NARUTO UZUMAKI

Mientras Harvey y yo nos agachamos detrás de los arbustos de lilas frente a la vieja y deteriorada casa, una fuerte brisa estalló sobre nosotros, revolviendo un lote de hojas muertas alrededor de mis rodillas y congelando mis brazos.

Había decidido que los abrigos estaban sobrevalorados después de la semana pasada. Le pregunté a Vern, mi nuevo padrastro, si me compraría una chaqueta siendo que el clima se había vuelto frío y el abrigo del invierno pasado ya no me quedaba. Me dijo que lo consideraría; si le chupaba la polla.

Así que ser un témpano humano no era lo peor que pudiera pasarme.

—Jesús, Naruto. —Temblando a mi lado, Harvey se envolvió con más fuerza mi abrigo del año pasado a su alrededor —ya que a él le quedaba bien— y se enterró en su calidez—. ¿Sentiste eso? Ella debe saber que estamos aquí fuera. Ya debe estar enviándonos algún tipo de hechizo vudú. Volvamos.

—Se llama viento, idiota. —Lo golpeé suavemente en la parte de atrás de la cabeza—. Dudo que pueda hacer que el viento sople. Y no nos iremos hasta que terminemos.

—Apuesto a que puede. Es una bruja. Puede hacer lo que sea. Solo mira lo que le hizo a Fūka.

Mis dientes se apretaron. Lo que le ocurrió a Fūka fue exactamente la razón por la que no me movería hasta que completara mi misión. No dejaría este lugar hasta que la bruja pague por lo que hizo.

Alentados por la nueva ola de rabia que Harvey inculcó en mí, apreté el agarre en el ladrillo que sostenía y salí corriendo de detrás de los arbustos. Cúmulos irregulares de hierba marrón muerta desnivelaban el terreno, pero ni siquiera eso impidió mi paso. Corriendo a toda velocidad, alcancé el enorme ventanal de la casa de Madame Biwako y jalé hacia atrás el brazo.

Ella entendería el mensaje que até en el ladrillo. Deja en paz a Fūka Mahone. Y más le vale cumplir. Fūka ya ha pasado por mucho.

Ella y yo no hemos vivido en la misma casa de acogida por cerca de un año, no desde que llamé a los trabajadores sociales en mi última familia de acogida y les dije lo que le ocurría. Pero nos hemos mantenido en contacto, y he estado pendiente de ella. Así que, cuando Harvey me dijo por qué se hallaba en el hospital, sentí como si le hubiera fallado. Nunca debí dejar que visitara a Madam Biwako, quien nunca le dio a nadie una agradable lectura de la fortuna. Debí haberla prevenido de alguna forma.

Pero lo hecho, hecho estaba, y yo tenía que calmarme con venganzas. Los fragmentos de cristales rotos me dijeron que mi venganza fue completa.

—Oh, mierda —La voz de Harvey llegó desde los arbustos—. Lo hiciste.

De verdad lo hiciste.

Mierda, de verdad lo hice. Nunca fui el perfecto niño del coro, pero este era mi primer trabajo de vandalismo. Pensé que me sentiría satisfecho. Reivindicado. Pero Fūka seguía en el hospital con las muñecas vendadas. Y yo era todavía un vago de mala vida que nunca había logrado nada. Madam Biwako no dudaría en seguir asustando niños, dándoles nefastas lecturas de la fortuna.

Me quedé allí como un completo idiota simplemente mirado las grietas extenderse por las partes del vidrio que seguían intactas. Pero ahora me sentía más enojado que antes porque romper la ventana no logró absolutamente nada.

La luz del pórtico de Madam Biwako se encendió, sacándome de mi estupor. Mientras la antigua puerta de entrada con la pintura desconchada se abría, Harvey gritó por mí. La ansiedad se disparó por mis venas en un lío de pánico; necesitaba llegar a él. Protegerlo.

Me tambaleé hacia él, pero para llegar allí, tenía que pasar por el pórtico delantero donde la bruja salía de la casa, cargando —mierda— una escopeta que lucía más grande que ella.

Patiné hasta detenerme tan rápido que las hojas muertas bajo mis pies cedieron, y me deslicé, cayendo con fuerza sobre mi trasero. Me detuve con una mano; clavando mis dedos en la fría tierra fangosa antes de encontrar el agarre suficiente para levantarme.

Mientras me mantenía ocupado sacudiéndome, Madame Biwako también se ocupaba cargando un cartucho en la recámara. El distintivo sonido de un arma cargada hizo eco en mis oídos hasta que fue todo lo que oí. Saltando en posición vertical, tropecé antes de recuperar el equilibrio. Si tan solo pudiera llegar a la esquina de la casa, estaba seguro que podría salir de su punto de vista el tiempo suficiente para encontrar una buena sombra oscura para escapar y ser capaz de evadir a la vieja loca.

Pero nunca llegué a la esquina.

Pisé algo sólido que hizo un ruido metálico antes de que cediera y succionara mi pie. Dientes filosos como un cuchillo mordieron mi tobillo y me atraparon. Grité mientras colapsaba. La tierra fría y húmeda me envolvió, y me acurruqué en posición fetal, aferrándome a mi espinilla. Oleadas de agonía golpeaban mi pierna mientras la trampa para tobillos me tenía prisionero.

—¡Naruto!

Pánico y miedo, la voz de Harvey envió otra dosis de terror hacia mí. Lo dejé seguirme aquí esta noche. Si algo le ocurría, sería mi culpa. Miré más allá de la bruja moviéndose poco a poco hacia mí, el cañón del arma apuntado entre mis ojos, y lo vi dudar en el límite de los arbustos, vacilando como si no quisiera dejarme atrás pero como si tampoco quisiera quedarse.

—Vete. —Me ahogué, haciéndole un gesto con la mano para que se fuera.

El chico no dudó. Se dio la vuelta y se fue.

Con él fuera de peligro, por fin miré a mi captor, listo para enfrentar mi destino. Tenía que ser la mujer más fea que haya visto. Su pelo gris rizado sobresalía en una silueta impecable con las luces de su pórtico brillando en torno a ella, dándole un aspecto como si hubiera puesto el dedo en una toma de corriente y la descarga eléctrica se había dividido hacia cada punta en una dirección diferente.

El vestido holgado que llevaba solo enfatizaba cuán ancha y encorvada era. Y sus lunares parecían piezas de fruta que se tambalean alrededor en un molde de gelatina. Vi como salpicaban su barbilla mientras se acercaba lo suficiente como para que pudiera ver su mueca arrugada y burlona.

La sangre me dejó un sabor cobrizo en la boca. Debo haberme mordido la lengua o el labio. Pero mis receptores de dolor se dispararon con fuerza en mi tobillo como para que sintiera malestar en otro lado.

El barro y las hojas marchitas se aferraron a mí mientras jadeaba en el suelo delante de ella, levantando la mirada con toda la valentía desafiante que pude reunir.

Arrastrando los pies más cerca, presionó el extremo del cañón contra el centro de mi frente con la suficiente firmeza que dejaría sin duda una marca en forma de anillo por días; si sobrevivía tanto tiempo.

Sabiendo que esto era probablemente el fin, cerré los ojos y apreté los dientes, con las fosas nasales dilatadas, porque no podía dejar de respirar tan fuerte.

Iba a morir. Aquí. Ahora.

Pero al menos sería rápido. Tal vez no sentiría nada. Esperaba no sentir nada.

La parte triste fue la sensación de alivio que me inundó. La patética excusa que era mi vida finalmente estaba terminada. No me importaba morir virgen o que Harvey, que era un año más chico que yo a los trece, ya hubiera tenido sexo con una chica antes que yo. Después de ser encadenado y obligado a mirar que violaran a Fūka demasiado seguido, me sentía un poco asqueado de todo el tema del sexo, de todas formas. Usar la mano y echarle un vistazo a las fotos de desnudos en las revistas servía para mía.

Sin embargo, existían otras cosas que quería intentar antes de morir. Conducir. Tatuarme. Crecer lo suficiente como para mudarme solo. O quizás encontrar una buena familia que me adopte.

De acuerdo, maldición. Mi vida debía estar pasando frente a mis ojos, porque no he pensado en quizás-una-buena-familia-que-me-adopte-y-me-ame desde que tenía nueve años. Era lamentable e inútil querer tal cosa.

—¿Lanzaste un ladrillo por mi ventana? —preguntó Madam Biwako, su voz gruesa y gutural, y casi imposible de entender. Empujó el cañón con más fuerza como si pensara que no tuviera ya toda mi atención.

—Sí —dije entre diente apretados—. ¿Le dijiste a Fūka Mahone que nadie nunca la amaría, y sería miserable hasta la muerte, joven y sola?

Los hombros de la vieja loca temblaron en lo que supongo era su versión de un encogimiento. —Como si supiera el nombre de una chica tonta que vino a que le leyera la fortuna.

—¿Así que le das esa lectura a todos los que vienen a ti? —Qué completa perra.

—Digo lo que veo. Nada más. Nada menos. Si tu amiga tuvo una mala lectura, entonces tu amiga es una chica mala. No le importa nadie.

—¿No le importa nadie? —repetí con incredulidad. La furia me llevó a apartar el cañón de mi cara para así poder darle toda la intensidad de mi mirada—. Sí, como no le importa, fue a casa después de lo que le dijiste e intentó suicidarse. Se cortó las muñecas y casi se desangró hasta que alguien la encontró. Si no le importara nadie o nada, ¿de verdad crees que se tomaría tus palabras tan en serio?

La bruja hizo un sonido de gorgoteo en la parte de atrás de su garganta como si no estuviera sorprendida de saber lo que hizo, como si no sintiera nada de responsabilidad o simpatía por la casi muerte de Fūka.

—¡Casi la matas, maldita loca! —Me moví de nuevo como el animal herido que era, herido y acorralado, luchando por mi vida.

En lugar de dispararme como quizá debería haber hecho, Madam Biwako retrocedió unos pasos hasta que estuvo fuera de mi alcance. Al mismo tiempo me di cuenta que se hallaba descalza, también me di cuenta de las lágrimas apelmazando mis mejillas.

Una extraña oleada de irrealismo pasó sobre mí, volviendo mi cabeza liviana y mareándome. Una mujer descalza estaba a punto de matarme, y yo lloraba como un bebé. Eso era tan jodido.

Mi visión se nubló. Parpadeé mientras Madam Biwako inclinaba la cabeza hacia un lado, estudiándome con intensidad.

—¿Amas a esta chica? —preguntó.

Descansé la cabeza en la tierra e hice un puño con la mano alrededor de un montón de césped. El dolor comenzaba a revolverme el estómago y a nublar mi pensamiento. Pero intenté pensar en una respuesta a su pregunta, rayos, no sé por qué. Tal vez me saque de mi miseria si le respondo.

¿Amaba a Fūka? Dios, no. La mayor parte del tiempo ni siquiera me agradaba. Aunque sobrevivimos al infierno juntos, y no le das la espalda a un compañero que sobrevivió al infierno. Ellos se vuelven parte de quien eras y te dejan atado para cuidarlos siempre.

—Ella está bajo mi protección —me las arreglé para responder, con las palabras mal articuladas por alguna extraña razón. No tenía idea de si el dolor me estaba golpeando, o si Madam Biwako me echaba alguna mierda vudú, pero no me gustaba estar tan vulnerable frente a ella.

Cuando dedos fríos y nudosos tocaron mi pulso, salté bajo la presión, pero no parecía poder librarme de ella. Girando la cara, abrí las pestañas y la miré. Ojos pálidos y acuosos me mantenían cautivo mientras miraban dentro mío.

—Tu amiga no se interesa demasiado, no —dijo ella—. Pero tú… tú sí.

Se me escapó una risa vacía. Aquí estaba, listo y dispuesto a morir, y ella me dijo que interesado. Sí claro, que no importe una mierda suena muy compasivo.

No tenía idea de qué le ocurrió a su arma, pero no se hallaba a la vista. Si la hubiera visto en ese segundo, puede que la hubiera agarrado y jalado el gatillo yo mismo. Pero éramos solo ella y yo. Sus extraños orbes azul pálido vieron todo y más, haciéndome temblar y desear que me matara de una vez.

—Por favor —rogué, mis palabras mal articuladas por la brisa fría.

—Has tenido una vida dura, pero posees un alma pura —dijo, ignorándome mientras le rogaba por la muerte—. La esperanza gotea de ti como agua en un cubo agujereado. Si se seca, te volverás duro y frágil. Como tu amiga. —Sus dedos cambiaron hacia mis ojos. Los cerré con fuerza justo antes de que presionara ambos pulgares en las cuencas.

—¿Qué rayos? —¿Intentaba sacarme los ojos? Eso parecía doloroso. Y yo solo quería que todo dejara de doler.

Agarré sus muñecas para alejarlas. —Suelta. —Pero tan pronto como mis dedos se cerraron alrededor de su piel que cubría huesos frágiles, algo pasó y no me podía mover. Mis dedos se cerraron alrededor de ella, y no podía alejarme, no podía atacar.

Estaba paralizado.

—No te preocupes. —Su voz se hizo eco en mis oídos como si hablara dentro de mi cabeza—. Te devolveré tu esperanza.

Ahí fue cuando ocurrió. No tenía idea de qué otra forma explicarlo salvo que fui transportado, succionado de mi cuerpo en ese suelo frío con mi tobillo en llamas y sangrando hasta que de repente, estaba cálido y seco, sin ningún dolor y estirado en una cama, desnudo mientras la piel más suave de una chica se deslizaba contra mí.

¡Guau! Tenía sexo con alguien en sábanas de seda y un colchón cómodo. Y joder. El sexo se sentía bien, después de todo. No era tan loco y pervertido como lo hizo parecer ese bastardo que violó a Fūka. Era dulce y caliente, y… muy, muy bueno. Mejor que bueno. Increíble.

Conectado a mi compañera de la forma más indecible, me enterré más profundo en ella. Sus afiladas uñas clavaron mi trasero para mantenerme allí. El deseo recorrió mi torrente sanguíneo mientras que el calor húmedo más dulce y apretado abrazó mi polla. El vínculo entre nosotros parecía fortalecerse en tanto su olor, su suavidad, sus sonidos guturales de placer atacaron todos mis sentidos. Eché un vistazo a la cara; era necesario saber su aspecto.

Ella era hermosa, tan hermosa. Tal vez en sus veinte, aunque tenía la sensación que yo también. Sonriendo, separó sus largas y oscuras pestañas para revelar el par de ojos más increíbles que he visto. Color gris malva, su color se desplegaba, volviéndose un brillante lila cerca de los anillos de los iris. No parecía posible que esos ojos pudieran cambiar en tonos de un color de esa forma, pero lo hacían.

Sus rasgos eran perfectos, combinando a la perfección con sus ojos únicos. Con piel oliva que no fue acribillada por ampollas y úlceras como la mayoría de las chicas drogadictas de mi barrio, se veía limpia y saludable. Pura.

—Lunita —dije, mi voz sorprendiéndome porque era más profunda y más de adulto que lo que había oído antes. Ya no tenía catorce años.

Ella sonrió y suspiró, mirándome como si…

—Te amo —dijo; en realidad diciendo las palabras en voz alta que tanto ansiada oír. Era la primera vez que alguien me decía eso.

Un escalofrío me atravesó. Abrumado por una explosión de calor y un deseo abrumador de repetirle las palabras, presioné la frente con la suya y bombeé las caderas con un ritmo antiguo que parecía tan natural como respirar. Su cálida humedad se aferró con más fuerza a mi alrededor y arqueó su espalda, golpeando un par de pechos llenos contra mi pecho mientras jadeaba y tiraba la cabeza hacia atrás.

Se estaba viniendo.

La vista más magnifica de todas.

No tenía idea cómo sabía lo que le ocurría, pero lo sabía, y el conocimiento estimuló la respuesta de mi propio cuerpo. Mis bolas se apretaron y mi polla comenzó a contraerse.

Antes de que pudiera seguirla en el olvido, fui succionado. Asustado, me aferré para volver a ella, la chica perfecta con el cuerpo perfecto que decía amarme.

Pero entonces, ahí se encontraba de nuevo. La cama bajo nosotros desapareció y ya no nos encontrábamos desnudos. Al menos seguíamos juntos —esta vez en un sofá— y mi pecho se sentía tan liviano y libre como en la última escena, como si no tuviera que preocuparme por nada. Era… mierda, era feliz.

También ella. Retorciéndose debajo de mí, trató de soltarse de mi agarre mientras se reía. Seguí haciéndole cosquillas porque me encantaba ese sonido, y juro que también la amaba. No tenía idea cómo lo sabía. Solo lo sabía. Ella era todo para mí.

—Naruto Sarutobi Uzumaki —me regañó—, te lo advierto. —Pero existía mucha calidez y alegría en su voz como para que fuera una verdadera amenaza.

Amaba tanto esto como yo. Mi cuerpo respondió, y me encontraba listo para más de ese sexo que decidí que después de todo no era tan malo.

Pero justo cuando me incliné para besarla, una vocecita preguntó—: ¿Mami? ¿Papi? ¿Qué están haciendo?

Me sorprendió mucho.

Giré la cabeza para encontrar a una niñita de cuatro, cinco, diablos, quizá seis años de pie en la entrada, mirándonos con curiosidad mientras abrazaba un cerdito rosado contra su pecho y se chupaba el pulgar. Era malditamente adorable. Sorprendentes ojos morados, , con el del mismo tono.

—Sumire. —La mujer gimió, incapaz de liberarse de mí—. Ayúdame, cariño. Hazle cosquillas a papi. ¡Atrápalo!

¿Papi?

Mis ojos se ampliaron, pero cuanto más trataba de abrirlos, menos veía.

Con un brillante destello de blanco, fui alejado de ambas chicas.

La mujer regresó, gracias a Dios. Tenía el cabello enrollado en moños de seda formales con perlas blancas trenzadas entre los mechones y un velo cayendo por su espalda. Tomé una respiración mientras veía el vestido de novia que usaba.

A nuestro alrededor, cientos de personas se volvieron un borrón distante mientras se apiñaban alrededor de un enorme recibidor justo cuando un DJ empezó una nueva canción. Nuestra canción.

—Y esta es para la feliz pareja. —El DJ me envió un asentimiento, diciéndome que era hora.

Ignorando lo duras que eran las hombreras de la chaqueta del esmoquin, extendí la mano a la rubia en el vestido de novia. —Señora Uzumaki —dije, sintiendo como si todo en mi interior fuera a explotar por mis poros—. ¿Puedo tener este baile?

Esta era mi esposa. Mi maldita esposa. No podía recordar sentirme más agradecido que en este momento cuando ella me sonrió y me dio su mano. La jalé cerca y di vueltas hacia la pista de baile mientras bajaba la boca hacia su oído.

—Lunita. Dios, te amo. Demasiado.

Cuando noté las letras N.A.R. . tatuadas en una prolija letra negra debajo de su oído, mi corazón latió con fuerza por la emoción que me atravesaba. Enterré la nariz en sus reflejos con perlas y aspiré el aroma fresco de lilas.

Ella presionó la boca contra mi cuello, y juro que la impresión de su beso me siguió mientras fui succionado a otra escena, un patio trasero con un vívido césped verde perfectamente cortado en un día cálido y soleado. Nunca viví en un vecindario con una tierra tan inmaculada, lo cual me hacía llenarme de orgullo porque sabía que era mi terreno. Mi hogar.

Me sentía malditamente feliz, incluso aunque el par de brazos escuálidos alrededor de mi cuello casi me asfixiaban. El peso del cuerpito presionado en mi espalda hacía que valiera la pena.

—Más rápido —animó la voz de un chico en mi oído—. Vamos, papá. Más rápido.

Así que giré más rápido, haciendo a mi chico reír mientras nos giraba en un círculo en este increíble y exuberante césped. El mundo a nuestro alrededor se volvió un dichoso borrón. Cuando por fin me detuve después de dejarnos mareados, me agaché, descansando las manos en mis rodillas así él podría deslizarse. Y la niñita de la visión anterior —Sumire— apareció inmediatamente ante mí, jalando de mi codo.

—Mi turno, ahora —rogó, era imposible el que diga que no—. Por favor, papi.

Pero desde la casa, la puerta de cristal corrediza se abrió y la mujer — Lunita— apareció en la abertura. Usaba una camisa rojo brillante que sobresalía por encima de su muy embarazado vientre, pero ella irradiaba un brillo jovial que hizo que todo dentro de mí se iluminara.

—¡Naruto! —gritó—. Boruto. Sumire. Hora de cenar.

Y solo así, la visión se había ido. En la siguiente, una máscara de papel sobre mi boca y nariz causó que mi caliente respiración humedeciera mis mejillas mientras que un espinoso gorro se envolvía alrededor de mi cabeza haciendo que me picara el cabello. Cuando entendí que llevaba ropa de cirugía, arqueé una ceja. ¿Qué demonios? ¿Era doctor ahora?

Pero esa voz —su intoxicante e increíble voz llena de amor— desde la cama de al lado me hizo girarme hasta que la vi. Mi Lunita yacía en una cama de hospital. Su cara estaba sonrojada y húmeda pero sus cansados ojos se encontraban iluminados con amor mientras me sonreía. Acunando y meneando un pequeño bulto en sus brazos, ella levantó al bebé.

—Naruto, ven a conocer a Himawari.

Un sentimiento de paz y alegría me llenó.

Antes de llegar a nuestra bebé, acuné la mejilla de mi esposa con la mano y solo la miré, tratando de trasmitirle cuanto la amaba. —Lo hiciste bien, Lunita.

Casi alcancé a mi hija, nuestra pequeña Himawari, cuando la oscuridad me tragó de vuelta.

Grité, luchando, desesperado por regresar a alguna de estas visiones, pero me encontré de vuelta en la fría y húmeda tierra del jardín del frente de la bruja.

Madam Biwako liberó sus dedos de mis ojos y me dejé caer sin fuerzas al suelo, estremeciéndome por la perdida y confusión. Manteniendo las pestañas cerradas, jadeé, dispuesto a que me llevara de vuelta a donde sea que me llevó. Pero el dolor en mi tobillo me mantuvo atado al amargo presente.

El arrastrar de pies a mi lado me dijeron que Madam Biwako se puso de pie y se iba, pero ya no me importaba. Mi cerebro se encontraba revuelto, cambiando entre el dolor en mi pierna y los recuerdos agitándose en mi cabeza.

—Ahí tienes. Ahora recuperaste tu esperanza. —Su harapienta y vieja voz me enfureció.

Abrí los ojos y logré mirarla. —Qu… ¿Qué era eso? ¿Qué me hiciste?

—Te di un atisbo.

—¿Me diste un qué? ¿Qué demonios es un atisbo? ¿Qué significa?

—¿Qué significa? —Ladeó la cabeza como si estuviera confundida por la pregunta—. Tal vez nada. Tal vez todo. Te enseña cómo será tu vida si la vives con el contenido de tu corazón.

Mi ansioso corazón palpitó más fuerte en mi pecho. —¿Así que… Así que eso es lo que me sucederá? ¿Ese es mi futuro?

Mierda. No parecía posible. Nunca había hecho nada lo suficientemente bueno para merecer una vida como la del atisbo. La euforia rugió a través de mis venas hasta que la jodida bruja meneó la cabeza.

—No. Es solo tu futuro si vives con el contenido de tu corazón —repitió solemnemente.

—Entonces… —Tragué saliva, queriendo negarlo—. ¿No es verdadero?

¿No sucederá?

Más lágrimas llenaron mis ojos. ¿Nunca conocería a esa chica? ¿Nunca tendría un hermoso patio trasero con césped? ¿Nunca tendría tres perfectos niños que significarán el mundo para mí? ¿Nunca pertenecería a una familia?

—No conocemos el futuro. Solo te mostré lo qué podría pasar si vives felizmente para siempre. Es cosa tuya hacer que suceda.

—Pero… —Llegué a ella, desesperado por respuestas—. ¿Cómo lo hago? Ni siquiera conozco a esa chica. Nunca la he visto. ¿Cómo la encuentro?

La bruja se encontraba ocupada recogiendo su escopeta del suelo. Pero se detuvo con mis preguntas frenéticas. —¿Chica?

—¡Sí! La chica. La chica que me mostraste. ¿Quién es? ¿Es una persona real?

Con una confundida sacudida de cabeza, la vieja bruja me miró como si estuviese loco. —Te mostré solo a ti. Cinco atisbos de ti. Eso es todo. Si viste a alguien más en una de tus visiones, eso significa que amas a esa persona.

—Pero yo… Ella estaba en todas, no solo en una.

Parándose cerca, Madam Biwako me observó como si fuera una especie nueva de la que nunca había oído. —¿Puede ser? —susurró con temor.

—¿Qué? —demandé, casi en pánico. Quería saber más acerca de esa chica y cómo podría vivir la vida con ella donde fui tan malditamente feliz. Nunca estuve tan contento.

Madam Biwako sacudió la cabeza como si fuera incapaz de creer lo que se encontraba a punto de decirme. —Un alma gemela —dijo con un tono áspero—. Cuán raro.

—¿Qué? ¿Ella es mi alma gemela?

Me sentía un poco mareado por la idea. Un alma gemela sonaba bien. Alma gemela, alguien que me ame, un futuro feliz, un lugar al cual pertenecer. Familia. Ahora, todo lo que tenía que hacer era encontrarla.

Pero la jodida vieja bruja me miró preocupada. Me agarró el brazo. — Encuéntrala —me dijo, con urgencia en su voz—. No están completos hasta que las dos mitades estén juntas. Eres solo la mitad de un alma.

Saqué mi brazo de su agarre. —Bueno, ¿dónde está?

En lugar de decirme, retrocedió como si estuviese contaminado. Pisando algo junto a mi tobillo, encontró la trampa en la que me había atascado. Grité por el flujo de sangre que salió de la herida y creaba un montón de presión. A medida que apretaba los dientes y agarraba mi pierna, Madam Biwako me dio la espalda.

—Vete ahora —dijo, como si tuviera miedo de mí—, no vuelvas.

—Pero… ¡espera! ¿Cómo la encuentro? ¿Cuál es su nombre? —Cuando ni siquiera se detuvo, gruñí de ira y dolor—. Maldita sea. ¿Puedes hacer algún hechizo para traerla aquí? Simplemente quiero lo que me enseñaste. —¿Por qué me mostraría eso si no me ayudaría a conseguirlo?

Cuando alcanzó el pórtico, miró hacia atrás. —Ningún hechizo puede tocar esto. Es más grande que cualquier hechizo. Es el destino.

Antes de que pudiese decir nada más, se escabulló dentro de la casa y azotó la puerta, dejándome para encontrar mi camino a casa con un tobillo malo.

Aunque no era más un prisionero contenido, me quedé ahí. Respirando fuertemente y confundido en más de una forma, me aferré a mi lesión y llené mi cabeza con todos los malditos atisbos que la bruja me había dado. Una fría gota en mi cara me dijo que empezó a llover.

Sabía que nunca sería el mismo. Hasta esta noche, me había convencido que mi vida siempre sería horrible y sin esperanza. Pero los atisbos de Madam Biwako empeoraron todo. Porque ahora quería algo. Lo quería tanto que lo podía saborear. Quería ese futuro y un felices para siempre. Y si nunca hallaba a esa chica, si nunca encontraba, aunque sea una porción de esos atisbos, la decepción probablemente me mataría.