Disclaimer:Los personajes que aparecen y nombran no son mios. Créditos a Himaruya Hidekaz por tal hermosura.
Advertencia:Yaoi y cursilerías
ship: Spamano (EspañaItalia Romano/Italia del Sur)
Lovino, ahora de mano con aquél español al que puede llamar su novio, no diría a nadie cómo se enamoró de él. Sólo diría que no fue a primera vista. Más bien, a largo plazo, con muchas charlas de por medio, dirigidas por él.
Recuerda la primera. En esa que se había subido al subterráneo para llegar antes a casa ya que no tenía ganas de caminar. Su hermano se había marchado con su banda de inútiles y él debía irse solito. Obviamente solo no quería caminar, él no necesitaba a su maldito y bastardo hermano adoptado -gemelo, pero odia ser él quien parezca adoptado en realidad, déjenlo ser-.
Y así, se subió al maldito compartimiento repleto de personas, arrepintiéndose al instante de no caminar o gastar dinero en un taxi. La gente se agolpaba en esa hora pico, por lo que tuvo que ir de pie. Una parada adelante subía poca gente que otro subterráneo había recogido. Cuando quiso correrse a ver si escapaba e iba caminando entró un joven moreno más alto que él de ojos verdes y cabello castaño.
Le importó una mierda, sinceramente, lo guapo que era con ese aire mediterráneo y esa sonrisa pedante en el rostro dorado de tanto sol. Le importó una mierda, más claro imposible.
Pero, oh, puto español de mierda, bastardo inútil, justo entrando cuando iba a salir.
Lovino, enojado -¿cuándo no?-, decidió bajar cuando ese inútil se corriera de la puerta, pero la gente se agolpaba en ésta a medida que habían paradas y perdía la maldita oportunidad. El español sonreía, miraba a la gente, hablaba con las personas. Su voz, hipnótica, al italiano que poco y nada de español sabía -sabe hablar completo en realidad, pero le importaba una mierda traducir lo que no le incumbía- no le hizo nada. Quizás esas "eses" siseadas o el arrastre de sus palabras era mágico, con su grave voz contrarrestando a su infantil pero maduro rostro.
No pudo evitar imaginarlo con una guitarra acústica cantando bajo la sombra de un árbol. Mierda.
Corrió la mirada y vio el paisaje rustico de la ventana que en realidad era el maldito subsuelo en la ciudad. El tren o un bus tendrían mejor vista, pensó, pero él de idiota tuvo que ir allí. Cada vez la gente desaparecía más y más, hasta que quedaron los asientos ocupados y pocas personas de pie, entre esas últimas ellos dos, dando prioridad a mujeres y ancianos. El español, al haber hablado con todos menos con aquél joven de misteriosa aura, se le acercó con cautela.
Le dijo un simple hola, soy Antonio. Le preguntó su nombre al cual Lovino no le pudo negar. Seria de mala educación saber el nombre de otra persona si no sabe el tuyo luego, aun si no se lo pediste. El español sonrió, pues era un nombre muy bonito que le dio el impulso de querer pronunciarlo.
Lovino no quería charla. Faltaban siete paradas para su estación, pero no pudo evitar que aquél joven le contase su infancia, a donde iba, qué haría mañana, si su casa era grande, si su gato maullaba muy fuerte, que su madre, que su hermano, que la vida. Lovino terminó por tener el número del español sin habérselo pedido.
"Es que me haz caído bien. Eres bueno escuchando. En algún momento debemos volver a vernos y así terminar ésta charla", le dijo. Luego agregó un "Y verás que lograré sacarte una sonrisa y más que tu nombre para la próxima" y marchó del tren, a una parada de él.
Afuera llovía. Cómo no, no sería escena dramática de no ser así.
Lovino decidió que podría caminar unas cuadras, pero no soportaría estar de nuevo sólo en ese subterráneo si ya se había acostumbrado a la voz de aquél tipo.
"¡Oye, bastardo! ¡Espérame, que voy contigo!". El español volteó a verlo con una sonrisa para seguir caminando, ésta vez junto a él. Maldita sea, se estaban mojando bajo la lluvia. Italiano y español pasados por agua. "¿Dónde vas?".
"Donde quieras ir".
"Pues a un bar. Hoy no logré sonreír, así que haz que no me arrepienta de bajar una parada antes y cumple tu maldita promesa". Antonio, el español, sonrió inmensamente y lo cogió del brazo para dirigirlo a un bar cercano donde trabajaba un amigo suyo y poder charlar con aquél muchacho de subsuelo.
Las semanas pasando, las citas que organizaban para hablar luego del resfriado que pescaron -¿Quién iba a imaginar que llovería si el día estaba tan bello?-, cuando ya eran amigos, cuando conocieron a los conocidos del otro, los primeros cumpleaños juntos y, cerca del suyo, una confesión apresurada comenzaron la relación.
¿Que qué lo enamoró de Antonio? La falta de silencio abrumador cuando estaba con él, el cariño que le profesaba a pesar de sus insultos y maltratos, la sonrisa que le dedicaba hasta si la pasaba mal. Una sonrisa verdadera. Muriera quien muriera.
Lovino recuerda -vagamente, pero recuerda- las ganas de besar esa boca española para callarlo en aquél impulso romántico de hablar hasta por los codos de lo que el español sentía por el italiano y no puede evitar soltar una ligera risa por la confesión dramática que, asegura el, antes de hacerla se habría leído todos los putos libros de Neruda.
"Oh, ragazzo di sottosuolo(¿Así se decía? ¿Verdad?)Tú y tu aura misteriosaPidiendo a gritos atención.Yo, acercándome despacioTendí mi primer palabraPara sacarte una sonrisa.E in uno giorno di pioggiaTu, il mio cuore e la tua sorrisoMe dejaron malato d'amore"
Ahora mismo, Antonio y él están sentados uno al lado del otro en el sofá de la casa donde viven, mirando una película.
Mentira. Uno mira la pantalla recordando cosas cursis y el otro lo mira con una sonrisa bobalicona, entendiendo el porqué.
Quizás, fue por esa forma tan especial que tenía el italiano de demostrar amor fue que se enamoró de él. Pero lo seguro es que no fue a primera vista, más bien al insulto mil novecientos y pico, donde se dio cuenta que más que para insulto servía de apodo cariñoso. Quizás porque supo que algo había cambiado entre ellos y sus miradas.
O simplemente, fue su aura encantadora contrarrestando al repleto compartimiento que habían elegido para llegar a destino.
Fuera lo que fuese, no se arrepentía de haberse olvidado las llaves de su auto un día como aquél -aunque ya no lo hace, tranquilos. No quiere que su italiano vuelva a enamorarse en un subterráneo-.
¡Ciao! Espero que esta mierda, aunque sea, haya sido Entretenida para ustedes xdxdxd
nos vemos!
