Disclaimer: Los personajes de Naruto no son míos.


Notas de la autora:

Volvíííí!

Este último tiempo estuve con millones de cosas de la facultad, la pandemia y el trabajo, así que apenas tenía ganas de sentarme a escribir, pero ahora que todo se calmó un poco pude terminar este capítulo, yay!

¡Más de 13.000 palabras! ¡Ni yo me lo creo! 👀

Espero que disfruten del capítulo, y que no haya muchos errores, porque escribí sobre muchas cosas de las que no tengo idea, así que supongo que eso es inevitable, pero gózenlo (? xD

¡Y muchas gracias por sus me gusta y comentarios!

Sin más que añadir, las dejo con el capi.

Abrazo de oso!

Lady

•°•°•°•

I was thinking about her, thinkin' about me

Thinkin' about us, what we gonna be

Open my eyes yeah, it was only just a dream

So I traveled back, down that road

Will she come back, no one knows

I realize yeah, it was only just a dream

Just a dream - Nelly

•°•°•°•

Capítulo 5

Solo un sueño

•°•°•°•

—¿Sabes cuál es mi más grande sueño, Sasuke?

—Ya te dije que te ves delgada. Demasiado, de hecho.

—No, no es eso, Sasuke-baka —suspiró Ino, levantando los hombros con un gesto extraño, como de resignación Mi sueño siempre ha sido conocer el mundo. No solo los lugares bonitos, sino los que nadie ha visitado antes. Quizá convertirme en doctora y ayudar a los niños pobres de la India, o tal vez a los refugiados de África... Quisiera hacer grandes cosas. Tener tiempo para todo eso...

—Lo tenemos —afirmó Sasuke, arrugando el ceño —Podemos hacer todo eso. Puedes convertirte en doctora mientras yo toco en la banda. Viajaremos, salvaremos huérfanos y viviremos en una tribu en África. Podríamos recorrer el mundo —declaró, en una de esas raras ocasiones donde podía decir más de tres palabras seguidas, mientras Ino sonreía, poniendo una mano en su mejilla.

—¿Cumplirías ese sueño por mí? —le preguntó, y su sonrisa se transformó en un gesto triste que hizo a Sasuke querer abrazarla y protegerla de lo que fuera que la hacía sentirse así. Entonces agarró su mano con la suya, sin atreverse a mirarla a los ojos, por miedo a que descubriera todas las emociones que su simple toque le hacían sentir.

—No lo haría por nadie más —dijo, entre dientes, quizá tan bajito que ella no pudo escucharlo.

Sasuke entonces levantó la mirada y vio la radiante mirada de Ino, que lo besó antes de abrazarlo muy fuerte, como cuando ambos eran niños y no quería dejarlo ir.

—¿Señor? ¿Señor? —Sasuke abrió los ojos sobresaltado cuando sintió la suave presión sobre su hombro, incómodo por la posición en la que se había dormido, pero más por la cercanía de la mujer que estaba inclinada hacia él, tocándolo para llamar su atención mientras le sonreía —Estamos a punto a de aterrizar. Necesita ponerse el cinturón de seguridad —explicó la azafata, apuntando la señal del piloto de abrochar los cinturones con otra brillante sonrisa —¿Necesita ayuda?

—No, gracias —gruñó el chico Uchiha, abrochando la hebilla antes de restregarse la cara con una mano para despertarse y mirar la nubes blancas y esponjosas por la ventanilla, tratando de ignorar los murmullos de los demás pasajeros. Nunca había viajado en un avión comercial; sus viajes nacionales e internacionales siempre los hacía en el jet privado de Madara o en el avión de la compañía, donde los empleados respetaban su espacio personal y mantenían la distancia, y donde no tenía que escuchar molestos bebés llorando y comentarios de ancianas o parejas que buscaban cualquier tema de conversación con otros pasajeros para evitarse mutuamente. Era molesto, y no estaba acostumbrado a ser tratado como cualquier persona común y corriente, pero un boleto de primera clase hubiera sido un gasto demasiado excesivo, y todavía necesitaba el dinero para volver a casa; lo que haría, después de encontrar a Ino, pues ella no podría esconderse para siempre de él, no ahora que tenía muchas más preguntas que antes para hacerle. Sasuke necesitaba cerrar ese capítulo con tanta intensidad que era en lo único que podía pensar desde que había recibido aquella carta en Tokio. Necesitaba expulsar a Ino de su sistema para no volver a dejarla afectarle, y solo entonces podría seguir con su vida. Estaba harto de fingir que no sentía ira ni rabia por el pasado, y necesitaba decírselo a la cara. Solamente entonces dejaría de tener esa clase de enfermizo poder sobre él.

El piloto habló al altoparlante, anunciando que estaban a casi diez minutos de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Yangón, en la antigua capital del Birmania. Sasuke entonces miró por su ventanilla otra vez, pudiendo ver la ciudad desde las alturas mientras el avión la sobrevolaba. Nunca antes había estado ahí; Myanmar siempre había sido una región demasiado conflictiva para los negocios, sin muchos beneficios para los inversores extranjeros por las distintas guerras civiles que habían asolado a toda la nación por décadas, y con una economía muy inestable por ello. Sin embargo, en los últimos años, la región se había vuelto más abierta a los negocios internacionales y el turismo, las guerras habían cesado, y Birmania, según había leído en la revista del avión antes de despegar, estaba lista para abrirse paso en el mercado. Quizá podría justificarse con Madara diciéndole que había viajado hasta ahí para estudiar los beneficios de invertir en el país, y podría no ser una excusa del todo mala. Su tío tal vez, incluso, lo alabaría por su iniciativa en vez de desheredarlo por haber desaparecido de la noche a la mañana.

Sasuke bufó y se tiró de los cabellos con una mano, arrepintiéndose de no haber conseguido un celular en Toyama para comunicarse con Udon y decirle que estaba bien, aunque dudaba que Madara permitiera que la policía supiera algo de su desaparición; su tío odiaba los escándalos públicos, y no se expondría a uno, porque, además, tenía gente especializada que encontraba lo que quisiera por él. Aunque Naruto sabía de su viaje, y de seguro se encargaría de hacerle saber a Sakura que él estaba bien, a pesar de no tener idea. Pero Sasuke decidió dejar de pensar en todos ellos. Poco le importaba hacerles saber de su estado o dónde se encontraba. Siempre había odiado los celulares por eso mismo, porque ya no existía privacidad, y cualquiera podría encontrarlo en donde fuera. Pero eso no pasaría esta vez.

Con algo de turbulencia, el Airbus al fin aterrizó en tierra birmana a las ocho en punto de la mañana, y todos sus somnolientos pasajeros empezaron la marcha hacia la línea de aduanas. A Sasuke le costó ubicarse en el lugar y descubrir qué debía hacer con los agentes inmigratorios y su equipaje, así que le tomó más de una hora salir del aeropuerto con su mochila y guitarra al hombro, buscando un taxi entre un montón de hombres y mujeres bajitos y de piel trigueña que corrían de un lado para el otro con apuro, hablando en un idioma que no entendía. En realidad, todavía no entendía nada de lo que estaba haciendo. Todo lo que sabía sobre ese país era lo que había leído en la revista del avión, y la única pista que tenía sobre Ino era una dirección escrita en el sobre que Hinata le había dado.

Al salir del aeropuerto, se quedó parado a un lado de las puertas cristalinas, sin saber qué más hacer o a dónde ir, pero sin ser lo suficientemente inconsciente para subirse al auto de un desconocido en un país que había pasado casi toda su historia en guerra, y en el que, obviamente, como el único heredero de un imperio comercial, solo y sin protección, no confiaba. Sin embargo, para su buena suerte, uno de los pasajeros de su vuelo, un turista americano y su acompañante, se ofrecieron a llevarlo al verlo tan perdido como un cachorro desorientado, según le dijeron. A Sasuke no le gustó la comparación, pero, sabiéndose en total desventaja como extranjero, de todas formas, aceptó el aventón, enseñándoles la dirección en el papel apenas emprendieron el viaje.

—Está bastante lejos, pero nos queda de camino —dijo uno de ellos, el que parecía ser más conocedor del país que su acompañante ya que parecía ser un nativo —Tienes suerte. No muchos turistas llegan hasta ahí, a menos que busquen alguna clase de retiro.

—¿Retiro?

—Pakkoku es la ciudad de los monasterios —respondió el mismo hombre, en un inglés de acento británico —Es el epicentro del turismo espiritual. Y la dirección que tú tienes está en las montañas, cerca de Bagan, otra ciudad repleta de templos budistas.

—¿Qué tiene que hacer un chico como tú en un lugar así? —preguntó el otro extranjero, mirándolo desde el asiento del copiloto mientras se alejaban del aeropuerto.

Sasuke suspiró, observando los edificios de la ciudad perderse de su vista a través de su ventana.

—Estoy buscando a alguien —murmuró, abrazándose a su guitarra y recargándose contra la ventanilla. El americano miró a su amigo, y entonces rió.

—Qué curioso. El año pasado llevamos a otro guitarrista al mismo lugar en Pakkoku, ¿lo recuerdas, Than?

—Era violinista —respondió Than, el hombre nativo, sin quitar los ojos del camino —Y creo que se parecía a ti —bromeó, pero Sasuke, sin prestarles mucha atención, dejó de escuchar después, concentrándose únicamente en lo cerca que estaba de al fin encontrar a Ino.

•°•°•°•

Than y Bob, su amigo americano, lo dejaron al pie de una montaña rocosa un par de horas después, asegurándole que esa era la dirección del sobre según su GPS. Sasuke observó el paisaje selvático y bajó del coche con su equipaje ligero en la mano; se despidió de ellos con una seña y los vio seguir con su camino hasta que desaparecieron en una curva al otro lado de la montaña. Ya pasaba de mediodía, y el calor sofocante llevaba consigo una insoportable humedad que quitaba el aliento y pegaba la ropa al cuerpo. A pesar de eso, el joven Uchiha subió por un camino empinado bajo el sol radiante, enclavado entre la selva salvaje y las montañas, sin saber nada más que cabras y ovejas hasta que llegó a un pequeño pueblo de granjeros, y pudo ver, a lo lejos, cerca de la cima, la entrada del monasterio, hecha por un enorme y ornamentado arco de madera pintada y desgastada que le daba la bienvenida.

Sasuke bufó y se secó el sudor de la frente antes de seguir. Estaba cansado y sediento, pero también muy cerca de su destino, así que no podía parar. Y apenas atravesó la aldea, empezó a ver niños y adultos vestidos con túnicas y con las cabezas rapadas, algunos ocupados en una huerta, otros arriando ganado o haciendo otras labores. Todos eran monjes, y todos parecían ser hombres. ¿Cómo podría Ino haber terminado entre esas personas? Con más preguntas que antes, siguió caminando hasta que su presencia fue notada por los habitantes del monasterio. Muchos niños lo miraron con intriga, pero nada fuera de lo ordinario, como si fuera curioso, pero no inusual, ver gente extranjera por ahí. Por eso, intentó hablar con algunos, pero ellos solamente respondían con sonrisas amables y movimientos confusos de cabeza, como sin entender ni una sola palabra; entonces un anciano de piel arrugada y curtida se acercó también, preguntándole algo en birmano. Sasuke hablaba chino e inglés a la perfección, e intentó hacerle saber sus razones en esos idiomas, pero el hombre, que no parecía entender ninguno de las dos, solo le respondía con gestos confusos y sonrisas cordiales.

—Estoy buscando a esta chica. Su nombre es Ino, Yamanaka Ino —repitió entonces, a punto de perder la paciencia, y, sin saber qué más podía hacer, sacó la foto de Ino y él de adolescentes para mostrársela y señalarla. Solo entonces el hombre reaccionó con reconocimiento, abriendo sus pequeños ojos oscuros de par en par y repitiendo algo en su idioma que Sasuke otra vez no entendió, pero que logró interpretar como que conocía a la muchacha. Entonces, el anciano señaló hacia otra pequeña colina detrás del templo, haciendo que los latidos del corazón del heredero Uchiha se dispararan —¿Está ahí? —preguntó, conteniendo la respiración sin poder evitarlo. El hombre siguió asintiendo frenéticamente mientras señalaba la colina, entonces Sasuke levantó sus cosas y corrió hasta ahí, casi sin poder creer la absurda sensación de felicidad que lo invadió de repente.

¿Eso sería todo? Aunque habían pasado más de diez años, y había recorrido tantos kilómetros solo para encontrarla, de repente todo parecía insignificante. Después de todo lo que habían pasado, después de tanto tiempo, Ino estaba tan cerca, tan a su alcance que no podía explicar cómo se sentía con palabras. Ni siquiera se acordaba de cómo respirar, algo tan simple y necesario. Todo había pasado a un segundo plano excepto encontrarla. Entonces olió el aire, y sintió las suaves notas de lavanda en él mientras seguía el sendero detrás del monasterio. Todo el trayecto estaba tapiado de esas flores hasta la cima, como si le señalaran el camino. Eso solo podía significar una cosa: Ino había pasado por ahí. De verdad la había encontrado.

Y en ese instante, con más ansiedad, aceleró el paso hacia la cima, encontrándose de frente con un pequeño altar, sin puertas, pero cubierto con enormes velos de seda roja, con cuatro firmes columnas ornamentadas, decoradas con las imágenes de lo que parecían ser pictogramas religiosos. Era un lugar muy bello, con tejas doradas en el techo, y extraños adornos con puntas de detalles redondeados. Sasuke se detuvo un momento a contemplarlo, mientras la cálida y húmeda brisa de verano le acariciaba las mejillas, meciendo los velos traslúcidos que colgaban de las vigas superiores. En ese instante se dio cuenta de que había alguien meditando dentro del altar, sentado con las rodillas separadas; podía ver su silueta delgada a lo lejos través de los velos.

—Ino... —suspiró entonces, sintiendo como si de repente el mundo se moviera en cámara lenta. Y fue como si la brisa se hubiera llevado sus palabras, porque la silueta levantó la cabeza casi en ese segundo; y fue en ese instante que se dio cuenta de que se trataba de un hombre, otro monje que estaba rezando. Y el hombre, calvo y delgado como los demás, se levantó y se dio la vuelta para enfrentarlo; el viento entonces aminoró y los velos dejaron de interponerse entre ambos, haciendo que Sasuke abriera los ojos tan grandes como el joven monje, olvidándose del hecho de que no era Ino a quien había encontrado.

—¿Sasuke? —murmuró el chico, primero abriendo sus ojos castaños con sorpresa, arrugando el ceño después de forma automática.

—¿Nara? —preguntó Sasuke casi al mismo tiempo, frunciendo las cejas con sorpresa y reconocimiento. Llevaba casi la misma cantidad de tiempo sin ver a Shikamaru Nara del que no veía a Ino, recordando haberlo encontrado una vez, cerca de seis o siete años atrás, saliendo de un restaurante del centro con otro chico. Sasuke solo lo había visto a lo lejos desde su coche, sin preocuparse en recordarlo hasta ese instante, aunque sí reconocía que se veía muy diferente a esa vez ahora, sin pelo y vestido con una túnica rojiza como el resto de los hombres de ese lugar, pero con esa misma mirada de enojo y fastidio que pudo ver aquella vez en la ciudad —¿Qué haces tú aquí? —no preguntó, exigió saber mientras fruncía el ceño, algo muy usual en él como vicepresidente de una imperio global. Shikamaru, por su lado, levantó una ceja, mismo gesto que tenía cada vez que Ino los forzaba a convivir. Y entonces Sasuke se acordó de ella.

—Supongo que podría preguntarte lo mismo —replicó Shikamaru, frunciendo el ceño también. Y aunque Sasuke quiso mandarlo al diablo junto a su tono condescendiente, no dijo nada. Por el contrario, decidió no andarse con vueltas, y empezó a mirar detrás de Shikamaru Nara como si esperara encontrar algo ahí.

—Estoy buscando a Ino —gruñó, ahora más seguro de que ella estaba en ese lugar, ya que siempre había sido inseparable de Shikamaru desde niños, y eran, en palabras de la propia Ino, como hermanos —Quiero hablar con ella. ¿En dónde está?

—¿Viniste hasta aquí desde Tokio solo para eso? —Shikamaru sonrió con sarcasmo, moviendo la cabeza de un lado para el otro; Sasuke no respondió, pero sí frunció mucho más sus cejas —Entonces lamento decirte que viajaste en vano. Ella no está aquí.

—Mientes —gruñó Sasuke, deteniendo al mejor amigo de Ino otra vez —Estoy seguro de que fue ella quien plantó la lavanda en el sendero. Esa era su flor favorita.

—Oh, vaya, así que sabes una cosa sobre Ino. Te felicito —respondió Shikamaru, irónico. Después rodó los ojos, suspirando —Mira, no sé qué es lo que buscas en realidad, pero no me interesa. Como ves, en este monasterio solo hay hombres y niños. Ino no está aquí, y, aunque estuviera, serías la última persona que lo sabría. Que tengas un buen día —dijo, moviendo la cabeza con respeto forzado hacia él antes de darse la vuelta y volver a sentarse en el suelo, en pose de meditación. Y fue extraño para Sasuke, pero Shikamaru había usado las mismas palabras que Shino, como si, de alguna forma, ambos estuvieran protegiéndola. Protegiéndola de él.

—No voy a irme hasta hablar con ella —respondió el joven Uchiha mientras veía al ahora monje acomodarse sobre el suelo. Y Shikamaru se dio la vuelta otra vez, levantando los hombros con indiferencia.

—Entonces quédate, me da igual —bufó, chasqueando la lengua sin molestarse en esconder su hartazgo —No me agradas, pero el monasterio siempre tiene sus puertas abiertas a los visitantes. Y estás interrumpiendo mi meditación, así que...

—¿Eso es todo? —insistió Sasuke, haciendo que el monje resoplara otra vez.

—¿Todo qué?

—No vas a decirme dónde se esconde ella.

—¿Esconderse? —se burló Shikamaru, haciendo un sonido irónico con la garganta —¿Quién dice que lo hace? Además, ¿de quién? ¿De ti? Sigues siendo el mismo Sasuke egocéntrico de siempre, ¿no? —se burló otra vez, y Sasuke no supo por qué, pero se sintió muy ofendido de repente.

—Tú no sabes nada de mí —gruñó, para su mala suerte, más alto de lo que hubiera querido. Shikamaru parpadeó en su dirección, ceñudo.

—Sé que corres tras un fantasma —respondió el mejor amigo de Ino, todavía burlón —. Lo que no sé es por qué.

—Ino no es un fantasma. Y mis razones no te incumben.

—No, no lo hacen —repitió su antiguo compañero, dándole la espalda para volver a sentarse con las rodillas separadas, en posición de meditar —Si quieres quedarte, eres bienvenido. Si no, nos harías un favor a todos —zanjó, sin darle oportunidad de decir nada, aunque Sasuke tampoco tenía ganas de hacerlo.

Enojado, bajó de la colina hasta el monasterio, sintiendo el sol más molesto que nunca, quemándole la piel como si estuviera en un horno, asándose a fuego lento como un pato cantonés. Y aunque seguía muy enojado con todo el asunto de haber ido hasta ese lugar para nada, Sasuke se sentó sobre unas rocas a descansar bajo la sombra de un árbol, observando a unos niños cuidar de unas cabras. Bebió las últimas gotas de agua que todavía le quedaban y después se giró a mirar el lugar con atención para intentar calmar su rabia, dándose cuenta de que, a diferencia de las pequeñas chozas de la aldea, estaba construido de piedra muy antigua, tal vez de miles de años. Era un lugar muy tranquilo, y transmitía mucha paz, pero estaba demasiado enfadado, y se sintió demasiado estúpido, para verlo así. Y estaba tan molesto, sediento y cansado, que ni siquiera se dio cuenta de que no estaba solo, ya que había alguien más sobre la roca cuando él llegó, y miraba su introspección con curiosidad, esperando a que dejara de bufar para hacer que se diera cuenta de que no estaba solo.

—Parece que hiciste un viaje tan largo para nada.

Sasuke se sobresaltó, girando hacia el desconocido por reflejo, mirándolo con atención. El hombre usaba una túnica como todos los demás, pero sus sienes estaban cubiertas por una cabellera negra y espesa, y, curiosamente, hablaba un japonés perfecto.

—Me llamo Utakata —se presentó el chico, extendiendo su mano pálida y fría —Eres Sasuke, ¿verdad?

—¿Quién te lo dijo? —respondió con desconfianza, y el otro hombre sonrió.

—Lo supuse. Ella dijo que siempre parecías enojado por algo —comentó, y Sasuke abrió los ojos con sorpresa y anticipación.

—¿Ella?

—Ino, ¿quién más? —respondió Utakata, escondiendo las manos dentro de las mangas de su túnica mientras el chico Uchiha casi daba otro salto en su lugar.

—¿La conoces? ¿Está aquí? —preguntó, olvidándose del idiota de Shikamaru. Sin embargo, Utakata movió la cabeza de lado, negando con un movimiento suave.

—Estuvo, pero de eso hace casi cinco años.

—¿Cinco años? —repitió Sasuke, todavía más confundido que antes —Pero ella… —frunció el ceño, sacando la foto de su bolsillo para mostrársela —¿Estás seguro? ¿Esta es la chica de la que hablas?

Utakata estiró el cuello para poder ver la foto, agarrándola de los dedos de Sasuke para poder observarla mejor. Después, soltó otra sonrisa.

—Vaya, luce exactamente igual a como la recuerdo, excepto que tenía el cabello corto en ese entonces —comentó, poniendo las manos sobre sus hombros para mostrarle la medida —. Así, apenas sobre las orejas.

Sasuke lo miró y frunció el ceño. Recordaba que el cabello de Ino había sido siempre su mayor orgullo, ella siempre lo decía. Aunque también había dicho que él era el amor de su vida, y así habían terminado las cosas. Sin embargo, también se dio cuenta de otra cosa.

—¿Ella te habló de mí? —preguntó en un impulso, y arrepintiéndose en seguida. Pero, por la reacción de Utakata, dedujo que no le dio importancia a su pregunta.

—Oh, sí. Y me sorprende que estés aquí. Cuando dejó el monasterio dijo que volvería a su país; creí que iría a buscarte.

—No —gruñó Sasuke, sacando el sobre de papel que Hinata le había dado con esa dirección en Birmania —Ella envió esto desde aquí hace solo unos meses. Se suponía que estaba en este lugar.

—¿Lo hizo? —Utakata frunció el ceño con curiosidad y leyó la dirección del papel, levantando los hombros después —Puede ser. Solo vengo a este templo durante el verano, quizá por eso no la vi. Es una lástima. Ella me agrada —murmuró, perdiendo la mirada en el camino repleto de lavanda, impulsando a Sasuke a hacer lo mismo —Yo le ayudé a plantar el sendero —comentó entonces, con voz aburrida —Shikamaru insistía en que esas flores no crecerían con este suelo, pero ella no se dio por vencida —rió, pasando una mano por las flores violetas con suavidad —Personalmente, hubiera preferido rosas o algo así, pero Ino insistió en que debía ser lavanda. El violeta es su color preferido.

—Lo sé —suspiró Sasuke, secándose el sudor de la frente mientras su estómago rugía, haciéndole acordar que llevaba toda la mañana sin probar un solo bocado.

—Ven —le dijo Utakata, aguantando otra sonrisa mientras le mostraba el camino al monasterio —El almuerzo ya se sirvió, pero estoy seguro de que habrá quedado algo. Yo tampoco comí todavía, así que puedes hacerme compañía —ofreció.

Sasuke frunció el ceño, pero, teniendo el estómago vacío y ningún restaurante en kilómetros, no se atrevió a rechazar la invitación, y siguió al otro joven de regreso por el sendero hasta la vieja construcción de piedra, escuchando sin mucho interés a Utakata relatar un poco de la historia del monasterio de Nathtaung Kyaung, y de cómo había llegado hasta ahí después de la muerte de sus padres, buscando algún tipo de respuesta espiritual como muchos otros de los monjes.

—Nací en Nueva York, pero crecí en Yokohama, así que eso me hace más japonés que americano —le dijo mientras estaban sentados en una cocina tan grande como vieja y un monje igual de viejo les servía un cuenco de guisado, arroz y pan fresco para cada uno. No era una comida elegante ni muy elaborada como a las que estaba acostumbrado, pero Sasuke no se sentía para nada exigente en sus circunstancias —Mi familia tenía muchos negocios con los antiguos generales birmanos, así que este no era un país extraño para mí. Lo conozco como a la palma de mi mano.

—¿Y cómo llegó Nara hasta aquí? —preguntó Sasuke, de verdad interesado en la respuesta. No era que le interesara la vida de Shikamaru realmente, pero estaba seguro de que su estancia en ese extraño lugar sin duda tenía que ver con Ino.

—No lo sé, no hemos hablado mucho. Solo sé que después de la universidad se consagró al monasterio por una promesa.

—¿Una promesa? —repitió, pero Utakata solo levantó sus hombros, mojando su pan en el estofado.

—¿Quieres más?

Sasuke asintió con algo de vergüenza, y Utakata habló en ese idioma extraño al anciano que volvió a llenar su plato, comiendo en silencio por varios minutos más. Sin embargo, las verduras y condimentos esa vez le supieron tan amargas como una hoja de pino. Ino tampoco estaba ahí; no creía en Shikamaru, pero algo le decía que Utakata no le mentiría, porque no tenía motivos para hacerlo, ya que los dos eran desconocidos, aunque Ino le hubiera hablado de él. ¿Por qué ella le había hablado de él? Utakata le dijo que la había visto cinco años atrás, ¿acaso ella había pensado en él durante todo ese tiempo? Sasuke analizó la posibilidad, pero no demasiado. Hubiera sido ridículo tener algún tipo de esperanza absurda a esas alturas.

—¿Cómo puedo volver a Yangón? —preguntó con el estómago lleno y haciéndose a la idea de que tenía que volver a casa lo más rápido posible. Quizá todavía estaría a tiempo de recomponer las cosas; su tío necesitaba a su único heredero después de todo, y Sakura le perdonaría cualquier cosa si se disculpaba. Mientras tanto, Utakata levantó la mirada y parpadeó, dejando su cuenco encima de la gastada mesa de madera antes de tomar un poco de agua.

—Puedes quedarte aquí —le dijo, girando la cabeza hacia la única ventana de la habitación. En algún lugar sonaba una radio y alguien hablaba en ese idioma que Sasuke no entendía, pero Utakata parecía muy interesado en lo que fuera que el locutor decía —. Te ves como alguien a quien este lugar podría ayudar.

—Tengo que volver a casa —Sasuke insistió, también dejando su cuenco vacío en la mesa, y haciendo una reverencia al anciano de la cocina como agradecimiento.

—No, de verdad debes quedarte —zanjó Utakata —Están diciendo en la radio que habrá una tormenta hoy, una grande, y cierran todas las carreteras cuando eso pasa. El agua suele bajar con fuerza de las montañas, y el camino está rodeado de terreno resbaladizo, así que lo hacen para prevenir accidentes, pero el monasterio está en terreno elevado; aquí es seguro. Sin contar que no tienes opción —anunció, levantándose de su lugar, y apretando su hombro al pasar por su lado hacia la salida.

•°•°•°•

—Apuesto a que puedo darle tres veces seguidas al centro de la diana.

—Hmp. ¿Tú? Sí, claro.

—Si estás tan seguro de que no voy a hacerlo entonces apuesta.

—No voy a apostar contigo, Yamanaka.

—¿El gran Sasuke Uchiha teme apostar contra mí? Sí que debes tenerme miedo. Pero descuida, Sasuke-kun, yo no muerdo. A menos que me lo pidas.

—Sigue soñando. Si no aciertas las tres veces entonces no volverás a cercarte a menos de diez metros de mí.

—Y si yo gano, entonces saldrás conmigo.

—No haré eso.

—Sí me tienes miedo. ¡Buuuu! ¡Me tienes miedo! ¡Me tienes miedo!

—¡Bien! Apostemos, no me importa —aceptó a regañadientes. Ino entonces se ajustó su uniforme de educación física, tomó uno de los arcos del equipo escolar y apuntó al blanco.

Uno, dos, tres flechas al centro.

Horrorizado, el joven Uchiha la miró, sin entender lo que acababa de pasar, mientras Yamanaka Ino sonreía, solo dejando de hacerlo cuando un relámpago azotó el cielo gris.

Sasuke se despertó con el furioso sonido de otro relámpago que sacudió las precarias paredes de madera tallada, haciendo que el recuerdo de Ino desapareciera junto a todo lo demás en su sueño mientras abría los ojos. No podía acordarse de cómo había llegado hasta esa rústica y pequeña habitación, pero después de un viaje tan largo se había quedado dormido apenas su cabeza tocó una almohada, y, como cada noche desde que había empezado con aquel viaje, había soñado con ella.

Cómo odiaba verla solo para despertar y darse cuenta de que solo había sido un sueño.

Bufando, se pasó una mano por la cara para limpiarla, y sin querer sonrió cuando el recuerdo de Ino acertando las tres flechas sobre el blanco de la escuela volvió a su cabeza. Nunca se había sentido tan estúpido como cuando ella le ganó en su propio juego, y nunca hubiera imaginado que aquella tonta apuesta que se vio obligado a cumplir cambiaría su vida de la forma en que lo había hecho. Quizá era algo tonto, pero, por raro que sonara, parecía que enamorarse de Ino era lo único que alguna vez había tenido sentido en su vida, aunque nunca se atreviera a decirlo en voz alta. De hecho, ni siquiera podía tolerar pensar en eso cada vez que se acordaba de lo que ella le había hecho al final.

Otro relámpago rajando el cielo oscuro lo distrajo, haciendo que buscara su mochila a tientas. Ni siquiera había tenido tiempo de cambiarse, aunque no era como si tuviera ropa limpia o ganas de hacerlo. Podría tomar una ducha si a los monjes no les importaba, se dijo mientras se ponía los pantalones y los zapatos; nadie le había prohibido usarlos, y Sasuke realmente se sentía mucho más cómodo con ellos que descalzo, así que tampoco preguntó si había alguna regla sobre eso.

Afuera de su pequeña habitación podía escuchar los murmullos cada vez más fuertes y cercanos, incluso sobre las furiosas ráfagas que golpeaban las montañas. Sasuke se restregó la cara para terminar de despertarse y recorrió un largo pasillo iluminado con una luz muy tenue y con muchas puertas de lo que debían ser habitaciones de otros monjes, cruzándose con algunos de ellos, que pasaban por su lado sin mirarlo y murmurando muy bajito. Parecían preocupados por algo, dedujo que por la tormenta. Buscó a Utakata para preguntarle, pero no lo vio por ninguna parte; intentó preguntar por él, pero en el piso de abajo los monjes se veían todavía más nerviosos, sobre todo los niños, que estaban todos juntos en el pequeño templo que estaba al lado de las residencias, arrodillados en el suelo y rezando frente a un altar budista. Sasuke se les quedó viendo desde el atrio de la otra edificación, curioso por la forma en que la tormenta parecía asustarlos a todos; se sentó sobre el suelo de madera, junto a una de las columnas de la galería, y se sobresaltó cuando otro rayo rajó la oscuridad de la noche, quebrando el cielo y dejando que la lluvia al fin cayera. Entonces levantó la cabeza al cielo negro y estiró una mano afuera de la galería para que las gotas la mojaran para mojarse la cara; al principio la sensación era refrescante, como otra lluvia de verano que traía alivio después de un día caluroso, pero casi en seguida la lluvia suave y fresca empezó a caer con una fuerza arrolladora. Las gotas se volvieron pesadas, golpeando el techo del atrio como si fueran cientos de pequeños proyectiles, y acumulándose poco a poco hasta convertir todo alrededor en fango.

De repente, mientras el agua seguía acumulándose poco a poco, decenas de personas aparecieron por el sendero que llevaba hasta la carretera, cargando sus posesiones en los brazos o a sus niños. Shikamaru y otros monjes entonces salieron del templo menor y corrieron a ayudarles, mientras Utakata, que había aparecido con el anciano calvo que lo había guiado a la colina al llegar ahí, los recibían dentro del monasterio frente a las residencias con urgencia, como si estuvieran protegiéndolos de algo. Sasuke, al verlo, se levantó del pórtico y cruzó el patio encharcado, hundiendo los pies hasta las pantorrillas y protegiéndose del aguacero solamente con sus manos.

—¿Qué está pasando? —le preguntó a Utakata, que guiaba a los niños del monasterio hacia la parte trasera del altar, permitiendo que las angustiadas familias se acomodaran en sus lugares, confundiendo todavía más a Sasuke. ¿Por qué todos parecían temerle a una lluvia de verano?

—Es la época de tifones —suspiró su compatriota japonés, indicándole con señas rápidas a las personas que ubicaran sus cosas en donde pudieran —Normalmente no llegan sino hasta el final del verano, cuando la temporada del arroz termina, pero parece que se adelantó este año —bufó, gritándole algo en birmano a algunas personas antes de seguir hablando con él —Vivir cerca de las montañas tiene sus beneficios para la cosecha, pero es un gran problema cuando la temporada de tifones comienza antes —dijo antes de que el mismo anciano de la tarde corriera hacia él para decirle algo que Sasuke no entendió. Y, sintiendo que empezaba a alterarse por la agitación del ambiente, el heredero Uchiha, tan expuesto como cualquier persona común, no supo qué hacer.

—¿Puedo ayudar en algo? —se le escapó preguntar, sorprendiéndose él mismo por tal ofrecimiento. Ni en sus mejores días se había sentido dispuesto a ayudar a otros; no que fuera alguna clase de monstruo insensible, solo no le interesaban las cosas que no eran su problema. Sin embargo, nunca había estado en una situación tan urgente como esa antes. Sin contar que esa gente le había dado un plato de comida y un lugar donde quedarse sin exigir nada a cambio, y no parecía correcto quedarse de brazos cruzados cuando parecían necesitar de toda la ayuda disponible. No obstante, aunque pareció tardar unos segundos en entenderle, Utakata movió la cabeza de un lado a otro, negando en silencio.

—Es mejor que te quedes aquí —le dijo; las puntas de su cabello goteaban como si fueran canillas, y diminutos ríos de agua bajaban por sus mejillas tan pálidas como las velas que flameaban en el templo —No conoces el terreno, y cuando las lluvias son torrenciales la montaña puede arrastrarte cuesta abajo antes de que te des cuenta. Aquí estarás a salvo —aseguró, corriendo atrás el anciano una vez más para ayudar a otro grupo de personas en la lluvia, haciendo que Sasuke se sintiera tan inútil como no se había sentido en mucho tiempo, sobre todo porque, en el fondo, sabía que era así. Él podía controlarlo todo desde su oficina en las alturas del distrito comercial de Tokio, pero, en la vida real, con problemas reales, era totalmente inútil, y eso lo golpeó como un puño en la nariz.

Impactado por ese nuevo pensamiento, Sasuke se quedó a un costado, y, ya que no podía ser de ayuda, intentó molestar lo menos posible mientras afuera el agua no dejaba de caer, empezando a correr a cántaros por la montaña, y a acumularse en el sendero como un río furioso, casi llevándose a los aldeanos con su cauce, incluso a Shikamaru y los otros monjes, que seguían adelante del grupo, ayudándolos a llegar hasta el templo. Fue solamente en un instante que la lluvia empeoró todavía más, y el agua empezó a subir peligrosamente, casi arrastrando a un grupo de niños que luchaba por ganarle a la corriente y llegar hasta el templo. Entonces, Sasuke reaccionó moviéndose de su lugar, y, sin pensarlo, saltó los escalones que mantenían el templo elevado del suelo, y corrió para ayudarlos a cruzar el torrencial río en que se había convertido el sendero, y que parecía seguir creciendo y creciendo.

—¡Aquí! —gritó, tomando la mano de uno de los niños más pequeños para evitar que la corriente lo arrastrara consigo; dos niños más se pegaron a sus piernas, asustados, pero decididos a no dejar que el agua se los llevara. Sasuke, haciendo fuerzas con todo su cuerpo para poder sacarlos de la tormenta, logró ayudarles a cruzar y los llevó con el grupo de adultos, alcanzando a Shikamaru delante de la fila, que gritaba algo en birmano que él, obviamente, no entendió, pero era claro que les ordenaba a todos llegar al monasterio. Lo que era cada vez más difícil ya que, a medida que el agua caía con más fuerza de la cima.

—¡Regresa adentro, idiota! —escuchó a Shikamaru gritándole, pero Sasuke siguió ayudando al grupo a avanzar, quedándose atrás para que nadie se alejara.

—¡¿Son todos?! —le gritó en vez de hacerle caso, y como respuesta, el mejor amigo de Ino miró hacia abajo del sendero, donde más personas peleaban contra la lluvia para llegar al templo. Y Sasuke de nuevo no lo pensó, solamente atravesó la laguna que se había formado en el patio y llegó hasta el templo donde Utakata seguía gritándole a la gente —¡Necesito una soga! —exclamó. Utakata dejó de dar órdenes y lo miró con confusión; dudó un momento antes de correr a la parte trasera del templo y llegar con varios metros de soga.

—Es la que usamos para arrear el ganado —le dijo, sin sacar esa mirada de confusión. Pero Sasuke no se paró a preguntar; tomó uno de los extremos, enrollándolo alrededor de una de las ornamentadas columnas.

—¡Ayúdenme a atarla! —gritó. Utakata le dijo algo a un par de hombres que corrieron a ayudarle a hacer un nudo resistente, mirándolo otra vez como si no entendieran el propósito, aunque, de nuevo, el chico Uchiha no se preocupó en explicar; de nuevo sin dudarlo ni un segundo, tomó el otro extremo, lo ató a su cintura y volvió a saltar hacia el patio. El agua ahora le llegaba casi hasta las caderas, pero eso no lo paró. Por primera vez no estaba pensando, estaba actuando como su instinto le ordenaba, algo que nunca antes había hecho.

Con mucha dificultad llegó hasta donde Shikamaru seguía ayudando a los aldeanos, e intentó atar el extremo de la soga en su cintura a uno de los postes del enorme arco de madera de la entrada, pero sus manos resbalaban con la lluvia, y casi no podía ver nada.

—¡¿Qué haces?! —exclamó Shikamaru, empujándolo por el hombro, como si intentara obligarlo a volver —¡Regresa ahora!

—¡Ayúdame a atar la soga! —respondió Sasuke, quitándose su mano de encima. Shikamaru lo miró como si no pudiera creer lo que hacía, pero, siendo el genio que Sasuke recordaba que era, no tardó en entender su propósito, y enseguida le ayudó a atar el extremo en la columna —¡Diles que se sostengan! —ordenó cuando la línea estuvo bien asegurada, y Shikamaru lo miró, tan sorprendido que otra vez le costó varios segundos reaccionar; sin embargo, cuando lo hizo, empezó a guiar a las personas hacia la soga, ordenándoles sujetarse con fuerza de ella para que el agua no se los llevara, adelantándose con ellos mientras Sasuke se quedaba al final otra vez para, de nuevo, estar seguro de que nadie se había quedado atrás. Fueron solo unos minutos, tal vez solo segundos, pero a cada instante la lluvia se volvía más pesada y agresiva, y el agua subía más y más. Sasuke entonces entendió el temor en todos los aldeanos y las personas del monasterio, pero fue demasiado tarde para ponerse a salvo.

—¡Shikamaru! —gritó Utakata desde el templo, y después todo pasó tan rápido que los ojos del joven Uchiha apenas lo registraron, pero sus oídos sí escucharon el aterrador estruendo que llegaba desde la selva, el estrepitoso sonido de la vegetación quebrándose y cediendo ante el peso del agua. Y en el mismo instante, Shikamaru, que estaba casi en la entrada del templo, se giró en su dirección con una mirada de pánico que Sasuke nunca le había visto usar, y, abriendo los ojos bien grandes, le gritó casi con desesperación.

—¡SOSTENTE, SASUKE!

Exclamó, y Sasuke lo hizo sin dudar, abrazándose a la columna como si su vida dependiera de eso, en el momento exacto en que una ola enorme bajaba por la selva desde la montaña y llegaba hasta él, golpeándolo como una pared de concreto, cortándole la piel e intentando arrastrarlo consigo. Sasuke sintió que se ahogaba, pero no se atrevió a abrir los ojos, lo único que hizo fue abrazarse con más fuerza a la madera, tragando más agua de la que podía imaginar. Y en algún momento, apenas sin darse cuenta, sus brazos cedieron, y el agua lo llevó, como si su cuerpo no fuera más pesado que una hoja en el aire. Y todo lo demás desapareció en ese momento.

•°•°•°•

Sasuke sintió que su cuerpo flotaba, sumergido en una enorme y oscura masa de agua de la que no podía escapar mientras su cuerpo se convulsionaba, expulsando los últimos vestigios de oxígeno que quedaba en sus pulmones. Y, sin embargo, podía ver el agua turbia a su alrededor, las burbujas de aire elevándose hasta la superficie como si se rieran de él. No podía pensar, ni sentir, solamente cerró los ojos, hasta que sintió que alguien lo tomaba por los brazos.

—¡Sasuke! ¡Sasuke! ¡Respira! Sasuke se removió, pero sin despertar. Podía escuchar la voz de Itachi llamándolo, pero no podía hacer nada para responderle ¡Vamos, torpe hermano menor, abre los ojos! ¡Por favor, despierta!

—¡Sasuke!

Mientras la voz de su hermano se desvanecía en la distancia y era reemplazada por otra diferente, Sasuke sintió el golpe en su pecho, y el agua ácida subiendo por su tráquea hasta salir por su boca como un vómito ardiente, mojándole la cara mientras sus pulmones reclamaban aire desesperadamente. Entonces alguien le ayudó a sentarse, y el peso del mundo le cayó sobre los hombros, dejándolo lastimado y adolorido como el demonio.

—¡Dios, amigo! ¡De verdad creí que estabas muerto! —rió Utakata, golpeándole la espalda y haciendo que Sasuke expulsara los últimos vestigios de agua sucia de su cuerpo. Después, lo abrazó, haciendo que el dolor fuera todavía peor, por lo que Sasuke se quejó, más que nada para quitárselo de encima —Lo siento.

—¿Qué pasó? —murmuró con voz ahogada, sintiendo, además del dolor, el barro debajo de su cuerpo, y el sol quemándole la cara. Al menos la tormenta había terminado, pero, ¿por cuánto tiempo había estado inconsciente?

—Viejo, eso fue lo más asombroso que vi en mi vida —exclamó Utakata, cuyo rostro estaba lleno de barro, pero él no estaba en mejores condiciones —¡La corriente literalmente te arrastró montaña abajo! No puedo creer que no te hayas ahogado. Eres una celebridad entre los aldeanos —anunció, y Sasuke entonces pudo ver a un grupo de gente pequeña y de piel curtida en tan malas condiciones como Utakata y él mismo, mirándolo con una mezcla de sorpresa y admiración, lo que solamente hacía que todo fuera todavía más confuso.

—¿La corriente? —murmuró, mirándose los brazos, que estaban cubiertos de lodo y cortes que ardían como el infierno, igual que el resto de su cuerpo.

—Kaung te encontró unos metros sobre la carretera, y pensó que estabas muerto, como todos nosotros. Algunos aldeanos hasta dicen que tienes un pacto con el demonio. Debiste ver cómo te arrastró la tormenta, ¡y sobreviviste! ¡Serás una leyenda!

—No sería la primera vez —bufó, intentando levantarse, pero no pudo hacerlo sin la ayuda de Utakata. El sabor agrio de su boca no se debía solo a los litros de agua sucia que de seguro había tragado, sino a los recuerdos. Casi con amargura, recordó cuando casi había muerto ahogado a los seis, después de seguir a su hermano al lago de su pueblo y meterse en el agua sin saber nadar; habría muerto ese día de no ser porque Itachi había logrado reanimarlo a tiempo. Su hermano le había salvado la vida, y él apenas podía recordarlo después de tanto años de resentimiento hacia él. Después de todo, era más fácil recordar solo las cosas malas de alguien que, como Ino, lo había lastimado tanto.

—Será mejor que limpiemos esos cortes y te pongamos algo de antiséptico —Utakata le dio una orden a los aldeanos, llamándole la atención otra vez, y dos de ellos corrieron lejos, regresando con una enorme tabla de madera y subiéndolo en ella. A Sasuke no le gustó, pero sabía que no tenía alternativa, así que se dejó llevar sin poner resistencia, aunque tampoco hubiera podido.

Cuando volvió a despertarse, el barro de su cuerpo había sido lavado, y aunque sus músculos y sus heridas seguían doliendo, ya no ardían, y su ropa sucia y mojada cambiada por una de las túnicas rojizas de los monjes, y ropa interior que prefirió no averiguar de dónde venía.

—Ey, bienvenido a la vida. Otra vez —dijo la tranquila voz de Utakata. Sasuke giró la cabeza y lo vio en la puerta, al lado de Shikamaru, que lo miraba entre molesto y sorprendido, igual que el día anterior.

—Lo que hiciste fue increíblemente imprudente y estúpido —le reprochó Nara; después, suspirando, se mostró más condescendiente —¿Te sientes bien? —preguntó entre dientes. Sasuke se sentó sobre la cama de paja con un esfuerzo enorme, pero sin ayuda, que era lo importante.

—Me duele todo el cuerpo —se quejó. Shikamaru se acercó y sin pedir permiso con sus manos estiró sus brazos, sus piernas, y tocó sus costillas. Sasuke se sorprendió por eso, pero en su estado no pudo alejarse y mandarlo al diablo.

—No pareces tener nada roto, pero quizá sería bueno que pasaras a un hospital antes de irte para una resonancia —dijo, y entonces se levantó, saliendo del lugar sin volver a mirarlo.

—Gracias, Shikamaru-sama —dijo Utakata, sacando la cabeza por el corredor un momento antes de regresar junto a Sasuke, alcanzándole un cuenco con agua, que él primero, por reflejo, rechazó; ya había tenido demasiada agua por el resto de su vida. Sin embargo, también tenía la garganta seca, así que no estaba en posición de rechazar el líquido. Después de hidratarse, Utakata puso dos pastillas en su mano —Esto es para el dolor y la fiebre —le dijo —Shikamaru nos hace estar siempre listos para cualquier emergencia, pero creo que sí deberías visitar un hospital cuando regreses a la ciudad.

—Odio los hospitales —gruñó Sasuke sin pensar antes de tomarse los remedios, algo que no lo había dicho a nadie nunca. No había vuelto a pisar un hospital desde la última vez que había visto a su hermano, el día que su tío lo había llevado con él para despedirse antes de mudarse a Tokio como su protegido, y no tenía pensado hacerlo ahora —Si no tengo nada roto, puedo volver a casa.

—Oh, claro. El posible sangrado interno no es importante, después de todo, ahí es donde debe estar la sangre, ¿no? —se burló Utakata con sarcasmo, haciendo que Sasuke casi sonriera por lo mucho que le recordaba al cabeza hueca de Naruto. Pero el solo pensar en curvar sus labios le provocaba dolor, así que solamente cerró los ojos, esperando a que los medicamentos hicieran efecto.

—¿Cómo está todo allá afuera?

—Mojado, embarrado y caluroso como el infierno —respondió Utakata, tomando un poco de agua él también —Aunque la mayoría de las casas resistieron la tormenta, pero los campos de arroz se inundaron por completo. El jefe Wunna y los demás están intentando salvar algo de la cosecha, pero no hay suficientes brazos para sacar toda el agua —suspiró y levantó los hombros con lástima —Al menos el tifón fue pasajero, y todos podrán volver a casa. También tú —Utakata le golpeó el brazo, mandando una oleada de dolor terrible a toda su espina, por lo que Sasuke no pudo ahogar su quejido —Lo siento. Mejor te dejaré descansar. Y no te preocupes por tus cosas; las mujeres del pueblo se ofrecieron a lavar tu ropa y tus botas. Todo estará listo para cuando tengas que irte.

Sasuke asintió, dejando que Utakata le ayudara a volver a recostarse. Y otra vez, apenas su cabeza tocó la almohada, se quedó dormido.

•°•°•°•

El joven Uchiha despertó a la mañana siguiente, sintiéndose mucho mejor y muy hambriento. El dolor había pasado casi por completo, aunque sus músculos seguían algo resentidos por los golpes, y sus articulaciones estaban dormidas, pero nada muy distinto a los efectos sobre el cuerpo después de una tarde de gimnasio. Esa vez fue mucho más fácil levantarse, y después de dar vueltas durante casi veinte minutos buscando un baño al fin se sentía listo para salir de ese monasterio y volver a casa. Volvió a ponerse su ropa y zapatos, recogió sus cosas en su mochila y bajó en busca de algo que comer.

Aunque parecía que todos los monjes y los niños habían salido, encontró al mismo anciano que le sirvió antes, y este, feliz de verlo de pie al parecer, con señas y gestos le indicó que se sentara y le sirvió pan, queso y verduras con arroz. Sasuke no sabía cómo comunicarse con él, pero agradeció a todas sus atenciones con más reverencias de las que nunca le había dado a ninguna persona, pues, a pesar de que casi todos los que lo rodeaban se desvivían por atenderlo, no se sentía de esa forma con ese anciano, que lo trataba con tanta amabilidad sin esperar nada a cambio. Eso era algo nuevo para Sasuke, o al menos algo que con los años había olvidado. En su mundo, la gente siempre era amable con quienes tenían dinero, lo verdaderamente extraño era encontrar quiénes lo fueran con los que no. Su hermano era de esos.

De repente, Sasuke entonces sintió un nudo en la garganta, y no pudo seguir comiendo, así que se levantó y volvió a agradecer al anciano con más gestos, subiendo de regreso a su habitación. Tomó su mochila y su guitarra, revisó que nada quedara atrás y salió del monasterio.

Afuera, el día era claro y caluroso. Algunos niños del pueblo que cuidaban lo que quedaba del ganado que había visto al llegar lo miraron y murmuraron entre ellos, igual que algunos adultos que trabajaban afanosamente con latas y cubetas para sacar el agua de los campos. Sasuke se dio cuenta de que casi todos los monjes y niños del templo estaban ayudando, quizá habían estado haciéndolo desde el amanecer, pero aun así todo seguía inundado.

—¡Eh, Sasuke!

Escuchó que lo llamaban y paró. Utakata también estaba en los campos de arroz, sacando agua con un viejo balde de plástico, pero se había detenido para alcanzarlo. Sasuke también se acercó a él, saludándolo con un gesto indistinto.

—¿Te vas ya? ¿Te sientes mejor?

—¿Qué hacen? —quiso saber en vez de contestar a sus preguntas, un viejo hábito que tenía desde niño, pero que no pareció molestar al otro chico criado en Japón. Utakata chasqueó la lengua y se secó el sudor de la frente con la parte de adelante de su túnica, inflando las mejillas con cansancio y echando un rápido vistazo a los arrozales inundados.

—El jefe Wunna y los aldeanos insisten en que pueden salvar una parte de la cosecha si se deshacen del agua cuanto antes, pero como ves, la cosa no va muy bien.

—Son muchos kilómetros de campo —observó Sasuke, siguiendo su mirada con la suya. Él conocía de campos, pues había crecido rodeado de arrozales y campos de flores que siempre se inundaban durante las lluvias de verano; por eso la mayoría de los campesinos tenían sistemas para deshacerse del agua extra y llevarla hacia el sistema de canales de pueblo. Itachi siempre hablaba de eso el verano que había pasado trabajando en una de las granjas en las afueras —. ¿Por qué no usan un bombeador para desviar el agua hacia un canal o algo?

—¿Bombeador? ¿Tienes idea de lo alejados de la civilización que estamos? —se burló Utakata, secándose el sudor de la cara con el cuello de su túnica mientras guiaba a Sasuke hasta un viejo motor de gasolina que algunos monjes intentaban hacer funcionar a un lado del camino —Y no tenemos canales. Las cosechas se nutren de la humedad de las montañas. Además, nuestro motor se averió. Tendremos suerte si el ayuntamiento envía a un ingeniero para repararlo el mes próximo.

Sasuke no dijo nada por unos minutos, sin dejar de observar los terrenos de cultivos, diferentes a los que había conocido en su antiguo hogar.

—¿Por qué no hacen correr el agua hacia abajo abriendo uno? —habló sin pensar. Utakata frunció el ceño.

—¿Un qué?

Sasuke dejó sus cosas en el piso y se acercó a los cultivos, haciendo cálculos en su mente sobre cómo podrían lograr que el agua acumulada siguiera su curso, sin secar los arrozales. No sería muy difícil cavando en lugares estratégicos, y la gravedad haría el resto. Sin embargo, pensó, tal vez el agua podría usarse si se desviaba a un canal como los que tenían en casa en lugar de solo tirarla montaña abajo. Pensó en cómo los aldeanos podrían usar la tragedia de los tifones para un beneficio a largo plazo, y entonces tuvo una idea.

—Yo puedo hacerlo —dijo Sasuke sin pensar, y Utakata lo miró, sorprendido.

—¿Hacer qué?

—Tengo una idea. Necesito un lápiz y papel, y que traduzcas —pidió, buscando una libreta que había visto en su mochila; la había llevado consigo por error, pero eso no quitaba que pudiera darle un uso. También encontró un lápiz algo viejo y gastado en uno de los bolsillos, pero que de momento sería suficiente. Entonces empezó a trabajar, transcribiendo sus ideas al papel mientras hacía un croquis del terreno, indicando en qué lugares debían cavar. Todo el proceso no le llevó más de diez minutos, lo que le llevó más tiempo fue convencer a Utakata y a los campesinos de dejar de sacar agua con baldes para trabajar en su idea. Incluso, ante su necedad, buscó la ayuda de Shikamaru, pero, al no encontrarlo por ninguna parte, se decidió a negociar con ellos.

—Diles que si cavan el canal entonces yo repararé su motor —ofreció, analizando el aparato desde lejos con la mirada. Aunque llevaba años sin siquiera pensar en la ingeniería, sabía que podría armar y desarmar cualquier motor con los ojos cerrados.

—¿Sabes de motores? —preguntó Utakata con cierta burla.

—Soy ingeniero —murmuró entonces, recordándoselo incluso a sí mismo mientras arrancaba la hoja de su cuaderno para dársela al otro joven —Diles que lo haré solo si ellos dejan de sacar agua y cavan.

Utakata entrecerró los ojos, no muy convencido al principio, pero parecía que algo en su determinación había terminado por persuadirlo.

—Espero que sepas lo que haces —murmuró, poniendo una mano en su hombro al pasar al lado suyo para volver a hablar con los aldeanos, enseñándoles su dibujo.

—Yo también —murmuró Sasuke, girándose hacia el generador después, con algo de temor, cosa que no había sentido en mucho tiempo. Sin embargo, a pesar de que su título en ingeniería nunca había sido más que un documento formal que guardaba muy celosamente en el fondo de la caja fuerte de su oficina, apenas su manos comenzaron a trabajar en el motor, fue como si se hubiera abierto alguna clase de puerta en su mente; de repente todo se vio claro, y supo exactamente lo tenía que hacer con solamente una mirada, quitando tornillos, cambiando herramientas y llenándose las manos de aceite y suciedad. Apenas unas semanas atrás hubiera retrocedido con asco frente a esa imagen, pero estaba tan concentrado en su tarea que no podía pensar en nada más. Era casi como un juego para él, donde todas las piezas encajaban perfectamente, con mucha más facilidad con la que encajaban en el resto del mundo. Sus manos se movían casi con vida propia, limpiando, aceitando, reparando, y no paró hasta que cada pieza volvió a estar en su lugar, solamente dándose cuenta en ese momento de que había un grupo de niños curiosos reunido a su alrededor, atentos a su trabajo. Sasuke se sintió incómodo, pero las manos extra eran de ayuda, ya que todos los hombres y mujeres estaban ayudando a cavar el canal que había dibujado en su plano.

Necesito una llave —pidió, en chino e inglés, con la esperanza de que alguno de los niños le entendiera. Ellos lo miraron y sonrieron. Algunos solamente hicieron esos, otros corrieron a sus casas y trajeron cosas como agua, algo de pan y hasta un cachorro. Sasuke bufó, recordándose por qué no le gustaban los niños, cuando 3 pequeños delgados llegaron cargando una caja de herramientas consigo, sorprendiéndolo y complaciéndolo por partes iguales —Sostén esto —le indicó a uno de los niños, expresándose más que nada con gestos, a lo que el muchacho respondió muy bien, entendiendo su orden de inmediato —Necesito un destornillador de punta estrella —murmuró, acompañando sus murmullos con gestos otra vez, y otro niño respondió de inmediato, dándole la herramienta correcta. Pensó entonces que tal vez, solo tal vez, los niños no eran tan molestos después de todo.

Con ayuda, tardó apenas una media hora en terminar de reparar el motor; los niños del pueblo gritaron de emoción cuando lo encendió, como orgullosos de haber contribuido. Fue extraño para Sasuke, pero no reparó mucho en eso, ya que Utakata pidió su ayuda con el plano improvisado que les había dibujado.

Sasuke subió la montaña con otros aldeanos y Utakata, este último traduciendo sus palabras e instrucciones; Sasuke cavó de la forma adecuada para ayudar a guiar a los demás, sudó, se llenó las manos y las botas de tierra, y los dedos de ampollas por el trabajo arduo que nunca antes habían hecho, todo bajo el sol ardiente y el calor sofocante. Sin embargo, a pesar de las pésimas condiciones, del cansancio y los obstáculos como rocas en el suelo o más lodo, el heredero del vasto imperio Uchiha nunca se había sentido tan útil y eficaz en su trabajo. Nunca había aplicado sus conocimientos en ingeniería en la vida real, salvo por los experimentos que hacía de niño con su hermano, pero estos nunca habían sido para ayudar a otras personas. Y todo el trabajo, con todo el pueblo y gran parte de los monjes ayudando, duró apenas unas horas.

—Espero que funcione —murmuró Utakata cuando sus planos fueron completados, y el canal cavado. Sasuke lo miró de lado y quiso sonreír de lado, pero estaba tan cansado que solamente suspiró.

—También yo —le devolvió el murmulló, haciendo una seña para indicarle a los hombres parados en las laderas de los cultivos que levantaran las improvisadas escotillas que retenían el agua, aunque estos esperaron la confirmación de Utakata para hacerlo. El agua entonces comenzó a correr como un río, desde la primer terraza de cultivo hasta la siguiente, y así hasta desembocar en el canal, rodeando la montaña hasta la aldea. Los campos entonces se drenaron hasta donde era necesario, y cada encargado de la escotilla de cada terraza volvió a bajarla mientras las personas en la parte baja de la montaña celebraban, y Sasuke suspiraba, con una mezcla de sorpresa y orgullo.

Su trabajo con Madara nunca había sido sobre otra cosa que no fuera llenar sus bolsillos, y aunque era excepcionalmente bueno en eso, nunca lo había hecho sentirse como en ese momento, como si de verdad sus acciones importaran. Y no que mover millones al día no impactara en la vida de otras personas; había miles de socios, consejeros y empleados que dependían de su buen manejo empresarial, pero ver el impacto directo de sus acciones en la vida de las personas era algo totalmente nuevo para él. Algo desconcertante, pero eso no quitaba que de alguna manera se sintiera bien. Siempre había sido consciente de lo importante que era la ingeniería en su aplicación práctica; sus profesores se llenaban la boca hablando de todos los usos que uno podría darle, desde un simple reloj despertador que te despierta en la mañana, hasta un cohete capaz de llegar cada más lejos en el universo, pero Sasuke, viendo las lágrimas de felicidad en los rostros curtidos de las familias que habían logrado salvar al menos una parte de sus arrozales, nunca imaginó que tan ciertas eran esas palabras hasta que pudo verlo con sus propios ojos.

—Lo hiciste —Utakata palmeó su espalda, devolviéndolo a la realidad para contemplar su trabajo. Sasuke suspiró y asintió, limpiándose las manos en sus todavía más sucios pantalones.

Sí, lo había hecho.

•°•°•°•

Sasuke pasó el resto de la tarde explicando cómo funcionaba el sistema de riego y el canal que había diseñado mientras Utakata traducía. Y las personas del pueblo estaban tan contentas al comprender la dinámica que organizaron un gran festín no solo para celebrar que habían logrado salvar sus cosechas, ni que habían conseguido una fuente de agua para el pueblo, sino que querían agradecer la ayuda del extranjero. Querían homenajearlo a él.

Todo el pueblo alrededor del monasterio se había llenado de música, luces y colores al anochecer; las mujeres bailaban, los niños jugaban y reían, y los hombres charlaban y bebían. Todo el mundo parecía feliz, algo extraño teniendo en cuenta que vivían en un pueblo pequeño, casi en medio de la nada, casi sin servicios básicos. Pero, a pesar de eso, reían, no como todas esas personas forradas en dinero a las que estaba acostumbrado, sino que reían de verdad, o al menos eso pensó Sasuke mientras los observaba desde un rincón, solamente levantando la cabeza para responder a un saludo o recibir uno que otro regalo de agradecimiento de alguna, mayormente comidas muy sencilla, pero deliciosas después de un día de arduo trabajo. Nunca podría acostumbrarse a tanta amabilidad, pensó, distraído. Los sentimientos reales le incomodaban, por lo que prefería rodearse de gente rica e hipócrita, porque sabía lidiar con ellos.

Suspirando entonces, Sasuke pensó en su hogar, o lo que él llamaba como uno. En la compañía, los empleados tenían miedo de mirarlo directamente a los ojos, y nunca ninguno se había atrevido a sonreírle. Todo ahí era tan diferente que lo abrumaba, pero estaba tan cansado que no tenía energías para preocuparse por eso. Estaba tan agotado como después de una larga reunión de directorio, pero, de alguna manera, era un cansancio diferente; cuando terminaba una reunión lo hacía con el deseo de jamás tener que volver a entrar en una, pero ahora, sin embargo, su mente no podía dejar de pensar en planos, máquinas, motores y engranajes. Quería volver a los tiempos de universidad, las clases prácticas dónde podía no solo armar y desarmar todo tipo de maquinaría, sino crear cosas nuevas, cosas que salían de su cabeza y que él podía volver realidad solo con sus manos, igual que Itachi cuando todavía vivía.

Sasuke entonces volvió a sentir el peso de los recuerdos en sus hombros, preguntándose por primera vez en mucho tiempo si esa podría haber sido su vida si su hermano no lo hubiera dejado, e Ino hubiera cumplido su promesa de siempre estar juntos. Todo pudo haber sido diferente, pero nunca había sido su opción. Su vida y su destino parecían siempre atados a las decisiones que otros tomaban, y eso había estado bien antes; Sasuke se sentía cómodo siendo como un cascarón vacío que los demás se encargaban de llenar de éxitos y afectos, había vivido de esa forma tanto tiempo que no podía imaginarse la vida de otro forma. Y entonces, ¿por qué ahora estaba haciéndolo?

Confundido más que antes, y tan perdido como un niño lejos de casa, sintió que algo le oprimía el pecho. Era una sensación espantosa, asfixiante y desesperante. Sasuke se sintió mareado, y tuvo que sentarse sobre el suelo porque sus rodillas decidieron que no podían seguir rectas. El aire empezó a faltarle mientras las risas y voces a su alrededor se deformaban junto a las luces de la aldea. El joven Uchiha intentó hablar, pedir ayuda, pero su voz parecía atorársele en la garganta. Le recordó a años atrás, el día que supo de la muerte de Itachi, y supo que con Ino fuera de su vida estaba completamente solo en el mundo; en ese entonces se había sentido de la misma forma, la misma opresión en el pecho y la sensación de que moriría en cualquier instante. Sin embargo, eso no llegó a pasar, porque todo el mundo pareció volver a su lugar tan súbitamente como había cambiado, cuando una mano ligera y amable se posó en su hombro, recordándole cómo respirar.

Sasuke levantó la mirada al instante, y el anciano de la cocina le devolvió la mirada con una sonrisa amable, diciéndole algo que no entendió ni pretendió hacerlo, aunque el monje parecía expectante a su respuesta.

—Pregunta por qué estás tan triste —tradujo Utakata, asomándose por detrás del anciano con un platón de fruta fresca, también sentándose en el suelo, a su lado, metiéndose algunas uvas a la boca —Dice que ayudaste a muchas personas hoy. No deberías estar triste —agregó. Sasuke parpadeó, algo desconcertado por el comentario.

—No estoy triste —respondió automáticamente, fingiendo que no había estado a punto de morir, o de sentir que iba a hacerlo. El anciano entonces miró a su traductor y volvió a hablar en su idioma mientras él lo escuchaba atentamente, asintiendo a sus palabras hasta que estuvo listo para volver a traducirlo.

—Él dice: "Buda dijo que cada mañana nacemos de nuevo. Lo que hacemos hoy es lo que importa" —informó, y el anciano sonrió en acuerdo antes de seguir hablando —No importa quién eras antes de hoy. Tienes que dejar ir el pasado para poder ver lo que te espera en el presente. Y así, tal vez, puedas encontrar aquello que necesitas encontrar.

—Ey, Sasuke —apenas pudiendo procesar las palabras del anciano, Sasuke levantó la cabeza hacia Shikamaru, mirándolo con algo de sorpresa y confusión, no solo por el hecho de que, además de no haberlo visto en todo el día, él se hubiera acercado a hablarle, sino porque seguía sin comprender el motivo de las palabras del otro monje —¿Quieres dar una vuelta?

Todavía más confundido, él dijo que sí con la cabeza y se levantó de su lugar, caminando atrás de su viejo compañero de escuela entre los aldeanos que seguían tocando música y celebrando. Shikamaru lo llevó de subida hasta el templo otra vez mientras Sasuke lo seguía a una distancia prudente hasta que se detuvo donde empezaba el camino de flores de lavanda que apenas se distinguían con el brillo de la noche, pesando sus dedos largos y delgados sobre ellas antes de volver a pronunciar palabra.

—Nunca me gustaron las flores —comentó, sorprendiendo a Sasuke una vez más por su extraña forma de romper el hielo —Siempre pensé que eran un símbolo de vanidad, una forma tonta y sin sentido de querer decorar las cosas, como cuando mueres y todos llevan flores a tu funeral. Es estúpido. No lo sé, supongo que me incomodaban demasiado, pero cuando ella quiso plantarlas, no pude decirle que no —suspiró. El joven Uchiha frunció el ceño, sin entender nada. Entonces, de repente recordó a Ino, y se dio cuenta de que no había pensado en ella en casi todo el día —¿Por qué quieres encontrarla? —le soltó Nara de repente, tomándolo desprevenido otra vez —Pasaron muchos años, ¿por qué ahora?

Sasuke no dijo nada por un rato, algo cohibido por la franqueza de aquel hombre con el que solo había intercambiado un par de gruñidos durante toda su vida, y sin saber qué responderle. ¿Cómo podría poner en palabras algo que no podía explicarse ni a sí mismo? Su cerebro seguía dividido entre su parte racional que gritaba a cada segundo que regresara a casa, y la otra parte lo impulsaba a seguir un viaje sin saber cuál sería el resultado o el destino. Seguía furioso y herido, pero esos sentimientos ya no bastaban para mantenerlo dentro de la prisión de oro que él mismo se había construido.

—Ella me envió una carta —musitó, a pesar de que eso solo era parcialmente cierto, pues nunca había habido una carta como tal, solamente una vieja cuerda. Shikamaru se mostró de verdad sorprendido por su respuesta.

—No es posible —rebatió, frunciendo el ceño —Ella no... No es posible que te escribiera.

—No escribió —admitió Sasuke, entre dientes —Solo...envió algo. Algo que era importante para mí. Y Hinata, de nuestro pueblo, ella dijo que podría encontrarla aquí.

—¿Lo hizo? —su antiguo compañero parpadeó, como si no pudiera creerlo. Resopló y se pasó una mano por el pelo, murmurando algo que Sasuke no pudo entender, pero que sonaba muy parecido a aquellos "problemático" que solía repetir como muletilla desde niños. Después suspiró, poniendo los brazos en las caderas, como pensando muy bien lo que iba a decir —Ella de seguro no lo sabía, Sasuke —murmuró, levantando la vista un segundo y suspirando antes de volver a mirarlo, a los ojos esta vez —Tal vez nadie se lo dijo para no alterarla en su estado, pero...

—¿Qué? —Sasuke se impacientó, temiendo a lo que pudiera decirle, pero al mismo tiempo necesitando escucharlo.

—Ino murió. En un accidente, hace dos meses.

•°•°•°•

Sasuke observó el amanecer asomándose desde el otro lado de las montañas. No estaba cansado a pesar de no haber podido dormir en toda la noche, tampoco estaba alterado, o triste; de hecho, no era capaz de sentir absolutamente nada.

Ino estaba muerta, nunca podría encontrarla, nunca volvería a verla. La noticia lo había golpeado de una forma que nunca hubiera esperado, pero, de todas maneras se sentía entumido, como si toda su capacidad de sentir algo hubiera desaparecido de una vez por todas, y lo hubiera dejado todavía más vacío que antes. Se había pasado la noche entera mirando las flores que Ino había cultivado desde una ventana, y ahora que el sol del nuevo día empezaba a besar la tierra, decidió que era hora de cerrar aquel asunto de una vez por todas.

Consiguió un celular con uno de los aldeanos, y cuando el día empezó a clarear se decidió a marcar el número. Siempre había sido bueno con los números, así que no había sido muy difícil memorizar los más útiles antes de descartar su propio teléfono. Entonces esperó a que del otro lado tomaran la bocina, comprobando la hora para asegurarse de que no fuera demasiado temprano en Japón, aunque, en realidad, no le importaba.

¿Diga? —respondió una voz cansada y somnolienta. Sasuke bufó, mojándose los labios antes de hablar.

—Soy yo.

¡¿SASUKE?! —Naruto gritó, y seguido se escuchó un golpe, como si se hubiera caído de la cama o algo —¡¿Dónde demonios estás?! ¡¿Cuándo vas a regresar?! ¡Tu tío está furioso!

Sasuke escuchó todos sus gritos con una indiferente pasividad, pues poco le importaba lo que su tío pudiera decir o hacerle ahora. Dejó que Naruto siguiera preguntando cosas hasta cansarse, pero cuando parecía que nunca cerraría la boca, respiró profundo, interrumpiéndolo con sus palabras.

—Ella murió —dijo en un suspiro entrecortado, y Naruto se quedó callado por unos segundos, bajando el tono de su voz, pues no necesitaba más explicaciones para entender de lo que estaba hablando, lo cual era un alivio para Sasuke.

Oh, diablos —suspiró, sin decir nada más por algunos segundos —Lo siento mucho. De veras —murmuró, haciendo otra pausa después, esperando a que su amigo dijera algo más, pero no lo hizo, entonces volvió a tomar la palabra —Supongo que volverás a casa entonces, ¿no es así?

Sasuke bufó, intentando una vez más que la molesta sensación del nudo en su garganta se disipara para poder seguir hablando con su tono indiferente usual. Se pasó una mano por el cabello y asintió a pesar de que su amigo no podía verlo.

—Alguien me prestó un celular y consulté los horarios de los próximos vuelos a Tokio. Mi avión llegará a Narita mañana en la madrugada.

Está bien. Iré por ti —se ofreció Naruto, sabiendo que era lo que necesitaba, pero que jamás lo pediría. Sasuke lo agradeció en silencio y se pasó una mano por la cara, tratando de despejarse un poco para evitar volver a pensar o mencionar a Ino.

—¿Alguna novedad? —preguntó entonces, refiriéndose a la compañía, pues no quería encontrar ninguna sorpresa desagradable al regresar a su vida.

Pues no mucho más que tu tío está hecho una fiera desde que desapareciste —bufó su amigo —Casi despide a Udon por no poder contactarse contigo, y a Kakashi por haber sugerido hacer un reporte policial. Tienes suerte de que no quieran involucrar a la policía o se armaría un gran escándalo.

—Hmp —gruñó Sasuke. Su tío era de verdad predecible.

Y los Haruno están furiosos, a pesar de que Madara les aseguró que no estás escapando del compromiso. Incluso amenazaron con ir con la prensa para demostrarle a todos que eres un novio sin honor, y que los Uchiha no tiene honor en general, y blá blá blá.

—¿Y qué inventó?

Que es tu viaje de despedida de soltero.

—Muy astuto —aceptó, viendo el sol elevarse cada vez más a lo lejos.

Sakura está muy molesta también, pero más que nada preocupada de que algo malo te haya pasado. ¿Por qué no la llamas? Si será tu esposa, es lo mínimo que puedes hacer.

—Tengo que llamar a un taxi del aeropuerto —respondió, ignorando su comentario deliberadamente. Se sentía culpable con Sakura, pero su cabeza era tal hervidero de sentimientos en esos momentos, que no quería añadir más problemas a su lista —Conseguiré un celular antes de tomar mi avión para avisarte cuando llegue mi vuelo.

—¿No quieres que envíe el jet de la compañía?

—No —bufó, deshaciéndose de la idea enseguida —Iré en un vuelo comercial. No me molesta.

Como quieras. Pero regresa a casa cuanto antes. La vida alrededor de Madara ya es demasiado horrible como para además soportarlo molesto por no saber dónde se esconde su heredero. Creo que el infierno sería más agradable.

Sasuke rió de lado, colgando la llamada sin despedirse. Nunca lo hacía, y a Naruto no le molestaba.

Llamó al aeropuerto y después de varios minutos intentado explicarles dónde debían ir a buscarlo, consiguió un taxi que llegaría por él al mediodía, así que solo tenía que esperar. Rechazó el desayuno que el anciano monje de la cocina le ofreció, y se negó a despedirse de las personas del pueblo porque no quería seguir en ese lugar ni un segundo más. Necesitaba poner la mayor distancia posible entre ese monasterio y él, olvidar lo que Shikamaru le había dicho y seguir con su vida, pues Ino ya no estaba, se había ido como Itachi, y como él jamás regresaría. No supo por qué eso le afectó tanto, y por qué seguía habiendo una parte suya que se negaba a aceptarlo, pero todo tenía sentido. Shikamaru no le había dado demasiados detalles, pero dijo que ella había muerto allí mismo, mientras volvía a casa después de visitarlo, y que sus restos se habían esparcido en las montañas, como era su deseo, seguramente por eso Udon no había conseguido información de su muerte al investigarla. Todo lo que Ino era se había desvanecido, y él había llegado demasiado tarde. Ya nunca podría gritarle a la cara lo mucho que la odiaba por lo que había hecho, se decía, intentando ignorar el hecho de que no era eso lo que más le afectaba, sino saber que no quedaba nada de ella en ese mundo más que recuerdos y sueños rotos. Solo eso.

Ino había querido conocer el mundo, y, al final, eso se la había llevado. Ya nunca sabría lo que había querido decirle al enviarle esa cuerda, ni por qué había seguido cuidando de su casa después de la muerte de Itachi. Ya nunca sabría por qué lo había dejado, ni por qué le había hecho creer que de verdad lo amaba para irse al final, cuando más la necesitaba. Ahora nada de eso tenía importancia, y era el momento perfecto para dejar ir todas esas emociones y recuerdos. Tal vez, una oportunidad de empezar de nuevo. ¿Por qué entonces no se sentía de esa manera?

Sasuke puso todo su esfuerzo en no pensar en eso ni mirar atrás mientras bajaba la montaña, con su mochila y guitarra al hombro, tal y como había llegado. El día era soleado pero agradable, el calor abrasador parecía un recuerdo lejano, parte de un sueño antiguo sin mucho sentido, igual que todos los sucesos que lo habían llevado hasta ahí. Solo eso, un sueño.

—Ey, Sasuke.

A mitad de camino, algo sorprendido, se encontró con Utakata, sentado bajo la sombra de un árbol con una flauta de madera que dejó de tocar para hablarle —¿Te vas ya?

—Ino murió —respondió Sasuke, en un tono mucho más afectado de lo que hubiera querido —Todo este viaje fue un estúpido error.

—Oh —respondió Utakata, sin decir nada más por unos momentos —Tú todavía sientes algo por ella, ¿no es así? Después de todo, hiciste un viaje muy largo solo para encontrarla.

Sasuke no respondió, ni para negarlo, ni mucho menos para confirmarlo.

—Ahora ya no importa —gruñó, pasando frente a él para seguir con su camino. ¿Qué más daba cómo se sintiera respecto a Ino? Todo lo que quería hacer era irse de ahí, pero eso no logró que su gesto se torciera con el dolor que solamente la pérdida de un ser querido trae a una persona; después de todo, había querido a Ino, la había querido tanto que, en otro tiempo, de verdad pensó que pasaría el resto de su vida con ella. Tal vez le debía al menos eso, recordarla como la chica alegre y sonriente a la que había amado, no como aquella que lo había herido y abandonado —Fue un placer —le dijo, despidiéndose de esa forma antes de seguir caminando.

—Todavía la amas —insistió Utakata, haciéndolo parar una vez más, pero solamente por un segundo. Sin embargo, antes de que Sasuke pudiera ignorarlo para seguir bajando la montaña, Utakata le habló una vez más, con su tono tan calmado como siempre —Ella no está muerta —le dijo, y entonces se dio la vuelta con tanta rapidez que casi se lastimó el cuello, pero no pudo evitarlo —Shikamaru mintió. Y yo también —añadió el muchacho, metiendo una mano dentro de su túnica, de donde sacó un sobre idéntico al que él había recibido en su oficina meses atrás. Sasuke entonces volvió a acercarse, demasiado confundido como para siquiera poder golpearlo o hacer algo. Solamente agarró la carta y la abrió; dentro había una hoja escrita con la letra de Ino, donde le contaba cómo había estado y algunas cosas sin importancia para él. Lo único relevante era la fecha, una semana atrás, y el lugar del que le había escrito.

—¿La India? —murmuró en voz alta, mirando a Utakata, todavía más anonadado que antes. Utakata bufó, cerrando los ojos unos segundos.

—No sé por qué Shikamaru dijo esas cosas, ni por qué me pidió que te mintiera también; obviamente no conozco toda la historia, pero sí sé que si hiciste un viaje tan largo solo para buscarla, entonces tal vez no deberías irte con las manos vacías.

Sasuke parpadeó, todavía sin entender nada.

—Pero ella... —el joven Uchiha frunció el ceño, todavía mirando la carta como si no pudiera acomodar sus pensamientos, pero sí sentir que la ira se esparcía desde sus entrañas hacia el resto de su cuerpo —¡¿A qué están jugando?! ¡No tenían el derecho de...!

—Te estoy diciendo la verdad ahora —respondió el otro chico, con gesto de enojo también —De verdad no me importaba tu historia con Ino, ni lo mucho que Shikamaru te odia. Pero te vi arriesgar tu vida por personas que ni siquiera conoces, y vi como trabajaste ayer, sin pedir nada a cambio. Por eso sé que, aunque Shikamaru crea que no eres bueno, en mi opinión, sí lo pareces, y quiero ayudarte, por eso te estoy dando una dirección.

—No —gruñó Sasuke, conteniendo sus ganas de volver a subir la montaña para golpear a Nara y a cualquier monje que se interpusiera —Si Ino no quiere que la encuentre, ¡pues bien! Ya me cansé de sus estúpidos juegos.

—Es una lástima —Utakata se encogió de hombros, levantando un poco la voz para que él pudiera escucharlo mientras se iba camino abajo —La India no está muy lejos de aquí.

—No me interesa —ladró, sin siquiera voltear esa vez.

—Entonces tal vez deba conservar la cuerda —Sasuke se paró en seco al escuchar eso, dándose vuelta al instante solamente para ver el delgado hilo de metal que brillaba en la mano pálida de Utakata.

—¿De dónde sacaste eso? —gruñó. Utakata levantó los hombros.

—¿De dónde crees?

—¿Qué es lo que quiere de mí? —preguntó entonces, casi jalándose de los pelos con frustración —¡Me envía una maldita carta para que la busque, pero le pide a sus amigos que la escondan de mí! ¡¿Por qué se empeña en volverme loco?!

Utakata frunció los labios e hizo un gesto, suspirando después.

—Quizá es algo que solo ustedes dos entenderían —opinó —Tal vez está dejando un rastro, por alguna razón que solo tú puedes descubrir.

—No me interesa. No más —repitió Sasuke. Utakata se acercó a él y dejó la cuerda en su mano, levantando los hombros después.

—Ella no quería dejarte —le dijo, parando a Sasuke una vez más, sorprendido por esa afirmación que no se esperaba —Y si crees, por un segundo, que quiso hacerlo, entonces tal vez de verdad no la merezcas —decidió, llevándose una mano a la cabeza en un saludo burlón —Que tengas buen viaje, Uchiha-san.

—¡Espera! —gruñó Sasuke, pero Utakata no se volteó ni él intentó seguirlo. Hubiera sido absurdo seguir con esa conversación sin sentido, y, aun así, Sasuke sentía que no habían terminado, pero su taxi del aeropuerto llegó, y no pudo ir tras su compatriota. Furioso, decidió que ya no sería parte del estúpido juego de Ino y sus amigos, así que se subió al taxi y apretó los puños, dándose cuenta de que todavía tenía la carta de Ino, el sobre con la dirección y la cuerda en su mano.

—¿Y qué tal su viaje? —preguntó el conductor en un inglés bastante fluido mientras la camioneta se alejaba más y más de las montañas. Y él gruñó como respuesta, dándole a entender de que no quería hablar ni que le hablaran —¿Al aeropuerto?

Sasuke abrió la boca para confirmar la orden, pero dudó por unos segundos, mirando la dirección escrita en el sobre una vez más.