Naruto
Me había sacrificado mucho en los últimos años para ayudar a mis amigos. Había repartido mi propio dinero duramente ganado para sacar a la gente de problemas. Había terminado frío todo el invierno por asegurarme que otros tenían abrigos. Me había quedado despierto toda la noche con un bebé así alguien podría echarse un sueñito antes de que yo tuviera que ir a trabajar al amanecer de la mañana siguiente. Pero tuve que admitir, que nunca había dejado el sexo por nadie.
Eso es exactamente lo que estaba a punto de hacer.
Sentado fuera el despacho del juez en el juzgado, tamborileé mi dedo del pie contra el suelo mientras Fūka y yo esperábamos a que dijeran nuestros nombres. A mi lado, estornudó y se rascó un sitio en su hombro. Solía rascarse los brazos todo el tiempo cuando se retocaba. Las drogas habían hecho que ella hiciera todo tipo de cosas raras.
Con la esperanza de que no hubiera empezado eso de nuevo, le lancé una mirada severa mientras ella dejaba caer la mano. Pensé que había sido cuidadoso, manteniendo una estrecha vigilancia. Dijo que había estado limpia durante los últimos seis meses. Pero sabía que no la podía ver todo el tiempo, no cuando trabajaba en dos empleos de tiempo completo y prácticamente solo venía a casa a dormir.
Capturando mi mirada, frunció el ceño. —¿Qué?
Sacudí la cabeza y me alejé. Me aseguró que había dejado las drogas, así que opté por creerle. Pero era mejor que no me joda con ese tema, porque estaba sacrificando mucho —mi jodida vida sexual incluida— para ayudarla a salir.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared detrás de mí y traté de recordar la última vez que había tenido relaciones sexuales en realidad. Mis recuerdos podrían ser mi manera de decir adiós a la misma por el próximo par de meses o —mierda, esperaba no— años.
Mis amigos en Shinobi's el bar donde trabajaba, creían que cada noche me acostaba con cualquiera al alcance. Mientras que eso pudo haber estado bien, no era verdad. Diez de cada diez veces, no tocaba a las chicas que ellos me veían llevar a casa del bar, nada más allá de un abrazo o un beso en la mejilla, porque estaban borrachas cuando llevé sus lindos culos a casa. Ningún chico digno toma ventaja de una chica borracha.
Ni siquiera podía recordar la última vez que había estado dentro de una mujer, hacía cuánto tiempo o siquiera con quién, así que por supuesto mi mente buscó una imagen que nunca olvidé. Y fue como si yo todavía tuviera catorce años, sustentado por la visión de esa vieja bruja. Vi ojos grises, después, su pelo oscuro, su sonrisa, el toque de lavanda.
Un suspiro salió de mis pulmones. Mi Lunita.
Pero pensar en ella —sea que fuese— solo me hacía doler el pecho. Si la señora Biwako siguiera viva, buscaría a esa mujer y la maldeciría. Habían pasado diez años, y todavía me tenía soñando con esos malditos atisbos. Diez años, y aún quería que Lunita fuera una persona real que pudiera conocer. Diez años de mierda, y todavía pensaba que mi felices para siempre podría hacerse realidad.
Puta mierda.
Deseando que la señora Biwako se estuviera tostando en un bonito pozo de fuego en el infierno, abrí los ojos cuando un pequeño gemido salió del piso entre Fūka y yo. El asiento de coche comenzó a balancearse cuando despertó el bebé en el interior, moviendo los brazos y piernas.
Fūka gimió y miró al niño. —Dios... Maldita sea. Acababa de dormirse. ¿Por qué no puede estar dormido por diez minutos?
Le fruncí el ceño antes de inclinarme hacia adelante. —Yo me ocupo. — No intentó detenerme mientras apartaba del camino el mango y lo desabroché de su cargador. Cuando él me miró y pataleó como si estuviera contento de verme, no podía dejar de sonreír. —Hola, Luchador. ¿Tuviste una buena siesta?
Fūka resopló. —Como si fuera a responderte.
La ignoré y me concentré en acunar al niño de tres meses de edad en mi pecho. Se asió a mi camisa como si estuviera buscando algo de comer, lo que era extraño. Fūka nunca lo había amamantado. No tenía ni idea de cómo el chico sabía que podía conseguir comida allí.
Me reí y acaricié sus rizos rubios. —¿Tienes hambre, hombrecito?
Gracias a Dios, Fūka no me regañó de nuevo por hacerle una pregunta cuando me incliné hacia delante y rebusqué dentro de la bolsa de pañales en busca de la botella que había puesto allí antes de que hubiéramos dejado el apartamento. Probablemente le hubiera gritado algo grosero, y los novios no deberían gritarle a sus novias, especialmente el día de su boda.
Pero ella estaba en un mal estado de ánimo. No tenía idea de lo que la había tenido tan cabreada. Tal vez todas las mujeres pasaban por una etapa de mal humor justo antes de dar el sí. No es que hubiera algo convencional sobre el trozo de papel que estábamos a punto de firmar, uniéndonos legalmente.
Con un bebé que requería de chequeos médicos regulares, Fūka necesitaba un seguro. No había pasado la aprobación gubernamental para la cosa gratis, y ya que mi jefe en el taller donde trabajaba durante el día me había firmado recientemente un plan de seguro bueno, uno en el que podría poner a Fūka y su hombrecito —si fuéramos marido y mujer— me vino la idea de casarme con ella.
Sabía que era solo de nombre y no un matrimonio real. A Fūka no le importaría si yo iba a una cita con alguien más. Pero no parecía justo para con la que pudiera tener una cita.
Me podía imaginar cómo se llevaría a cabo. Shh, cariño, tenemos que mantener tu orgasmo tranquilo. No quiero despertar a mi esposa en la habitación de al lado. O su hijo. Sí, eso no iba a suceder.
Además, ante los ojos de la ley, esto era auténtico, así que decidí que sería célibe hasta que ella reencaminara su vida y pudiéramos anular las cosas de forma amistosa. Era una incógnita cuando sucedería eso, pero había estado limpia y haciéndolo bien desde que dio a luz. Esperemos un par de meses, medio año, y ella podría salir por su cuenta.
Aparte de mi abstinencia, el asunto del matrimonio no iba a cambiar mucho mi vida. Ya la había estado dejando colarse en mi habitación desde que estaba embarazada de tres meses cuando se presentó en mi puerta llorando y sufriendo. Así que lo único que realmente cambiaría era su apellido, mi plan de seguro, y sí... mi muy cabreado pene.
Fūka en realidad había quedado embarazada dos veces antes. Los dos primeros habían terminado en abortos involuntarios porque no había estado lo suficientemente dispuesta a mantenerse limpia. Pero esta vez, yo había tenido suficiente. La había observado como un halcón para mantenerla lejos de las drogas, y solo había tenido un par de contratiempos. Sorprendentemente, la tercera vez fue la vencida. Este bebé sobrevivió, y ahora, ya tenía tres meses de edad.
Le llamaba mi pequeño Luchador.
Tenía que llamarlo de alguna forma porque me molestó que Fūka lo hubiera nombrado Boruto. Ella le había gustado el nombre desde que me lo tatué en mi pecho hace años, justo al lado de los nombres de Sumire, Himawari y Lunita. Aunque, sinceramente, no sé por qué importaba cómo llamó a su hijo. Yo nunca iba a conocer a mi Lunita, por lo que nuestros tres hijos juntos nunca iban a existir.
Si Fūka quería robar el nombre de mi bebé... como sea. No importaba.
Por lo menos, no quería, lo que era tal vez la razón de que me molestó
¿Y por qué seguía pensando en mi Lunita y nuestro futuro inexistente juntos?
Quizá porque estaba a punto de casarme —incluso si era un matrimonio de conveniencia— y ella era la única persona que había imaginado como mi esposa. Quería dejar de pensar en ella. Quería dejar de sentirme culpable, como si la estuviera traicionando por ayudar a una amiga. Quería... mierda, quería que ella atravesara la puerta en este mismo segundo para que pudiera darme el felices para siempre, y pudiera dejar esta vida de mierda atrás.
Pero la única mujer que asomó la cabeza por la puerta era una pequeña regordeta y de cabeza gris, recepcionista, que dijo—: ¿Uzumaki?
—Esos somos nosotros. —Le sonreí al ponerme de pie, manteniendo a Boruto, que bebía felizmente, acunado en el hueco de mi brazo.
—Ahh —dijo ella, sonriéndome—. No hay nada más precioso que ver a un hombre joven y guapo cuidando de un bebé.
Cuando le envié a la anciana un pequeño guiño coqueto, Fūka resopló y pasó junto a ella, al despacho del juez.
Irritado porque ella no agarró el cargador y bolsa de pañales, mientras que mis manos estaban llenas, apreté los dientes. "Gracias, cariño", tuve la tentación de decir. Pero me aguanté y metí a Boruto de nuevo en su asiento de coche, traté de sostener el biberón en su boca para que siga comiendo y colgué la correa de la bolsa por encima de mi hombro antes de recoger el cargador.
Luego seguí a la dulce anciana a la pequeña sala, donde Fūka y yo nos casamos.
Se había acabado y hecho casi tan pronto como empezó. Después, mi estómago se revolvió. Desde esa maldita visión, o lo que demonios había estado, yo siempre había pensado en el matrimonio como algo eterno, como amor, y felices para siempre. Pero esto no había sido nada de eso.
Me dejó vacío e inquieto. Atrapado.
Fūka y yo ni siquiera nos hablamos el uno al otro mientras los llevaba de vuelta al apartamento antes de que regresara a trabajar en el taller. Cuando eran las cinco en puntos, sellé mi tarjeta de tiempo y regresé a casa, solo para encontrarla sentada en el sofá, escribiendo en la computadora portátil que le había conseguido. Un programa de chismes de la tarde emitía en la televisión, apenas silenciaba a Boruto, que se agitaba en la mecedora.
Lo saqué y encontré que su pañal casi goteaba de estar tan lleno. Después de llevarlo a mi habitación, lo cambié y lo senté en mi cadera para que pudiera acompañarme a la cocina, donde preparé una cena rápida.
—Estoy haciendo un sándwich —dije sobre mi hombro mientras Boruto babeaba toda mi camisa a rayas manchada de grasa y felizmente golpeaba sus puños regordetes contra mi pecho—. ¿Quieres uno?
—¡Sí! —gritó Fūka —. Sin mostaza esta vez.
Rodé los ojos, pero le repetí a Boruto con una voz juguetona de bebé—: Sin mostaza, ¿escuchaste eso, Luchador? Tu mamá nos va a despedir si no lo hacemos bien.
Él balbuceó y arrulló en respuesta, así que pasé un momento arrullando, frotando mi nariz contra la de él hasta que conseguí que sonriera y ondeara sus brazos. Había empezado a sonreír hace una semana o algo así. Fūka afirmó que todavía no había visto una, a pesar de que yo le había tomado una foto. Tuve que morderme la lengua para no decirle que tenía que mirarlo para darse cuenta.
Después de que hicimos los sándwiches, calenté una botella para el pequeño. En la sala de estar, Fūka tomó su sándwich con un gruñido a medias, y Boruto y yo nos sentamos en la silla mecedora. Mientras comíamos, observé a Fūka escribir locamente, haciendo una pausa cada pocos segundos para leer algo en la pantalla, después, mordisqueaba la comida antes de escribir un poco más.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, algo interesado—. ¿Escribiendo un libro?
Me lanzó una breve mueca antes de que ella fuera directa a escribir de nuevo. —Estoy hablando con alguien en Facebook.
Levanté las cejas. No sabía que se había unido a la red. Nunca había tenido el tiempo para hacerlo yo. —¿Con quién? —pregunté, cuestionándome quién demonios más de nuestro barrio se metió en esa mierda.
Con otra mirada, murmuró—: No es de tu incumbencia.
Bueno. Levanté las cejas, pero dejé el tema. Después de haber terminado de comer, y Boruto, cerca de acabar el final de su botella, me levanté de la silla y suspiré. Ese era el descanso que tendría hoy. —Estoy trabajando en el bar esta noche —le recordé a Fūka, llevando al bebé a su mecedora—. Así que voy a tomar una ducha y me voy de nuevo.
Ella gimió y le envió a su hijo una mirada llena de asco. —¿No puedes llevarlo contigo mientras te preparas? Lo he tenido todo el puto día.
Apreté los dientes y mi mandíbula, pero reconocí su solicitud con un tenso—: Claro. —Recogiendo a Boruto, lo llevé por el pasillo e instalé una silla para bebés junto a la bañera para que se meneara en el tiempo que me daba una ducha rápida. Mientras después me secaba, afeitaba, y pasaba un peine a través de mi pelo, le hablé tonterías al niño, contándole quién había entrado en el taller hoy y que tenían algunos de los coches en los que había trabajado.
Fūka podría pensar que era una estupidez hablar con alguien que no entendía una palabra de lo que dije, pero él me respondió más que cualquier otra persona que vivía en el apartamento, así que seguí hablando. Además, era demasiado lindo para no hablar con él. Veía mi boca cuando hablaba como si cada palabra fuera divina; él estaba hipnotizado. Me hizo sentir importante.
Me puse mi uniforme del club Shinobi's —que era en realidad solo una camiseta negra ceñida y pantalones vaqueros azules— y comprobé el pañal del niño una vez más antes de llevarlo de regreso a la habitación delantera.
—Aquí tienes —le dije a Fū—. Está limpio y alimentado y listo para ir a dormir. —Traté de darle a Luchador directamente en las manos, pero ella me lanzó una mirada asesina. Así que suspiré y lo instalé de nuevo en su mecedora. Apuesto a que odiaba esa maldita silla.
No perderé los estribos. No perderé los estribos. No importa cuánto ella descuide a su propio hijo, no le gritaré.
Eso se había convertido en mi mantra en estos últimos meses.
Besando a Luchador en la frente, le deseé una despedida tranquila, luego me despedí de mi esposa de seis horas, que se quedó sentada con las piernas cruzadas en el mismo lugar en el sofá que había estado cuando entré por la puerta, y me fui a empezar mi segundo trabajo del día.
Como de costumbre, se me hizo tarde para el trabajo.
—Oye, mira quien decidió unirse a nosotros —dijo mi compañero de trabajo, Nagato Gamble, cuando entré. Él y el chico nuevo, Sai, ya estaban detrás de la barra, lo que significaba que tenía que atender mesas. Bien por mí. Hacía más propina trabajando ahí, sobre todo los jueves, cuando era noche de damas. Las mujeres me amaban.
—Decidí que me extrañarías mucho si no me presentaba —le grité a Nagato. Enviándole un beso al aire, golpeteé mi pecho con las manos y luego extendí los brazos—. Así que aquí estoy, cariño. Solo para ti.
Él resopló y sacudió la cabeza. —Necesitarías tetas más grandes para interesarme.
Riéndome, me volví para hallar a un completo desconocido intentando atar un delantal alrededor de sus caderas, pero echándolo a perder tanto que tuvo que empezar de nuevo.
—Vaya. Espera. —Lo tomé de él—. Es así.
Después que le mostré cómo atar correctamente la cosa, él levantó la mirada y sonrió con aprecio. —Gracias.
—No hay problema. —Le di un movimiento de cabeza antes de añadir—: Ahora, ¿quién coño eres tú?
No fue grosera la pregunta. Quiero decir, sí, puede ser que dejé caer la "bomba c", pero sobre todo me sorprendió ver otra cara trabajando esta noche. Agradecido, pero sorprendido.
El chico se alejó de mí, sin embargo, claramente intimidado, aunque él era como quince centímetros más alto que yo y el doble de ancho.
Tal vez mis tatuajes y mis muy pocas perforaciones faciales lo desanimaron.
¿Quién sabía?
—Uh... Soy Gaara. Gaara Sabaku. Esta es mi primera noche.
Asentí. —Ajá. —Mordiendo un lado de mi labio, lo estudié de pies a cabeza—. Entonces, ¿dónde diablos te encontró Jessie? ¿Oculto bajo un banco en la iglesia? —Parecía un maldito niño del coro, su pelo todo lleno de gel y estilizado y su rostro puro, como si acabara de llegar de un confesionario para borrar todos sus pecados. Los dos.
Me sorprendió que Jessie —nuestra jefa temporal— pudiera encontrar un chico tan pulcro como él.
—Nagato lo contrató —dijo Kiba, apareciendo junto a Sabaku para acariciar sus hombros por detrás. Kiba tenía un círculo morado alrededor de un ojo; Me pregunté de dónde había sacado el ojo morado. Tal vez en la práctica de fútbol—. Él está en el equipo con nosotros.
—¿En serio? —Un muchacho de la universidad. Lo imaginé. Sin embargo,
¿un jugador de fútbol? tenía que haberme tomando el pelo—. Se ve como una maldita virgen. —Incluso si tenía el tamaño para jugar un perverso juego de pelota.
Kiba solo se rió y golpeó los hombros de Gaara de nuevo cuando el pobre novato virgen se sonrojó. —No tomamos eso en su contra. El chico sabe cómo taclear como un experto. Y él puede lanzar una bola casi tan bien como Nagato.
Chico. Eso era correcto. El chico no parecía lo suficientemente mayor como para trabajar en un bar, pero tenía que tener por lo menos veintiún años, lo que todavía me hacía el viejo. Sai, Nagato, Kiba y al parecer Gaara, estaban todos apenas en los veintiún años, mientras que yo había tenido mi vigésimo cuarto cumpleaños un par de meses atrás.
En verdad, me sentía décadas más viejo que los cuatro universitarios con los que trabajaba.
Oh, bueno. Estar cerca de ellos me hizo reír. Aunque nunca me juntaba con ninguno de ellos fuera del trabajo, los consideraba algo como mis amigos más cercanos. Y, sin embargo, no me molesté en decirle a ninguno de ellos que hoy me casé. No parecía nada para presumir.
Atando mi propio delantal, me puse a trabajar, y le mostré a Gaara cómo desbloquear la puerta para que entraran las masas. Esta noche había mucha gente. Más ocupado que de costumbre, el lugar explotó con el ruido y la gente. Mis propinas se fueron por las nubes, y gracias a Dios, Gaara había trabajado en una pizzería antes, por lo que era decente atendiendo mesas.
Noté cierta competición en el bar cuando Kiba se hallaba allí tratando de conseguir unos pedidos. Nagato le envió una breve mirada antes de ignorarlo por completo, y Kiba tuvo que esperar hasta que Sai estuvo libre para conseguir sus bebidas. Kiba y Nagato eran compañeros de habitación, así como también de fútbol, por lo que le pregunté a Nagato en mi próximo viaje. —Los tortolitos tuvieron una pelea, o ¿qué? —Demonios, tal vez él le había dado el ojo negro a Kiba.
Nagato simplemente atravesó a su compañero de piso con una mirada antes de negarse a responderme. Lo dejé pasar, pero los observé a los dos por un tiempo hasta que vi a una morena, que sabía le interesaba a Nagato, entrar al bar. Cuando Kiba la vio, se dio media vuelta y se alejó en la dirección opuesta.
Interesante. Me pregunté si los dos se pelearon por ella. Metiendo mis narices donde no me llamaron, me acerqué a ella, a pesar de que acababa de voltearse hacia Gaara para tomar una bebida. Oye, necesitaba algo más estimulante en mi vida que las conversaciones con un niño de tres meses. Así que husmeé en la vida de mis compañeros de trabajo.
Al principio, fingí tratarla como a cualquier otro cliente. —Hola, dama hermosa. ¿Puedo conseguirte un trago? —Entonces miré a sus ojos y esperé a que mi impresión de mirarla otra vez pareciera genuina cuando la señalé—. Espere, Estuvo aquí hace unas pocas semanas, coqueteando con Nagato, ¿cierto? Él está trabajando en la barra esta noche.
La llevé a la barra y llamé a Nagato para atraer su atención. Cuando él la vio, sus ojos se iluminaron, diciéndome que, si estuvieron peleando con Kiba por ella, él definitivamente ganó la lucha.
Era como ver una telenovela. Kiba evitando el bar mientras ella estaba allí, y Nagato decidiendo que coquetear con ella era un requisito de trabajo. Ya que aún no conocía a Gaara, me acerqué al lado de Sai para inclinar mi barbilla hacia Nagato y su mujer. —Así que, ¿qué pasa con esos dos?
Esperaba una historia Nagato y Kiba: pelea a muerte, pero Sai me sorprendió cuando dijo—: Ella es su profesora de literatura.
—¿En serio? —Cosita linda como ella no se parecía a ninguna profesora de literatura que había visto antes. Pero entonces entrecerré los ojos—. Él no está haciéndolo con ella por una nota, ¿verdad? —No tenía paciencia para los hombres que utilizaban, manipulaban, irrespetaban, o de alguna manera, perjudicaban a una mujer.
Sai solo sonrió y negó con la cabeza. —No que yo sepa. Creo que le gusta de verdad.
—Hmm. —Eso era bueno, por lo menos—. ¿Cuál es el problema de Kiba, entonces? ¿A él también le gusta?
—No lo creo. —Sai recogió una hilera de vasos usados posados en la barra—. Supongo que él sabe más acerca de su relación de lo que debería, y eso pone nervioso a Nagato. Gran momento.
Conociendo a Kiba y su arrogante boca, me imaginé que Sai tenía que estar en lo cierto. Sin duda, dijo algo lo bastante ofensivo como para sacar de quicio a Nagato para que le diera un ojo negro.
Mis hombros cayeron ahora que sabía lo que pasaba. Bueno, eso resultó ser un fastidioso callejón sin salida en el departamento de animación.
Entregué mis bebidas, y un par de chicas ebrias coquetearon conmigo, invitándome a sus casas. Puso un esfuerzo en el pacto de celibato que había hecho conmigo mismo, incluso cuando las hubiese rechazado de todos modos. Pero entonces tuve una bonita y gorda propina justo antes de acabar lo que compensó el resto de mi inútil noche.
Cerramos y sacamos a todos, excepto a la novia profesora de Nagato. Estaba un poco reacio a ir a casa así que me tomé un dulce momento barriendo el piso. Tenía un mal presentimiento de que encontraría a Boruto desmayado en su mecedora, justo donde lo había dejado antes de irme a trabajar. Y no sería la primera vez.
Sabía que Fūka tenía problemas con lo ser una madre primeriza, pero demonios, algunas veces desearía que lo sostuviera, o hiciera muecas frente a él, o cambiara su maldito pañal más que una sola vez al día.
Estaba tratando de ayudarla a salir y ser paciente porque el momento que dijera algo que la molestase, iba a perder los estribos y probablemente volver a los malos hábitos, recurrir a las drogas, y luego no sé qué. Pero cada maldito día era cada vez más difícil meterle su hijo en la cara y demandar que lo ame y mime hasta cansarlo.
Una conmoción en el bar me sacó de mis pensamientos. Dejé de barrer para ver que otra chica había llegado después de que cerráramos. Ella era un poco vieja, tal vez a la mitad de sus cuarenta y parecía rica y fina. Sin duda, no era una típica clienta universitaria.
El modo en que le prestó atención a Sai me dijo que ella no estaba aquí para divertirse, sino que era exclusivamente para verlo a él.
—Bien —gruñó ella—, ya que me fuerzas a hablar delante de tus amigos, entonces lo haré. Estoy embarazada. Y eres el padre.
Me encontraba a unos nueve metros detrás de ella así que no pude ver qué revelaba cuando abrió su abrigo, pero asumí que era una panza de embarazada de tamaño decente por la manera en que la boca de Sai se abrió mientras la miraba con horror.
De repente, lamenté haber esperado que hoy pasara algo un poco más emocionante porque no quería pensar en Sai como un infiel. Él había hablado dulce sobre su novia, Ino, como si fuese un fiel y dedicado chico. Me había gustado eso de él. Pero se apartó de la mujer, y se marchó detrás del bar, y luego, por el pasillo hasta el cuarto de baño en un tipo de trance culpable. Él sin duda, había tenido sexo con ella.
Abandonando mi habitación, lo seguí, abriendo la puerta del baño para ver si estaba bien, y con suerte encontrar que no había estado engañando a su mujer. Tal vez todo esto era un gran malentendido y…
Mierda. Él estaba demasiado ocupado vomitando para hablarme. Oí las arcadas desde el interior de la cabina y me di la vuelta.
El virgen abría la puerta principal para que la mami del bebé de Sai se fuera cuando yo volvía a la gran habitación.
—Bueno, está vomitando —le dije a Nagato, pensando que el bastardo traidor de Sai se lo merecía—. La inminente paternidad no debe sentarle bien.
La novia profesora de Nagato hizo un sonido como si quisiera estar en desacuerdo conmigo, pero terminó mordiéndose la lengua. Nagato la miró. —¿Qué?
Ella sacudió la cabeza y le dio una sonrisa tensa. —Nada.
Se miraron por unos segundos, y tuvieron una especie de conversación silenciosa que solo una pareja en una relación comprometida podría tener, lo que me hizo querer atragantarme porque hoy no era el día en que quería revestirme en el amor verdadero, y las almas gemelas, y malditos felices para siempre.
Un celular junto a la caja registradora comenzó a sonar, sacándome de mis amargos pensamientos.
Kiba inclinó la barbilla hacia él. —¿Es ese el teléfono de Sai?
Todos los que quedaban en el club se miraron entre sí. Todos sabíamos que la mierda de Sai iba a explotar. Nada en el otro extremo de la línea podía ser buenas noticias.
Nagato, el líder de nuestro grupito alegre, caminó hacia él. —Es Ino.
Mierda. —Ese es el nombre de su novia.
Gaara me miró a mí, luego a Nagato. —¿Deberíamos contestar por él?
Bufando una carcajada, Nagato levantó las manos. —¿Y decir qué? Lo siento, pero tu hombre no puede ponerse al teléfono en este momento; acaba de descubrir que va a convertirse en papi… con otra mujer.
Así que nadie atendió el teléfono. Su sonido parecía hacer eco por mi pecho, diciéndome con cada vibración que la mujer de Sai sabía lo que había pasado.
Me preguntaba si ella estaba violentamente loca, o tan dolida que su espíritu se sentía aplastado. Pobre chica. Quería patearle el trasero a Sai por ella.
Cuando paró el sonido de llamada, continuó rebotando en mi cabeza, haciéndome sentir culpable. Mierda. Ella se merecía saber lo que pasó.
Cuando el teléfono comenzó de nuevo, no pude soportarlo. —Tengo el presentimiento de que va a seguir llamando —le dije a Nagato—. Debe saber que algo sucede. —Si él no respondía, yo lo haría.
Me dedicó un ceño fruncido y luego miró a su mujer para otra de sus conversaciones silenciosas.
Me hallaba a punto de saltar y agarrar el maldito teléfono cuando por fin actuó Nagato.
Pero tan pronto como contestó, maldito Kiba aulló—: ¡Mierda! ¿De verdad vas a decirle que una vieja acaba de venir, reclamando que Sai la embarazó?
Nagato le envió a Kiba una mirada de muerte y colgó el teléfono de inmediato.
—Idiota —Le pegué a Kiba en la parte trasera de su cabeza—. Ya había contestado el teléfono, seguro escuchó todo lo que dijiste.
—Oh… joder. —Miró a Nagato—. Mi error.
—Quieres decir, el error de Sai —murmuró Nagato. Se pellizcó el puente de la nariz—. Mierda.
Corrí las manos por mi cabello. Esto iba a terminar mal. Y solo podía imaginarme a una persona resultando herida: La novia de Sai.
Cuando Sai finalmente salió del baño, estaba listo para sujetarlo a la pared por el cuello y demandar respuestas.
Todos nos volvimos a él, se detuvo bruscamente y dijo con tono áspero—
: ¿Qué? —Luego su cara se transformó en blanco papel—. Jesús, no se fue, ¿verdad?
—Um —Nagato se encogió de forma culpable—. No, ella se fue, pero… eh, nosotros tal vez… accidentalmente le dijimos a tu novia lo que pasó. — Cuando Sai solo lo miró, se aclaró la garganta—. Tu teléfono sonó… y luego volvió a sonar. Solo le iba a hacer saber que te fuiste por un minuto, pero… sí… lo siento, hombre.
Sai corrió a su teléfono como un imbécil que iba a derramarle todas las excusas a su confiada novia. Pero tan pronto como dijo—: ¿Ino? —Las puertas principales se balancearon al abrirse.
—Déjame adivinar —dijo una chica con rubio pelo largo al irrumpir en el Shinobi's—. La señora Garrison acaba de aparecer para anunciar que le hiciste un bebé.
Estaba tan ocupado mirando boquiabierta a la novia de Sai que no me di cuenta que alguien vino con ella. Y cuando lo hice, no miré de inmediato a la segunda persona porque estaba muy ocupado tratando de estimar la reacción de Ino. Sorpresivamente, no parecía tan molesta o dolida como pensé. Lucía más resignada, como si hubiese esperado que esto ocurriera todo el tiempo.
Por la esquina del ojo, me di cuenta que la persona que la seguía tenía un estómago enorme. Preguntándome si el puma embarazado había seguido a Ino al interior, levanté la cabeza para ver una pelinegra vistiendo una brillante camisa con un dibujo de una gran luna con cara sonriente, en vez de la vieja de pelo oscuro. Comencé a mirar a otra parte, rechazándola, cuando volví a mirar, estudiando su camisa.
¿Lunita?
Un extraño zumbido llenó mi cabeza, y de repente mi piel se sintió cerca de cinco veces más pequeña. Levantando la cabeza del dibujito de la luna y estrellas en su camisa, me topé con su cara.
Estupefacto, me quedé como una maldita estatua, mirando a la muy familiar visión que seguía a la novia de Sai hasta el bar. Por un segundo, me pregunté si deliraba e imaginaba cosas. No había manera que esta mujer sea real. Pero entonces vi a Kiba mirándola. Él levantó las cejas mientras su mirada viajaba a su estómago.
Mierda. Si él también la veía, entonces ella debía ser real. ¿Cierto?
Me congelé mientras ella pasaba a mi lado sin siquiera mirarme. Cuando el olor a lavanda flotaba fuera de ella, me mareé por la conmoción.
De ninguna manera. Esto no era posible.
Traté de sacudir la cabeza, traté de conseguir que mi visión se aclarara, porque no podía estar viendo lo que en realidad estaba viendo. Pero mis ojos se empaparon en cada detalle de la pelinegra embarazada.
No me equivocaba. Cada centímetro de ella era tal como la recordaba.
Incluso su olor a lavanda.
La Lunita de mis visiones era real.
.
.
.
Continuará….
