HINATA HYUGA
Cinco años después del prólogo de Naruto…
Me colé por la puerta trasera una hora y media después del toque de queda. Alguien había apagado las luces en la cocina, así que esperaba que todos ya se hubiesen ido a la cama.
Para asegurarme aún más, me quité las sandalias con los tacones extra incómodos que eran súper ruidosos y caminé descalza sobre las frías baldosas. Pero cuando alcancé la entrada para la sala trasera, noté que la luz en la oficina de papá estaba encendida.
También dejó la puerta apenas abierta, y cuando nunca lo hacía, por lo que imaginé que me esperaba, tratando de atraparme llegando tarde. Otra vez. Un escalofrío de terror recorrió mi columna mientras mi cuerpo se enfriaba.
Aunque el miedo me aceleró la respiración, no iba a rendirme en tratar de colarme. De puntillas, contuve mi respiración y traté de convertirme en uno con el piso. Había llegado a la alfombra oriental cuando me delató el primer crujido debajo de mis pies. Me detuve, cerrando mis ojos y maldiciendo en mi cabeza.
Por favor, que no haya oído eso. Por favor, por favor, por f…
—Hinata —el barítono que odiaba más que todo en el mundo retumbó desde la oficina, haciéndome saltar—, ven aquí. Ahora.
Por el más breve momento, consideré correr. Tal vez podría correr más rápido que él esta vez.
Tal vez…
Mordí mi labio y sacudí la cabeza. Correr era malo. Solo vendría por mí; al hijo de puta le encantaba los retos. Y me atraparía, siempre me atrapaba y siempre terminaba peor cuando pasaba.
Pero últimamente había sido capaz de hablar para sacarme del apuro. Tal vez podía razonar con él esta noche.
Tragando el temor atorado en mi garganta, llevé mis hombros hacia atrás y levanté la barbilla con toda la falsa confianza que podía demostrar. No tenía confianza en nada, especialmente en mí misma desde que tenía doce, desde la primera noche que se coló en mi cuarto. Así que pretendí mi confianza, todo el camino hasta su oficina.
Apreté los dedos sobre la fría superficie de su puerta y la abrí solo lo suficiente como para deslizarme dentro.
Cuando vi la licorera de whiskey en su escritorio al lado del vaso de cristal lleno de hielo y del temido líquido ámbar, mis esperanzas se rompieron. Me moví un paso en reversa.
Sí, de ninguna manera iba a hablar con él esta noche, no cuando bebió eso. Mi respiración aumentó su ritmo. Pasaron cuatro meses desde la última vez que me tocó. Fueron unos buenos cuatro meses. Quería hacerlos cinco meses. Me cortó con una mirada letal cuando retrocedí otro paso.
—Siéntate.
Mis manos se apretaron en puños a mis costados. Oh, cómo quería desafiarlo. Cómo quería escupirle y decirle que se fuera a la mierda. Pero con solo levantar su ceja, me tenía quieta, cautiva. Estaba indefensa, para obedecer sus mandatos. Surgió un impulso por envolver las manos a mi alrededor y esconder cada pedazo de piel expuesta. No pretendí que me viera vestida así; vestía una corta y ajustada falda, y una blusa de tirantes para todos los chicos que estuvieron en la fiesta a la que asistí. Quise que me vieran y me desearan. Había necesitado que uno de ellos me llevara a una esquina privada y borrara los inquietantes recuerdos de otras horribles manos.
Obtuve lo que quería, pero ahora parecían estar regresando para morderme.
No me importaba que mis amigos me llamaran zorra a mis espaldas, o que solo tuviera catorce, un mes antes de entrar a la secundaria, pero tenía más actividad sexual que la mayoría de las chicas de veinte años. No era como si fuera pura de cualquier forma y necesitara preservar la santidad de mi intocado cuerpo. Mi querido y viejo papá se aseguró de que no fuera por más tiempo virgen.
Solo ansiaba el vacío de felicidad que se apoderaba de mí cada vez que un chico me tenía a solas. Podía escapar dentro de un lugar seguro en mi cabeza donde nada me tocaba mientras torpes manos hacían lo que sea que quisieran. Por poco tiempo, me sentía libre en ese lugar. Libre de todo. Sobre todo, de él.
—Dije que te sentaras —gruñó.
Mis nervios temblaban bajo su tono duro, pero malditamente me aseguré de parecer exteriormente imperturbable. Él podría herirme físicamente todo lo que quisiera, pero aún así tenía algo que no podría tocar. Actitud.
Lanzando mi cabello negro azulado sobre el hombro, me acerqué al sofá contra la pared y me acomodé en el cojín suave. Cuando su mirada se deslizó sobre mis piernas cruzadas, quise vomitar toda la cerveza que bebí antes de que dejara a Hidan Taka explorar debajo de mi falda.
Me burlé y miré hacia mis cutículas. —Cuando termines de comerte con los ojos a tu propia hija, estoy lista para el sermón que sé que estás muriendo por darme.
Aunque me escocían esas palabras, mi corazón saltó a mi garganta. Nunca fui tan cobista e intrépida con él. Con el resto, sí. Con él, no. Pero creo que nunca estuve tan intoxicada cuando me agarraba a solas. Su mandíbula se endureció. Después de coger su bebida y tomarse el resto de su contenido, golpeó el vaso contra su escritorio.
—Pensé que ya habíamos hablado de esto. No eres realmente mi hija, ¿recuerdas?
Ah, sí. Dejó bastante claro la primera noche que se coló a mi cuarto, justo después de tener una pelea con mamá y saber que uno de sus amantes me trajo a este mundo. Todo fue en venganza contra ella. Y consiguió enfurecerla. Los escuché discutiendo acerca de ello muchas noches, pero nunca concluían con ella dejándolo, o sacándome de sus garras y salvándome
Un matrimonio en nuestro barrio respetado y de gente rica, no debía terminar en divorcio. Esposos y esposas simplemente tenían armarios más grandes así podían esconder más de sus esqueletos y los secretitos sucios.
Y entonces mi madre siguió durmiendo aquí, mi padre siguió bebiendo y visitando mi cuarto porque imagino que una vez que consiguió una probada de la niñita, simplemente no pudo parar. Y yo me convertí en alguien que ni reconocía, ni me gustaba.
Le mandé una pequeña sonrisa. —Sí, porque llamarlo abuso sexual y pedofilia suena mucho mejor cuando no tiene que ver con el incesto.
El resto del mundo lo consideraba mi padre biológico y él era la única figura paterna que conocí, así que para mí, era igual de malo. Igual de asqueroso. Igual de traumático.
Estrechando los ojos, tamborileó sus dedos en contra del vaso vacío. — Ten cuidado, Hinata. O le daré un mejor uso a esa boca inteligente.
Me atraganté un poco en mi propio vomito. A pesar de querer retroceder y acurrucarme en un ovillo hasta que finalmente me dejara sola, mantuve mi espalda recta como un palo mientras miraba hacia atrás.
No. No iba a doblegarme más ante él. Y el licor que fluía a través de mis venas me estuvo proporcionando todo el coraje y valentía que necesitaba. Así que seguí cavando mi propia tumba con más actitud.
—Oh, lo siento. —Puse los dedos sobre mi pecho con arrepentimiento sarcástico—. ¿Te ofendió mi honestidad? —Dejé caer mi mano tan bien como el falso encogimiento de disculpa y me encogí de hombros—. Supongo que has agotado todas tus tácticas de intimidación sobre mí. Ya no estoy así de asustada por ti.
—¿Es eso entonces?
Cuando se paró lentamente de su silla, el aire escapó de mis pulmones, reemplazado con miedo tan espeso que no podía respirar. Jodida actitud. Ya no era gracioso. Pero no estaba segura de qué hacer, así que permanecí sentada en mi casual e indiferente posición, incluso cuando mi cabeza se fue mareando por el terror y mis instintos me dijeron que corriera.
—Bueno, vamos a ver. —Envolví mi dedo a través de mi largo cabello e incliné mi cabeza, como pensando—. No puedes decirme por más tiempo que todo el mundo sabrá que tan mala chica soy si les hablo de ti. Ya piensan que soy la zorra del milenio. Y no puedes usar a mamá en contra mío. A ella nunca le importó lo que me hiciste. —Mientras me agitaba, se arrastró lejos de su escritorio y avanzó desconcertantemente cerca—. Creo que podrías dejar de poner dinero en mi cuenta, pero entonces solo iría a la policía. E incluso si no me creyeran, el mero hecho del escándalo tal vez arruinaría tu carrera. Por lo que ya ves, anciano, ahora sostengo todas las cartas.
Estaba alardeando. Nunca iría con la policía. No quería que nadie supiera lo que me había pasado, menos un manojo de oficiales que podían hacerlo público.
Pero mi padre no lo sabía. Se abalanzó hacia mí.
Dejé salir un grito que no tuve planeado y volé fuera del sofá. Mi lucha hacia la puerta fue disuadida cuando mis pies desnudos se resbalaron con el pulido suelo de madera. Me caí y golpeé la rodilla contra un sólido tablón. El dolor hizo que mi estómago se revelara, pero estaba tan desesperada por escapar, que seguí de igual manera.
Me golpeó contra la puerta.
Surgiendo frente a mí, cerró la puerta con su espalda, encerrándome con éxito dentro de la oficina. Este era su método. Le gustaba jugar a la araña y dejarme cautiva en su red antes de atacarme.
Me detuve, respirando fuerte mientras todo mi cabello volaba hacia mi cara. Moviendo los ojos, lo miré mientras él me enviaba una mueca triunfal.
—Ahora, ¿Qué decías acerca de no temerme? —Se alejó de la puerta hacía mí y no pude evitar encogerme hacia atrás—. Y ¿qué era eso de no estar intimidada?
Apreté lo dientes y levanté la barbilla mientras retrocedía con cada paso que se acercaba.
—Púdrete. Eres un perverso y asqueroso viejo verde y me enfermas.
El insulto solo le causó risa. Estaba soltando la última pizca de rebeldía y él lo sabía. —¿Dónde fuiste esta noche, Hinata?
—Fuera de esta casa —gruñí—, lejos de ti. Eso es todo lo que importa.
Dándome cuenta de que me acorraló en la esquina de la estantería, dejé salir un gemido que solo iluminó sus ojos. Estaba llevándose mi actitud, mis agallas. Lo único que podía controlar se deslizaba a través de mis dedos.
—Bebiste en esa fiesta —dijo, cerniéndose a centímetros de distancia y haciendo que mi respiración se saliera de control—. Puedo olerlo. ¿También tuviste sexo?
Quería seguir siendo la Valiente y Desafiante Hinata y sisear algo como:
¿Qué? ¿Estás celoso? pero con él tan cerca, mi coraje huyó junto con mi boca rápida e insolencia. No era más que una patética bola temblando de angustia. Y lo odiaba por eso.
Su mirada cayó sobre mi escote. Estremeciéndome, incliné la cabeza y envolví mi pecho con los brazos. También odiaba haberme desarrollado temprano. Odiaba mis pechos de copa D. Y odiaba como él siempre los miraba.
—Sé lo que estás tratando de hacer, muñeca. —El whiskey en su aliento me ahogó e hizo que mis ojos se llenaran de agua—. Crees que estar con todos esos chicos puede limpiarme de ti, pero no lo hará. Siempre estaré ahí. Siempre seré tu primero. Mi toque te manchará por siempre.
Cuando sus dedos se movieron sobre mi hombro y hacia abajo por mis brazos en una suave y viscosa caricia, enloquecí.
—¡No!
Sin ningún lugar para huir, peleé, moviéndome y golpeándolo en la cara.
Había olvidado que seguía sosteniendo las sandalias con un agarre de muerte. El duro y puntiagudo tacón lo golpeó en la mejilla, lanzando su cara de lado y dejándole una herida que me puso los ojos amplios y desorbitados, y mi boca se abrió por el shock.
Oh, mierda. Nunca lo golpeé. Iba a matarme por esto.
Rugió furioso y levantó la mano hasta su mejilla. Mientras su atención se enfocaba lentamente en mí, retrocedí más contra la esquina, agazapándome allí. Bajó la mano y miró la sangre en sus dedos. Cuando vi temblar su brazo, la esperanza surgió dentro de mí. Lo asusté… o algo, algo lo suficientemente impactante para darme un poco de esperanza. Un poco de poder. Blandiendo mi sandalia de forma amenazante, me abalancé hacia adelante, haciéndolo tambalearse lejos.
—Nunca volverás a tocarme, ¿me escuchaste?
—Perra. —Hirviendo, se llevó los dedos hasta su cara y aplicó presión a la herida, causando que la sangre brotara de los lados—. Eres igual que tu madre. Soy el jefe de esta casa y si haces algo para avergonzarnos, me aseguraré de que te arrepientas por el resto de tu vida. ¿Me… escuchaste?
No respondí. Estaba demasiado ocupada rodeándolo hasta que estuve cerca de la puerta. Entonces me di la vuelta y corrí hasta la salida. Una vez que salí de su oficina, solté los zapatos y continué por las escaleras. No me detuve hasta que estuve en mi cuarto y me encerré dentro. Alejándome de la puerta cerrada, moví la mano hasta mi boca, esperando que él viniera golpeando y gritando. Tenía una llave; podía entrar si quería.
Pero no lo hizo.
Después de que nada ocurrió por unos cinco minutos, me metí en el colchón y me abracé, temblando incontrolablemente. Luego me acurruqué en bolita y descansé la cabeza en una almohada, permitiéndome caer a la deriva y soñar. No estaría aquí para siempre. Algún día dejaría esta casa. Dejaría Suna. Y sería libre. Sería lo que quisiera ser.
Solo tenía que ser paciente y esperar. Pero pasaría.
Tenía que, de otra manera, ¿Cuál era el punto en sufrir todos estos días?
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Continuara….
