Los niños de Grace Field House suelen marcharse entre los seis y diez años—rara vez alguna se queda hasta los doce, como están haciendo los tres mayores.

Conny es muy afortunada: una cariñosa y dulce familia ha decidido adoptarla la semana pasada, por lo que la emoción no deja de recorrerle el cuerpo cada noche cuando se va a dormir con ese pensamiento.

Es un poco muy triste, porque mañana será su última vez despertando en esa cama, desayunando al lado de mamá y completando uno de esos dificultosos exámenes. Algo en ella desea que se retracten—aunque sea triste y llore y llore por eso—, que decidan adoptar en otro sito y la dejen allí, con sus tan adorados hermanos. Empero otra parte de su pequeño corazón se regocija en alegría al saber que la han escogido a ella, aunque no sea tan inteligente como sus hermanos y siempre falle en los exámenes, aunque aún no sepa recogerse el pelo por sí sola y necesite ayuda para ajustar su camisa.

Cuando Madre le dio la (feliz, feliz y emocionante) noticia, pudo sentir como su corazón realizo indescriptibles volteretas de júbilo—en especial por los halagos de sus hermanos.

Mañana es el día: está es su última noche—su última cena, su última vez durmiendo con todos los demás huérfanos—en la gran casa de campo, ya no habrá otra vez en que oiga los cuentos de terror de Don o los de princesas y sapos (raros) que se convierten en príncipes (raros pero apuestos) que Anna suele contar mientras se peinan tras bañarse.

Extrañara eso y mucho más—las carreras hasta el centro del jardín, las atrapadas dentro del frondoso bosque—pero se siente feliz, feliz y satisfecha.

Abraza a su adorable peluche—mañana se lo dejará a Ray, quizá, para que no se sienta triste— y tararea una canción de cuna muy bonita y dulce, antes de caer en el Reino Onírico.

El cielo se ve muy bonito hoy. Posiblemente, en la ciudad no sea así. Incontables revistas que Gilda atesora en sus cajones cuentan como la contaminación arruina el paisaje que tanto suelen mencionar, como las luces de las grandes urbes opacan el brillo de las estrellas.

«La Luna se ve muy bonita», piensa, «ojalá mañana pueda verla también».

Conny es tan, tan inocente… si Isabella pudiese leerle la mente, sonreiría ante el hecho de que ella siquiera podría ver como amanecería al día siguiente.

(Y también lloraría mucho porque le recordaría a Leslie).

Caminan hasta la puerta, y la pequeña niña rubia sonríe tan grande y alegremente que pronto le dolerá el rostro.

Sin embargo esa tierna y emocionada expresión se borra en cuanto ingresa al lugar, y ve a un monstruo (dos) que sale de un camión. Con horror voltea su cara hacia su Madre, quien parece no ver a esa criatura que, tétricamente, se acerca a ellas.

—Mamá…—dice en un hilo de voz.

Su semblante es ahora de espanto, sus ojos consternados observan al ser que saca una especie de flor de su capa y—

—Quédate quieta, cariño.—Le indica la mujer de (ahora) desagradable mirada, soltando un poco de su mano y aun sonriendo—La muerte solo dura un instante.