6

Hinata

Mis compañeros de piso me volvían loca. Una semana después de que la bruja malvada de Suna dejó un desastre en la vida de Ino y Sai, la incomodidad en nuestro apartamento se puso tan espesa que estaba segura que nos asfixiaría a los tres. Y era totalmente culpa de Sai.

Ino lo intentó, real y malditamente trató de dejarlo en el pasado, de hacer caso omiso a la visita de la señora Garrison y seguir adelante con su vida. Pero simplemente Sai no se lo permitió. Siguió actuando como un tipo de perro maltratado que fue pateado en las costillas demasiadas veces. Se alejó de Ino, no podía mirarla a los ojos, dejó de tocarla por completo. Su culpa era tan tangible que dejó un sabor desagradable en mi boca. A pesar de su personalidad normalmente optimista, incluso Ino dejó de intentar estar alegre.

Ambos eran muy infelices; lo odiaba.

Así que una tarde cuando Sai entró en la cocina mientras me preparaba una merienda, zanahorias, rodajas de manzana, y apio cubierto de mantequilla de maní porque quería tener un niño saludable, dejé caer el cuchillo de la mantequilla en el mostrador y agarré su brazo, acercándolo. Ya tuve suficiente de esta mierda.

Trató de retroceder, sorprendido, pero no lo solté.

—Esto tiene que parar —siseé, mirando con cautela la entrada de la cocina con la esperanza de que Ino no llegara en cualquier momento y me atrapara regañándolo.

—¿Qué? Simplemente entré en la cocina. —Apartando su brazo, se las arregló para liberarse mientras fruncía el ceño.

Bufé. —Sí, claro. Tu depresión ininterrumpida está chupándole la vida a Ino. Espero que te des cuenta de eso.

Su rostro palideció, diciéndome lo mucho que lo había notado… y que también lo odiaba. Por la forma en que apretó su mandíbula podía notar que estaba enojado porque toqué el tema. Pisoteando, susurró—: ¿Qué demonios se supone que haga al respecto? No puedo detener lo que pasó. Ya sucedió.

—Sí, sucedió. Pero dalo por terminado. Todo lo que puedes hacer es controlar cómo reaccionar ante ello. Y estás teniendo una mala reacción. Estás arrastrando a Ino contigo.

Sus ojos se llenaron de tormento. —¿Crees que no lo sé? Me está matando verla cada día con todo ese dolor en sus ojos. Pero no sé cómo detenerlo. No hay suficientes disculpas en la tierra para compensar lo que pasó. Y no hay forma de arreglarlo. Ninguna manera de…

—Para. —Rodando los ojos, puse mi mano sobre su boca para callarlo—. Estás pensando mal en todo esto. Buscar que te perdone no es lo que necesitas, porque noticias de última hora, idiota: ella ya te perdonó. Eso es lo increíble de Ino. Ella perdona. Y algo incluso más asombroso sobre ella es que sigue adelante. Solo piénsalo. ¿Serías capaz de decir que su ex novio intentó matarla y casi lo logró solo cuatro meses antes de conocerla? No, porque tiene este súper poder de dejar en el pasado los eventos horribles, inquietantes y traumáticos. Todo es parte de la belleza de quien es. También habría logrado superar este último episodio con la señora Garrison, pero no la dejas. Cada vez que te alejas, te niegas a mirarla a los ojos, o esquivas una conversación, la mata.

Sai cerró los ojos y se cubrió la cara con ambas manos. Tragó audiblemente y se tomó un momento para recuperar la compostura. Luego dejó escapar un suspiro y bajó los dedos.

—Lo juro por Dios, Hinata. Lo último que quiero hacer es lastimarla, pero simplemente no puedo… Dios. —Golpeó las palmas de sus manos sobre sus ojos—. No sé cómo superar esto. No merezco su perdón. Yo no… ¿cómo diablos voy a tocar algo tan puro y sorprendente cuando estoy tan jodidamente sucio?

Me mordí el labio cuando las lágrimas comenzaron a nadar en mis ojos. Las jodidas hormonas del embarazo. No me dejarían en paz, ¿verdad? Pero mi corazón se rompía por el pobre Sai. El hombre no podía perdonarse por lo que fue.

Agarré una rodaja de manzana cubierta de mantequilla de maní y comencé a masticarla, tratando de actuar tan tranquila y serena como no me sentía. Mientras Sai intentaba no desmoronarse emocionalmente frente a mí, lamí mis dedos hasta dejarlo limpios de mi merienda y luego me sequé la boca con el dorso de la mano. Por último, me aclaré la garganta.

—Últimamente he estado leyendo todos estos artículos en línea acerca de "Esperando tu primer bebé" para mamis primerizas. Y son geniales. Van semana a semana a través de tu embarazo, diciéndote cuán grande es tu bebé comparándolo con un pedazo de fruta. —Poniendo las manos sobre mi bultito, sonreí—. Por cierto, en este momento mi niña tiene casi el tamaño de una piña.

Sai parpadeó y me miró como si hubiera perdido la cabeza. Pero tenía un argumento, y estaba a punto de llegar a ello.

—La asesoría en su mayoría me ayudó a dejar de enloquecer por cómo voy a lidiar con todos los errores que voy a cometer como madre. Dicen que es inevitable, sabes. Sin importar lo buena que quiera ser, voy a ser un desastre. Y me voy a preocupar de que esté destruyendo la vida de mi hijo. Pero leí esta cosa que decía que mientras más la ame y trate de hacerla feliz, el resto caerá en su lugar. Disciplina, berrinches, todo. En vez de ahogarme en mis errores, aprenderé de ellos. Y mientras más alegría lleve a su vida, más traeré a la mía. —Estirando mi mano, agarré con fuerza la de Sai.

—¿Me estás escuchando, Sai Shimura? Solo ama a Ino y hazla feliz. Y cuando lleves alegría a su vida, traerás alegría a la tuya. En lugar de revolcarte en todo lo que hiciste mal, te perdonarás y lo superarás, porque hacerla feliz es la única prioridad. Todo lo demás es solo mierda.

Apretó suavemente mis dedos como respuesta. —Quiero hacerlo —me aseguró, en voz baja y llena de sinceridad—. En serio. Solo quiero demostrarle lo mucho que la amo y llevar una sonrisa a su cara, pero yo… —Sacudió la cabeza con impotencia—. En este momento, ni siquiera puedo imaginar lo que podría hacer para lograr eso.

Mis labios se extendieron cuando se me ocurrió una idea. —Te diré lo que vas a hacer. Vas a desenterrar ese anillo de compromiso que tienes escondido en el fondo de tu cajón de camisetas, y vas a proponérselo. Esta noche.

—Qu… —Boquiabierto, Sai balbuceó un par de segundos antes de fruncirme el ceño. Acercándose, echó un rápido vistazo hacia la entrada de la cocina antes de girarse y sisear en voz baja—: ¿Cómo demonios sabes lo que hay en mi cajón de camisetas?

Bufé y agité una mano, indiferente. —Oh, por favor. Si quieres ocultarle algo a tu novia, la próxima vez guárdalo en un lugar mejor. A Ino le encanta usar tus camisetas cuando no estás aquí. Encontró el anillo hace meses.

—Ella… —Sacudió la cabeza, negándolo, y luego trató de hablar, pero nada comprensible salió.

—Debiste haberla escuchado —continué—. Acababa de quedarme dormida cuando el grito resonó en todo el apartamento. Pensé que alguien la estaba matando. Para cuando entré a su habitación, bailaba por todos lados y trataba de ponérselo, pero sus dedos temblaban tanto que seguía fallando. Se puso tan feliz que lloraba. No sé si antes en mi vida la he visto así de extasiada.

Sai se quedó sin aliento. Sus ojos se llenaron de asombro. —¿Le gustó? —Sonaba esperanzado y aun así inseguro, así que le di un puñetazo en el brazo.

—¿Le gustó? Demonios, no, no le gustó. Lo amó, maldición. Y para tu información, Shimura, tienes un gusto impecable en joyería. Quiero decir, santo Dios, ¿quién hubiera sabido que escogerías un anillo tan hermoso? Estoy muy impresionada.

Sonrió tanto que toda su cara se iluminó. —¿En serio?

—Sí. Así que desentierra a ese chico malo y ya hazlo oficial, ¿quieres? Eso, lo sé con seguridad, hará feliz a mi Ino In.

Sai asintió. —Está bien. —Empezó a alejarse como si fuera a seguir mis instrucciones en ese mismo momento, pero luego se detuvo—. Espera. No puedo. Todavía no he planeado la propuesta perfecta. Sigo pensando que tengo que llevarla a un restaurante lujoso y de alguna manera conseguir que el mesero lo traiga en su comida, o…

—No te atrevas a ser tan cliché. Estamos hablando de Ino. Preferiría algo simple, incluso privado, solo entre los dos. Tal vez un picnic… oh, oye. A ella le encanta ese parque al otro lado de la calle tanto como a mí. Hay un árbol enorme junto al lago. Podrías extender una manta debajo, alimentar a un par de patos, comer una pequeña merienda romántica, y luego, ya sabes… hacer lo tuyo.

Mordiéndose el labio, pareció considerar mi sugerencia. —Sin embargo, no sé cómo pedírselo.

—Oh, da igual. —Empujé su brazo justo donde lo había golpeado—. Cada vez que te he escuchado decirle que la amas, siempre has escupido un gran discurso de palabras complicadas que pondría a una romántica novela heroica en vergüenza. Simplemente empieza a hablar, y las palabras saldrán. Te lo prometo.

—Pero quiero que sea perfecto.

Suspiré. —Ino no lo quiere perfecto. La pobre chica confundida te quiere. Así que… entrégate a ella.

Se debatió mentalmente un momento más. El tipo parecía emocionado por la idea, sin embargo, completamente asustado por ello. Hizo que mi propio estómago aleteara con anticipación. Estaba a punto de empujarlo de nuevo y exigirle—: Solo hazlo ya —cuando asintió.

—Está bien. Voy a hacerlo.

Casi me oriné por tanta emoción. Pero la ansiedad en sus ojos grises me hizo desconfiar. —Esta noche —le ordené.

—Sí —dijo—. Esta noche.

Estuve a punto de abrazarlo, pero eso habría sido muy incómodo porque la última vez que traté de tocarlo, había alcanzado su paquete para demostrarle a Ino que era un bastardo infiel como cualquier otro imbécil de ahí afuera. Pero no fue un bastardo infiel; apartó mi mano, e Ino me dio la espalda como si yo fuera la puta traicionera del siglo. Sin querer revivir ninguno de esos recuerdos, me aclaré la garganta y pasé los dedos por mi pelo, alegre cuando Ino entró en la cocina.

—Así que, ¿qué vamos a hacer para cenar? —preguntó, completamente desorientada sobre lo que Sai y yo acabábamos de discutir.

Sai saltó ya que se encontraba de espaldas a la puerta y no la había visto entrar. Cuando se giró hacia ella, luciendo tan culpable, resoplé. Era hora de que pusiera las ruedas en movimiento antes de que lo arruinara.

—Ustedes dos me están volviendo loca —dije, tomando el control—. Ambos han estado deprimidos por la casa toda la semana, y ya es suficiente. Voy a echarlos oficialmente por la tarde. Me iría yo, pero… odio caminar demasiado lejos en esta condición, por lo tanto, ustedes tienen que irse. Les empacaré la cena para un picnic, pero es mejor que no vuelvan hasta que ambos estén jodidamente accesibles de nuevo. ¿Entendido?

Ino levantó las cejas y me envió una mirada fulminante. —Vaya. Siento mucho que nuestro drama esté metiéndose con tu vida, H. Déjame solo…

—Belleza. —Sai se acercó a ella y pasó un brazo alrededor de su cintura, haciendo que levantara la mirada sorprendida.

Cuando sus sorprendidos ojos azules se ampliaron, él forzó una sonrisa tensa. —Vamos… vamos a escucharla y salir por un par de horas. Solo los dos.

Ella comenzó a asentir de inmediato, pero le tomó unos segundos decir—: Oh… bueno. Sí, eso suena bien.

—Genial. —Su sonrisa fue lenta y lo bastante devastadora para hacer que Ino se derritiera visiblemente. Juro que la chica casi dejó escapar una sonrisa soñadora.

Entonces besó su frente y la soltó. —Voy a agarrar mi… mi gorro de la habitación. Ya vuelvo.

Tan pronto como se fue, una sonriente Ino se giró hacia mí. —¿Acabas de ver eso? —exigió y comenzó a rebotar de puntillas—. Me tocó. OhDiosmío, Hinata. Creo que está empezando a entrar en razón de nuevo.

Tenía que alejarme antes de soltar toda la sorpresa, pero estaba tan feliz por mi mejor amiga. No podía esperar para ver su cara cuando regresaran de su picnic. —Entonces, ¿qué tipo de comida quieres? —pregunté, ya abriendo el refrigerador y sacando los fiambres. Los sándwiches parecían una comida ligera y agradable para el tipo de propuesta simple que preferiría Ino.

Trató de ayudarme a empacar la comida, pero estaba tan ansiosa por ponerse en marcha y demasiado ocupada parloteando acerca de lo que podría haber animado a Sai, que en su mayoría solo me siguió por ahí mientras empaquetaba algo de frutas y verduras, junto con algunas de sus galletas con chispas de chocolate favoritas.

Cuando Sai volvió a la cocina, deslizó una mano en su bolsillo y apoyó un hombro contra el marco de la puerta. Noté que había olvidado totalmente ponerse un gorro como dijo que iba a hacer, pero Ino no lo notó. Solo sonrió con adoración.

Una sonrisa astuta iluminó su rostro mientras estudiaba el resplandor brillante en los suyos. —¿Casi lista?

—Síp —respondí por ella, agitando una mini botella de vino a espaldas de Ino para que Sai pudiera ver lo último que metí en la descomunal bolsa de almuerzo antes de cerrar la cremallera—. Creo que están listos para irse. Diviértanse. No regresen hasta que sea tarde, y alimenten a los patos por mí mientras estén allí.

Colgando la correa del bolso sobre mi hombro, puse mi mano en la base de la espalda de Ino y la empujé hacia Sai. Se enderezó a tiempo para atraparla por la cintura y jalarla hacia él. Entonces me sonrió y tomó la bolsa de almuerzo. —Gracias, H.

Ino de repente lanzó una mirada sospechosa entre nosotros. Tragué, esperando que no entendiera lo que pasaba. Pero entonces se giró hacia mí. — Estás muy ansiosa por deshacerte de nosotros. ¿Piensas hacer una fiesta salvaje mientras estamos fuera?

Bufé. —Sí, mi novio secreto va a venir y vamos a practicar para hacer el bebé número dos. —Tan pronto como lo dije, una imagen del compañero de trabajo de Sai, Naruto, apareció en mi cabeza. Pero lo alejé y le rodé los ojos a mi prima mientras palmeaba mi vientre—. Guau, ¿por qué eres tan paranoica?

—Sí, Ino. —Sai deslizó la mano por su brazo y entrelazó sus dedos con los suyos—. ¿A quién le importa por qué quiere que nos vayamos? Solo vamos a divertirnos.

Se giró hacia él, y me di cuenta que ya se había olvidado de quién era yo.

—Está bien —dijo—. Supongo que estoy lista.

Me alegró que ya llevara un atuendo bonito. Nunca me habría perdonado si la dejaba salir de la casa para su propuesta usando algo descuidado y viejo. Pero incluso su pelo parecía adorable en una alegre cola de caballo.

Los seguí a la entrada de la cocina mientras cruzaban la sala de estar de la mano. Ninguno miró atrás mientras se iban. Pero extrañamente, en lugar de sentirme excluida, me sentí plena y contenta. Um. Supongo que ese artículo que leí sabía de lo que hablaba. Haz feliz a otra persona y la sensación regresaba a ti multiplicada por diez. Qué maravilloso descubrimiento.

Aún deseando tener una bola de cristal para poder espiar su picnic y ver la gran propuesta, me acomodé en el sofá con mi comida saludable y puse la computadora de Ino en mi regazo para poder buscar más sitios sobre bebés.

Vagando por sitios web encontré esta página de Hazlo tú misma, mami, del que estaba absolutamente enamorada. Desde que finalmente entendí que no podía salir y comprar todo lo que mi corazón malcriado deseaba, comencé a hacer todo tipo de cosas lindas que necesitaba para mi bebé de una forma asequible.

Ino me dio uno de sus viejos bolsos Dolce y Gabbana de imitación para transformarlo en un bolso para pañales. Era de color negro, dorado, y estampado de leopardo, pero pensé que necesitaba un toque de color rosa junto con un par de bolsillos para todas las necesidades que iba a tener que llevar a todas partes para mi niña.

Mientras cosía, mi mente vagó de regreso al compañero de Sai. De alguna manera, todavía me molestaba que hubiera adivinado mi pasado. Como una picazón constante bajo mi piel, odiaba ser consciente de lo que sabía sobre mí. Y tampoco estaba tan segura de que me gustara la forma en que afectó mis hormonas. Acababa de acostumbrarme al hecho de que nunca tendría que volver a usar a un chico para que fuera a mi lugar insensible. Quería borrar el sexo de mi vida por completo. Así que, ¿por qué me preguntaba cómo se veía Naruto sin camisa, o cuántos tatuajes y piercings tenía bajo el resto de su ropa?

Deseaba que hubiera un modo de borrar completamente de la existencia mis sentimientos y sus conocimientos sobre mí. Meditando, seguí cosiendo, y pensando, pero sin llegar a ningún buen plan. No es que importara lo que hiciera sobre Naruto Uzumaki. Dudaba que alguna vez volviera a verlo. ¿A quién le importaba lo que sabía acerca de mí?

A menos que se lo dijera a Sai.

Oh, mierda. No podía decirle a Sai. Él le diría a Ino. Y si ella sabía…

Tenía que convencerlo de que asumió mal las cosas, que lo que pensó no era cierto. Sí. La próxima vez que lo viera, y encontraría una manera de volver a verlo, eso era exactamente lo que haría.

Cuando la puerta principal del apartamento se abrió, salté, sorprendida al darme cuenta de cuánto tiempo pasó. Ino y Sai entraron en la sala de estar, llenos de sonrisas y risas.

Tenía una montaña de materiales, tijeras, aguja e hilo apilados en el sofá a mi alrededor. Me encontraba tan absorta cosiendo una E, la última letra, a un lado del bolso, que grité y me pinché el dedo cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Hinata! Oh Dios mío Oh Dios mío. ¡Mira! ¡Mira! —Ino se lanzó hacia mí, con la mano extendida y moviéndola mientras el diamante brillaba en su segundo dedo—. ¿Puedes creerlo? ¿Puedes simplemente creerlo? ¡Nos vamos a casar!

Hice un espectáculo al estudiar el anillo que ya habíamos mirado y admirado hace meses. Luego levanté la mirada y con sequedad informé—: Estoy… sorprendida.

Ino retiró su mano y me frunció el ceño. —Oh. No eres divertida. Esta es una noticia feliz. Una noticia increíble.

Sonriendo, rodé los ojos. —Y estoy feliz por ti. En serio. Felicitaciones.

Cuando Sai cerró la puerta del apartamento y se apoyó en ella para vernos en el sofá, le eché un vistazo y arqueé una ceja. —Bien hecho, señor Shimura.

—Señor Shimura. —Ino suspiró el nombre mientras sacaba su mano de la mía y saltaba del sofá hacia él—. Y voy a ser la señora Shimura. Señora Ino Shimura. ¡me encanta!

Lo abrazó y comenzó a besarlo por toda la cara. Él se rió y agarró su cabeza con las manos para poder mantenerla quieta el tiempo suficiente para presionar un suave y prolongado beso en sus labios. —¿Qué? ¿De verdad dudabas que esto iba a pasar?

—No. —Suspirando, se derritió contra él y apoyó la mejilla en su hombro—. En realidad, no. Pero aún no puedo creer que sea aquí. Está pasando ahora, y por fin es real.

—Por supuesto que es real. Te amo, Ino. —Cerró los ojos y apretó la boca en su sien—. Haría cualquier cosa para demostrártelo.

Un gran nudo de celos se atascó en mi garganta. La única manera de la que fui capaz de tragarlo fue al pensar en cuán satisfecha estuve después de interpretar a Cupido para ellos. Hacer buenas obras era una sensación increíble. Y me sentía aún más satisfecha porque era a Ino a quien ayudé a hacer feliz. Pero, ¿por qué yo no podía también ser feliz?

Porque no lo merecía, me recordé.

—Dame dos minutos —le dijo Ino a Sai mientras se alejaba; la mirada en sus ojos hizo obvio lo que planeaba.

Su mirada se calentó y mantuvo sus dedos todo el tiempo que pudo antes de que ella saliera de su alcance. —Sí, señora —murmuró antes de sonreír como un chico a punto de tener sexo.

Cuando Ino se rió, bufé. Creo que olvidaron que yo existía. Mientras Ino se alejaba, saltando desde la sala de estar, Sai suspiró con satisfacción y encontró mi mirada. Al verme, templó su ánimo al instante. Se aclaró la garganta y trató de quitar el deseo de su expresión, pero no lo logró.

—Así que… —dijo, empujando la punta del pie en un trozo de tela que había caído al suelo—. Gracias.

Me encogí de hombros como si mi intervención no hubiera sido gran cosa y volví a coser mi E. —Es lo menos que podía hacer.

—Sí, pero… nos salvaste. Ino y yo estábamos ahogándonos hasta…

—Oh, no seas tan dramático. —No podía dejar que se pusiera sensible porque entonces me pondría emocional y tendría que culpar por un nuevo lote de lágrimas a mis pobres e inocentes hormonas del embarazo—. Se aman el uno al otro. Nada iba a cambiar eso. Solo le di un poco de claridad a tu cabeza.

—Bueno, era lo que necesitaba, y siempre te estaré agradecido. —Se acercó y ladeó la cabeza para ver lo que cosía—. ¿Es el nombre de la bebé?

Jadeé y cubrí la palabra con la mano, a pesar de que ya la había leído… y lo sabía. —No te atrevas a decirle a nadie —le advertí—. Especialmente a Ino. Ha estado divirtiéndose tratando de adivinarlo.

Sus ojos negros brillaban cuando me sonrió. —Mis labios están sellados. Pero solo porque te debo una. —Luego miró hacia la puerta que daba al pasillo, la que dirigía a su habitación y a la de Ino—. ¿Crees que ya han pasado dos minutos?

—Creo que solo han pasado treinta segundos, cachondo.

Frunciendo el ceño, se metió las manos en los bolsillos y se quejó por un momento antes de murmurar—: Bueno, no puedo esperar más. —Entonces se fue, corriendo por el pasillo en busca de su prometida.

Sonreí y sacudí la cabeza. Me gustaba su forma de amar. Disfruté de verlos superar este obstáculo, y me gustó saber que iban a vivir felices para siempre. Pero también me deprimió.

Sabía que tenía a mi pequeña. Una vez que ella naciera, probablemente estaría demasiado ocupada criándola para querer lo que Ino tenía con Sai, pero una parte de mí aún sufría, una parte de mí también quería ser amada así.

Naruto

Exactamente dos semanas habían pasado desde que me casé y descubrí el verdadero nombre de Lunita, y se sentía como si mi universo entero hubiese girado sobre su eje.

En casa no cambió casi nada, aparte del hecho de que la señora Rojas, madre de cuatro niños y nuestra vecina del lado izquierdo, aceptó cuidar de Boruto tres días a la semana. Con un poco más de "libertad", como Fūka lo llamó, sus estados de ánimo se aligeraron considerablemente. Esto agregó un poco más de tensión a mi presupuesto, pero vivir con una Fū más feliz y libre de drogas, lo valía.

Nada cambió en mis trabajos. Los autos aún venían con la necesidad de ser reparados en el taller, y los consumidores aún acudían en busca de bebidas al club.

Era yo quien sufría.

Internamente, me volvía loco. Me sentía inquieto con toda esta energía para quemar. No podía dejar de pensar en Lunita. Sabía que era estúpido. La verdadera Lunita —Hinata Hyuga— no era el tipo de persona que pensé. Nunca encajaríamos, probablemente no seríamos capaces de llevar una simple conversación juntos si alguna vez volviéramos a vernos. Sin duda, ella pisaba a las personas pobres como yo y seguía caminando sin siquiera darse cuenta de que los había aplastado bajo sus tacones de diseñador. Debería olvidarla por completo.

Pero no podía evitarlo. Cada vez que trabajaba con Sai, tenía una batalla mental conmigo mismo sobre si sonsacarle o no información. ¿Dónde vivía? ¿Qué tan enamorada estaba del jodido idiota de su novio? ¿Cuáles eran sus mayores esperanzas, sueños y miedos en la vida? Quería saber todo. Pero no importaba cuantas veces hablara con Shimura, evitaba preguntarle sobre la prima embarazada de su novia.

Ella ni siquiera me dijo cuando tendría a su bebé. Me preguntaba qué tan cerca se encontraba ahora, o si ya lo tuvo. ¿Era una niña o niño? Diablos, había tanto que no sabía. Y lo peor de todo, era jueves. Iba a estar trabajando con Sai de nuevo, el único chico que tenía muchas de las respuestas que buscaba.

Se encontraba detrás de la barra cuando entré al trabajo. En realidad, llegaba temprano porque esperaba tener algo de tiempo para conversar con él. Tenía que haber alguna forma discreta de conseguir que la mencionara sin revelar lo desesperado que estaba de saber todo.

Esperaba que Nagato gritara algo sobre la llegada del Apocalipsis porque, por una vez en la vida, no llegaba tarde. Pero nadie dijo nada, y no había nada que hacer sino esperar hasta que mi turno comenzara. Me di cuenta que incluso llegué antes que la estrella del fútbol al trabajo. Pero Kiba acomodaba las mesas, y si él se encontraba aquí, entonces Nagato debería estar también porque siempre venía con su compañero de cuarto.

—¿Dónde está Nagato? —pregunté.

—Con el corazón roto. —Kiba, malhumorado, empujó una mesa hacia una mejor posición en el suelo para que los meseros pudieran moverse fácilmente entre ellas más tarde en la noche.

Oh, diablos. Era la tercera noche de esta semana que Nagato no había venido. —Él y su novia la profesora no siguen juntos ¿cierto?

—Es un completo desastre —dijo Gaara con una triste oscilación de cabeza—. Nunca antes he visto a alguien tan molesto después de perder una chica. En verdad la ama.

—Diablos. —Meneé la cabeza.

¡Qué pena! Estuve celoso de Nagato y su mujer dos semanas atrás cuando vino a verlo al bar. Tenían una conexión intensa. Era desconcertante saber que el vínculo que compartían no los pudo mantener juntos. Y esto no me daba esperanza alguna respecto a mi propia situación. Pero eso, tampoco me apartó de mi plan. La misión "sacarle información a Shimura" seguía en marcha.

Mirándolo mientras metía la bandeja de dinero en la caja registradora, traté de calibrar su estado de ánimo. Gracias a Dios, él no emitía ninguna vibra de tener el corazón roto. Pareció bastante triste después de su confrontación con la asaltacunas. Esperaba que su chica no lo hubiera botado, porque así no me daría nada de información sobre su prima.

Pero esta noche, el hombre lucía jodidamente alegre. Silbaba alguna melodía que no podía identificar. Así que abrí la boca para preguntar que lo tenía de tan buen humor cuando Kiba hizo un sonido de náuseas detrás de mí.

—Viejo, ¿qué diablos es eso en tu franela?

Gaara apareció a su lado un segundo después, haciendo una mueca mientras miraba mi espalda. —Parece que alguien vomitó en tu espalda.

—Mierda. —Tomé el hombro de mi franela y lo acerqué mientras giraba mi cabeza para ver. Y sí, Boruto vomitó su cena antes de que lo llevara a lo de la señora Rojas esta noche—. Mi niño debe haber escupido sobre mí.

La barbilla de Kiba cayó abierta. —¿Disculpa? ¿Dijiste tu niño? ¿Desde cuándo tienes un niño?

Fruncí el ceño, aún tratando de mirar sobre mi hombro para ver que tan malo era el daño. —Desde hace alrededor de tres meses. —Cierra la boca.

Kiba seguía mirando estúpidamente boquiabierto—. ¿Por qué diablos nunca nos dijiste que eras papá?

Dejé de torcerme y me encogí de hombros. —No lo sé. No me imaginé que historias sobre cambio de pañales y episodios de llanto fueran algo que te interesara oír.

—Bueno, no, pero... —Meneó la cabeza, aún aturdido—. Joder, hombre. ¿Olvidaste envolvértelo o qué?

Suspiré, dándome cuenta de cuánto tiempo me llevaría explicar mi situación —de lo que estoy seguro es que Kiba me destruiría por hacerme cargo del hijo de otro— cuando Jessie, nuestra jefa hasta que su papá se recuperara de su cirugía de corazón, salió por el pasillo del área que lleva a su oficina.

—Bien. Se encuentran todos aquí. —Aplaudió, alegre—. Esperen. —Se detuvo mientras nos miraba a los cuatro—. ¿Dónde está Nagato?

—Enfermo —le siseó Kiba—. Déjenlo jodidamente solo.

—Maldición. —Se mordió el labio inferior—. Iba a hacer que realizaran una noche de subasta, ya que no hemos hecho una desde hace tiempo, pero si solo van a estar trabajando cuatro...

—Podemos manejarlo. —Fui rápido para hablar, las noches de subasta traían una gran cantidad de dinero, y siempre era bueno hacer un poco más de efectivo, especialmente ya que iba a tener que gastar en una niñera ahora.

—Bueno, entonces... Encárgate de esto. —Jessie movió su mano en mi dirección, lo que básicamente me dijo que me encontraba a cargo. Luego se giró y caminó hacia la salida, dejándonos para que "nos encargáramos" por nuestra cuenta.

—¿Noche de subasta? —Sai fue el primero en preguntar después de que se ella fue.

—Oh, cariño, estás listo para divertirte. —Kiba se frotó las manos con alegría—. Los clientes tienen una pequeña guerra de ofertas, solo en noche de chicas… imagínate, para que una mujer afortunada, dispuesta a pagar lo máximo, pueda tener al camarero de su elección para que le brinde atención personalizada por el resto de la noche.

—La mejor parte es que el chico que es elegido obtiene el cincuenta por ciento de las ganancias —le dije.

Las cejas de Sai se unieron y miró hacia Gaara, cuyos ojos habían duplicado su tamaño normal.

—¿Vamos a subastarnos a… nosotros mismos? —Gaara sonaba escandalizado.

—Oye, es divertido. —Kiba lo golpeó en el hombro, maltratándolo un poco—. Todo lo que tienes que hacer es coquetear y hablar con la mujer hasta que cerremos y asegurarte de que su trago nunca se acabe. A todas las chicas les gusta.

—Y obtienes el cincuenta por ciento del botín —repetí.

Pero ni Gaara ni Sai parecían entusiasmados por la idea.

—Viejo. — Kiba apuntó a mi espalda y meneó la cabeza—. Quizá quieras limpiar esa mierda. Ninguna mujer va a elegirte con porquería de bebé en tu espalda. — Luego movió la cabeza y murmuró algo sobre mi paternidad antes de irse a terminar de arreglar las mesas.

Pero, mierda, tenía razón. Saqué mi teléfono del bolsillo, esperando que Fūka estuviera dispuesta a traerme una nueva camiseta. No tenía tiempo suficiente para ir a casa, cambiarme y volver rápido antes de abrir. Solo que debía de haberse ido ya aprovechando su libertad de esta noche. No respondió el teléfono del apartamento, y nunca le compré un celular porque tan solo no podía permitirme uno para ella también.

—Joder. —Colgué. Después de guardar el teléfono en el bolsillo, tomé la parte de atrás del cuello de mi franela y me la saqué por la cabeza para así poder ver que tan mal estaba.

—Voy a tratar de deshacerme de esto —dije a quien sea que estuviera dispuesto a escuchar. Pero cuando levanté la mirada, fue a Sai a quien atrapé mirando.

—Guau —dijo, observando mi pecho desnudo—. Tienes las palabras Lunita y Sumire tatuadas sobre tu corazón.

Palmeé mi mano sobre el tatuaje, protegiéndolo. Creía que hubiese preferido escucharlo burlarse del aro en mi pezón que mencionar ese tatuaje específico.

—Sí —dije, arrugando mi frente y listo para patear traseros si hacía una sola observación despectiva sobre la familia que siempre había deseado pero que empezaba a darme cuenta nunca conseguiría—. ¿Qué pasa con él?

—Nada. —Meneó su cabeza, pero continuó mirando el área que yo seguía ocultando. Levantando la mirada, finalmente agregó—: Es solo... extrañamente irónico. Quiero decir... —Entrecerró los ojos ligeramente—. ¿No es Lunita cómo llamaste a Hinata la otra semana cuando estuvo aquí con Ino?

Joder.

Con la boca seca, volví a mirar a Sai. Pero ¿cómo diablos recordaba eso? Debería haber estado preocupado por la asaltacunas que afirmaba estar embarazada de su hijo.

—¿Hi…Hinata? —gruñí, frunciendo el ceño como si no tuviese idea de quien hablaba—. Era la pelinegra embarazada, ¿correcto? La... la prima de tu chica o algo así.

Diablos, ahora estaba siendo soberanamente estúpido. Se iba a dar cuenta que fingía. Y sí, estrechó los ojos, probablemente preguntándose qué diablos pasaba conmigo.

Me encogí de hombros. —Tenía una Luna en su camiseta. ¿De qué otra manera se suponía que la llamara?

—Nada, supongo. No sé. —Sai movió una mano—. Ignórame. Fue solo una sorpresa ver ese nombre sobre el de Sumire. Eso es todo.

Arrugué una ceja, totalmente confundido. —Espera. ¿Por qué? ¿Quién es Sumire?

Sai exhaló antes de decir—: Nadie. Quiero decir, aún no. Así es cómo Hinata va a llamar a su hija cuando nazca.

—¿Qué? —Caí sobre el taburete y lo miré con la mandíbula floja. Pero, no. No, no, no. Esto no podía estar pasando. Por un momento, mi visión se puso negra. Pensé que me iba a desmayar, pero todo fue demasiado rápido, y parpadeé hacia Sai de vuelta enfocado.

—Oye, ¿estás bien?

—Yo... —Palmeé mi pecho varias veces—. Sí —dije finalmente con esfuerzo—. Estoy bien. Genial. Así qué... va a tener una niña ¿eh? ¿Hinata?

Asintió lentamente, mirándome cómicamente. —Sí. En realidad, se rehusó a decirle a nadie el nombre que eligió. Pero yo la atrapé bordándolo en algo la semana pasada y me hizo jurar que guardaría el secreto.

—¿Te hizo jurar que guardarías el secreto? —Fruncí el ceño, aún con la mano presionada a mi pecho, tratando de evitar que todas las piezas rotas dentro cayeran, porque mierda... Lunita de verdad iba a tener una niñita llamada Sumire. Y yo no tenía nada que ver con eso—. Si te hizo jurar que guardarías el secreto, entonces ¿por qué diablos me dijiste?

Sai retrocedió con sorpresa ante mi pregunta reprobatoria. —Eh... tal vez porque no vi que importancia tendría si tú lo sabías. Dudo que sus caminos vuelvan a cruzarse.

Dios, ¿tenía que restregar eso en mi cara tan fuertemente?

Aclarando mi garganta, bajé la mirada a la franela en mi mano. — Sí — dije, con mi voz ronca—. Tienes razón. —Hice señas a mi remera vomitada y comencé a caminar, necesitando escapar—. Voy a ver si esto sale.

No recordaba la caminata por el pasillo hacia los baños. Ni siquiera, haber abierto el agua en el lavamanos. Solo supe que de repente levanté la mirada de la franela que lavaba bajo el helado grifo abierto y vi mi reflejo en el espejo mientras colapsaba.

—Maldición —murmuré y lancé la sucia y empapada camiseta a mi imagen—. Maldición.

Retrocediendo hasta que mi espalda golpeó la pared, tomé mis sienes latentes y me deslicé hasta que estaba sentado en el suelo, sosteniéndome la cabeza en mis manos y reposando los codos en mis rodillas mientras trataba de no hiperventilar.

¿Cómo podía estar pasándome esto? Boruto, Lunita, y ahora Sumire todos terminaron siendo personas reales y ninguno de ellos eran jodidamente míos. Ni mi mujer, ni mis niños, ni mi nada.

Se suponía que fueran míos, diablos. Mi familia. Mi felices para siempre.

Jesús...

Madam Biwako no me mintió cuando dijo que me había devuelto la esperanza. Por diez años, añoré ciegamente todas estas cosas, cosas que ni siquiera estaba seguro de querer. ¿Una esposa? ¿Hijos? Ese no era mi estilo, pero de igual manera los había anhelado con cada respiración que tomaba porque deseaba la forma en que me sentí en esas visiones. Ansiaba el torrente de amor, el orgullo del logro, la ternura de ser adorado por otros, de por fin tener un lugar y alguien a quien pertenecer. Y ahora... ahora no había nada. Nada de amor, felicidad, satisfacción.

Mis manos comenzaron a temblar y cerré los ojos. Pasé una década, apostando a la mera esperanza de que a lo mejor esas estúpidas visiones pudieran hacerse realidad. Mantuve mi nariz limpia, lo que fue toda una proeza tomando en cuenta de dónde venía. Tomaba mucho maldito esfuerzo ser bueno cuando vivías donde yo vivía, donde todos alrededor hacían trampas y robaban para salir adelante. Habría sido tan fácil seguir ese camino. Pero quería ser una buena persona, una persona que eventualmente mereciera a mi Lunita.

Pero no había manera de que alguna vez fuera a ser lo suficientemente bueno para esa chica rica, y malcriada que había visto en Facebook. No es que eso importara. Ella ya tenía a alguien más. Y el jodido idiota le había dado un bebé; él había puesto a Sumire dentro de ella.

Mi Sumire.

Con mi garganta cerrándose, levanté la cara para golpear la parte de atrás de mi cabeza contra la pared. Después de concentrarme en meter aire en mis pulmones, lo que eliminó las náuseas, me puse de nuevo de pie y saqué mi camisa mojada del lavabo, humedeciendo mi cabello cuando me la puse.

Tenía un turno que comenzar y una subasta que ganar. Mi maldito felices para siempre ciertamente no vendría hacia mí, así que supuse que tendría que seguir trabajando duro para conseguir uno por mi cuenta.

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Continuará…