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5 años después del prólogo de Hinata:
El presente….
Hinata
Todos los hombres eran unos bastardos.
Mientras observaba como el novio de mi prima comenzaba a perder los estribos, froté mi hinchado estómago, aliviada de que el bebé que crecía en mí fuese una niña.
De acuerdo, bien. Lo habría amado sin importar su sexo. Creo que era imposible no amar a esta cosa creciendo ahí que se movía día y noche, y tenía hipo en las horas más extrañas, o saltaba cuando un sonido fuerte la sobresaltaba. Pero al menos estaba aliviada de no tener que verlo crecer para convertirse en uno de los bastardos.
—Solo estoy diciendo —masculló Sai entre dientes mientras agarraba su cabello y paseaba por la pequeña cocina—, no podemos permitirnos seguir comprando toda esta mierda de bebés para Hinata. ¿Para qué necesita un cambiador de pañales? ¿Por qué no puede cambiar un maldito pañal en el suelo, o la cama, o demonios... en cualquier lado?
Le concederé esto; él había durado más de lo que yo esperaba. Pero eventualmente, cada chico tenía un punto de ruptura dónde no podía aguantar más. Él tenía que saliera dejar que su lado bastardo. No podía esconderlo por siempre.
Cruzando los brazos sobre mi pecho, lo miré mientras Ino —mi prima, mejor amiga, heroína personal y la novia de Sai— se sentaba en la mesa de la cocina, luciendo culpable mientras se acurrucaba en la silla, abrazándose a sí misma. Odié lo mal que la estaba haciéndose sentir cuando yo fui la culpable y le rogué que me comprara el estúpido cambiador de pañales, porque hacía juego con la cuna que ellos me habían comprado, y yo... demonios, solo quería lo mejor para mi bebé.
Pero seguía olvidando que ya no era una mimada niña rica, y el dinero en este hogar no fluía como el agua, como lo había hecho en mi antigua casa. Me tomaría tiempo darme cuenta de que ya no tenía el dinero de papi para desperdiciar. Excepto que deseé apurar el paso y enderezarme a mí misma porque odiaba ver como Ino asumía la culpa por mis transgresiones derrochadoras.
Abrí la boca para defenderla, pero ella me cortó con una mirada rápida y mortal. Prometí antes de mudarme que jamás interferiría en ninguna pelea que tuviese con su novio, promesa que no había sido difícil de mantener, porque en general Ino y Sai eran asquerosamente felices juntos. No parecía normal que rara vez pelearan.
Y por eso confiaba en Sai menos que en nadie. Justo como mi padre, él podía mostrar una buena fachada. Podía sonreír y batir sus pestañas de niño bonito y la gente lo adoraba. En público, no cometía ningún error. Incluso Ino lo adoraba como si fuese una especie de maldito santo.
Pero sabía que debía tener un bastardo escondido dentro de él. Tenía un pene; era inevitable. Y ya que era tan bueno escondiendo su interior podrido, era especialmente cautelosa con él.
Incluso había sido un completo caballero conmigo una noche en una fiesta, un año atrás, cuando traté de meterme en sus pantalones... tiempo antes de que Ino lo conociera, por supuesto.
Había escuchado los rumores.
La gente decía que era un gigoló, tenía sexo con las mujeres por dinero. Eso por si solo lo iluminó en mi radar como un candidato para sacarme de mi lugar seguro y entumecido. Pero luego él me rechazó, y había sido malditamente agradable. Me dijo que estaba demasiado borracha, e incluso me ofreció llevarme a casa. Ahí fue cuando supe que era el peor de todos. Él era otro Bradshaw Hyuga, un bastardo escondiéndose bajo la máscara de un caballero.
Había estado viviendo aquí con Ino y Sai desde hace tres meses. Y cada noche, me quedaba despierta hasta tarde, esperando por ese inevitable momento cuando Sai trataría de entrar en mi habitación y se pondría manoseador. Como mi padre. Incluso apilé latas de soda vacías frente a mi puerta para que hicieran un escándalo y despertaran a Ino. Ella podría pillarlo en el acto y patear su trasero bastardo de una vez.
Pero él jamás había hecho algo contra mí.
Después de tres meses ocupando el mismo apartamento que él y cuando no había intentado ninguna maldita cosa, comenzaba a preguntarme si quizás, posiblemente, había unos buenos chicos en el mundo después de todo.
Pero luego ocurrió esta noche. Cuando Ino abrió la factura de la tarjeta de crédito, enloqueció completamente, y ahora estaba solo a minutos de revelar su idiota interno. Una vez que lo hiciera, todo estaría bien en el mundo otra vez. Volvería a saber algo de lo que estaba segura: todos los hombres eran bastardos.
—Lo siento —dijo Ino, sus ojos azules nadaban en miseria cuando ella lo miró—. Podemos devolverlo, lo juro. Simplemente me dejé llevar. Quería que su bebé tuviera de todo y fuese muy mimado.
Esa era otra razón por la que amaba a Ino. Ella ya adoraba a mi niñita tanto como yo.
—Pero no es nuestro bebé —murmuró Sai—. Es de ella. —Me dedicó una mirada de desprecio, y podía sentir cuanto le molestaba tenerme aquí.
Nunca sabría cómo Ino le pidió que me dejara mudarme en su cómodo apartamento dúplex de dos habitaciones. Él jamás me había hecho sentir bienvenida, aunque no lo culpaba. Había invadido completamente su nidito de amor y arruinado su "felices para siempre". También estaría resentida conmigo misma. Me ignoraría cada vez que fuese posible. Y cuando estuviese obligada a tratar conmigo, también me trataría con frío desdén.
Eso me parecía bien; él podía odiarme todo lo que quisiera. Pero no tenía permitido tratar a Ino con nada menos que absoluta adoración.
Excepto que no me gustaba a donde se dirigía esta conversación.
—Ella debería ser quien se preocupa de esa mierda. Ya estamos dándole un techo sobre su cabeza, todas sus necesidades, comida, todo. Y ni siquiera podemos permitirnos eso.
—Lo sé. Lo sé. —Ino comenzó a retorcer sus manos. Hacía que mi piel picara de ver lo apaciguadora que estaba siendo—. Quizá puedo... encontraré un trabajo. Algo que pague.
Ella ya cuidaba a la hermanita de Sai en medio de sus cursos de la universidad, pero desde que comenzaron a salir y se mudaron aquí desde Florida, jamás había cobrado por cuidar a Moegi.
—No —murmuró Sai con un gruñido enojado mientras se apartaba y frotaba las manos sobre su cara—. Tu tiempo ya está tan ocupado como puede estarlo. No quiero que nada más interfiera en tu trabajo escolar.
Oooh, ahí iba, tratando de actuar como un chico bueno, pretendiendo querer lo mejor para Ino. El bastardo. Determinada a dejar salir su monstruo interior, finalmente hablé.
—Bueno, creo que yo podría encontrar un trabajo. —Abrí los brazos, para poner mi grande y embarazado vientre en escena—. ¿Qué crees? Si hiciera como tú y me vendiese a mí misma en la calle, ¿compraría alguien una hora conmigo en estas condiciones?
Sabía que eso era un golpe bajo; en serio debería conseguir mi misión. Pero, además, mis palabras estaban completamente fuera de lugar. Otra regla que Ino había adherido antes de dejarme vivir con ellos era que nunca jamás mencionara lo que él había hecho antes de que se mudaran aquí. Pero quería llevarlo al límite, para que mi prima se diera cuenta de lo bastardo que era realmente.
Me di cuenta de mi error un segundo muy tarde, en el momento en que Ino jadeó y puso las manos sobre su boca.
Sai me cortó con la mirada. Me miró tan intensamente que aguanté la respiración esperando a que él por fin perdiera los estribos. Mi cerebro revisó la cocina, preguntándose qué tipo de artefacto usaría para defenderme si se pusiera violento. Su ceño fruncido me dijo lo mucho que quería torcerme el cuello.
Pero en lugar de hacer o decir algo, se alejó. Con los hombros rígidos y las manos empuñadas en sus costados, se marchó de la cocina, a la pequeña sala de estar y abrió la puerta principal.
Ino saltó de su asiento. —¿Sai?
Él paró como si el temblor en su voz asustada lo mantuviera cautivo, pero no se dio la vuelta. Levantando una mano sobre su hombro, y dijo—: Tengo que irme. —Luego huyó del apartamento. Ni siquiera golpeó la puerta tras él.
Tanto Ino como yo nos quedamos boquiabiertas en la puerta cerrada. Bueno, sin duda no esperaba que él hiciera eso. Lo empujé más allá del límite. Lo enojé lo suficiente como para que dejara salir a su bastardo, pero él eligió alejarse en vez de responder.
Mierda. Eso no era bueno. Sin dudas, un bastardo hubiese respondido.
¿Por qué no había peleado conmigo? ¿Por qué no me había llamado perra? ¿O golpeado? ¿O echado?
Todo estaba mal.
Ino se volvió hacía mí, con los ojos desorbitados. Di un paso atrás. Oh, doble mierda. Ella estaba más que enojada.
—¿Por qué has hecho eso? —gritó—. ¡E.! Te dije que jamás mencionaras algo que tuviese que ver con eso. Sabes cuánto le molesta.
Envolví los brazos protectoramente alrededor de mi estómago, a pesar de no tener idea del por qué. Ino no haría nada para dañar a mi bebé. Simplemente no pude evitarlo. Los viejos hábitos tardan en morir.
—Él... estaba siendo un idiota contigo.
—No, no es así. Estaba molesto por la factura de la tarjeta de crédito... por una maldita buena razón. El dinero es un asunto delicado para él.
Ya sabía eso. Ino me había confiado hace unos meses por qué Sai se había convertido en un prostituto, cómo había sentido la necesidad de velar por la seguridad de su familia y como su casera lo había chantajeado para que le sirviera.
Del modo en que ella lo decía todo sonaba heroico, haciéndolo parecer un chico muy bueno. Pero yo estaba tan inmersa en mi teoría de que dentro de cada chico había un despiadado, malvado y astuto bastardo, que no podía pensar en él en términos nobles.
Pero ahora que él había optado por no liberar su ira en mí, me sentía confundida.
—Nunca debí haber traído ese estúpido cambiador. Diablos, ni siquiera tenemos pañales. ¿Cómo demonios vamos a usar un cambiador si no tenemos pañales?
Mi garganta se sentía en carne viva mientras la miraba descomponerse. Eso no era su culpa. Era mía. Cada asunto estresante para ella en los pasados meses era mi culpa porque yo me encontraba aquí, invadiendo su espacio y molestándola a ella y a su novio.
Pero empujé mi culpa a un lado porque saber que debería hacer, dejarla y tratar de arreglármelas por mi cuenta, me asustaba demasiado.
—No puedo creer que se fuera —dije, aún sorprendida.
—Yo tampoco. —Ino levantó su rostro y me inmovilizó con una mirada extraña como si una nueva idea la hubiese llegado justo antes de que todo el color abandonara su rostro—. Oh, Dios... Y si... ¿Y si nunca regresa?
Comencé a negar con la cabeza. Imposible. Sai era tan adicto a Ino como ella a él. Bastardo o no, nunca la dejaría. Pero hoy había sido un punto de ruptura para él. Quizá no podría perdonarla por dejarme vivir con ellos. ¿Y si, por mí, no pudiera seguir con esto?
Ino debió haber visto la preocupación en mi rostro, porque dejó salir un gemido y se hundió en la silla de la cocina, cubriéndose la boca con sus manos.
—¿Ino? —Di un paso hacia ella con mis brazos abiertos—. Lo siento.
Lo siento mucho.
No me disculpaba muy seguido, casi nunca, pero por Ino, lo haría. Ella era la única persona en la tierra, además de la pequeña niña nadando en mi vientre, a quien amaba.
Pero ella sostuvo su mano en alto, despidiéndome.
Me detuve de golpe, mirando con impotencia mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. —Solo déjame sola.
Retrocediendo para respetar sus deseos, me retiré a la puerta donde había visto su pelea con Sai. Pero eso no era suficiente para ella.
—Vete... lejos —gritó.
Corrí alrededor de la esquina y presioné mi espalda en la pared en cuanto ella no me veía. Luego me deslicé hacia abajo hasta que estuve sentada y la escuché llorar en sus manos. Abrazándome a mí misma, solo me senté ahí, sintiéndome como la mierda y acariciando mi estómago para mi propio confort.
Ino había ido más allá por mí; jamás debí haber roto sus reglas.
Por otra parte, probablemente no estaríamos en esta situación si ella no hubiese venido a Suna.
Tenía todo planeado. Algunas de mis cosas se hallaban discretamente empaquetadas, había escondido el dinero y mi plan de escape estaba completo. Tan pronto como me graduara de la secundaria, iba a dejar a Bradshaw y Madeline Hyuga de una vez. Iba a ser libre.
Pero luego Ino se metió en problemas. Su novio perdedor de aquellos tiempos; otro bastardo, por supuesto, trató de matarla, y ella necesitaba un lugar seguro hasta que todo terminara y él fuese puesto finalmente tras las rejas.
Me había reído cuando escuché eso. ¿Lugar seguro? ¿Aquí? Lo que sea. Pero mi mamá ya había hecho planes con su hermana, la madre de Ino, y vino a la casa Hyuga para quedarse con nosotras lo aprobara yo o no.
Bien, no lo aprobé. No quería a la dulce, inocente y amante de la diversión, Ino cerca de mi padre. De alguna manera convencí a mi madre para que ella se quedara en el apartamento sobre la cochera, así por lo menos no se quedaría bajo el mismo techo que él. Y luego retrasé mis planes de marcharme. Yo era probablemente la peor seguridad entre ella y Bradshaw Hyuga, pero no la dejaría sola con ese monstruo.
Así que me matriculé en la universidad local con ella, y tomé clases con ella, y seguí saliendo con Sasori, el imbécil egoísta con el que había tenido una aventura de verano. No planeé que ella conociera a Sai y se enamorara de él. Y no planeé haber quedado embarazada de Sasori. Y ciertamente no planeé ser disparada por el ex novio psicótico de Ino, quien finalmente la había encontrado. Pero pasé por un montón de mierda que no había planeado. Así que tuve que crecer y lidiar con lo que tenía.
Cuando Ino se mudó de vuelta a Konoha y llevó a Sai con ella, Sasori, que resultó ser el típico bastardo, me abandonó, y mis padres demandaron que me deshiciera de la pequeña vergüenza que había creado con él.
Pero eso era algo que no podía hacer. Jamás había pensado tener niños. Nunca quise ser mamá. Estaba muy jodida para esa mierda. Pero ahora que tenía a este bebé creciendo dentro de mí, nada más importaba que cuidar de ella. No heriría a mi hija, una pequeña pieza de completa inocencia que amaría y alimentaría. Me rehusaba a ser como mis padres. Le daría mi vida a esta niña y me aseguraría de que nada malo le pasara.
Así que renuncié al aborto que mami y papi habían tratado de exigirme. En lugar de eso, corrí hacia Ino, rogándole que me llevara con ella. Podría haberlos ayudado con algunos de sus preocupaciones económicas, pero no estaba acostumbrada a ahorrar, así que no tenía nada.
Sentándome en el suelo del pasillo de su apartamento, escuchando a Ino llorar, me pregunté por qué no me echaba ahora. Parecía que cada vez que trataba de ayudarla, solo jodía toda la situación y terminaba hiriéndola más. El ayudar a alguien además de mí y yo no combinaban bien. Siempre había estado muy concentrada en crear una imagen así nadie sabría mis secretos para preocuparme por alguien más, y ahora que sí me preocupaba, era una completa idiota.
No sé por cuánto tiempo me senté ahí, escuchándola sollozar y sonarse la nariz por el problema que había causado, pero me hizo polvo. Mis manos comenzaron a temblar mientras frotaba círculos sobre mi estómago un poco más rápido. Mi garganta se secó tanto que quemaba.
Cuando la puerta principal se abrió, salté fuerte con sorpresa, haciendo que el bebé dentro de mí también comenzara a saltar.
—¿Ino? —La preocupación en la voz de Sai era evidente mientras cerraba la puerta—. ¿Qué ocurre?
Me deslicé por el suelo lo suficiente para asomarme por la esquina de la sala y la cocina. Sai se arrodilló frente a Ino y recogió sus manos en las de él, presionándolas en su boca.
Lágrimas frescas brotaron de sus ojos. —¿Qué quieres decir con que qué ocurre? Tú... me dejaste.
Aire siseó de sus pulmones y su boca se abrió. Negando con su cabeza firmemente, dijo—: No. No, no te voy a dejar. Nunca te dejaría. Cristo, Ino. Lo siento. —La tomó en sus brazos y la puso en su regazo para así acunarla más cerca. Ella se acurrucó y hundió la cara en su hombro mientras él besaba su cabello.
—No quería enojarte. Solo... estaba tan enojado que no podía ver con claridad. Si me quedaba un segundo más, le hubiese dicho algo a ella, y sé que eso te hubiese enojado. En realidad, trataba de no angustiarte a ti.
Asintió contra él pero levantó la mirada mientras sollozaba. —No sabía...
No sabía si volverías.
—Belleza —la acercó más a él y presionó su mejilla contra su sien—, nunca te dejaría —repitió—. Volvería. Siempre volvería. Solo necesitaba calmarme. Te amo, Ino. Lo eres todo para mí. Lo siento.
—No me dejes así otra vez.
—De acuerdo. —Besó su cabeza, luego su mejilla, en su camino a su boca—. Lo prometo. Nunca más.
Me moví para darles privacidad, pero también porque era demasiado dulce, demasiado doloroso para cualquier cosa a la que estaba acostumbrada. Cerrando los ojos, presioné mi cabeza contra la pared y los escuché mientras se besaban.
—Cuando dijo eso...
—Lo sé —murmuró Ino—. Lo siento. Yo...
—No, tú no hiciste nada malo. Y tampoco Hinata, en realidad.
Mis ojos se abrieron de golpe. ¿Qué dijo qué? Por supuesto que yo había hecho algo malo. Yo fui el catalizador de toda su pelea.
—Quiero decir, ella no dijo nada que no estuviéramos todos pensando,
¿verdad? ¿Por qué Sai no vuelve a hacer lo que hacía antes? No tendríamos problemas de dinero entonces.
Espera, no dije eso. Ni siquiera lo pensé. ¿Por qué asumió que sugeriría algo así? Mierda. Probablemente porque era yo, y usualmente decía cualquier cosa que hiriera más a una persona.
Herirlos antes de que me hirieran.
Sonaba tan triste y molesto, que puse mis nudillos en mi boca y los mordí fuerte. Maldición, solo había tratado de liberar a su idiota interior; no estaba intentando herirlo.
—Jamás pensé eso —dijo Ino—. Dios mío, Sai. Estabas... ¿lo
consideraste?
—No —murmuró—. Nunca te haría eso, pero la idea estaba ahí. Tal vez solucionaría todos nuestros problemas en una noche. Podría cuidar de ti y.… y parece que es la única cosa en la que soy bueno, porque apesto como mesero. Si no me dan más horas en el club, tendré que encontrar otro trabajo, pero lo único que hecho que paga mejor que trabajar es...
—Para —ordenó Ino, su voz suave pero firme—. Para de pensar en eso. Ahora. Hay mucho más en lo que eres bueno, Sai Shimura. Lo que te pasó en Waterford no te define. Eres un increíble y maravilloso hombre, y me siento afortunada de despertar cada mañana en tus brazos. Ahora solo admite que eres fabuloso, demonios. Porque lo eres. Deseo que pudieras verte como yo te veo. Esa perra, la señora Garrison, te lavo al cerebro al hacerte pensar que eras bueno para solo una cosa cuando te violó y te forzó a ser algo que odiabas.
Mis ojos se abrieron mientras las palabras de Ino hacían eco en mi cabeza. Te Violó. Te forzó a ser algo que odiabas.
Inhalé cuando me di cuenta. Él fue violado por la mujer que lo chantajeó para tener sexo con ella. Y fue convertido en algo que odiaba por eso. Como yo. Éramos como dos guisantes en una vaina. Bueno, excepto porque yo me convertí en una perra pretensiosa que actuaba como si fuese mejor que todos para poder ocultar mis secretos sucios y oscuros, y él siguió siendo un buen chico. Pero, como sea. Ambos sufrimos formas similares de abuso.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas. Mierda, Sai Shimura realmente no era un bastardo. Ni siquiera sabía cómo procesar eso. Todos estos meses había estado esperando que mostrara sus verdaderos colores, y los había estado mostrando todo el tiempo.
En la cocina, el sonido de los besos se detuvo justo antes de que Ino preguntara en voz baja—: ¿Quieres echarla?
Mi interior se apretó, y el miedo se apoderó de mi garganta cuando me di cuenta de que hablaba de mí.
—¿Qué? —Sai sonaba despistado.
—A Hinata —susurró Ino, haciéndome temblar. Ella lo había hecho, entonces. Todos estos meses, nunca había tomado partido. Tenía más razones para odiarme que nadie, sin embargo, había permanecido siendo mi amiga y se había enfrentado a su novio para ayudarme. Pero ahora... lo elegía sobre mí.
No la culpaba, ni un poco, pero todavía infundió el temor en mí. Si Ino y Sai me echaban, no sabía a dónde iría, o lo que haría. Yo no estaba capacitada para cuidarme. Ni siquiera sabría cómo empezar. Y con una bebé en camino, no estaba lista para iniciar esa tarea. Cerca de Ino era el único lugar en el que me sentía segura.
Pero ella siguió hablando. —Sé cómo te sientes sobre ella. Siempre lo he sabido. Pero yo me sentía tan culpable después de que mi loco y acosador ex le disparara; que pensé que le debía algo. Y tú siempre fuiste tan impresionante al respecto, a pesar de que sabía que odiabas la idea y probablemente incluso a ella. Y sé que tiene sus problemas, pero es mi prima y... En serio, Sai, si tenerla aquí es demasiado para ti, voy a hacer que se vaya.
No voy a perderte a causa de ella.
Cubriéndome la boca para ocultar el sonido de mi llanto, esperé con ansiedad a que Sai decidiera mi futuro. No los culparía por hacer que me fuera. Ya me habían mantenido más de lo debido, pero todavía le oraba misericordia, que él me diera una oportunidad más. Yo podría ser una mejor persona, sabía que podía.
Toqué mi vientre. Por este pequeño paquete de alegría, sería lo que tenía que ser.
—¿De verdad la echarías? —Sai sonaba aturdido—. ¿Por mí? -Ino soltó una suave risa antes de que escuchara un sonoro beso.
—Por supuesto. Significas para mí más que nadie.
Me lavé las lágrimas de mis mejillas y respiré hondo. Podría sobrevivir a esto. Pasara lo que pasara, sobreviviría, incluso si eso me llevaba a mí y a mi bebé a la calle.
—Jesús, Ino —murmuró Sai—. No pongas esto sobre mí. Sabes que no la quiero aquí. Pero quiero hacerte feliz. Y mierda, ¿dónde más se suponía que iba a ir? ¿No dijo tu mamá que ella no participaría en esto?
—Sí, pero tal vez mi hermana o uno de mis amigos... —se desvaneció como si se diera cuenta de que ninguna de esas opciones podría funcionar.
—Aparte de lo que ha dicho esta noche, ella parece estar cambiando — argumentó Sai, como si estuviera, en realidad, viniendo en mi defensa—. No... Quiero decir, tú me enseñaste que todo el mundo merece una segunda oportunidad. Eso es algo que me gusta de ti. Lo malditamente indulgente que eres.
Asentí, dándole la razón. Ino perdonaba demasiado fácil. Pero ya que me había perdonado por cosas que no merecía ser perdonada, era algo de lo que más me gustaba de ella.
Traté de aspirar algunas de las lágrimas que goteaban por mis mejillas, pero me di cuenta demasiado tarde de que me habían oído. Antes de que pudiera ponerme de pie para escapar a mi habitación, Ino y Sai aparecieron en el umbral.
Cuando me vieron llorando en el piso, mi cara se calentó sin piedad.
Alcé una mano a modo de disculpa, tratando de excusar mi comportamiento.
—Lo siento. Ignórenme. Locas hormonas del embarazo.
—Oh, diablos, H. —Ino se arrodilló a mi lado y me dio un abrazo—.
¿Cuánto oíste por casualidad?
—Todo —admití, limpiando mis mejillas y abrazándola antes de mirar a Sai—. Lo siento —le dije—. Y no lo digo solo para tratar de conseguir que dejes quedarme. Si quieres que me vaya, me iré. Lo entiendo totalmente, pero yo... realmente, lo siento. No debería haberlo dicho. No lo entendía. No creo que quisiera entenderlo. Pero ahora lo entiendo, y nunca pasará otra vez.
Él cerró los ojos y dejó escapar un suspiro; su mandíbula lucía dura e implacable antes que murmurara—: Maldita sea —y se pusiera en el suelo barriéndonos en sus brazos para un abrazo familiar—. Está bien —admitió de mala gana, sin encontrar mi mirada antes de irse, tocando la espalda de Ino como si necesitara sentir su apoyo.
Ella le sonrió y asintió con aprobación. En ese momento, él se convirtió en el único hombre que he considerado no maligno. Y por primera vez desde que Ino y él habían comenzado, estaba celosa de ella. Había encontrado un diamante en bruto. Se lo merecía más que nadie, pero una parte de mí todavía se sentía codiciosa. Ahora que sabía que había tal cosa como un tipo bueno, también quería uno. Quería que un caballero blanco fuera mi héroe.
Jodido poder femenino. Yo no era fuerte. No era nada. Necesitaba ayuda.
Una gran cantidad de ayuda.
Aclarando mi garganta, metí un pedazo de cabello detrás de mi oreja. — Puedo irme ahora —ofrecí. Era lo menos que podía hacer. No tenía ni idea de dónde iría, porque Ino era la última persona con la que podía recurrir. Pero tenía que haber algún tipo de refugio en esta ciudad donde pudiera pasar la noche. ¿Verdad?
—No tienes que irte —murmuró Sai—. Dijimos que te ayudaríamos hasta que pudieras valerte por ti misma. Y lo haremos.
Más lágrimas inundaron mis mejillas. —No sé cuánto tiempo va a hacer falta. Voy a buscar un trabajo tan pronto como nazca el bebé, y voy a pagar las facturas y...
Sai cubrió brevemente mi mano. La calidez y la compasión en sus dedos me sobresaltaron. —Solo... cuida a tu hija. El resto vendrá cuando venga. Te ayudaremos.
Su amabilidad y disposición a darme una segunda oportunidad me pulverizaron. Por primera vez en muchos años, por fin me sentí libre. No tenía que preocuparme que algún chico tratara de tocarme en mi casa. Solo podía vivir, concentrarme en mi bebé y comenzar el resto de mi vida. Excepto que, ahora que por fin podría ser yo, me sentía perdida.
No tenía ni idea de quién era yo realmente.
