sentidos.
Él, motivado por sus propios actos, elevó su mano libre con timidez, y delineó su tatuaje; aquel que ahora descansaba verde en su frente, y que la marcaba como esclava de su propia familia.
Esta no era la primera vez que se veían, ni la primera vez que miraba sus ojos; pero era la primera vez que se conectaban.
Y en ese momento lo supo; en ese preciso instante, su universo entregó aquella respuesta que buscó, y el camino fue claro.
- Somos iguales – dijo Hinata antes de que él dijera algo, robándole las palabras.
- Esto es el principio- continuó él - ¿avanzarías conmigo?
Con lágrimas de tristeza, la voz cortada y respiración agitada por la pena, Hinata encontró en su mirada seguridad. Él le estaba prestando la fuerza que a ella le faltaba y las alas que le habían quitado.
- Sí.
Y la jaula abrió sus puertas.
