3
Hinata
Casi al mismo tiempo en que Sai finalmente acumuló más horas de trabajo en el club donde él era barman y más dinero empezó a llegar poco a poco, el coche de Ino se descompuso.
Yo aprendía rápidamente que las cosas nunca llegaban con facilidad en esta casa. Era tan diferente de la residencia Hyuga, donde nunca hubo una preocupación financiera. Pero eso es lo que más me encantaba acerca de vivir aquí. Prefería preocuparme por el dinero cualquier día de la semana que de las cosas de las que me había preocupado antes.
El mecánico al que llevaron la chatarra sacudió su cabeza y citó un precio astronómico para arreglarlo. Así que Ino y Sai comenzaron a ir a todas partes compartiendo su Jeep.
Un jueves por la noche, cuando Ino quería ir de compras, mientras Sai trabajaba, ella lo dejó en el club nocturno Shinobi's y accedió a recogerlo de nuevo al cerrar.
Era tarde cuando llegó la hora de recogerlo, así que probablemente debí haber estado en la cama durmiendo. Pero mi niña ha estado pateando, y haciendo presión en mis costillas por las últimas dos horas; además de que he estado sufriendo de claustrofobia porque no había salido del apartamento en unas buenas tres semanas, aparte de chequeos con el médico y carreras a la tienda de comestibles. Así que pregunté si podía acompañarlos cuando Ino fuera a recogerlo. Dijo que agradecía la compañía, que el paseo juntas nos venía bien a las dos.
Además, al final de la noche, me alegré de que estuviera allí para apoyo moral.
Subirme al Jeep de Sai se sintió extraño, como si estuviera invadiendo su territorio. Las cosas habían mejorado entre nosotros; ya no lo trataba con frialdad y él me decía más de tres palabras a la vez, pero… sí. Ahora que habíamos decidido que no nos odiamos, estábamos en una especie de pérdida con la forma de tratar al otro. Sinceramente, no éramos amigos, pero tampoco enemigos, por lo que solo se sentía raro hablar con él.
Pero Ino tenía una manera de suavizar las aguas. Y alivió mis nervios de estar en el Jeep de Sai Shimura, tratando de adivinar el nombre que por fin había decidido para mi bebé.
—¿Gabriella? Ese es bonito.
Desde el asiento del pasajero, le sonreí y sacudí la cabeza. —Nop.
—¿Gabby no? Está bien. —Se detuvo en el estacionamiento al otro lado de la calle del bar y tuvo que frenar de golpe cuando dos chicas borrachas caminaron justo enfrente de los faros.
Mientras las miraba poner sus brazos alrededor de la otra y reír juntas, apoyándose fuertemente entre sí y tambaleándose en sus tacones altos, se me ocurrió: yo podría haber sido una de ellas. Si no hubiera quedado embarazada, habría seguido siendo un animal de fiesta para el día de hoy, disfrutando cada noche y emborrachándome, tratando de encontrar algo ruidoso y bullicioso para llenar el hueco que era mi vida vacía.
Pero en cambio, aquí estaba sentada, frotando mi enorme vientre y hablando de nombres de bebé con mi mejor amiga. Lo más extraño de todo fue que me sentí agradecida de estar aquí.
—Siguiente —dije, después de que las chicas pasaron frente a nosotras e Ino pudo finalmente conducir de nuevo.
—¿Qué tal Hayleigh? —supuso. Le gustaba pasar por el alfabeto y dar con un nombre para cada letra.
Sonriendo porque sabía que Isabella sería el siguiente —siempre elegía Isabella con la "I"— apoyé la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. —¿Te das cuenta de que, si no estuviera embarazada ahora, quizá estaríamos hablando de un lindo par de zapatos que quería comprar, o la siguiente fiesta a la que quería ir, o yo estaría burlándome de alguna persona que no me gustaba, mientras que tú estarías defendiéndolos?
Ino hizo un sonido en la parte posterior de su garganta mientras aparcaba. —Qué diferencia de hace algunos meses, ¿eh?
—Era tan superficial. —La vergüenza se apoderó de mí.
Su cálida mano cubrió la mía donde descansaba en mi estómago. —No eras superficial. Eras…
Cuando no pudo hallar una descripción de cortesía en cinco segundos, abrí los ojos y la miré. Cuando levanté mis cejas, expectante, ella se ruborizó, y luego se aclaró la garganta discretamente. —Está bien, puede que hayas sido un poco, solo un poquito... egocéntrica. Pero eso fue… eso fue antes. Ahora tu vida tiene sentido y sustancia, y…
—Quiero ser una buena madre —le dije, deteniéndola—. Quiero... solo quiero que sea feliz, esté contenta y orgullosa de quién es como persona. — Completamente diferente a la forma en que había sido criada yo.
Ino dejó escapar un pequeño suspiro antes de acariciar mis dedos y apretarlos. —Lo harás. La forma en que ya la antepones a todo lo demás, sé que serás una gran mamá. Y yo creo que ella tendrá la suerte de tener…
Cuando sus palabras se desvanecieron y se quedó mirando paralizada al parabrisas delantero, me volví a mirarlo también, pero no vi nada fuera de lo común. Por la forma en que estábamos estacionadas, el Jeep se enfrentaba al otro lado de la calle hacia la entrada principal del club.
—¿Qué? —pregunté.
—Yo... —Negó con la cabeza—. No. Debo haber estado imaginando cosas. No podría haber sido ella. —Llevando su dedo índice a la boca, comenzó a morderse la uña. Ya que nunca la había conocido por ser una mordedora de uñas, me di la vuelta al bar y traté de explorar en busca de lo que sea —o quien sea— que estaba hablando.
Estuve a punto de preguntarle qué pensaba haber visto, cuando empezó a divagar para sí misma, que era sin duda uno de sus tics nerviosos. —Debo estar totalmente perdida. Quiero decir, es de noche. Las sombras podrían estar jugando trucos con mis ojos. Y estamos al otro lado de la calle, demasiado lejos para estar segura de que era ella, y…
No pude soportar un segundo más de su ataque de pánico. —¡Oh Dios mío, para! ¿A quién crees haber visto?
—Yo no... no estoy... —Se volvió hacia mí, con los ojos enormes y casi asustada—. Esa señora que acaba de entrar en el club, vestida con una gabardina… no sé, pero te juro por Dios, ella se parecía a… la señora Garrison.
Parpadeé, y me tomó un segundo reconocer ese nombre. Cuando me di cuenta, mis ojos se abrieron. —¿La señora Garrison? ¿Quieres decir, la señora Garrison de Sai?
Ella abrió la boca, y la expresión dura en su rostro me dijo que estaba a un segundo de arañarme la cara. —No vuelvas a llamarla nada de Sai. Esa perra no tiene ningún derecho sobre él.
—Está bien. —Levanté las manos en señal de rendición y me encogí a modo de disculpa—. Lo siento. Yo solo... quise decir, la señora Garrison, la…
—¿la violadora? —Cuando los hombros de Ino se relajaron por esa etiqueta, fruncí el ceño—. Pero, ¿qué estaría haciendo aquí? Suna está a más de mil kilómetros…
—¿Qué crees que hace aquí? —explotó Ino—. Ella está acechando a mi hombre. ¿Qué más ha hecho? Está obsesionada con él. Seguramente nunca va a dejarlo en paz hasta que alguien finalmente la saque.
Con los ojos iluminados con un propósito, ella agarró mis manos y las apretó con fuerza.
—Oh mi Dios, H. Vamos a sacarla. Juntas. Estamos en un Jeep grande. —Sus dedos se apretaron más fuerte alrededor de los míos—. Cuando vuelva a salir, vamos a acelerar el motor, y ejecutamos su culo perverso. Vaya, un completo accidente. ¿Qué pensaba al caminar por una concurrida calle en el medio de la noche? Y luego… —Asintió, como si viniera la mejor parte de la historia—. Mientras que el coche está encima de ella y lo único que sobresale son sus zapatos rojo brillante Christian Louboutins, digo que nos los robemos y corramos.
Guau, ¿qué era esto, la versión homicida de El Mago de Oz?
Aunque, eso sí, tenía que estar de acuerdo en que la señora Garrison, la violadora de Sai… eh, quiero decir, quien violó a Sai, ya que ella no era nada de él, era la malvada bruja de Florida, aun así, eso no significaba que el homicidio fuera una buena opción.
Y hola, ¿cómo me había yo convertido en la persona racional?
—Sí... —dije lentamente antes de sacudir la cabeza—. No, creo que quizá deberíamos alejarnos de cualquier cosa que implique… asesinato.
—¿Asesinato? —Ino resopló—. No sería asesinato. Sería... Estaríamos haciendo un favor a la sociedad al librarla de ese tipo de mal del mundo. Sería un servicio público.
Mierda, empezaba a asustarme. —Pero tú no estabas segura de que era ella, ¿recuerdas? Las sombras. La oscuridad. Estaba al otro lado de la calle. Tal vez era alguien más, cariño.
Ino tomó una bocanada de aire, calmándose físicamente. Pero no dejaba de mirar a la puerta principal del Shinobi's.
—¿Qué hay de adivinar otro nombre para el bebé? —Traté, de pronto alegre de haberme negado a decirle como había decidido nombrar a mi niña; ahora tenía algo para distraerla—. Estás en la letra I, ¿recuerdas? Tal vez ahora podrías tratar de pensar en algo diferente a Isabella.
—Idiota —dijo entre dientes.
—¡Qué! ¿Por qué alguien iba a nombrar a su hijo idiota?
—No, yo soy la idiota. Estaba tan segura de que mudarnos al otro lado del país, lograría alejarla y liberarlo de ella para siempre, pero… ¡oh Dios! Ahí. — Señaló—. Ahí está. —Se cubrió la boca y gimió—. Es ella, H. En serio.
Nunca he conocido realmente a la señora Garrison. Ni siquiera visto. Solo había oído historias de horror de Ino. La mujer que fue la pesadilla viviente de Sai. Lo siento, quise decir, la pesadilla viviente para Sai.
Estaba oscuro, y apenas vi su rostro. Pero ella tenía un cierto aire que me recordó a mi padre. Los violadores eran todos iguales… depredadores.
—¿Segura? Apenas puedo verla —insistí, tratando de mantener calmada a Ino para que sus reacciones no me causen un ataque de pánico, debido a que la atmósfera sobre ella me asustaba mucho.
—Sí —dijo con determinación mientras tomaba las llaves que colgaban del encendido.
—Oye. No. —Extendí la mano y tomé la suya—. Esto no es... no debes... —Maldita sea, no era buena en esto. Realmente necesitábamos a Sai aquí. Nunca había visto a mi prima estar desquiciada, pero si alguien podía hacerla retroceder, ese sería él.
—Sai —jadeé, cuando se me ocurrió una idea.
Ino me miró fijamente. Vaya, incluso su nombre rompió su bruma.
—¿Qué pasa con él?
—Está dentro. Si ella fue allí, probablemente lo vio, ¿no? Así que ¿no te quieres asegurar de que está bien? —Agarré su teléfono de la consola central y lo empujé hacia ella—. Llámalo.
Él mejoraría esto. Le diría que se equivocó, que su violadora no estaba en ninguna parte cerca de Konoha, y que todo andaba bien.
Dejó escapar un suspiro tembloroso, asintió y marcó su número.
—Ponlo en altavoz —exigí, empezando a morderme mis propias uñas mientras giraba para observar la entrada del club, donde apareció la malvada bruja, y por suerte, había desaparecido en la misma cuadra.
Ino cumplió, por lo que yo escuché el timbre del teléfono. Cuando se fue al correo de voz, ella maldijo y colgó.
Me mordí un poco más fuerte la uña del pulgar, preguntándome por qué no había contestado.
Sai siempre contestaba el teléfono cuando Ino llamaba. Todo era parte de lo asquerosamente adorables que eran juntos.
—Llama de nuevo —le pedí.
Lo hizo. Luego lo hizo otra vez. La niña debe haber notado el creciente malestar en mí porque se puso inquieta. Pasé mis dedos sobre ella; mis manos, naturalmente, alisaban la imagen de una sonriente Luna que tenía en el camisón que llevaba.
Cuando el teléfono dejó de sonar ya que contestaron, Ino y yo nos sentamos más derechas y compartimos una mirada de alivio. Hasta que una voz apagada, como si estuviera a una gran distancia del receptor gritó—: ¡Mierda! ¿De verdad vas a decirle que una vieja acaba de venir, reclamando que Sai la embarazó?
—¿Decir qué? —gritó Ino. Inmediatamente, la línea se cortó.
—Oh, no, no lo hicieron. —Ino volvió a marcar.
No me sorprendió que no respondiera nadie. Tragando saliva por la preocupación que sentía por ella, e incluso, un poco por Sai, traté de calmarla. —Tal vez... tal vez se refería...
Ino me miró fijamente. Hice una mueca. Ella murmuró un par de obscenidades antes de agarrar su teléfono y abrir la puerta del lado del conductor a empujones.
—¿Ino In? —grité, insegura de cómo iba a retenerla físicamente si en realidad trataba de matar a alguien. Me tambaleé fuera del jeep detrás de ella, contoneándome patéticamente en un esfuerzo por ponerme al día—. ¿Qué estás haciendo, cariño? —Traté de sonar tranquilizadora.
No ayudó.
—Voy a encontrar a mi maldito novio y averiguar qué diablos está pasando.
Oh, doble mierda. Corrí tras ella. Su teléfono comenzó a sonar tan pronto como llegamos a la acera. Ella respondió sin golpear el altavoz para dejarme escuchar esta vez.
Mientras empujaba las puertas de entrada del bar, gruñó—: Déjame adivinar. La señora Garrison acaba de aparecer para anunciar que le hiciste un bebé.
La seguí adentro, solo para hacer una pausa brevemente en la entrada. Dado que el lugar ya estaba cerrado, se había despejado, salvo por cinco chicos —todos empleados porque llevaban el mismo tipo de camiseta negra que Sai siempre traía a trabajar— y una mujer. Se habían reunido alrededor de la barra en la parte posterior.
En el otro lado del largo mostrador, Sai dejó caer el teléfono de su oreja y soltó un largo suspiro. —Sí. Prácticamente —confesó él, luciendo más preocupado de lo que lo había visto jamás.
La preocupación revolvió mi estómago. Acababa de decidir qué Sai no era el anti-Cristo ¿y ahora esto? Según Ino, si él hubiese dejado embarazada a la señora Garrison, no fue porque quería estar con ella. Pero aun así, ¿cómo podría permanecer Ino con él después de enterarse de que había engendrado un niño con otra persona?
Aún más sorprendente, yo no quería que rompan.
Era un pensamiento tan desconcertante para mí, ya que había pasado los primeros seis meses de su relación tratando de lograr que hagan exactamente eso.
Pero se amaban, eran buenos para el otro, y ellos me dieron la esperanza de que un felices para siempre existe. O por lo menos hasta ahora.
—Tengo la sensación de que no nos deshicimos de ella tan fácil —dijo Ino mientras se apresuraba hacia su hombre.
Yo iba vacilante tras ella porque, sí, me sentía totalmente fuera de lugar con siete meses de embarazo y casi llevaba mi pijama —una camisa de dormir y pantalones grises de yoga— mientras me encontraba en el interior de un bar con un grupo de desconocidos. Quiero decir, claro, todos los chicos en el lugar eran sexys, pero aun así, eran desconocidos.
—Digo, si una estaca a través del corazón no funciona, deberíamos tratar de cortarle la cabeza.
Rodé los ojos y le di una sonrisa suave. Solo Ino diría eso.
Sai se echó a reír como si le aliviara la forma en que su novia tomaba todo esto. Pero con la misma rapidez se puso serio y negó con la cabeza. —Lo siento... tanto.
Cuando un indicio de lágrimas en sus ojos, tuve que parpadear y apartar la mirada porque nunca había visto a Sai cerca de llorar. Era difícil verlo así. Últimamente, no podía dejar que nadie llore solo. Incluso me lamentaba con esos anuncios de adopción de perros, y no era una amante de ellos.
Jodidas hormonas del embarazo.
Demasiado indulgente, Ino se encogió de hombros. —Oye, si no hay algún obstáculo insuperable en nuestro camino, no seríamos nosotros, ¿o sí? — Pero había un temblor en su voz, haciéndome saber que le asustaba tanto como a Sai.
Sin embargo, Sai no parecía querer ser perdonado tan fácilmente. Se llevó las manos a la boca y sacudió la cabeza. —No deberías tener que lidiar con esto. No deberías…
—Creo que mentía —solté, ya que no podía verlos pasar por esta tortura. Me sentía tan en contra de toda la idea; me negaba a creer que esto podría sucederle a Ino.
Recuperando el aliento después de perseguirla a través de la calle, me dejé caer en un taburete al lado de Ino. Cuando vi un plato de cacahuates, los antojos del embarazo me golpearon con saña.
Los agarré, sin importarme que la sal fuera a hacer que mis tobillos se hinchen. Ya saboreando su sabor, mi boca se hizo agua. Pero a centímetros de sacar el mayor puñado que pudiera, me los alejaron. Cálidos dedos envueltos alrededor de mi muñeca me detuvieron mientras la otra mano tiró del cuenco.
¡Ack! ¡Mis cacahuates! Esa deliciosa, deliciosa sal y…
Levanté la mirada, lista para fastidiar al que alejaba de su comida a la chica embarazada hambrienta.
Pero los claros ojos azules del hombre mirando hacia mí, me tomaron totalmente por sorpresa.
Guau. Él era…
Ni siquiera sabía cómo describirlo. Una descripción superficial sería: tatuado y perforado. Había un aro de metal en su ceja, y dos en la esquina de su labio inferior. Sus tatuajes repartidos por ambos brazos, haciéndole parecer que llevaba mangas largas en lugar de una camisa de manga corta y un diseño colorido ocupaba el lado derecho de su cuello.
Él parecía ser un chico malo, salido del lado feo de la ciudad. Pero también tenía algo de chico bueno. Simplemente no parecía el tipo de persona a la que no le importaba un comino la vida. Sus profundos ojos azules mostraban demasiada compasión y vivacidad.
Luego me guiñó un ojo, lo que confirmó que él no era el típico antihéroe despreocupado. —Déjame darte un lote nuevo, Lunita. Quién sabe qué tipo de dedos asquerosos estuvieron ahí toda la noche.
Lindo. Mi pijama me había costado un apodo estúpido. Genial.
Empecé a rodar los ojos, pero me detuve, boquiabierta cuando él saltó sobre la barra. Saltó por encima de la barra, de la misma manera en que Sam y Woody habían hecho en todas esas repeticiones que vi de Cheers. Hacía tanto calor que pude haber babeado un poco.
Después tiró el viejo tazón, sacó una gran caja llena y cargó uno nuevo. Solo para mí. Cuando pasó los cacahuates sin tocar con una sonrisa indulgente, seguí mirándolo con la más absoluta admiración.
Eso podría haber sido lo más dulce y atento que nadie había hecho nunca por mí.
Pero en verdad, ¿quién era tan dulce y atento con un completo extraño?
Muchos chicos habían sido lindos conmigo cuando querían meterse en mis bragas, pero eso fue sietes meses de embarazo atrás. Él seguramente sabía que tenía cero oportunidades de anotar conmigo ahora, ¿y por qué debería él querer anotar con una chica embarazada? A lo mejor era un completo enfermo.
Supuse que podría haber estado actuando decentemente porque estaba embarazada. Las personas me sonreían y mantenían las puertas abierta para mí mucho más ahora que antes. Aun así, estaba abrumada con cuán encantadoras y totalmente sospechosas eran sus acciones.
A nuestro alrededor, la conversación continuaba, pero no oí una palabra de lo que nadie decía. Me hallaba muy ocupada atrapada en una competencia de miradas con el señor considerado. Él me miraba con evidente curiosidad, y hacía que mis rodillas se debilitaran.
Había escuchado a Sai describirle sus compañeros de trabajo a Ino cuando acababa de comenzar y sabía de un chico llamado Nagato. Él era el mariscal estrella en la universidad en la que ambos, Sai e Ino tomaban clases. Y luego había alguien llamado Kiba. También algún Nasuro, o Natuso, o algo así. Aunque no había mencionado un cuarto compañero de trabajo.
El hombre ante mí no parecía mariscal. No diría que es escuálido, pero no tenía la usual corpulencia fornida de un atleta. Sus músculos parecían nervudos, delgados, rudimentarios y astutos. Sí, no sabía a qué me refería con músculos "astutos", pero el término parecía corresponderle.
Así que, probablemente él no era Nagato.
Sai se refirió a Kiba como inquieto y bocón. Este chico tampoco parecía cuadrar con eso. Era demasiado relajado... no lo sé, amigable y abierto.
—También creo que ella miente —dijo la otra mujer presente aparte de Ino y yo.
—Exactamente. —Girando hacia ella, le di un gesto de agradecimiento por apoyarme. Metiendo maníes en mi boca porque el señor considerado seguía mirándome como si fuese algún tipo de fantasma, y haciendo que mi estómago se moviera incluso más de lo que ya estaba, continúe—: Es decir, hola, tendría que estar de tanto tiempo como yo, ¿cierto? —Cuando miré a Ino para asegurarme, asintió. Correcto—. A todo el mundo que necesité decirle sobre mi bebé se lo dije hace meses. ¿Por qué esperó tanto tiempo para dejar caer la bomba?
Ino se giró hacia Sai, su cuerpo vibraba con esperanza. —Hinata tiene razón. ¿Y qué hay sobre su prometido? ¿Cómo sabe que no es suyo?
Sai hizo una mueca de dolor como si no quisiera mantener altas las esperanzas. —Tal vez le llevó un tiempo encontrarme.
—Sí, claro —resopló Ino—. Tú sabes, bien claro, que esa perra sabía cada paso que diste desde que dejaste Waterford. Descubrió todo lo que había por saber sobre mí en menos de un mes. No hay forma de que te haya perdido el rastro.
—Entonces, espera, espera, espera. —Uno de los otros camareros se acercó, moviendo su mano—. Sai, tú te follaste a otra mujer, tal vez incluso la dejaste embarazada, y tú… —fijó su mirada en Ino—, ¿no te enfadas?
Ese chico era definitivamente Kiba, decidí.
—Oh, estoy enojada —le dijo Ino—, pero no con Sai. Aparte, este particular… evento sucedió antes de que nosotros saliéramos. —Luego ella se aclaró la garganta y bajó su cara, murmurando—: Técnicamente.
Luciendo impotente, Sai se pasó la mano sobre su cabello antes de inclinarse sobre la barra para besarle la frente. —No puedo creer que esto esté sucediendo. Eres la única persona con la que quise alguna vez tener hijos. Jesús, Ino… —Cerró los ojos y presionó su frente con la de ella—. ¿No podemos rebobinar todo así puedo volver y hacerlo bien la primera vez?
De nuevo, tuve que apartar la mirada. Su tristeza era demasiado intensa. Pero cuando desvié mi atención hacia adelante, el señor considerado atrapó mi mirada, y abrió la boca como si quisiera decir algo para calmarme.
Succionada de nuevo en el juego de las miradas con él, estudié su cara un poco más. Era apuesto de forma no convencional. Su cara no se veía de buen peso como la mayoría de las caras. Parecía demacrado, como si tuviera que merodear en las calles cada noche por comida. Pero eso le sentaba bien. Los huecos y líneas le daban carácter, agregándole a su atractivo y haciéndole lucir incluso más sexy.
Todo el metal en su cara me hacía extrañar el aro en mi nariz que había tenido por unos meses. Me lo había quitado cuando me dispararon y tuve que quedarme en el hospital. Solo me lo había hecho para molestar a mi querido padre, pero terminó gustándome más de lo que pensaba.
Sin avisar, el señor considerado se acercó a mí y posó sus codos en la barra para así poder inclinarse sobre el mostrador y mirar mi vientre.
—Tienes la panza de embarazada más adorable que haya visto — murmuró, como si estuviese respondiendo a la observación de otra persona. Su voz removió algo que nadie había despertado antes.
Sacudí la cabeza, preguntándome por qué había dicho eso, hasta que la otra chica respondió—: Y los pechos de la otra mujer no lucían ni de cerca tan hinchados como los suyos.
—Diría lo mismo —dijo él, levantando la mirada para encontrarse con la mía. No miró mis senos, pero mis pezones quemaron y respondieron como si lo hubiese hecho.
Nunca me había excitado tan fácilmente. En realidad, no estaba segura de si alguna vez me había excitado. Usualmente desaparecía en mi espacio en blanco cuando dejaba que un chico me lo hiciera. Si alguna vez respondí a alguno de ellos durante nuestros encuentros, me encontraba muy ocupada congelándome en mi lugar adormecido como para recordar sentirlo. Pero sabía que nunca había sentido este hormigueo de pies a cabeza solamente porque un hombre me estuviera mirando.
La extraña sensación me asustó.
—¿Quién demonios eres tú? —demandé, necesitando un poco más de control sobre mi propio cuerpo del que tenía.
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Continuará…
