Disclaimer: Los personajes de Naruto no son míos.


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Notas de la autora:

¡Holis mis beias lectoras!

Sé que venía actualizando muy rápido este fic, pero los primeros capítulos eran los más simples. Desde ahora, la historia poco a poco va a ir profundizándose, así que los capítulos van a ser más largos, y seguramente tarde más en escribirlos, por todo lo que quiero transmitirles sobre Sasuke y su viaje a través de sus sentimientos.

Aaaay, me emociona mucho todas las cosas lindas que me escribieron, y que les guste esta historia ❤❤❤

De todo corazón, espero que todas estén bien en esta pandemia, y como consejo, les dejo un link de la canción que usé para este capítulo para que copien, peguen y escuchen:

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Espero que les guste!

Cariños,

Lady S.


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Capítulo 4

Donde todo comenzó

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—Ella es mi hija, Ino.

—Y este es el menor de mis hijos, Sasuke. Saluda a Ino, y a su padre, Sasuke.

Sasuke abrió los ojos después de sentir que su cuerpo se sacudía, viendo como las imágenes de su cabeza desaparecían a la par que las luces del camino lo cegaban mientras volvía a la conciencia, dándose cuenta de que el autobús había avanzado un gran trecho, cambiando el paisaje de enormes edificios y calles de concreto por miles y miles de hectáreas de campos verdes bañados por la oscuridad de la mañana hasta donde llegaba la vista. El joven Uchiha se movió sobre su incómodo asiento y bostezó; el efecto del alcohol ya había pasado, y aunque le dolía la cabeza como el demonio, ni siquiera podía pensar en eso.

De verdad lo había hecho; de verdad se había atrevido. La noche anterior había estado tan determinado a encontrar a Ino que no se había parado a pensar en lo que hacía, y ahora estaba ahí, apartándose más y más a cada segundo de Tokio, sin retorno posible. Su tío estaría furioso, y aunque la imagen en cierta forma le aterraba, no podía negar que también sentía cierta satisfacción al pensar en el ataque de rabia que le daría cuando no se presentara a trabajar esa mañana. En un par de horas, todo el mundo estaría buscándolo, su asistente, Kakashi, los empleados de Madara. Sakura también debería estar molesta, pero ella no importaba. Nadie importaba, en realidad.

Sasuke se estiró en su asiento y por un momento saboreó la sensación de libertad a su alrededor por primera vez en una década. Si bien todavía era confuso el no tener que guiarse por una agenda, le trajo recuerdos de días más simples, de mañanas perezosas pescando en el arroyo con su hermano, o tardes contemplando el atardecer sobre un árbol. En la ciudad no podía hacer ninguna de esas cosas, no solo porque ahí no tenía a nadie más, sino porque no había tiempo para el ocio. En diez años Sasuke no había tenido un solo día libre, todo siempre era estudiar, para después graduarse y trabajar. Y su tiempo entero se había escurrido entre clases, reuniones, entrevistas y viajes, siempre ocupado, siempre eficiente. Siempre moviéndose al ritmo marcado por otros.

¿Y qué haría ahora? Cuando su recién descubierta rebeldía producto del alcohol al fin pasó, abrió paso a la confusión. Sasuke había sido movido por lo hilos de su tío durante tanto tiempo que ahora no sabía qué hacer. Se había acostumbrado a tener sirvientes que localizaban personas por él, que hacían su comida, que compraban y lavaban su ropa, que lo llevaban a dónde tuviera que ir. Llevaba años sin valerse por sí mismo, y la idea lo asustó. ¿Qué había hecho?, se dijo, pero al mismo tiempo no se permitió entrar en pánico.

Los hombres no tienen miedo, había dicho su tío alguna vez, el miedo es para los débiles.

El muchacho respiró profundamente, y movió las manos para quitarles el sudor; sin darse cuenta su respiración se había acelerado, y algo le oprimía el pecho, igual que el día de la muerte de sus padres, y luego su hermano. De repente le costaba respirar, y empezó a desesperarse. No debí hacerlo, se dijo, arrepintiéndose de sus acciones apenas el pánico lo golpeó al fin.

Tenía que regresar. No podía hacerlo. Tenía que volver a casa y ponerse uno de sus costosos trajes hechos a medida. Tenía que bajarse de ese autobús y regresar. Estaba cometiendo un error; había sido una estupidez huir como un adolescente idiota. La ansiedad empezó a acorralarlo, pero entonces sus oídos captaron la suave música del radio del conductor. Sasuke reconoció la melodía casi de inmediato, y enseguida sintió como su sus músculos volvieran a relajarse mientras sus ojos se cerraban un momento de forma inconsciente, volviendo a ver la imagen de la joven Ino muy clara en su mente, y casi pudo volver a sentir el peso de su cabeza contra su hombro, y sus suaves y delgados dedos enredados con los suyos.

Vamos, toca nuestra canción...

El joven Uchiha volvió a abrir los ojos, deshaciéndose otra vez de los recuerdos, pero siguió escuchando la música mientras su mirada seguía fija en el paisaje. Se sentía estúpido pensar en su corazón como algo más que un músculo encargado de bombear sangre al resto de su cuerpo. Era tonto e infantil, pero dejó de pensar en eso cuando el autobús empezó a girar y a detenerse, anunciando que ya estaban en la vieja estación de autobuses de Shirakawago. Sasuke se levantó y cargó sus cosas, esperando a que las puertas del autobús se abrieran con un fuerte siseo. El conductor bajó delante para despedir a los pasajeros, pero solo él bajó, sacudiendo la cabeza y respirando profundamente apenas sintió al aire húmedo del campo golpearlo en el rostro.

La vieja terminal seguía tal y como la recordaba, un modesto edificio revestido de tablones con viejas vigas y galerías de madera, de pie entre las mesetas, con la pintura algo desgastada a causa de los años. Era como la típica y tradicional postal de un pueblo rural japonés, sencillo, pero cálido de alguna manera. Sasuke sintió al instante que podía respirar con normalidad otra vez. Estaba en casa; finalmente había regresado. Y ahora, ¿qué?, se preguntó, tomando asiento en una de las bancas mientras el autobús cerraba sus puertas para seguir con su camino. No había ningún otro vehículo en el pequeño estacionamiento, ni nadie más en la terminal, y todavía era muy temprano para que abrieran las taquillas. El día apenas empezaba a clarear, por lo que la gente recién estaría comenzando a despertar, así que no había lugar donde ir, aunque tampoco tenía idea de dónde empezar el recorrido. Porque encontraría a Ino. Todo el pánico, la incertidumbre y las dudas, una vez más, desaparecieron. Había soportado un viaje en tren bala de tres horas, y otro en autobús desde la estación de Toyama; había llegado demasiado lejos por ella, y Sasuke Uchiha jamás dejaba las cosas a medias. Y mientras esperaba a que el día llegara y el pueblo terminara de despertar, Sasuke abrió el estuche de su guitarra y con mucho cuidado enredó la cuerda en las clavijas; todavía se veía triste con una sola cuerda, pero dedujo que al encontrar a Ino podría poner las restantes. Debían ser esas cuerdas, las últimas que había tenido, no otras. Después de volver a guardar la guitarra en su estuche, con mucho cuidado lo acomodó a su lado sobre la banca. Lo siguiente que supo fue que la terminal se había llenado de personas, turistas en su mayoría, y el sol ya había salido. Sasuke despertó con el sonido de las puertas de otro autobús, y de inmediato se levantó de su asiento, siguiendo a un grupo de personas hacia una pequeña caseta de taxis con su mochila y guitarra al hombro.

El centro había crecido un poco desde la última vez; había más restaurantes y tiendas, también más automóviles y turistas de los que recordaba transitando en la mañana. Sin duda la región había crecido mucho desde que sus pintorescas villas tradicionales fueran declaradas patrimonio de la humanidad; Sasuke había oído la noticia años atrás, aunque nunca le había llamado la atención. Sin embargo, ahora, por un momento, temió ser como un forastero en su propio hogar, apenas reconociendo las calles donde había crecido mientras caminaba esquivando a los fastidiosos turistas y sus cámaras. Ningún rostro era familiar, así como ninguno de los nuevos comercios, y, a pesar de todo, era casi como si los músculos de sus piernas tuvieran vida propia, porque a pesar de que muchas cosas habían cambiado, sus pies lo condujeron directamente por el camino hacia su vieja casa, a solo siete calles de la que ahora parecía ser la avenida principal.

Al menos la zona residencial no había cambiado demasiado, pensó con alivio mientras comenzaba a reconocer algunas viejas construcciones de madera y concreto. Todo el vecindario rebozaba de vida gracias al calor del verano, y en el ambiente podía sentirse aquel dulce aroma frutal que se desprendía de casi todos los jardines aledaños. Aire puro, limpio y con aroma a las frutas más dulces que uno pudiera imaginar. Por primera vez en una década Sasuke se dio cuenta de lo mucho que lo había extrañado. Ese era el aroma de su infancia, de su hogar, su verdadera casa. Así que se detuvo un momento y sin poder evitarlo cerró los ojos y aspiró un poco más. Había llegado en un buen momento, porque cuando las frutas que nadie recogía empezaran a caer, el aroma dulce se transformaría en una pestilente atracción de moscas y otros molestos insectos.

Casi sonrió al recordar que los niños del vecindario solían lanzarse fruta podrida los unos a los otros cuando eso pasaba, y toda la calle se llenaba de risas y alegría, al menos hasta que las madres comenzaban a gritar. En ese entonces creía que era algo estúpido; él solía ser el único chico de la cuadra que solo miraba la diversión desde su ventana mientras practicaba con su guitarra o leía junto a la entrada. Siempre quiso unirse a los juegos de los demás, pero jamás lo había hecho. Le pareció muy estúpido ahora, después de tantos años, pensar en eso. Y mientras recordaba, sus pies se detuvieron una vez más frente a una de las últimas casonas de la calle; Sasuke salió de sus recuerdos y observó la propiedad durante varios minutos. Su vieja casa parecía mucho más pequeña de como la recordaba, aunque no había pensado en ella durante un largo tiempo; por un momento, se le hizo difícil creer que él había vivido allí alguna vez, en esa sencilla casa de campo, tan distinta a la mansión de Madara en Tokio, pero al acercarse, en la acera, todavía podía ver las pruebas de que ese era su verdadero hogar: sus palmas, diminutas junto a las de su hermano, todavía estaba gravadas en el concreto igual que aquel día cuando habían hundido sus manos en el cemento fresco, y dejado su huella con su pésima caligrafía de preescolar:

"Itashi y Suke"

Decía debajo de la silueta inmortal de sus manos y las de Itachi. Sasuke quiso sonreír, pero era como si sus mejillas estuvieran tan acostumbradas a hacer lo contrario que no quisieron obedecerlo. Entonces suspiró, y volvió a levantar la mirada hacia la propiedad. La casa estaba bastante descuidada, pero el jardín, extrañamente, lucía muy bien cuidado. El césped estaba recortado, y había muchas flores que no recordaba que estuvieran antes, principalmente flores de lavanda, dándole un aspecto mucho más vivo a todo el terreno pese a que nadie lo había ocupado en años. Y, por un instante, se preguntó si su tío era quien se encargaba de enviar a alguien a cuidar del jardín, pero no lo creyó posible; Madara nunca se había preocupado por esa propiedad, pues no tenía caso venderla ya que era una un inmueble tan insignificante que no dejaría ninguna ganancia, estando tan lejos de los atractivos turísticos del pueblo. Tampoco él se había preocupado por ella en mucho tiempo, solo sabía que aún conservaba el título de propiedad porque aparecía todos los años en su declaración fiscal. Y ahora la casa estaba allí, de pie como cuando la había abandonado, aún más viva de lo que parecía entonces, casi riéndose de él. ¿Por qué? Sasuke no lo sabía, pero así lo sentía.

—¿Puedo ayudarte en algo, muchacho? ¿Estás perdido? —preguntaron de repente a sus espaldas, y Sasuke se sobresaltó brevemente, volteando hacia la persona que le había hablado; el anciano entonces pestañeó, frunciendo sus tupidas cejas blancas con sorpresa mientras escudriñaba su perfil con cuidado, pasando de una desconfiada cortesía a una honesta sorpresa y alegría —¿Sasuke? ¿Eres tú?

—¿Señor Sarutobi? —Sasuke le devolvió el gesto de sorpresa. El anciano entonces sonrió, encorvándose un poco más mientras se recargaba con ambas manos sobre su bastón, mirándolo con una expresión más relajada.

—Pero mira nada más cómo has crecido. Eres idéntico a tu madre —le dijo, estrechando la mano de Sasuke. Los Sarutobi eran una pareja de ancianos que habían vivido toda su vida en la casa frente a la suya; la señora Biwako solía cuidarlos a él y su hermano cuando eran pequeños, y el hijo menor de la familia fue su profesor en la secundaria, así que, de una forma u otra, sus familias siempre habían estado conectadas —¿Y qué haces aquí? —preguntó el anciano luego de recuperar su mano y volver a apoyarla sobre su bastón —No habías venido en un largo tiempo. ¿Qué ha sido de tu vida?

—Trabajo en la compañía de mi familia —respondió, escueto, dando otro rápido vistazo a la propiedad, urgido por cambiar el tema, aunque no tuviera motivos para hacerlo —¿Usted fue quien se ha encargado de mantenerla? —preguntó. Hiruzen Sarutobi parpadeó y arqueó un poco más sus cejas canosas, mirando el jardín de su vieja casa por un momento antes de sonreír y volver a mirarlo a él.

—Oh, una muchacha solía venir cada cierto tiempo a limpiar el jardín y cortar la maleza —respondió, encogiéndose de hombros y sorprendiendo a Sasuke. Él no había contratado a ninguna muchacha, ni tenía ninguna amiga que pudiera querer hacer algo como eso, igual que Itachi. Pero entonces una idea le vino a la mente, y sus latidos empezaron a correr como si acabara de salir de una maratón.

—¿Una joven? —preguntó, atónito, sintiendo como su labio inferior temblaba como el de un chiquillo asustado; entonces tuvo que tragar grueso para evitar que se le formara un nudo en la garganta y poder seguir hablando, pero le tomó varios segundos más poder hacerlo con la misma firmeza de antes —¿Puede...Podría decirme cómo era? —preguntó finalmente, y aunque acabó por arrepentirse al instante, no podía borrar sus palabras. Pero, ¿y si esa joven era Ino? Sasuke nunca había conocido a nadie que disfrutara más de la jardinería, y no podía pensar en otra persona que quisiera tener un gesto como ese con él. Y eso hizo que se sintiera confundido, pero ansioso al mismo tiempo. Una acción como esa podría no significar nada, pero el que Ino siguiera preocupándose por su viejo hogar, significaba que, de alguna forma, también se preocupaba por él. Que, a pesar de todo, no lo había olvidado. Sasuke de repente no supo qué sentir. Aquella era una posibilidad que nunca se había planteado al tener el impulso de buscar a Ino, al menos no una que se atreviera a admitir.

Y mientras pensaba en todas las posibles razones que ella tendría por seguir cuidando de aquel jardín que había sido tan importante para su madre, el anciano levantó la mirada al cielo, pensativo.

—Era delgada, amable y muy bonita —rememoró, frunciendo el ceño una vez más, y captando toda la atención de Sasuke —. Creí que era tu amiga, porque siempre venía a ver a Itachi luego de que te fueras a la ciudad.

El corazón de Sasuke se aceleró una vez más, y, en su mente, no había otra respuesta posible.

—¿Tenía el cabello rubio? —preguntó, con la voz pendiendo de un hilo. Y el señor Sarutobi pensó la respuesta una vez más antes de responder, haciendo que los segundos pesaran como horas en la mente del joven Uchiha.

—No. Su pelo era oscuro. Y corto, sobre los hombros —respondió, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras se llevaba una mano sobre los hombros para señalar el largo del que hablaba. Sasuke dejó de respirar por un segundo, y después se sintió extrañamente vacío y sin emociones excepto, tal vez, vergüenza por pensar que, por un segundo, Ino había pensado en él como él lo hacía desde que había recibido aquella incómoda encomienda suya —Es una chica muy buena; Biwako la adora, y me dijo que trabaja en la escuela primaria del pueblo. Creímos que era amiga tuya —siguió el anciano, y Sasuke parpadeó. No recordaba conocer a ninguna mujer de pelo oscuro que quisiera ayudarle a mantener su jardín, mucho menos a alguien que trabajara en la escuela del pueblo. De hecho, quitando a Naruto, Sakura e Ino, nunca había sido cercano a ninguna otra persona.

—¿Dice que trabaja en la escuela primaria? —preguntó, sintiendo otra chispa de curiosidad de repente. El señor Sarutobi asintió amablemente.

—Aunque no se ha aparecido por aquí en un buen rato. Tal vez sea por lo que pasó en la tormenta... —murmuró, pero Sasuke había dejado de escuchar; su mente se había perdido en la confusión y la vergüenza por un instante, hasta que su cerebro volvió a conectarse, y sus oídos a captar la voz cansada de su viejo vecino —¿Quieres entrar a tu casa? —ofreció. Sasuke parpadeó una vez más, dando un paso hacia atrás casi como un reflejo.

—No tengo la llave —gruñó. El anciano le sonrió de nuevo.

—Nosotros tenemos una copia. Itachi nos la dejó antes de irse al hospital por si tú la necesitabas. Para ese entonces tú ya te habías ido, y tardaste una década en volver, pero esa llave ahí sigue, esperándote —le dijo, y, aunque sorprendido por eso, Sasuke se negó.

—Está bien. No me quedaré. Solamente estoy de paso —murmuró.

El señor Sarutobi asintió, levantando los hombros con resignación.

—Bueno. Ha sido un placer, muchacho —sonrió nuevamente, apretando su brazo con amistad —Biwako se pondrá feliz cuando le cuente. Le gustaría verte, pero está en casa de nuestro hijo, cuidado de mi nieta.

—Dígale que envío mis saludos —dijo Sasuke, sin saber qué más decir, pero eso no pareció molestar al señor Sarutobi, ya que, una vez más, solamente le sonrió.

—Se lo diré —le dijo, despidiéndose con su arrugada y huesuda mano en el aire antes de regresar lentamente a su propia casa; Sasuke se le quedó viendo hasta que la puerta de la entrada se cerró tras él, y después se dio la vuelta hacia la casa de su infancia, admirando las flores una última vez antes de seguir con su camino. Era curioso que Ino no fuera quien se había preocupado en plantar las lavandas. El violeta siempre había sido su favorito.

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Sasuke recorrió un poco más del pueblo antes de pasar a la escuela, sin saber dónde más ir, ya que, de alguna forma, esa se había convertido en su única pista. En el camino visitó el arroyo, los campos de arroz y pasó junto a las famosas aldeas Gasshō-zukuri que todos los años atraían a miles de turistas de todo el mundo. Los Yamanaka solían vivir en una de esas villas; de hecho, Sasuke encontró su casa casi de inmediato, pero, aunque la edificación era la misma, el antiguo jardín de la familia había perdido su vida. Todavía había árboles frutales y flores en la entrada, pero de alguna forma ya no era el mismo jardín que Sasuke recordaba; algo le faltaba, y no necesitaba pensarlo mucho para saber que ese algo era Ino. Por las ventanas, pudo ver a una familia moviéndose dentro, señal de que ya no había rastro de los Yamanaka en el lugar, y, aunque eso no lo sorprendía, de alguna forma se sentía mal. Quizá, en el fondo, había albergado tontamente la esperanza de volver a encontrarla allí, esperando por él en su uniforme para ir juntos a la escuela.

Estúpido, se regañó mientras obligaba a sus pies a alejarse de ese lugar para regresar al centro del pueblo. Era casi al mediodía, y no había comido nada desde el día anterior, así que se obligó a sí mismo a detener su búsqueda sin sentido para comer en el puesto de ramen que su amigo tanto amaba cuando eran niños. Allí conversó con el dueño, quien también lo reconoció de inmediato, principalmente de Naruto, a quien muchos seguían extrañando en la villa; sin embargo, el puesto estaba tan lleno que el señor Teuchi no tuvo tiempo de responder sus preguntas, aunque Sasuke, como con el señor Sarutobi, no se atrevió a preguntar por Ino.

Finalmente, después de un revitalizante plato de fideos, quiso pagar por su comida, pero Teuchi no aceptó su dinero. Sasuke se sintió incómodo, pues no estaba acostumbrado a la amabilidad de la gente sin que esperaran nada de su parte a cambio, aunque el viejo cocinero de ramen sí le pidió un favor: que la próxima vez llevara a Naruto con él. Y esa fue la primera vez que pudo sonreír en el día. Era extraño, pero no desagradable no ser el centro de atención de las personas; desde que se había mudado con Madara se había acostumbrado a que todo girara a su alrededor. "Los Uchiha siempre son el sol", decía su tío, y Sasuke había vivido de esa forma por una década, siempre rodeado de atenciones y halagos por ser un Uchiha, y al final, había olvidado cómo vivir de otra manera. Su vida de privilegios le había costado incluso eso, y había tenido que huir prácticamente de ella para poder darse cuenta.

Sasuke frunció el ceño mientras volvía a atravesar el pueblo a pie, pensando en lo extraño que aquel lugar lo hacía sentirse al mostrarle el contraste de sus días allí con su nueva realidad; antes nunca le había importado, recordar estaba prohibido porque eso lo hacía extrañar esa vida que ya no podría tener, y en su posición no podía permitírselo. Era ridículo llorar como un mocoso por lo que ya se había ido, y de repente se volvió a sentir estúpido por estar allí, pero, más que nada, el pánico volvía a amenazarlo. ¿Para qué quería encontrar a Ino en realidad? Se había dicho a sí mismo muchas veces mientras viajaba que era para recuperar sus cuerdas y terminar de expulsarla de su vida de una vez y para siempre, pero, a medida que aquel viaje avanzaba, se sentía más y más inseguro sobre eso. Y entonces, otra pregunta lo llenaba de pavor: ¿qué haría si lograba encontrarla?

Antes, poco tiempo después de que ella y su familia se fueran del pueblo sin despedirse ni mirar atrás, había imaginado miles de posibles escenarios donde ambos volvían a verse; las primeras veces se la imaginaba pidiendo su perdón, y él dándoselo para que ambos pudieran volver a estar juntos, pero conforme el tiempo pasaba empezó a imaginarse a sí mismo escupiendo toda su rabia contra ella apenas volviera a buscarlo, porque era ella quien se había marchado, así que por su propio pie debía volver a buscarlo. Pero eso jamás había pasado, y, con los años, Sasuke la había eliminado incluso de sus recuerdos hasta no sentir nada más que una fría condescendencia por ella, o al menos se había convencido de ello. Era casi ridículo pensar que una simple cuerda de guitarra había desencadenado todos esos recuerdos y pensamientos que ahora se arremolinaban en su cabeza como una tormenta sin control, llevándolo siempre a la misma conclusión: no sabía por qué estaba ahí, no sabía qué hacer si encontraba a Ino, y, en realidad, no sabía si quería hacerlo. ¿Qué ganaba con desenterrar el pasado de todas formas? Absolutamente nada más que recuerdos amargos y la misma sensación de vacío que la primera noche que había dormido en casa de Madara. Y entonces, Sasuke forzó sus pies a parar, pero no por sus pensamientos contradictorios, sino porque sus ojos encontraron la imagen de su vieja escuela a la distancia, el lugar donde conoció a Ino y donde todo había comenzado.

Su madre y el señor Yamanaka habían crecido en ese pueblo, y se conocían de casi toda la vida; Sasuke debía tener unos tres o cuatro años cuando él y su madre regresaban de dejar a Itachi en el escuela, y entonces se cruzaron con el hombre y su pequeña hija justo en ese lugar, bajo el enorme árbol de cerezo que estaba frente al edificio. Esa fue la primera vez que vio a Ino, corriendo de un lado a otro atrapando pétalos antes de que cayeran al suelo; nunca podría olvidarlo, porque fue lo más parecido a un ángel que había visto en su corta vida. Y en ese mismo lugar ella se le había declarado decenas de veces, y allí mismo él se le había declarado solo una.

Habían recorrido ese mismo camino juntos cientos de veces antes, pero ahora ni siquiera eso quedaba; pasmado, se llevó otra enorme sorpresa al ver que ahora el blanco e imponente edificio no era más que una construcción destruida, de paredes ennegrecidas y derrumbadas, como si un feroz incendio hubiera azotado todo el lugar, ya que todavía había marcas de hollín y cosas quemados por todos lados. Y sin quitar los ojos del triste paisaje, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y levantó su fotografía con Ino a la altura de su rostro para compararla con la que ahora tenía frente a él. Ya no quedaba nada de esa imagen, ni el árbol, la escuela, ni ella. Y mientras se preguntaba qué era lo que había pasado, se dio cuenta de que había algunas personas trabajando en las ruinas, moviendo objetos quemados y escombros fuera de lo que quedaba del edificio. Sasuke dudó, pero terminó por acercarse a ellos. Y cuando estaba a solo metros del lugar donde las personas trabajaban, sus pies se paralizaron otra vez, no por la terrible imagen de su escuela en ruinas, sino porque se dio cuenta de que el camino principal de la misma estaba cubierto por flores de lavanda.

—¿Se le ofrece algo? —oyó que le preguntaban, y al desviar la mirada miró al hombre que le había hablado; era joven, de cabello castaño y ojos oscuros. Sasuke creyó ver algo familiar en su rostro, pero no fue capaz de reconocerlo.

—Estoy buscando a una persona —murmuró, aclarándose la garganta, y sin poder inventar algo mejor por la sorpresa —Me dijeron que trabaja aquí —añadió; el otro hombre dejó la carretilla que cargaba sobre el suelo y se secó el sudor de la frente con el pañuelo húmedo que llevaba en el cuello enrojecido por el sol. Sasuke no se había percatado antes, pero incluso él estaba sudando por el calor. Entonces se quitó la cazadora, mirando al otro hombre mientras hablaba:

—Pues no sé si podrá encontrarla —suspiró, volviendo a ponerse el pañuelo tras el cuello —Muchos de nuestros maestros se mudaron a Toyama después del incendio. Quedamos solo algunos ayudando en lo que podemos.

—¿Qué sucedió? —se aventuró a preguntar. El lugareño frunció el ceño, como si la interrupción en su trabajo le molestara. Aun así, siguió hablándole con educación.

—Fue durante la tormenta —explicó —Los postes de luz cayeron dentro de la escuela, y los cables provocaron el incendio. Seguimos esperando la ayuda de la prefectura, pero por lo pronto la comunidad hizo donaciones para poder comenzar con las reparaciones, y todo el que puede viene a ayudar. Si quieres, puedes dejar tus cosas y tomar una carretilla, si es que el trabajo duro no daña tus delicadas manos, Uchiha —le dijo, sorprendiendo a Sasuke una vez más, y haciéndole fruncir el ceño.

—¿Nos conocemos? —preguntó, más incrédulo de lo que le hubiera gustado. El otro chico se rió en voz baja, descansando una mano en la cintura mientras que con la otra se revolvía el pelo húmedo.

—¿Ya te olvidaste de mí? —negó con la cabeza —Deben ser los lentes oscuros. Mi familia tampoco me reconocía sin ellos —dijo, y entonces algo se activó en el cerebro de Sasuke.

—¿Aburame Shino? —preguntó, frunciendo el ceño. El otro joven rió una vez más.

—Veo que sí me recuerdas.

—¿Trabajabas en la escuela?

—Desde hace unos cinco años —respondió Shino, frunciendo el ceño —. Enseño Biología en la preparatoria, y mi esposa es maestra. Ella debe estar por aquí también —anunció, echando un vistazo a su alrededor.

—¿Te casaste? —preguntó Sasuke. No le interesaba, pero no se le ocurrió qué más decir. Shino se encogió de hombros, indiferente.

—Hace tiempo. Tú conoces a mi esposa. Estaba en nuestro salón —le dijo, y Sasuke pestañeó; por un momento un pensamiento incómodo pasó por su mente. ¿Qué pasaría si Ino se hubiera casado? La sola idea lo paralizó por un instante, pero no lo creyó posible. Ella no le hubiera mandado una pista para encontrarla si estuviera casada, ¿verdad? —¿Tú a quién buscas? —la pregunta de Shino lo regresó a la realidad, y, una vez más, Sasuke dudó, pero al final decidió no andarse con rodeos innecesarios:

—Busco a Ino —admitió, haciendo que su antiguo compañero abriera los ojos con sorpresa.

—¿Yamanaka? —Shino se rascó la frente con el pulgar, distraído —Su familia se mudó hace años a la ciudad —informó, bufando —Pero si hubieras llegado hace unos meses la habrías encontrado.

—¿Ella estuvo aquí? —preguntó Sasuke, tan rápido que por un segundo tuvo miedo de que él no le hubiera entendido, pero Shino sí pareció haberlo hecho.

—Sí. Vino a vender las propiedades que quedaban de sus padres o algo así, no lo recuerdo —respondió, encogiéndose de hombros, como si no le importara.

—¿Y a dónde se fue? —Sasuke se vio de repente envalentonado por la información que había logrado conseguir, así que no dudó en seguir preguntando. Shino, por su parte, de nuevo se encogió de hombros.

—No lo sabemos. Llegó un día de repente, y se fue de la misma forma. ¿Para qué la buscas? —preguntó, y Sasuke lo miró, pensando en una buena explicación, aunque no fue necesario, porque su charla se vio interrumpida de repente.

—¡Hey, Shino! ¡Ya saqué todas las sillas quemadas del salón de reuniones, y todavía tengo energía para seguir trabajando, mi llama de la juventud arde sin control! —exclamó un joven de cabello oscuro y cejas gruesas. A Sasuke le costó solo un segundo recordarlo, igual que al chico cuando miró en su dirección —¿Sasuke Uchiha? ¡Pero mira nada más lo que trajo la tormenta! ¡Primero Ino y ahora tú! ¡Parece que ambos extrañan la vida de pueblo!

—Rock Lee —bufó Sasuke, recordando al enérgico chico que iba un curso arriba en la preparatoria. Lee se acercó a ellos y amplió su brillante sonrisa mientras estrechaba su mano. Iba vestido como Shino, con ropa sencilla y manchada de sudor y hollín.

—Qué bueno que me recuerdas. ¿Vienes a ayudar? —preguntó. Sasuke frunció el ceño.

—¿Disculpa?

—Viniste hasta aquí para ayudar con la escuela, ¿verdad? Igual que todos —sonrío otra vez —Puedes tomar una carretilla. Te conseguiré el equipo.

—Sasuke ya se iba —interrumpió Shino, y el joven Uchiha tuvo la sensación de que parecía ansioso por despedirlo.

—¿Irse? Pero si ya está aquí, ¿no? Puede ayudarnos a terminar con la limpieza.

—De hecho, solo estoy de paso —dijo Sasuke, ceñudo. Rock pestañeó, y abrió la boca para seguir hablando, pero antes de que pudiera hablar, Shino se metió en la conversación otra vez.

—Sasuke debe irse, Rock —murmuró, de una forma que no gustó al joven Uchiha. Sasuke nunca había sido alguien muy receptivo, pero al escucharlo tuvo la sensación de que su antiguo compañero de escuela, a diferencia de Lee, estaba ansioso por deshacerse de él.

—Oh, bueno. Es una lástima que... ¡Hey, pero mira quién viene ahí! —exclamó Rock mientras levantaba uno de sus brazos para moverlo exageradamente en el aire y saludar a alguien tras Sasuke. El heredero Uchiha entones volteó, llevándose una nueva sorpresa ese día.

Había visto muchos rostros conocidos hasta el momento, pero el de Hyūga Hinata era uno de los que más le había sorprendido. Ella no había cambiado demasiado, salvo que sus rasgos habían madurado, y su cuerpo de adolescente también había cambiado. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue que su cabello era oscuro, y lo llevaba corto sobre los hombros, rebotando con gracia mientras se acercaba a ellos en su bicicleta.

—Hinata —suspiró Shino, cambiando totalmente de expresión y corriendo a ayudarla a bajar de su bicicleta apenas se detuvo. Ella le sonrió como agradecimiento, y después pasó su mirada por Rock Lee y Sasuke.

—¡Hina-chan! ¿Te sientes mejor? —preguntó el muchacho de cejas gruesas. La mujer entonces posó sus ojos claros como perlas en él por un segundo, girándose para sacar algunos paquetes envueltos del canasto de su bicicleta.

—Sí. Muchas gracias Lee-kun —le sonrió, mirando fijamente a Sasuke después —Vaya. Ha pasado mucho tiempo, Uchiha-kun —dijo, dedicándole también una sonrisa que él no correspondió. La Hinata que recordaba nunca se había atrevido siquiera a mirar en su dirección, ni en la de nadie más, así que fue demasiado extraño que ella lo observara con tanta atención.

—Sasuke ya se iba, Hinata —dijo Shino, frunciendo el ceño. Ella parpadeó varias veces.

—¿En serio? Oh, bueno, es una lástima. Supuse que que tendrías algunas preguntas —dijo, sorprendiendo tanto a Sasuke que no fue capaz de decir nada, sobre todo porque Hinata tomó sus paquetes cuidadosamente envueltos y se perdió dentro de las ruinas con Lee y Shino, dejándolo detrás y confundido, no solo por ella, sino por cómo todos los demás se habían comportado.

Y no supo por qué, pero de pronto sintió que todo el mundo en ese pueblo le estaba ocultando algo.

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Después de una mañana desperdiciada, y tras un breve momento de cordura, Sasuke iba de regreso a la terminal de autobuses; Ino no estaba en el pueblo, ir hasta ahí había sido inútil, así que no tenía sentido quedarse. Si regresaba para la noche el regaño de Madara tal vez sería más suave, ya que solo habría perdido un día de trabajo. Su mente decía que eso era lo que tenía que hacer, pero, a mitad de camino volvió sobre sus pasos mientras se maldecía por ser tan idiota. Quizá todavía tendría tiempo de tomar el último autobús a Toyama si se daba prisa, para después combinar con el último tren bala a Tokio, así llegaría en la madrugada y podría ahorrarse los regaños de su tío. Además, necesitaba aclarar una cosa o dos antes de marcharse, y no podría hacerlo si se iba ahora.

Llegó a casa de Hinata preguntando a los vecinos; todo el mundo la conocía a su antigua compañera como la maestra de primaria, y sonreían cuando mencionaban su nombre. Sasuke se sorprendió al saber que ya no vivía en la legendaria y arcaica mansión Hyūga a las afueras del pueblo, sino que se había mudado a una minka, cerca de la vieja residencia de Ino. La casa era modesta, hecha de bambú y madera en su mayoría, pero se podía percibir el calor de hogar aún desde la calle, muy distinto de la casa donde Hinata había nacido. Sasuke la recordaba porque su padre era amigo del señor Hyūga, y toda la familia visitaba su hogar en días festivos o cumpleaños, por lo que Hinata y él prácticamente habían crecido juntos, aunque nunca habían intercambiado más de cinco o seis palabras durante toda su infancia. Ella era muy tímida, y él muy poco sociable, sobre todo con las niñas.

Sasuke infló las mejillas mientras se acercaba, intentando llenar sus pulmones de aire fresco para no sofocarse con el calor, y se acercó a la propiedad, frunciendo el ceño al notar que había plantas de lavanda por todas partes. Eso le dijo que estaba en el lugar indicado. Golpeó las manos, esperando que alguien saliera de la casa, pero nadie lo hizo. Golpeó de nuevo, y nada. Gruñó, apartándose de la entrada para recargarse bajo la fresca sombra de un duraznero, estirando una mano para tomar una de las frutas que colgaban sobre su cabeza.

¡Eso no está maduro, tonto!

El joven Uchiha se sobresaltó, dejando que la voz de Ino siguiera haciendo eco en sus oídos, acompañada de su risa, tan clara y llena de alegría. Entonces se vio él mismo con su antiguo uniforme de secundaria, siendo llevado de la mano por la joven de cabeza rubia calle abajo. Sasuke los siguió con la mirada hasta que ambos jóvenes desaparecieron en el aire, apenas recordando cuando se había sentido de la forma en que se sentía cada vez que Ino tomaba su mano, pero no podía recordar haberlo hecho después de que ella se fuera.

—Sabía que me harías una visita —Sasuke contuvo la respiración con sorpresa de alguien que acaba de ser descubierto, y se dio la vuelta enseguida, volviendo a respirar con normalidad al encontrarse con la amable sonrisa de Hinata frente a él.

—¿Tú arreglaste mi jardín? —preguntó, sin vueltas. Su antigua compañera parpadeó, y luego esbozó una sonrisa sincera, bajando la mirada un momento hacia su bicicleta.

—Creo que deberías entrar y ponerte cómodo —le dijo, abriendo el portón de lata para entrar su bicicleta primero, dejándola abierta para él —Pasa.

Sasuke lo pensó por un segundo, pero finalmente siguió el camino que ella le indicaba y entró en la casa, dándose cuenta al instante que el interior, tal y como lo había imaginado, desprendía un inconfundible calor de hogar pese a lo humilde de sus instalaciones. Hinata le indicó dónde dejar sus zapatos, y tras delcanzarse también lo llevó hasta una pequeña sala de estar, donde Sasuke tomó asiento de rodillas del suelo frente a una mesa; llevaba bastante tiempo sin hacerlo, su tío, aunque tradicionalista en varios aspectos, había adoptado muchas costumbres occidentales durante el tiempo que había vivido en América, y sentarse en sillas era una de ellas.

Hinata, que se había perdido por uno de los pasillos después de decirle dónde sentarse, volvió a aparecerse con una humeante tetera de porcelana y dos vasos en una bandeja, se sentó frente a él y sirvió el té con ceremonia, tal y como Sasuke lo hubiera esperado. Le dio su vaso y durante unos pocos segundos siguió callada, igual que él, soplando el líquido verdoso con mucho cuidado.

—Al principio el jardín era un desastre —comenzó a relatar mientras esperaba a que su té se enfriara un poco con paciencia; Sasuke levantó la cabeza enseguida, dejando su propio vaso a medio camino de su cara —Tú te habías ido solo unos meses atrás, e Itachi aún ocupaba la casa, pero en su estado de salud no podía cuidar de ella. Por eso le ayudábamos —sonrió —Fue Ino quién plantó esas flores de lavanda. El violeta era...

—Su color favorito —completó Sasuke, y después la miró, pasmado, cerrando el puño con fuerza alrededor de su vaso de porcelana sin darse cuenta; llevaba tanto tiempo sin oír de Itachi que la sola mención de su nombre alcanzó para incomodarlo porque, aunque todavía lo extrañaba como el primer día, era difícil recordar que no había podido estar para él en últimos momentos. Madara insistía en que nada podía distraerlo de sus estudios, y él no había protestado, por lo que nunca fue a visitarlo al hospital. Pero de cualquier forma hubiera ido si tan solo su hermano no les hubiera ocultado la gravedad de su enfermedad. Sasuke no estaba muy seguro de poder perdonarle eso aún después de tanto tiempo, aún si su hermano ya no estaba en la tierra. Itachi había sido egoísta al no querer compartir su último aliento con la única persona que le quedaba en el mundo, ¿por qué entonces debía seguir sufriendo por él?

—Tu hermano peleó duro —la suave y triste voz de Hinata lo distrajo de nuevo, recordándole que el vaso seguía casi frente a su boca, por lo que se forzó a tomar un sorbo, esforzándose también para que ella no pudiera ver la tristeza que empezaba a inundarlo —Y no se rindió hasta el final.

—¿Eras su amiga? —preguntó, solo para decir algo y poder desarmar el nudo que se le había hecho en la garganta. Hinata sopló un poco más su té y le dio un pequeño sorbo antes de responder.

—Me gustaría pensar que sí —se encogió de hombros, bebiendo un poco más de su vaso —Tú sabes, él siempre fue muy amable con mi hermana y conmigo cuando éramos niños, pero, en realidad, empezamos a hablar por Ino. Ella siempre le hacía compañía.

—¿Ino? —repitió Sasuke, en un hilo de voz por esa nueva sorpresa, pero enseguida se aclaró la garganta, volviendo su atención al vaso de té, volviendo a esconderse tras una máscara de seriedad mientras esperaba a que la dueña de casa siguiera hablando:

—Sí —respondió Hinata con calma, bebiendo de su té. Y como no dijo nada más, Sasuke se vio forzado a preguntar:

—Creí que ella también se había ido del pueblo —murmuró con cierto rencor, recordando aquel día como si hubiera sucedido esa misma mañana. Había sido poco después de que Itachi supiera de su enfermedad; Sasuke había corrido a contarle a Ino, y habían llorado juntos. Recordó que su abrazo y su calor había sido lo único en lo que había podido pensar mientras recorría el pueblo para ir a su casa, y ella lo había consolado, solo para desaparecer pocos días después, sin dejar rastro, ni despedirse más que con una nota que decía que no la buscara. Ella y sus padres solo se habían ido, y nadie supo decirle adónde.

—Regresó poco tiempo después de que tú te fuiste —la suave voz de Hinata hizo que la tensión de sus músculos se dispersara, y su atención volviera al presente. Sasuke volvió a enfocar su mirada oscura en ella y abrió los ojos con sorpresa, sin poder evitarlo.

¿Ino había regresado al pueblo e Itachi no le había dicho nada? ¿Cómo había podido hacerle algo como eso? La tristeza por el presente amenazó con transformarse en rabia, pero Sasuke la controló, solo dejando que se convirtiera en esa acostumbrada amargura que siempre lo acompañaba. Entonces tomó un poco más de té, dejando que pasaran varios segundos antes de volver a hablar.

—¿Y dónde había estado? —quiso saber, indiferente. Para su mala suerte, Hinata solo meneó la cabeza.

—No sé. Nunca le pregunté —admitió, sirviéndose un poco más de té a pesar del calor, aunque el interior de la casa se mantenía bastante fresco. Después, hubo un largo silencio entre los dos.

Sasuke sentía que su cabeza daba vueltas con toda la avalancha de información que había recibido. Durante años, había pensado que Ino se había ido por una emergencia, algo malo que le había impedido despedirse y contactarse; eso había sido más fácil a aceptar que ella lo había dejado porque no lo amaba lo suficiente. Sin embargo, las pruebas ahora eran irrefutables. Ella se había ido cuando más la necesitaba, pero no había desaparecido, porque había regresado después de que él se marchara a vivir con su tío. Tenía mucho sentido en su mente ahora; ¿qué clase de chica querría lidiar con alguien tan dañado emocionalmente, y cuyo hermano estaba muriendo? No Ino, ciertamente. Sasuke sintió como su pecho se volvía a llenar de rabia y odio, pero no se permitió perder la calma; hacía mucho tiempo se había jurado no dejar que Yamanaka Ino produjera eso en él. Entonces suspiró, dándose cuenta de que había algo en el relato de Hinata que no tenía sentido: si ella se había ido para no tener que lidiar con él y el dolor de su hermano enfermo, ¿por qué había regresado a cuidar de Itachi? ¿Tal vez él y ella...? Sasuke movió la cabeza de un lado para el otro, sacándose esa idea de la cabeza, no porque no lo creyera posible, sino porque ni siquiera se atrevía a verla como una posibilidad real.

—Ino quería mucho a Itachi-san —siguió la antigua heredera Hyūga, casi como si le hubiera leído la mente —Solía decir que era como el hermano que nunca había tenido —agregó, y Sasuke la miró, pensando en qué tanto de sus palabras podría ser cierto —¿Sigues enojado con ella? —le soltó de repente, sobresaltándolo. ¿Lo estaba? Claro que sí, no había dejado de estarlo en una década, pero eso no iba a decírselo a ella. Así que solamente meneó la cabeza, tomando más de su té. Hinata detuvo la taza a medio camino de sus labios y lo miró, con una sonrisa comprensiva —Lo supuse. De otra forma, no habrías viajado tan lejos para encontrarla —le dijo, dejándolo sin palabras. ¿Qué podía decir? Negarlo se vería muy estúpido, pero aceptarlo en voz alta era inaceptable; con Shino no había importado, porque casi era un desconocido, pero Hinata era otra cosa. Entonces se dio cuenta de algo.

—¿Cómo sabes que estaba buscándola? —preguntó, frunciendo el ceño.

Hinata rió en voz baja, dejó su taza con mucho cuidado otra vez sobre la mesa y lo miró.

—Mi esposo me lo dijo, ¿quién más?

—¿Esposo?

—Shino. Hablaste con él en la escuela.

Sasuke parpadeó, un poco sorprendido, pero solo por un momento. La vida personal de esos dos no era algo que le importara particularmente, solo era extraño darse cuenta de lo mucho que habían cambiado las cosas. Entonces suspiró, dejando su vaso sobre la mesa.

—Supongo que tú tampoco sabes nada —gruñó, viendo a la dueña de la casa mover su cabello corto de un lado para el otro.

—Lo siento. No he sabido de ella en un tiempo. La última vez que estuvo aquí no se quedó mucho.

—¿Regresó a la ciudad?

—De verdad, no lo sé —Hinata se encogió de hombros, llevándose una mano al estómago, y solamente en ese instante Sasuke se dio cuenta de que estaba ligeramente hinchado, tal y como si ella...

—Estás embarazada —dijo en voz alta, y no como pregunta. Ella parpadeó, y después le mostró una sonrisa mucho radiante que las anteriores, haciendo que el chico Uchiha se sintiera muy tonto por haber sonado tan sorprendido cuando acababa de verla horas antes, pero, en su defensa, con el vestido suelto que Hinata llevaba no era fácil notar su barriga. Entonces la sorpresa abrió paso al disgusto, no con Hinata, sino con todo el asunto de la gente teniendo familia. Sakura moría por tener hijos lo antes posible, pero él odiaba a los niños. Claro que, eventualmente, tendría que tenerlos; los herederos eran un mal necesario, en palabras de su tío Madara, pero no hacía que la perspectiva de un mocoso chillón, sucio y molesto consumiendo su precioso tiempo se viera mejor en su cabeza. Sin embargo, su antigua compañera se veía tan feliz y radiante mientras tocaba su estómago de embarazada que intentó, más por educación que por otra cosa, que no se notara tanto su completo desagrado. Y, por un instante, se preguntó si a Ino le hubiera gustado tener hijos también, o si los habría tenido, y eso hizo que la incomodidad volviera. Así que solamente se aclaró la garganta, frunciendo las ceñas para, solemnemente, decir:

—Hmp. Felicidades.

—No parecen gustarte los niños, ¿verdad? Tu cara lo dice todo —Hinata rió, moviendo la cabeza con gracia —Aun así, te lo agradezco. Shino y yo hemos querido tener un hijo desde que nos casamos, pero mi condición lo ha hecho difícil. Por eso no pude ver a Ino cuando estuvo aquí. Estuve a punto de perder a mi bebé, así que tuve que quedarme varios días en el hospital.

—¿Estás enferma? —preguntó Sasuke, a pesar de que ella había mencionado a Ino. Era extraño hacerle ese tipo de preguntas personales a otra persona, ya que, por lo general, no le interesaban las respuestas, pero con Hinata la conversación fluía de forma tan natural que, por un segundo, hasta se interesó honestamente en la respuesta.

—Es mi corazón —dijo ella, sonriendo con tristeza mientras su mano se posaba ahora sobre su pecho por encima de la vaporosa tela de su vestido de verano —Fue un accidente. Tú ya te habías ido.

—Lo siento —respondió él, sin saber qué más decir; y, extrañamente, de verdad lo sentía. Ese era un lado de Sasuke Uchiha que muy pocas personas habían conocido, y que muchos otros se negaban a creer que poseía.

—¿Sabes? No creo que seas tan malo como quieres hacerle creer a todo el mundo.

—¿Y qué te hace pensar que no lo soy?

—Que te conozco, Uchiha Sasuke, y no importa lo mucho que intentes ocultarlo, sé que, muy en el fondo, tienes un buen corazón. No es algo que puedas negar, mucho menos a mí.

—Hmp. Pareces conocerme demasiado.

—Te conozco mejor de lo que nadie nunca lo hará.

—Está bien —respondió Hinata, con una voz diferente a la que acaba de sonar en su cabeza, regresándolo a la realidad otra vez, y haciendo que la voz de Ino se esfumara de sus recuerdos —. He estado estable desde hace años, pero es la primera vez que mi cuerpo está listo para llevar un embarazo.

Sasuke asintió, de nuevo sin saber qué más hacer.

—El dobe se alegrará de saberlo —murmuró. Hinata parpadeó.

—¿Siguen siendo amigos? —preguntó; Sasuke asintió mientras terminaba su té —Me alegra oír eso. Cuando se fue a la ciudad no estaba muy seguro de poder encontrarte.

—No fue difícil —respondió, frunciendo el ceño —Fuimos a la misma universidad, y nos tocó compartir algunas clases.

—¿En serio? ¿También estudiaste arquitectura?

—Ingeniería —Sasuke giró su taza sobre la mesa, distraído, ignorando la sorpresa en los ojos claros de Hinata.

—¿De verdad? Creo recordar que Naruto mencionó que estabas en Economía para hacerte cargo de la compañía de tu tío.

—Estudié Economía, pero hice la carrera de Ingeniería en paralelo —el joven Uchiha se encogió de hombros, levantando la mirada para ver a la dueña de casa sonreír.

—Itachi-san siempre dijo que te gustaba armar y desarmar cualquier cosa desde que aprendiste a pararte, pero también que tu tío nunca te permitiría elegir tu carrera. Qué bueno que lo hizo —murmuró, risueña. Sasuke bajó los hombros y apretó los labios. En realidad, había obtenido su título de ingeniero a espaldas de su tío, por eso nunca había tenido el valor de ejercerlo, pero eso no era algo que le diría a ella —¿Y cómo está Naruto-kun? No lo he visto desde mi boda.

—¿Estuvo en tu boda?

—Oh, sí. Seguimos siendo muy buenos amigos también —dijo ella, y el joven Uchiha frunció el ceño al instante. Naruto nunca le había dicho que había vuelto a su antiguo hogar, ni que había sido invitado a la boda de Shino Aburame y Hinata. No que se sintiera excluido; él nunca había sido amigo de ella ni de su prometido, no tenía por qué esperar que lo invitaran a su boda, solo era...extraño. Tan extraño como muchas de las cosas que había escuchado desde que estaba ahí.

—¿Aún tocas la guitarra? —otra vez, la dulce voz de la dueña de casa demandó su atención, y Sasuke observó el estuche de su instrumento con un movimiento involuntario. Después negó con la cabeza.

—No creo que mis dedos recuerden cómo hacerlo. Y aunque quisiera, no podría.

—¿Por qué?

—No tiene cuerdas —respondió Sasuke, encogiéndose de hombros —. Bueno, solo tiene una.

—¿Y qué pasó con las demás? —preguntó Hinata, y, como respuesta, él volvió a levantar los hombros —Pues tal vez tenga algo que te sirva —susurró ella, levantándose lentamente y caminando hacia un mueble viejo, de donde sacó una pequeña cajita de metal ornamentado, la puso sobre la mesa y volvió a sentarse. Sasuke se dio cuenta de que cada movimiento que Hinata hacía era tan delicado que se veía casi ceremonioso, pero todos esos pensamientos pasaron a segundo plano cuando la muchacha quitó la tapa de su caja, y de adentro sacó una cuerda de guitarra metálica, idéntica a la suya.

—¿De dónde...?

—Ino me la dio la última vez que estuvo aquí —explicó la joven, encogiéndose de hombros también. Él la miró, completamente anonadado —Dijo que pensaba hacer un adorno con ella, pero prefería conservarla de esta manera. Ahora creo que tal vez te pertenece a ti —murmuró Hinata, y antes de que Sasuke pudiera decir algo, o siquiera abrir la boca, escucharon el sonido de la puerta abriéndose

—¡Estoy en casa! —dijo la tranquila voz de Shino Aburame, y Sasuke no tardó en verlo entrando a la sala, cubierto de hollín, tierra y sudor, tal y como lo había visto horas antes, y, aunque era consciente de que era él quien estaba invadiendo su hogar, se sintió confuso verlo allí. Y Shino tampoco ocultó para nada su sorpresa de verlo en su casa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin molestarse en cortesías innecesarias. Sasuke lo miró fijo y frunció el ceño, listo para levantarse, pues ya no veía el sentido a quedarse allí, pero la suave voz de Hinata no se lo permitió.

—Uchiha-kun se quedará a cenar —dijo, con una sonrisa, pero un claro tono que no aceptaba réplicas atrás sus palabras —No es así, ¿Uchiha-kun?

—En realidad... —Sasuke chasqueó la lengua, frunciendo las cejas tanto como Shino, pero ella no lo dejó inventar una buena excusa:

—Perfecto —lo interrumpió, volviendo a levantarse, con ayuda de su esposo esta vez —Iré a preparar la cena. Shino-kun puede hacerte compañía, ¿verdad, querido? —dijo, mirando a su esposo con dulzura, pero también con una expresión extraña, como la de alguien que claramente está amenazando a la otra persona, tanto así que casi fue cómico para Sasuke, quien, por un segundo, se preguntó qué habría pasado con la tímida muchacha que no se atrevía a levantar la mirada ni para ver a sus amigos, pero dedujo que todo el mundo tenía derecho a cambiar. Él había cambiado también. Y como un tonto se quedó ahí sentado mientras el dueño de casa se limpiaba en la habitación del baño. Cuando Shino volvió a reunirse con él se veía mucho más como el Shino que recordaba, aseado y con cara de pocos amigos.

—No encontrarás a Ino aquí —dijo fríamente mientras se sentaba junto a la mesa. En ese instante Hinata apareció con limonada, disculpándose diciendo que iría a preparar la cena antes de volver a desaparecer en lo que debía ser la cocina. Sasuke entonces chasqueó la lengua con desdén, mirando a Shino de forma desafiante.

—Es curioso que la nombres con tanta familiaridad —respondió, juntando las cejas —No recuerdo que fueran amigos.

—No lo recuerdas, porque no estabas aquí —respondió el hombre de la misma forma, tomando a Sasuke completamente desprevenido.

—Tú sabes dónde está Ino —lo acusó, sin ninguna prueba, pero tampoco sin ninguna duda; sin embargo, Shino permaneció imperturbable.

—No, pero, aunque lo supiera, serías la última persona a la que le diría —le dijo él, y Sasuke pestañeó, sobrecogido ante tanta y bruta honestidad.

A diferencia con Hinata, el ambiente con Shino no era para nada amigable, sino todo lo contrario.

—No tienes derecho a ocultarla de mí —gruñó, viéndose atrapado entre la espada y la pared en ese bizarro duelo de ceños fruncidos y enojo sin razón.

—¿Y tú sí a buscarla? —respondió el dueño de casa, confundiendo más a Sasuke. No recordaba que Aburame Shino fuera tan insidioso y asertivo, pero, al fin y al cabo, no lo conocía demasiado.

—Si tengo derecho o no, ¿por qué sería asunto tuyo?

—Yo no dije que lo fuera —respondió Shino, frunciendo sus cejas oscuras un poco más —Eres tú quien llegó a mi casa, preguntando por una persona a la que no has visto en casi una década, ¿dónde te deja eso parado?

Sasuke miró a Shino y pestañeó, molesto por su tono, pero más molesto porque no tenía ninguna respuesta a eso.

—Será mejor que me vaya —gruñó entonces, levantándose y sujetando sus cosas sin esperar respuesta. Ni siquiera alguien como él podía sentirse cómodo con la forma en que Shino lo miraba desde su lugar; la gente, por lo general, hacía todo lo posible por agradarle, y eso era molesto, pero también mucho más conveniente que tener que lidiar con emociones reales. Sasuke ni siquiera se detuvo a despedirse de Hinata, solamente salió de la casa con sus pertenencias y se dirigió hacia el centro.

Compró un periódico para consultar los horarios del autobús, y decidió matar el tiempo antes del último dando una vuelta por la zona comercial, llena de bares y restaurantes modernos ahora, aunque la mayoría conservaba el estilo rústico de la villa para atraer más turistas. Sasuke chocó con varios de ellos, de todos los colores, nacionalidades y tamaños, comprando recuerdos o solo fotografiando todo a su alrededor. Estaba acostumbrado a lidiar con extranjeros, pero solo en los negocios, y estar rodeado de ellos era realmente agotador.

De repente, el sol empezó a besar el horizonte, y las calles del Shirakawago a encenderse con miles de diminutas luces, y los turistas parecieron multiplicarse, familias en su mayoría, aunque también había muchos jóvenes disfrutando del verano. Sasuke se sintió absurdamente aturdido entre tanto movimiento y colores, así que entró al primer bar más o menos libre de turistas y caminó directamente a la barra, pidiendo una cerveza y algunas indicaciones al tabernero para encontrar un taxi que lo llevara a la terminal. El hombre anotó las indicaciones en un papel y dejó una botella de cerveza frente a él antes de girarse a atender a dos jóvenes americanas que intentaron coquetearle, pero Sasuke fingió no entender el idioma, y les dio la espalda para que perdieran el interés y lo dejaran solo. Por fortuna, un grupo de chicos que parecían hablar en alemán entró al lugar y captaron la atención de las muchachas, que no dudaron en unírseles en una mesa de más ruidosos extranjeros. El joven Uchiha entonces miró su reloj para calcular el tiempo que le quedaba antes de que saliera el último autobús, y después dio un vistazo general al lugar, concentrando su atención en el hombre que había subido a la pequeña tarima del fondo y anunciaba el comienzo de la noche de karaoke, haciendo que los presentes, excepto Sasuke, estallaran en aplausos y silbidos.

Hora de irme, pensó Sasuke, terminando su cerveza y dejando el dinero sobre la barra, pero cuando estaba por levantar sus cosas, la gente del lugar estalló en aplausos otra vez, captando su atención hacia el escenario otra vez para ver a una pareja de anglosajones subir a la tarima con una guitarra. Eran un hombre y una mujer jóvenes; ellos se sentaron en dos banquetas, y antes de que Sasuke pudiera poner un pie afuera del bar, él acomodó la guitarra sobre sus piernas y comenzó a tocar, haciendo que sus pies se paralizaran en su lugar, llevándolo a otro sitio, en otro tiempo, dentro de su mente.

El joven Uchiha parpadeó, como si todavía pudiera sentir el calor de las luces del escenario de la escuela en su cara, y el olor a pintura fresca en el ambiente, mezclado con el perfume floral de Ino, sentada a su lado, radiante con su uniforme de verano, impecable como siempre, y una sonrisa tan grande que era irritante para él que solo estaba allí por obligación. Sasuke aún podía recorrer aquel día; fue en el festival deportivo; su salón no había participado en las actividades, porque habían decido encargarse del espectáculo final. Naruto e Ino habían preparado una canción para tocar delante de toda la escuela y así poder reunir dinero para el campamento escolar de ese año, pero su amigo había amanecido con un fuerte catarro que apenas lo dejaba mantenerse despierto, perdiendo la voz por completo. Qué mala suerte que solo él fuera la otra persona en toda la escuela que podía tocar una guitarra, y que además se había toda la estúpida canción de memoria después de escuchar a Naruto ensayarla por horas en la pequeña cochera de su casa, donde su recién formada banda solía reunirse.

Al principio se había negado terminantemente a humillarse de esa forma; él era un guitarrista de rock, no de estúpidas canciones de mujeres, pero sus compañeros le habían rogado hasta el hartazgo que acompañara a la cantante principal, aunque quien finalmente lo había "persuadido", fue el profesor Asuma, reduciendo sus opciones a cantar frente a toda la escuela con esa irritante Yamanaka, o pasar todo el semestre castigado por su falta de solidaridad hacia sus pares. ¿Qué tenía que pensar? Malhumorado y maldiciendo a todos los presentes en su mente, tomó su lugar sobre el escenario, en una silla junto a Ino, que ya esperaba por él. Ella le sonrió, y después a la audiencia; las luces bajaron, los presentes estallaron en aplausos. El profesor Asuma hizo la debida introducción a la primera presentación de la tarde, y entonces todo se quedó en silencio. Sus dedos se acalambraron, pero de alguna forma consiguió tocar las primeras notas, y después todo fue más fácil; sin embargo, la verdadera sorpresa lo golpeó cuando ella empezó a acompañar la melodía con el suave sonido de su voz. Sasuke la oyó, impresionado muy a su pesar, tanto que casi se olvidó de cantar su parte, embelesado con el dulce e inesperado sonido de su voz.

'Cause all I know is we said hello
And your eyes look like coming home
All I know is a simple name
And everything has changed
All I know is, you held the door
You'll be mine and I'll be yours
All I know since yesterday, yeah
Is everything has changed

Aún después de tantos años, la letra sonaba casi profética en su cabeza, pues fue después de esa día que todo cambió para siempre. Un solo instante, una sola mirada y una sola canción, y sin darse cuenta se había enamorado de la extraña que conocía desde niños. Él nunca había sido un romántico, pero después de ese momento supo que su vida le pertenecía a Yamanaka Ino, aunque la de ella no le pertenecía a él. Nunca lo había hecho.

Para cuando Sasuke se dio cuenta, los aplausos estallaron otra vez, y los dos extranjeros se bajaron de sus taburetes para agradecer al público y dejar espacio a otra dupla, liberándolo del hechizo de los recuerdos. El joven Uchiha corrió a los baños y se mojó la cara para despejarse, pero la voz de Ino cantando a su lado seguía haciéndole eco en los oídos. Todo aquel maldito pueblo le recordaba a ella.

Frustrado, volvió a mojarse la cara para que el agua fría se llevara todo por la coladera, y mientras se secaba miró su reloj y se dio cuenta de que ya era tarde para alcanzar el último tren a la ciudad. Gruñó, molesto, y por un segundo, solo por un momento, pensó en ir directamente con los Sarutobi por la llave de su antigua casa, pero no lo hizo. Decidió que después de un día como ese no estaba listo para seguir revolviendo en el pasado. No había vuelto a entrar en esa propiedad desde que se había ido; Itachi vivió solamente unos meses allí después de su partida, y Sasuke y él no hablaron mucho durante ese tiempo; su tío era quien casi siempre intervenía en sus comunicaciones para no molestarlo en sus estudios, y él lo mantenía al tanto de la salud de su hermano hasta que Itachi dejó de llamar, tal vez para no decirle de lo malo de su condición. Y todavía después de todo ese tiempo, Sasuke ni siquiera podía pensar en volver a entrar a esa casa.

Quizá era la culpa, se decía a veces, en la seguridad de sus pensamientos. Itachi y él solo se habían tenido el uno al otro desde casi siempre, y una de las cosas que Sasuke más lamentaba, además de haber amado a Ino, era haberse ido lejos. Su hermano estaba enfermo, Ino había desaparecido, y todo en lo que el Sasuke adolescente podía pensar era en huir. Estúpidamente había pensado que tendría tiempo para olvidar a Ino y volver a ver a su hermano, pero la condición de Itachi empeoró demasiado rápido, y él nunca le informó a su tío de su situación, por lo que Sasuke no tenía forma de saberlo tampoco. Eso era típico de su hermano mayor, siempre poner a los demás por encima de él mismo. Solo otro de tantos que le habían fallado.

Sasuke gruñó mientras se abría paso entre los turistas, atrapado en ese pueblo una vez más, al menos hasta la mañana siguiente. Rentó una habitación en una posada local e intentó dormir, pero fue inútil. Aun sin estar en su casa, volver a su antigua ciudad había traído demasiados recuerdos dolorosos.

•°•°•°•

El amanecer lo encontró todavía despierto y ya listo para abandonar la posada y regresar a casa.

Sasuke tomó una ducha igual que todos los días, se afeitó y preparó sus cosas, sintiéndose extraño al volver a vestirse; los jeans y las camisetas ya no parecían una buena idea de pronto, tal vez porque todo el estúpido sentido de aventura y adrenalina lo había dejado, y ahora se sentía demasiado expuesto sin uno de sus costosos trajes. Después de todo, esa había sido su mejor máscara frente al resto del mundo. Y de repente descubrió que quería volver a la ciudad, aunque seguía negándose a llamarla su "hogar", prefería mil veces ser infeliz en su pequeño mundo artificial a seguir siendo una víctima de su pasado.

Decidiendo que volvería a tomar las riendas de su patética existencia, Sasuke gruñó mientras se lavaba la cara y pensaba en una buena excusa para su tío; Sakura también estaría molesta, pero su reacción no sería tan grave como la de Madara. Sasuke no le temía a su tío, pero, a regañadientes, sí le guardaba mucho respeto, pues, bien o mal, a él le debía todo lo que era. Terminando de vestirse, Sasuke miró su viejo reloj, dándose cuenta de que aún era temprano para ir a la estación de autobuses. El tren desde Toyama a Tokio tardaría otras tres horas, así que llegaría poco antes del mediodía, a tiempo para la reunión de accionistas de los lunes. Madara igual se molestaría, pero podría manejarlo. Solo debía conseguir un teléfono y comunicarse con Udon, pero lo haría al llegar a la estación de trenes. Sorprendentemente había sobrevivido más de 24 horas sin estar conectado a la red o trabajando, y no había extrañado ni una sola vez su teléfono celular o su laptop, aunque sí había extrañado a Udon; nunca se había puesto a pensar en lo mucho que dependía de su asistente para casi todo en su vida. Quizá debía haberlo llevado a ese viaje, se hubiera ahorrado muchos problemas delegando esa tonta búsqueda a su asistente.

Sasuke pagó su habitación y pidió un taxi en la recepción, llevando su mochila y el estuche de su guitarra a la calle para esperar, viendo a varias personas pasar frente a él con su equipo de protección, herramientas y carretillas en dirección a la escuela. El joven Uchiha se les quedó viendo, y mientras los seguía con la mirada metió las manos en los bolsillos de su cazadora, encontrando la cuerda que Hinata le había dado el día anterior. Al principio, Sasuke no le dio importancia, pero cuando su taxi llegó un pensamiento repentino invadió su mente. Despidió al conductor y levantó su mochila, siguiendo al grupo de trabajadores.

Fuera de la escuela había menos voluntarios que el día anterior, pero supuso que la mayoría debía estar trabajando. Había muy pocas posibilidades de que Hinata estuviera ahí, pero, para su buena suerte, Sasuke pudo reconocer su bicicleta recargada contra un árbol. Ella estaba dentro del edificio, en el viejo salón de música, moviendo algunos muebles e instrumentos quemados. Tenía puesta una vieja y descolorida yukata azul, y una mascarilla cubriéndole media cara; Sasuke tuvo el impulso de correr a ayudarla al recordar que estaba embarazada, pero no lo hizo. Se sentía tan molesto como intrigado por su actitud, así que ni siquiera lo pensó cuando habló.

—Mentiste —la acusó, sorprendiéndola con su presencia. Hinata dejó lo que estaba haciendo y se dio la vuelta para verlo, parpadeando con confusión —Dijiste que no habías visto ni hablado con Ino la última vez que estuvo aquí —añadió Sasuke, pero ella, como el día anterior, no parecía especialmente sorprendida con lo que le decía, y de nuevo solo sonrió, encogiéndose de hombros mientras se quitaba la máscara para polvo.

—¿Vienes a ayudar?

—Dijiste que Ino te dio esta cuerda la última vez que estuvo aquí, justo después de decir que no habías podido verla porque estabas en el hospital. Todo fue mentira —masculló Sasuke, ofuscado —¿Por qué?

—No todo —respondió la señora Aburame, manteniendo la calma, pero quedándose muy quieta al otro lado de la habitación quemada. Sasuke gruñó con ironía.

—No, solo la gran mayoría de todo lo que dijiste —refutó, empezando a molestarse. Hinata, sin embargo, seguía imperturbable, sin decir nada hasta unos minutos después.

—No sé dónde está Ino —repitió lo mismo del día anterior; Sasuke frunció el ceño en su dirección, preparándose para una retahíla de más comentarios sarcásticos, pero Hinata no lo dejó —Lo juro. No lo sé.

—¿Y por qué debería creerte? —jadeó Sasuke, levantando la voz sin querer, pero sin arrepentirse. Hinata lo miró con los ojos bien abiertos, esperando unos segundos a ver su siguiente reacción, pero él solo la miraba a ella, esperando más explicaciones, sintiéndose traicionado de alguna manera. Entonces su ex compañera bajó la cabeza y suspiró, mirando hacia la ventana después.

—No te mentí sobre Itachi-kun —admitió —Ni sobre todo lo demás. Cuando Ino estuvo aquí fue a verme al hospital. Sus madre acababa de morir; su padre murió hace unos años también, así que se había quedado sola. Hablamos muy poco por mi estado; ella estaba cansada por el viaje también, y me hizo prometer... —Hinata hizo una pausa y se sentó sobre una silla un poco ennegrecida por el fuego, pero bastante sana por fuera; miró al piso por un momento y después otra vez a Sasuke —Ino no quería que nadie supiera que estuvo aquí, pero supongo que era inevitable que te enteraras —se encogió de hombros, resoplando algunas mechas de su flequillo después, mientras Sasuke fruncía el ceño, más molesto que antes.

—¿Qué nadie supiera o solo yo? —preguntó con brusquedad, pero sin llegar a asustar a su vieja compañera —Ella sabía que yo vendría a buscarla; quería que lo hiciera. ¿Por qué?

—Eso no lo sé —repitió Hinata, frunciendo su ceño también —Sasuke, te lo juro. Nunca te mencionó, ni preguntó por ti. No a mi, al menos —aseguró con sinceridad —Ella era mi amiga, pero tenía secretos que no me decía.

—¿Qué tipo de secretos? —quiso saber Sasuke, pero Hinata volvió a levantar los hombros. Después suspiró, acercándose un paso a él mientras metía una mano dentro de su yukata, sacando un papel arrugado que sostuvo contra su estómago por unos segundos antes de hablar.

—Lo siento —murmuró en voz baja —Por mentirte sobre ver a Ino, pero todo lo demás es verdad —suspiró, extendiéndole el papel con una mano —. Siempre creí que aquello que había entre ustedes dos era tan fuerte que no debía haber terminado como lo hizo —le dijo, poniendo el papel entre sus manos cuando vio que Sasuke no tenía intenciones de tomarlo —E Itachi lo creía también. Y si él estuviera aquí, sé que querría que te diera esto —suspiró la mujer, recargándose contra uno de los pupitres menos dañados mientras se acariciaba el vientre —No sé dónde está Ino —repitió una vez más —Pero recibimos esa carta hace un mes con un cheque dentro. Ino vendió las propiedades de su familia y donó una parte para la reparación de la escuela... No sé si seguirá ahí, pero podría valer la pena hacer una visita.

Con manos temblorosas, Sasuke apretó el sobre entre sus dedos, dudando entre si mirarlo o hacerlo una bola y tirarlo por la ventana. Sin embargo, al final apretó la mandíbula y reconoció las letras curvadas y elegantes de Ino al leer la dirección del remitente. Sus pupilas se dilataron, y su corazón se aceleró, casi haciendo que su sangre presionara en sus oídos mientras aguantaba el aire en sus pulmones como reflejo.

—¿Pakkoku? —preguntó, dejando escapar el aire de su cuerpo al mismo tiempo, confundido —¿Ino está en Birmania? —jadeó. Hinata se encogió de hombros de nuevo.

—No estoy segura. No había una carta ni nada con su cheque, lo siento —susurró.

Sasuke se sintió algo mareado de repente, así que se dejó caer en un taburete quemado y escondió la cabeza entre sus manos, suspirando. Regresar a su antiguo pueblo era una cosa, pero no podía ir hasta Birmania; tenía obligaciones que cumplir, sin contar que su tío y Sakura debían estar furiosos. Tenía reuniones a las que asistir, y una boda que planear. No podía irse del país.

La aventura ya había terminado.

—Está bien —murmuró, levantándose despacio y buscando sus cosas con la mirada, parándose adelante de Hinata como si fuera a despedirse, pero ni una sola palabra salió de él —Tengo que irme.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó la señora Aburame, siguiéndolo fuera del salón de música. Sasuke gruñó al escucharla, pero no paró de caminar.

—Voy a volver a casa.

—Pero te di una pista —respondió Hinata, ofuscada —Casi arriesgué mi matrimonio por darte esa carta, ¿y no vas a hacer nada? —le espetó, sorprendiéndolo al agarrarlo del brazo antes de que saliera del edificio y haciendo que se diera la vuelta por la impresión. De nuevo esa Hinata tan distinta a la niña tímida de su infancia lo sorprendía, bloqueando su cerebro por varios segundos —Viniste hasta aquí para encontrarla. Sé que quieres volver a verla.

—No sabes nada —gruñó, soltándose y caminando fuera de la escuela, siendo golpeado por el aroma a lavanda mezclada con el persistente olor a quemado del lugar. Hinata se quedó en el umbral del edificio, atornillada al suelo. Sin embargo, antes de que Sasuke saliera de la propiedad, volvió a sorprenderlo:

—¡Tú sigues amándola! ¡Sabes que lo haces! —exclamó, haciendo que muchos de los trabajadores que estaban en los alrededores se giraran a verlos, curiosos, pero, ajeno a todos ellos, Sasuke se paró en seco, volviendo sobre sus pasos dando grandes zancadas, de esas que hubieran hecho retroceder con miedo a cualquier hombre, pero no a la esposa de Shino.

—¿Tú qué sabes? —gruñó, sin importarle estar gritando también. No recordaba la última vez que había levantado tanto la voz, pero tampoco se dio cuenta de que estaba haciéndolo. Estaba tan molesto, confundido y furioso que sus sentimientos por fin se desbordaron, pero se esforzó todo lo que pudo por volver a esconderlos. Se paró en seco, respiró varias veces y se apretó el puente de la nariz —Venir aquí fue un error. No sé en qué estaba pensando.

—O sí lo sabes —contraatacó la mujer, con triunfo —Querías saber dónde está ella, ahora quizá lo sabes. Es tu decisión —le dijo, dándose la vuelta y volviendo dentro de la escuela.

Sasuke se quedó en su lugar por varios segundos, demasiado perturbado por no haber tenido la última palabra por primera vez en años. ¿Acaso Hyūga Hinata le había cerrado la boca? Parpadeando para salir de su estado de zozobra dio un paso atrás, teniendo el instinto primario de huir cuanto antes de ese lugar.

—Sasuke —escuchó que ella volvía a llamarlo, y aunque no quería volver a escucharla, su espalda lo traicionó girándose por reflejo —Solo sigue el camino de lavanda —le dijo ella, desapareciendo de su vista de una vez por todas.

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El autobús llegó a la terminal de Toyama casi media hora antes de que el tren bala saliera a Tokio; Sasuke compró su boleto y contó su efectivo. Tenía mucho dinero todavía, dólares americanos sin cambiar, podía viajar a cualquier parte del mundo si quería. Según información, el aeropuerto de Toyama tenía vuelos internacionales diarios a Corea y Taiwán. No sería difícil conseguir un vuelo a Birmania desde ahí.

Sasuke sacudió la cabeza y se pasó las manos por el cabello mientras anunciaban el abordaje de su tren por el altoparlante de la estación. Levantó sus cosas, y caminó detrás de un grupo de personas con su pasaje en la mano.

Iría a Tokio, volvería al trabajo y recuperaría su vida. Arrojaría esa guitarra a la basura, y quemaría esos jeans y camisetas. De ser necesario, rogaría para que todo volviera a la normalidad y nadie nunca volviera a mencionar su pueblo natal o a Ino. volvería a vestir uno de sus trajes caros, se sentaría en su oficina y miraría la ciudad desde las alturas, siendo inalcanzable para el resto del mundo, como antes.

La fila avanzó. La estática del altoparlante se escuchó una vez más, anunciando la salida de la formación local hacia el aeropuerto. Sasuke se detuvo. Llamaron para que abordaran el próximo tren a Tokio una vez más.