Disclaimer: Los personajes de Naruto no son míos.


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Nota de la autora:

¡Hola bellas!

Muchas gracias por sus lindos comentarios!

Sigo escribiendo el siguiente capítulo de I still see you, pero quiero que las cosas se compliquen más, así que mientras tanto le mando otro capítulo de este fic.

Espero que les guste el capítulo. Me hace muy feliz que les guste lo que escribo :3

Cariños,

Lady S.


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Capítulo 2

Yamanaka Ino

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Sasuke inhaló profundamente detrás de su enérgica prometida, apretando los puños dentro de sus bolsillos con impaciencia, y deteniéndose un momento antes de atravesar el umbral de su vieja casa, para finalmente cruzarla con paso dubitativo. Habían pasado muchos años desde que atravesó aquella misma entrada por primera vez, con el corazón roto y una maleta cargada de tristeza, no solo por el reciente e inesperado diagnóstico de su hermano, la única persona que había cuidado de él tras que ambos perdieran a sus padres, sino además por la desesperación de además haber perdido a la única otra persona que más le importaba en el mundo cuando más la necesitaba. Ella lo había dejado sin despedirse ni darle una razón, terminando de romper su ya maltrecho corazón.

El hombre apretó los labios con disgusto y enojo al recordar el ardor de las lágrimas que se negaban a salir de sus ojos durante su primera noche bajo la tutela de Madara, prometiéndose a sí mismo que nunca volvería a ser tan débil, y que nunca nadie más volvería a romperle el corazón. Así tuviera que volverlo de piedra, nunca amaría a nadie más, porque nunca volvería a darle ese poder a ninguna persona. Debía admitir que su tío tenía razón en ese aspecto; el amor no servía de nada, solo era una ilusión, una distracción de lo que verdaderamente era importante: mantener la cabeza en los negocios. Ni la familia ni los amigos debían estar por encima, aunque encontrar a una esposa digna era vital para no dejar morir a su clan agonizante.

Pero una cosa era el matrimonio, y otra muy distinta, como decía Madara, el amor. Una esposa solo es un adorno bonito y agradable al público, una madre, una compañera de vida, y como tal se le debía cierto respeto, pero amar a alguien era una cosa completamente diferente. El amor nublaba el juicio, y no era productivo para hombres como ellos. Y quizá Madara Uchiha era un hombre malicioso e inflexible en muchos aspectos, pero había sido el mejor ejemplo de vida que Sasuke alguna vez había tenido.

—Me gusta esta habitación —Sakura lo distrajo con su charlatanería, y Sasuke creyó prudente empezar a prestarle atención. Parecía una niña en una juguetería, recorriendo la casa que lo había recibido tras la muerte de sus padres, y recitando, emocionada, cada una de las ideas que tenía para la nueva decoración —Quisiera pintar las paredes de color vino, y colocar un panel de mármol rojo aquí. ¿Qué te parece? —preguntó, mirándolo con un brillo especial en sus ojos como el jade. No obstante, Sasuke apenas si le hizo caso.

—Lo que decidas está bien —gruñó, perdiendo la mirada en los empleados que sacaban los viejos muebles de su tío, los que Sakura y él habían decidido donar antes de la boda —Iré arriba a supervisar que nadie rompa nada —gruñó, dejando a su novia con el decorador para subir las escaleras hacia las habitaciones, notando que la casa estaba tal y como la recordaba, con excepción de que todo estaba cubierto por sábanas blancas, y los de la empresa de mudanzas ya habían sacado varias de las cosas que se donarían; fuera de eso, nada había cambiado. Si se quedaba quieto, Sasuke aún podía verse a sí mismo tomando clases privadas de Finanzas en el viejo estudio de su tío, o recorriendo los interminables corredores de madera pulida, siempre atrasado para alguna actividad extracurricular en la que Madara lo permitía usar su escaso tiempo libre. Los dos años que había pasado en aquella casa antes de irse a la universidad habían sido los más infelices de su vida, siempre solo y ocupándose en lo que fuera para no pensar en ello, pero al mismo tiempo habían sido todo lo que necesitaba para dejar su vida anterior atrás, olvidarse de su familia muerta, de su hermano enfermo, pero, sobre todo, de Yamanaka Ino.

En la soledad de su nuevo hogar había aprendido a valerse por sí mismo y a nunca esperar nada de nadie más; entendió que no podía confiar en nadie, pues nadie más estaba ahí al final del día, y eso había forjado su carácter. Madara tal vez nunca había sido el más afectuoso ni sensible de los familiares, pero al menos le había dado la lección más importante de su vida: eres todo lo que tienes; el resto de las personas jamás se quedará en tu vida.

Maldito viejo sabio, pensó entonces, deteniéndose frente a un retrato suyo y de su tío colgado frente a las escaleras. No podía negar que, aunque viejo, Madara seguía teniendo una imagen que invocaba respeto, sobre todo junto a la de su yo adolescente. Sasuke aún podía recordar el día que había posado para la fotografía, lo incómodo de la cercanía de su tío sin que este estuviera juzgándolo o gritándole frente a los sirvientes, pero él lo aceptaba, porque en el fondo ansiaba llegar a ser como él algún día. En ese tiempo, y aún, era difícil para Sasuke entender cómo podía admirar y despreciar tanto a una persona al mismo tiempo.

De repente, el sonido de algo golpeando el suelo lo hizo salir de sus recuerdos y seguir camino hacia la izquierda del corredor. Allí había un par de empleados de la mudanza que intentaban levantar el contenido de unas cajas que ahora estaban en el suelo.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Sasuke con mala cara, sobresaltando a las personas que estaban trabajando dentro con el frío tono de su voz.

—Lo lamento, señor. Los jóvenes de la mudanza tiraron algunas cosas —dijo el ama de llaves, haciendo una reverencia y deteniéndose mientras intentaba meter una vieja guitarra eléctrica en su estuche; Sasuke parpadeó, mirando el objeto como si no lo hubiese visto en siglos.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó apenas recuperó la voz. La encorvada mujer entonces parpadeó, un poco confundida.

—Estaba en el estudio, en uno de los viejos muebles de su tío —murmuró. Sasuke apenas si la oyó.

—Es mi primera Gibson —murmuró para sí mismo, tomando la guitarra del estuche para inspeccionarla, notando que seguía igual la última vez que la había visto, antes de que su tío se la quitara en su segundo día allí, argumentando que la música solo era una distracción. Sasuke se había olvidado de ella, porque había creído que Madara la había regalado o tirado a la basura, pero ahora podía darse cuenta de que se veía tal y como la recordaba, con su brillante cuerpo negro, las clavijas tan relucientes como siempre, igual que el mástil; sin embargo, no tenía cuerdas. El joven Uchiha frunció el ceño entonces, sin poder recordar qué había pasado con ellas, pero su gesto cambió cuando sus ojos se posaron sobre algo escrito en la parte posterior de la guitarra, eran letras del alfabeto latino dentro de un corazón:

I+S

Sasuke frunció el ceño una vez más, tanto como pudo, atónito, y pasó un dedo por la inscripción, tratando de recordar cuándo la habían hecho, aunque no era extraño. Ino solía hacer ese tipo de cosas, y él solo la dejaba porque no quería terminar discutiendo con ella. Aunque, en realidad, no le desagradaba que todos supieran que ambos se pertenecían el uno al otro, pero eso no era algo que hubiera admitido entonces, mucho menos ahora.

—Señor Uchiha, ¿qué quiere que hagamos con las cajas de su vieja habitación? —el ama de llaves lo sobresaltó una vez más; Sasuke entonces cerró el estuche de su guitarra y se levantó del suelo.

—No lo sé. Arrójenlas a la basura. Me da igual —gruñó, entrando a su vieja habitación para meter la guitarra al armario ya casi vacío.

De donde nunca debió salir, se dijo.

—¿Está seguro? Estaban dentro de su habitación. Tal vez quiera revisarlas por si encuentra algo importante —insistió la mujer, y Sasuke la observó, sin poder pensar una respuesta clara antes de que nuevamente se viera interrumpido:

—Sasuke, cariño, ven a ver esto —la voz de Sakura llegó a él desde las escaleras, así que se dio la vuelta inmediatamente, cerrando la puerta de su habitación tras él.

—Ponlas en mi auto. Y no quiero que nadie entre en esa habitación —ordenó, recorriendo el pasillo al encuentro de su prometida, que seguía saltando alrededor de toda la casa como si acabara de ganarse la lotería.

Luego de una interminable hora escuchando las ideas de Sakura para la cocina, Sasuke finalmente llegó a su apartamento. Dejó las cajas sobre la mesa de la sala y se preparó un té, esperando varios segundos antes de decidirse a abrirlas. Cuando finalmente tomó la decisión, dejó su taza a un lado y se sentó en la sala, apagando la televisión para poder concentrarse.

La primera caja tenía pertenencias suyas que su madre había guardado, como cosas de bebé: sus primeras ropas, su primer chupón, un dinosaurio de felpa y un montón de dibujos. Sasuke los dejó como estaban y a pesar de no ser alguien sentimental decidió quedársela. La otra caja tenía cosas que él mismo había recolectado durante su infancia. Algunas rocas de colores, boletos de distintos conciertos a los que había asistido, algunas púas de guitarra y muchas fotografías donde Naruto y él salían siendo más jóvenes, con la banda que habían formado a los catorce años. Solo por curiosidad, Sasuke buscó las cuerdas de su guitarra entre aquellas cosas, pero solo había más y más fotografías. Aunque no todas eran suyas.

En el fondo de la caja, había muchas instantáneas de una bonita chica rubia. Sasuke la reconoció de inmediato, pues Yamanaka Ino le sonreía, inmortal en aquellas imágenes que parecían postales de su antigua vida. Había muchas fotografías de ella, incluso algunas que Sasuke no recordaba haber sacado, y que seguramente habían pertenecido a Ino y él se las había robado; recordó que le gustaba hacer eso, y que ella se molestaba, por eso también tomaba muchas de sus cosas sin su permiso. Había también decenas de cartas, notas escritas en servilletas de papel, notas de Ino para él, y unas pocas de él para ella que nunca se había atrevido a darle. Sin embargo, a medida que siguió revisando, se dio cuenta de que éstas últimas eran muchas más. Había al menos un centenar cartas de su puño y letra que nunca se había atrevido a entregar. Y, perturbado por ese hallazgo, Sasuke cerró la caja y la alejó de sí, metiéndose a su estudio para seguir trabajando y así poder distraerse el algo útil.

El pasado debía quedarse atrás, no ganaba nada con desenterrarlo después de tanto tiempo. Su presente, en cambio, se veía más prometedor que nunca con ese nuevo trato con una empresa de tecnología china que estaba a punto de cerrar a nombre de su compañía. ¿Qué ganaba recordando tiempos que ya jamás volverían?

Sasuke deseó poder olvidar, igual que lo había deseado la primera vez que había llegado a Tokio. Sin embargo, esta vez fue mucho más fácil creer que el pasado no podría volver a alcanzarlo.

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Por la mañana, todo pareció volver a su agitada a tan preciada normalidad. Sasuke despertó, se ejercitó, se preparó para trabajar y fue recogido por su asistente y el chofer como todas las mañanas. En la compañía, todos corrieron a recibirlo, inclinándose con exagerado respeto y abriendo todas las puertas para que no tuviera que detenerse mientras comenzaba su día. Sasuke podía notarlos escabulléndose de su camino para no importunarlo, pero no se detenía a reparar en ninguno. Nadie con menos millones que él en su cuenta bancaria merecía su atención; esa había sido la primera lección de su tío al llegar allí.

—Quiero que te comuniques con Mei Terumi de Finanzas. Organiza una reunión para mañana a las diez —ordenó a su asistente, sin fijarse si este siquiera estaba cerca. Sin embargo, el joven y eficaz Udon siempre lo estaba.

—Mañana a esa hora tiene una cita para elegir el buffet de la boda, señor —le recordó, sin dejar de caminar unos pocos pasos detrás. Y Sasuke frunció el ceño, recordando que su prometida había mencionado eso durante semanas, pero aun así se le había olvidado, aunque no le dio importancia. Nada ni nadie estaba por encima de su trabajo.

—Llama a Sakura y cancela. Tenemos que terminar de revisar esos números para el mediodía.

—Sí, señor.

—¿Llegaron los presupuestos del departamento de diseño?

—Sí, señor. Ya los revisé y marqué los gastos más superfluos con amarillo.

—Bien —correspondiendo al saludo de uno de sus ejecutivos con un ligero movimiento de cabeza, Sasuke siguió caminando hacia su oficina y hablando con su asistente —. Envía hoy los contratos a la gente de Bee. Los quiero firmados para mañana en la noche o se retrasará la inauguración de la obra de Sapporo —ordenó mientras Udon corría a abrirle la puerta de su oficina para que pudiera pasar, entrando tras él.

—El señor Kakashi almorzará hoy con el sindicato y Bee-san para cerrar las negociaciones. ¿Quiere que le reserve un lugar a usted también? —propuso el chico. Él heredero Uchiha suspiró, dejándose caer sobre su silla ejecutiva de piel negra y descansando un momento antes de enderezar la espalda, tomar una de sus plumas bañadas en oro y empezar a revisar más documentos que alguien había dejado sobre su escritorio.

—No. Comunícate con los arquitectos del proyecto de Shanghai. Quiero ver los avances del centro comercial, así que arregla un almuerzo con ellos. Pídeme ternera, papas y salsa tártara con puerro y verdeo.

—Enseguida, señor Uchiha—el joven asistente terminó de anotar el pedido e hizo una pausa, como si quisiera decir algo más, pero no supiera cómo; entonces Sasuke lo miró, levantando una ceja.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa, Udon?

—Sí, señor —el muchacho corrió a cerrar la puerta de la oficina, y después regresó frente a él, abriendo la carpeta de cuero que llevaba bajo el brazo para sacar varios papeles que dejó frente a su jefe —Investigué el nombre que me dio, como me lo ordenó. Pertenece a una estudiante de medicina de la Universidad Toyo. Graduada hace tres años, con honores.

—¿Toyo? ¿Vive en Tokio? —Sasuke frunció el ceño con interés, dejando los documentos que leía a un lado para leer esos papeles; su pulso se aceleró al pensar que por años Ino había estado muy cerca suyo, pero enseguida desechó ese pensamiento.

—Vivía — Udon se aclaró la garganta, acomodándose los anteojos —Verá, según supe, su madre, la última familia que le quedaba, murió a finales del año pasado, y esa mujer, Yamanaka Ino, vendió el negocio familiar hace tres meses. Luego de eso no pude encontrar nada más —anunció, encogiéndose de hombros. Sasuke se acomodó contra el respaldo de su cómoda silla ejecutiva y se balanceó ligeramente de un lado a otro.

—De modo que no puedo devolver la carta —gruñó, frunciendo el ceño para inclinarse hacia adelante después —¿Y no hay otra dirección?

—No. Lo siento.

—Está bien. Puedes retirarte. Y cierra bien la puerta —Sasuke despidió a su empleado, esperando a estar solo para darse la vuelta hacia la ventana y echar la cabeza hacia atrás, bufando.

Había pasado casi un mes desde que recibió la carta de Ino, y aunque su intención había sido devolverla para dejarle en claro que no volviera a intentar contactarlo, había resultado una misión casi imposible. El sobre no tenía ninguna dirección, y nadie sabía cómo se había colado en su correo regular. Ino parecía haber aparecido y desaparecido por segunda vez en su vida sin dejar rastro, y su carta seguía allí, en su escritorio, como si estuviera burlándose de él, como debía estarlo la propia Ino.

—Demonios —gruñó el joven Uchiha, cerrando los ojos un momento mientras suspiraba. Entonces, en un súbito movimiento, se enderezó, tomó la carta y un encendedor. No le interesaba nada que viniera de Yamanaka Ino, así que se desharía de ese problema de raíz.

Pero cuanto tocó el sobre notó que había algo irregular dentro, algo enrollado y sumamente delgado. Definitivamente no era una carta. Curioso, tomó su abrecartas y cortó el papel blanco, sobresaltándose levemente cuando un delgado hilo de metal cayó sobre sus rodillas.

Era una cuerda, una cuerda de guitarra, pero no de cualquier guitarra; era una cuerda de escala larga, calibre 12-54, las mismas que él usaba de joven. Podría haberla reconocido aún con los ojos cerrados. Entonces, sorprendido, buscó una nota o algo, pero no había nada, solo su cuerda.

—No es posible —susurró, casi saltando de su asiento. Primero su vieja guitarra sin cuerdas, ahora esto.

¿Qué estaba pasando y cómo Yamanaka Ino tenía que ver con todo eso?