Hinata
—Está bien, así que, sé que esta noche debería estar trabajando en el final de la redacción de mi obra maestra, pero uf, tengo muerte cerebral. — Ino se dejó caer sobre el sofá junto a mí—. En vez de eso, vamos a ver una película.
Inclinándose sobre mí donde me encontraba trabajando en mi nuevo proyecto de arte para hacer un porta pañales para colgarlo de mi cuna, agarró el control remoto. —Así que, ¿estás de humor para: Jake Gyllenhaal, Channing Tatum, o Zac Efron? Estoy votando por Zac desde que se parece más a Sai.
Arrugando la nariz, me detuve sobre el trozo de tela que cortaba con un par de tijeras. —Sai no se parece para nada a Zac.
—¿Perdón? Ambos son sexys. Eso está bastante cerca. —Acomodándose hacia abajo, Ino lanzó las piernas sobre el reposabrazos y utilizó el poco espacio que quedaba libre de mi regazo como almohada. La envidiaba por ser tan flexible. Algún día, también sería capaz de volver a moverme así... tan pronto como pierda estos trece kilos de más de mi cintura.
—Aún no se parecen en nada. —Regresé a cortar, dándole a la tela un aspecto irregular con flecos.
—Bien. Entonces, ¿a qué actor tú crees que se asemeja más Sai?
Uf. No me importaba a quién se parecía Sai. Desde que consiguió comprometerse, Ino había estado aún más molestamente enamorada de él que de costumbre. Empezaba a volverme loca.
—No sé —dije—. Quizás a un Tom Welling joven, o Tyler Hoechlin, o ooh... Danny de la serie Baby Daddy´s.
—Dios, sí. Danny es sexy. Sai podría ser un Danny.
—Me pregunto cuál es su verdadero nombre —me pregunté en voz alta—. Digo, el de Danny. —Pobre chico, probablemente se cansó de que las personas lo llamen Danny cuando en realidad era alguien más.
—A quién le importa —declaró Ino—. Es sexy, eso es todo lo que sé. Aunque en serio, necesita más escenas sin camiseta en el programa.
Terminando con mi tarea de cortar, coloqué la tela y las tijeras en la bolsa a mi lado y resoplé. —Está sin camisa, como, en cada episodio.
—Lo sé. —Ino apuntó el control remoto hacia la televisión y comenzó a cambiar los canales—. Absolutamente, no está lo suficiente sin camisa.
Con una carcajada, dejé mi proyecto en espera por un rato, así podría disfrutar de este tiempo dedicado a mi mejor amiga. Levantando un poco de su cabello rubio y comenzando a trenzarlo, me di cuenta de que pronto ya no tendríamos estos momentos juntas. Ella estaría casada con Sai, y yo tendría a Sumire. Nos dirigíamos en direcciones completamente diferentes. Mejor, pero diferentes direcciones. Aun así, iba a extrañarla demasiado.
—Oye, ¿qué hay sobre esta? —Habiendo encontrado una película en Amazon Prime, Ino agitó el control remoto hacia la pantalla de la televisión para llamar mi atención.
Levanté mi rostro, solo para fruncir el ceño. —Esa no tiene a Jake, Channing, ni a Zac.
—Pero tiene a Chris Hemsworth. Así que... es lo mismo. Vamos a verla.
—Está bien, Belleza —concordé, usando el nombre con el que Sai la llamaba—. Lo que sea que mi adorable y preciosa novia quiera.
Pero tan pronto como presionó la tecla de reproducir, sonó su teléfono celular.
Ino saltó por encima de mí con la agilidad que solo una chica no embarazada podría lograr y corrió a la cocina. —Es Sai —dijo en voz alta, solo para responder en voz baja, de forma seductora—: Hola al hombre más guapo del mundo. ¿Cómo estás?
Después de escuchar por un momento, se detuvo y me lanzó una mirada significativa. —Oh, así es, ¿verdad? —Una sonrisa malhumorada se extendió por su cara—. Bueno, seguro. A Hinata y a mí nos encantaría llevarle a Naruto una camiseta nueva.
Ante ese nombre, me senté más erguida, prestando intensa atención en tanto mi sangre corría con interés.
Ino se encontró con mi mirada y arqueó una ceja mientras seguía hablando en el teléfono. —Cariño. Seguro. También te amo. Adiós. —Cuando terminó la llamada, su sonrisa era demasiado petulante—. Bueno, bueno, bueno.
—¿Qué? —exigí, necesitando averiguar cualquier pedacito de información que pudiera sobre el compañero de trabajo de Sai—. ¿Por qué vamos a llevarle a Naruto una camiseta nueva?
—¡Lo sabía! —Chasqueó su dedo y me señaló, pavoneándose—, lo sabía. Te gusta mucho, ¿verdad? ¿No? ¡Sí, te gusta!
Mi rostro se enrojeció mientras apretaba los dientes. —Dame un respiro —murmuré—. Estoy de siete meses y medio de embarazo. Lo último que quiero es cualquier tipo de implicación con un chico.
Excepto, quizás, ese chico. Uff, ¿por qué no podía sacarlo de mi mente?
Habíamos tenido un encuentro inesperado semanas atrás, y eso fue todo.
—No sé —murmuró Ino, golpeando su mentón ociosamente, mientras me estudiaba—. Becca dijo que nunca había estado tan cachonda en su vida como lo estuvo cuando se encontraba embarazada.
Fruncí el ceño. —Sí, excepto que hay algo muy malo con tu hermana. — Aunque quizás ese era mi problema. Mis malditas hormonas de embarazada me hacían estar cachonda. Pero, ¿por qué Naruto había sido el único que las activaba?
—Él es muy ardiente —dijo Ino como si respondiera mi pregunta no formulada—. Quiero decir, no tanto como Sai. Pero sin duda es notable. Los tatuajes y piercings lo hacen parecer todo salvaje e incontrolable.
—Lo que sea —espeté, enviándole una mirada furiosa de incredulidad. No había una sola cosa salvaje en él. Y además—: Es más ardiente que Sai.
Mierda, admití que me encontraba atraída por él, algo que no debería siquiera estar pensando. No quería chicos en mi radar. Era simplemente ridículo, tener en cuenta a los hombres y las relaciones cuando me sentía un poco preocupada por convertirme en una madre primeriza soltera. ¿Qué estaba mal conmigo?
Ino no pareció notar el pánico en mi rostro, ya que se hallaba muy ocupada sofocándose en su desacuerdo. —Ni siquiera es posible. Nadie, quiero decir, nadie es más ardiente que Sai.
Palmeé su mano con simpatía. —Sí, solo sigue diciéndote eso a ti misma, cariño. Ahora, ¿qué pasó con la camisa de Naruto?
Me moría de curiosidad. ¿Una clienta se la arrancó? No es que la culpe. También tenía curiosidad por saber qué aspecto tenía su torso desnudo. Tal vez era más el de un doble de Jake Gyllenhaal... con más tatuajes. Delicioso.
—Bueno, aparentemente, tu chico amante vino a trabajar esta noche sin saber que tenía vómito seco de bebé corriendo por la parte de atrás de su camisa. —Cuando aparté mi sorpresa, arqueó una ceja—. ¿Sabías que tenía un bebé?
—No. —Sacudí la cabeza, sintiéndome casi traicionada, lo que no tenía ningún sentido, porque llevaba alrededor de unos trece kilos más de mi propio bebé—. Sigue hablando.
Hizo rodar los ojos, pero obedeció. —De todas maneras, no tiene tiempo para correr a casa a buscar una limpia, así que Sai quería saber si yo, pero también te estoy incluyendo en esta misión, porque te amo y sé que quieres verlo, podría agarrar una de sus camisas y correr hasta ahí por su amigo, para vestirlo.
—Por supuesto que lo haremos. —Luché para levantarme del sofá, sintiéndome como una ballena monstruosa varada que no podía moverse mientras agitaba mis brazos en busca de ayuda.
Ino tuvo misericordia y tomó mi mano, levantándome.
Alisé mi blusa sobre mi cintura abultada y solté el aliento. —Gracias. Acabo de lavar y doblar la ropa hoy. Creo que hay una camisa limpia y linda colocada en la parte de arriba del montón en la canasta sobre la lavadora.
Mientras me apresuraba hacia el pasillo para traérsela, Ino me siguió.
—De verdad te gusta este chico, ¿no?
Con un bufido, agarré la camisa que pronto estaría presionada contra Naruto y rozando contra su piel desnuda. Oh, suspiro. Pero seguí fingiendo que no me afectaba por Ino, porque francamente, aún me asustaba el hecho de que me sentía afectada.
—Ni siquiera lo conozco. —Simplemente quería saber todo sobre él.
Sonrió y levantó las cejas mientras caminábamos hacia la puerta principal. —Oh, no creo que me haya olvidado de cómo coqueteó contigo esa noche. A lo grande. Quiero decir: "No comas esos frutos secos. Déjame darte un lote nuevo, Lunita". —Cuando dramáticamente alejó su cabello y se abanicó mientras trataba de imitar lo que él había dicho, me reí e hice rodar los ojos.
—Estás tan aburrida.
—Lo que sea. Podría haber estado temporalmente preocupada por las brujas malvadas de Suna volando en sus escobas —continuó Ino—, y luego atrapando a Sai, y… oh, Dios mío, aún no puedo creer que realmente estoy comprometida. Está sucediendo, H. Sai y yo nos vamos a casar.
Con un chillido feliz, extendió su mano izquierda así podría mostrar el anillo que juro no se lo sacó desde que Sai lo había puesto ahí, tal vez, ni siquiera para ducharse.
—¿No es el diamante más hermoso que has visto?
Sonriendo porque alejó fácilmente mi preocupación por el tema Naruto-y- yo, asentí. —Sí, cariño. Lo hizo bien. —Abrí la puerta para dejarla guiar el camino hacia el antiguo coche viejo que Sai habían comprado esta semana.
Me sorprendería si el cacharro duraba un mes.
—¿Bien? —Me miró como si estuviera mal—. Lo hizo increíble. Si alguna vez hubo un símbolo para demostrar lo mucho que me amaba y quería estar conmigo por el resto de su vida, esto es todo. Esto es ese símbolo.
Continuó efusivamente hasta que casi nos encontrábamos en el club donde el tono de llamada de su teléfono la interrumpió. Mi estómago se tensó por la preocupación de que sería Sai, llamándonos para cancelarlo porque Naruto ya había conseguido una camisa de otra persona. Quería ser yo la que le provea y cuide de él.
Umm, esas deben ser las hormonas del embarazo canalizando algún tipo de instinto maternal, porque ciertamente nunca antes quise cuidar de ningún chico, por ninguna razón. Extraño.
Escuchando la conversación al lado de Ino, pude asegurar que era la madre de Sai. —Está bien. Cambio de planes —me dijo mientras terminaba la llamada y arrojaba su teléfono en la guantera central—. Moegi tiene fiebre, así que Dawn necesita que corra a la farmacia y recoja una receta para ella.
La mamá de Sai, Dawn, por lo general se asustaba cuando su hija, Moegi, sufría cualquier problema pequeño ya que tenía parálisis cerebral. Más de una vez a la semana, ya sea Ino o Sai tenían ir ahí para ayudarles. Sé que no tenía lugar para hablar ya que actualmente me encontraba gorroneando a Sai e Ino... bueno, todo, pero para mí, Dawn dependía demasiado de su hijo. No era de extrañar que él se sintiera presionado a vender su cuerpo a su malvada casera, o como actualmente Ino la llamaba: la Malvada Bruja de Suna.
—Pero, ¿qué pasa con Nar… —comencé antes de que Ino levantara la mano.
—Estamos a solo una cuadra del club. Te dejaré en la puerta principal, voy a la farmacia, paso por lo de Dawn y Moegi, y luego regreso a recogerte en mi camino a casa.
Tendría que conducir por otro camino para regresar por mí, pero sabía que ella siempre sentía una sensación de urgencia cuando la mamá de Sai necesitaba algo. Así que me mantuve en silencio.
—Está bien. —Metiendo la camisa de Naruto en mi cartera, balanceé mi cabeza mientras parábamos en la acera.
—Y recuerda —me envió un guiño y una sonrisa—, está absolutamente bien si deseas arrancarle toda esa ropa a ese tatuado hombre dulce y solo... lamerlo. Estás embarazada. Tus hormonas están fuera de control. No es tu culpa.
Hice rodar los ojos, pero mis hormonas embarazadas se emocionaron ante la ilustración que mi mejor amiga acababa de pintar en mi cabeza. — Muchas gracias por tu permiso. —Abriendo la puerta, añadí—: Pero el escuchar a mis hormonas es cómo me metí en esta situación. Así que, creo que pasaré.
—Pero a Sai le agrada este chico. Dice que Naruto es su compañero de trabajo favorito… no solo porque es gran trabajador, sino por la manera en que trata a las mujeres. Supongo que el hombre sabe cómo hacer que todas y cada uno de ellas se sienta especial.
Mirándola fijamente, traté de ignorar la decepción que me mordió en el trasero. Así que trataba a todas las mujeres así, ¿eh? Sabía que se suponía que era algo bueno. Es decir, lo era. Pero también significaba que no fue solo a mí. No había sido especial en lo más mínimo, simplemente otra mujer sin nombre y sin rostro que sintió la necesidad de consentir.
Sacudiendo mi cabeza, me dije que no importaba. De todos modos, me mantenía lejos de todos los hombres. Centrándome en nada más que bebés.
Pero interiormente, aún dolía. Probablemente no significaba nada para un chico del que no había sido capaz de dejar de pensar por dos semanas consecutivas.
Con una sacudida de mi cabeza, ignoré mi decepción y le soplé un beso a Ino. —Adiós, cariño. Dale a Moegi este beso por mí, ¿sí?
—Está bien.
Mientras Ino se alejaba, me di la vuelta y levanté mi mirada a las brillantes luces de neón de Shinobi's. Tenían diez minutos hasta que abran, por lo que me apresuré hacia delante y golpeé en el cristal de la puerta de la entrada hasta que el chico cuyo nombre nunca aprendí apareció al otro lado, mirándome.
Saqué la camisa de Sai de mi cartera y la agité como una especie de ofrenda de paz, hasta que desbloqueó la puerta y la abrió.
—Hola —dije, enviándole una sonrisa insegura—. Eres Nagato, ¿verdad?
—Gaara —corrigió.
Anotado. Tenía su nombre. —Gaara —repetí—. Bien. Oye, no sé si te acuerdas de mí. Soy la prima de Sai, Hinata. —Muy pronto lo sería, eso era—. Estoy aquí para entregar una camisa.
—¿Para Naruto? —preguntó, abriendo la puerta ampliamente para mí.
—Síp. —Entré, conteniendo mi respiración para ese primer momento en que podría verlo de nuevo—. Para Naruto.
Pero no vi a Naruto en ningún lugar. Aparte de Gaara, solo Sai y Kiba llenaban el grande y tranquilo club. Miré fijamente a Sai, que hacía algo detrás de la barra, de espaldas a mí.
—Una camiseta negra —anuncié, haciéndolo saltar y darse la vuelta—. Recién lavada y doblada.
Cuando me levanté, frunció el ceño ante la prenda de vestir antes de mirar detrás de mí. —¿Dónde está Ino?
—Cambio de planes. —Me senté en el bar y vi un plato de cacahuetes. Golpeé mis dedos a lo largo del mostrador por unos segundos, tratando de resistir la tentación, antes de que no pudiera soportarlo por más tiempo, y extendí la mano—. Llamó tu mamá. —Mis siguientes palabras fueron ahogadas mientras masticaba—. Ino In tuvo que ir a la farmacia por Moegi. Así que, me dejó y estará de vuelta una vez que todo eso esté resuelto.
La preocupación inundó sobre su rostro. —¿Qué le pasa a Moegi? —Me encogí de hombros. —Fiebre. O algo así. No estoy segura.
Descartándome completamente, sacó su celular y comenzó a marcar. Mientras se encontraba ocupado llamando a Ino, Kiba se dejó caer sobre el taburete a mi lado.
Levantando su mentón en mi dirección, movió las cejas. —Así que, ¿vas a amamantar a ese niño una vez que salga?
Cuando su mirada se posó en mis pechos hinchados, llenos de leche, suspiré. Había tratado con este tipo de idiota inmaduro demasiadas veces en mi vida. Acercándome más, le di una sonrisa coqueta. —Sí, lo haré. —Tocando su brazo, pestañeé varias veces—. Oye, ¿crees que podrías verme hacerlo en algún momento y decirme si se ve bien? Porque... —levanté los dedos para morderme una uña—, soy muy nueva en ello, no sé cómo hacer que alguien succione mis pechos.
Asintió, sin decir nada, con la boca abierta. —Diablos, sí, yo podría ver. ¿Hablas en serio, cariño?
—Dios, no, no hablo en serio, perdedor. —Empujando fuerte su brazo, lo empujé del taburete donde se hallaba sentado—. Consigue una vida y deja de seducir a las mujeres embarazadas.
Después de tropezarse con sus propias piernas, cayó fuerte sobre su culo. Balbuceando maldiciones, se paró y sacudió la suciedad del suelo de la parte trasera de sus pantalones mientras fruncía el ceño. —Jesús, solo me preguntaba. Todo lo que tenías que hacer era decir que no.
—No —dije, mirándolo con un poco de advertencia seria.
Levantó las manos y retrocedió. —Bien. Lo que sea. Tú lo pierdes, Tetas de Leche.
Cuando se dio la vuelta, Naruto finalmente apareció, saliendo de la sala de atrás y pasó una estresada mano a través de su cabello húmedo, como si algo le hubiera molestado. Una ola hirviente de energía pasó a través de mí. Salté del taburete tan rápido que me hizo marear.
—Hola —lo saludé sin aliento.
Se tambaleó, deteniéndose y sacudió la cabeza en mi dirección. Mientras miraba sin responder, aumentaba mi nerviosismo.
—Yo... tú... aquí. Camisa.
Oh mi Dios. ¿Qué infiernos acababa de decir?
Frunció el ceño con confusión mientras miraba hacia la camisa que le pasé. Cuando levantó su mirada de nuevo, dejé escapar un suspiro. —Sai llamó —dije al final con un poco de decoro, a pesar de que mis mejillas ardían con vergüenza.
No podía creer que actuara como una boba. Era Hinata Hyuga, la reina de la indiferencia y la serenidad, inafectada y siempre difícil de conseguir. Se suponía que debía tener la maldita actitud aquí. Si solo me hubiera arrojado a los pies de Naruto y le suplicara: tómame, soy tuya; no creo que pudiera sentirme más patética de lo que me sentía ahora.
—Dijo que necesitabas una camisa y preguntó si podíamos traerte una de las suyas —añadí con más calma—. Así que... ¡Voila! Aquí tienes. Limpia por mí misma, justo hoy.
No tomó la camisa. Frunció el ceño y preguntó—: ¿Sai te llamó a ti? Espera, ¿lavas su ropa?
No esperaba este tipo de preguntas, y me desilusioné un poco por la acusación en su voz.
Parpadeando, me tomó un momento responder. —Bueno... sí, lavo su ropa. Si voy a vivir con ellos y a costa de ellos, lo menos que puedo hacer es lavar sus ropas. Y no me llamó a mí, exactamente. Llamó a Ino y se lo pidió a ella. Pero está... en este momento ocupada con otra cosa, y me hallaba sentada en el sofá, ya sabes, esperando a que nazca mi bebé. Así que, me ofrecí.
Comenzó a sonreír como si le complaciera escuchar que en realidad había querido traerle una camisa. Pero entonces otro ceño fruncido arruinó su frente. Sacudió la cabeza. —Espera. ¿Vives con Ino?
—¿Qué? —Mis ojos se abrieron grandes mientras espetaba—: No. No, en lo absoluto. Vivo con Ino... quién... vive con Sai. —Cuando levantó una ceja, mordí mi labio—. Entonces, está bien, técnicamente, supongo que vivimos bajo el mismo techo. Y comemos en la misma cocina, y compartimos un bañito minúsculo, pero... no vivo con Sai. Nada como eso. —Cuando le di una risita nerviosa, sonrió.
Dios, adoraba su sonrisa. Me encantaba cómo hacía que sus ojos se iluminen y cómo sus labios estirados hacían que los aros en ellos se levanten y muevan. Me sentía tan llena cada vez que se veía así de feliz.
—Bueno, gracias por aclarar eso. Y gracias por la camisa.
Extendió la mano y envolvió los dedos alrededor de una parte de la ropa. Pero no me sentía muy lista a renunciar a este momento. Cuando trató de deslizarlo de mi mano, no dejé exactamente que lo agarrara. Sosteníamos el mismo objeto, ninguno de nosotros lo quería soltar, jugando un juego caliente de tira y afloja.
—De nada —dije, notando cómo la camisa empapada que vestía ahora se aferraba a su torso. Y, guau, ¿quién iba a saber que alguien tan delgado podría tener un torso tan definido? ¿Y era el contorno de un aro en el pezón lo que veía a través de esa tela mojada? Oh, Dios santo, el chico tenía un pezón perforado. Mátenme ahora—. Sin embargo, honestamente —le dije, mi voz sin aliento—. El aspecto de camisa mojada está funcionando para ti. ¿Seguro que quieres esta aburrida, vieja y seca?
Sorpresa llenó sus ojos azules antes de que me diera lentamente una sonrisa caída. Usando la camisa que ambos sosteníamos para estirarme más cerca, bajó su voz. —¿Por qué, Hinata Lunita Hyuga —murmuró, su tono burlón de regaño—, estás coqueteando conmigo?
—¿Qué? ¡No! —Con un trago, me di de cuenta de que —Buen Dios— lo hacía. Qué malditamente mortificante. Soltando la camiseta, di un paso atrás. —Mierda. Lo siento.
—¿Por qué? —Decepción llenó su cara—. No dije que me importara.
—Sí, pero tú… yo… —Fruncí el ceño, sin recordar por qué coquetear con él era una mala idea otra vez.
Pero parecía entenderlo, porque sus ojos demostraron comprensión. — Ya tienes novio.
—¿Qué? —Sacudí la cabeza—. No. ¿Qué te haría pensar eso? —Cuando su mirada se desvió hacia mi estómago, aclaré mi garganta—. Oh, cierto. Eso. Sí, no. No, definitivamente no… de ningún modo. Ese chico es… un estúpido. — Agité mi mano indicando que Sasori se había ido hace tiempo hasta que me di cuenta de lo extraña que debía verme, parloteando como una idiota y agitando las manos. Dejé caer los brazos a mis lados, sintiéndome como Ino cuando entraba en modo boba.
—Cinco minutos hasta la apertura —gritó Kiba desde el otro lado de la habitación.
Detrás de mí, Sai murmuró—: Mierda.
Naruto y yo intercambiamos miradas antes de girarnos juntos para ver la maldición de Sai mientras trataba de encajar rápido un vertedor en una botella de ron.
—¿Estás bien por allá, Shimura? —preguntó Naruto.
Murmurando entre dientes, Sai asintió mientras sacudía el alcohol derramado en sus manos. No se veía nada bien.
—Mmm —comenzó antes de darme un golpecito en el brazo con la camiseta—. Voy a cambiarme. Vuelvo enseguida.
Asentí pero mantuve mi atención en Sai.
—¿Qué es lo que te pasa? —le pregunté tan pronto como salió Naruto.
—Nada —espetó—. Maldita sea. Se me cayó un poco en mis vaqueros. — Cuando abrió los brazos y miró a la única mancha de humedad en su muslo como si fuera el fin del mundo, arqueé una ceja. Sin duda eso no era propio de Sai.
—Bueno, algo está pasando. ¿Cuál es tu problema?
Me lanzó una mirada justo cuando Gaara se acercó a la barra. — Hombre, ¿estás tan nervioso por esta subasta de esta noche como yo?
Me giré con curiosidad al chico alto que me recordaba a un oso de peluche. Enorme y voluminoso, pero demasiado tierno hasta para matar a una mosca. Mmm, tal vez era más como Danny de Baby Daddy's. —¿Qué subasta?
—No es nada. —Su tono me dijo lo contrario.
—Amigo, sí es algo. —Kiba se deslizó al taburete a mi lado como si no le acabara de echar de ahí hace cinco minutos—. La noche de subasta es una garantía de fabricar dinero… eso es, si el ganador eres tú. Y esta noche seré jodidamente elegido. No hay apuesta que me asuste.
—Espera. Estoy confundida. —Me giré a Gaara, ya que tenía la sensación de que Sai me mordería la cabeza si le preguntaba otra vez, y realmente no tenía ganas de hablar con señor Tetas de Leche—. ¿Qué pasa con la noche de subasta?
—Somos subastados —explicó Gaara en voz baja, y la mirada en sus ojos me dijo que no tenía ganas de eso—. Al menos, uno de nosotros lo es. La que gane, podrá elegir a cualquiera de nosotros.
Una familiar sensación de temor se hundió en mi estómago, y no tenía nada que ver con la bebé del tamaño de una piña que vivía allí. —¿La ganadora podrá elegir qué, exactamente?
Se encogió de hombros. —No estoy seguro. Servirle todas sus bebidas y prestarle atención a ella y esas cosas, y que esté a su lado toda la noche. Kiba dijo algo de coqueteo, pero… —Me envió una mirada inquieta.
Girando hacia Kiba, puse mis manos en las caderas y lo miré. —Bueno, Sai está fuera. No va a vender su cuerpo por ningún motivo.
Kiba solo me miró. —Jesús, lo haces parecer como si nos fuéramos a convertir en un montón de gigolós.
La mera palabra me hizo erizarme. Solo podía imaginar lo que le hizo a Sai. Pero me negué a mirarlo, temiendo, alguna manera, echarlo.
—Somos atentos, eso es todo —continuó Kiba—. No tenemos que dormir con la chica, ni besarla, mierda, ni siquiera tocarla. Sobre todo si es fea. — Señalándome, se giró hacia Sai—. Pensé que la de cabello rubio era tu novia. No ésta.
—Ella lo es —hablé, golpeando a Kiba en el brazo con mis dedos—. Pero como la prima y mejor amiga de la de cabello rubio, sé exactamente lo que diría si estuviera aquí. Y diría: De ninguna manera. Sai no va a hacer esto.
—No importa nada lo que tú pienses —respondió Kiba en el mismo tono que usé yo—. Porque la ganadora me va a elegir a mí, y no a él. Naruto —gritó al tiempo que él salía del pasillo, vistiendo una camiseta de Sai, la cual — suspiro— le quedaba un poco suelta—. Haz que esta loca se calme, ¿quieres?
—Eh, cuidado con lo que le dices. —Naruto se movió hacia Kiba como si quisiera tener un enfrentamiento, pero le agarré el brazo.
—Naruto —intervine—, por favor, has que Sai no participe en esta subasta.
Se desvió hacia mí y miró a mi mano antes de elevar su cara, con los ojos brillantes por la sorpresa. Luego agitó su cabeza. —Yo… No es cosa mía, Lunita. Es decisión de nuestro jefe.
—Entonces quiero hablar con este jefe imbécil.
—Hinata —silbó Sai, con la mandíbula tensa y sus ojos llenos de ira—, cállate. Está bien.
—No —le siseé porque no se veía bien. Lucía exactamente igual a como me sentía tantas veces en el pasado. Girando a Naruto, le rogué con mis ojos—. No quiere hacerlo. —Me aseguré de que mi voz fuera lo suficientemente baja para que Sai no nos escuchara.
Pero Naruto no lo entendió. Sonriendo, agitó la cabeza. —Es divertido. No hay mala intención, y no es como si él engañara a tu prima. Demonios, estoy casado. Así que es completamente…
Mi boca se abrió. —¿Estás casado?—Oh, Dios mío. Arráncame el corazón.
Se congeló, la culpa en su cara era obvia. De repente me sentí con ganas de vomitar. Acababa de coquetear con un hombre casado. ¿Y por qué no había asumido que estaba casado? Acababa de enterarme de que tenía un bebé, por Dios. Los papás ocasionalmente se casaban con las madres de sus hijos. Diablos, qué idiota.
¿Y por qué me sentía tan perdida de repente? Como si me hubiera traicionado.
Aclarándose la garganta, Naruto bajó la cara y balbuceó—: Más o menos.
—¿Más o menos? —Arqueé una ceja—. Es como si yo dijera que estoy más o menos embarazada. O lo estás o no.
—Bueno, vale. —Levantó la mirada, y juro haber visto dolor y perdón en sus ojos—. Sí, lo estoy, entonces. Estoy… casado.
Oh, diablos. El único hombre que de verdad me afectó, y estaba casado. Le golpeé en el brazo. —¿Por qué demonios me dejaste coquetear contigo si estabas casado?
Abrió la boca, pero lo único que dijo fue—: Mmm…
Rodé los ojos y suspiré. Apartando la mirada porque dolía tanto mirarlo a él, vi a Sai enfadado detrás del bar, y recordé mi misión. Volteándome a Naruto, susurré—: Por favor. No hagas que se subaste él mismo. No tienes ni idea de lo que eso le hará.
Naruto miró a Sai y lo estudió un momento antes de acercarse a mí. — ¿Tiene algo que ver con el puma que vino la semana pasada?
Guau, era bueno. Pero ya había demostrado lo perceptivo que era la última vez que lo vi. Tragué saliva, tratando de no revelar nada con mi expresión. Pero tenía la sensación de que ya había soltado la respuesta, porque Naruto asintió como si de repente entendiera. Tras exhalar rápidamente, habló lo suficientemente alto para que Sai lo escuchara.
—Bueno, no tiene que hacerlo si de verdad no quiere. No es como si Jessie lo fuera a despedir si dijera que no.
—¿En serio? —Iluminada con esa posibilidad, me giré a Sai.
Sai se mordió el labio, claramente tentado. —¿Estás seguro de que no le importaría?
Naruto resopló. —Puede discutirlo conmigo si le importa.
Sai asintió. —Entonces, no, yo no… No quiero participar.
—Yo tampoco quiero —habló Gaara.
Maldiciendo, Naruto cerró los ojos momentáneamente antes de fruncir el ceño a Gaara. —Jesús, chicos. Está bien. —Soltó una respiración frustrada—. Ninguno de ustedes tiene que hacerlo en sí. Pero esto no funcionará con solo Kiba y yo en el bloque de subasta. Tendrán que presentarse con nosotros en el evento principal y hacer como si participaran. Luego, si alguien elige a alguno de ustedes…
—Lo cual no es ningún problema —gritó Kiba desde el otro lado de la habitación mientras iba a abrir las puertas delanteras—, porque todas las chicas me van a elegir a mí.
Naruto asintió. —Entonces, solo tendremos que decirle a la ganadora que tienen que trabajar en el bar esta noche, y ella tiene que escoger a otro.
Inhalé, aliviada. Con una mirada rápida a Sai, vi que él también. Bien. Un problema menos. Girándome hacia Naruto, me di cuenta de que tenía una cosa más que conseguir esta noche.
Estirándome hacia él, lo agarré de su camisa.
Naruto
—Tenemos que hablar —dijo.
Hinata me sorprendió cuando agarró la parte delantera mi camisa.
—Mmm, está… bien. —Tropecé mientras se dirigía hacia el pasillo posterior, arrastrándome detrás de ella. No me importó seguirla. La seguiría a cualquier parte que me llevara, en cualquier lugar que pueda estar a solas con ella. Pero la forma en que se hizo cargo y me tiró era excitante.
La anticipación se situó en mi nuca. Sabía cómo se sentía empujar dentro de esta mujer. Sabía exactamente cómo se veía en el momento que cerraba los ojos y se mordía el labio inferior cuando se corría, cómo sus músculos se apretaban alrededor de mi polla y sus senos se arqueaban contra mi pecho. No obstante, nunca he tenido sexo con ella, nunca la he visto desnuda, ni siquiera la he besado.
Mi mente lo sabía, pero mi cuerpo todavía no. Mis sentidos expulsaban absoluta excitación. Era imposible estar cerca, respirar su aroma a lavanda y no recordar cada detalle de esos malditos destellos. Ella ha sido el mejor polvo que había tenido, y ni siquiera había sido real.
La primera vez que estuve con una chica, esperaba esa sensación, esa sensación cegadora que había tenido cuando estuve con Lunita en todas esas visiones. Pero no sucedió. Nunca vino cuando estaba con otra persona. No podía contar cuántas veces busqué la felicidad inesperada de enterrarme profundamente en el paraíso, solo para llegar a nada.
Mirando ahora a Hinata, tenía que preguntarme si sería así con ella ya que era la mujer de mis visiones, mi alma gemela. Mi polla definitivamente pensaba eso. La cosa estaba dura como una piedra.
Se detuvo abruptamente a mitad de camino por el pasillo y se volteó para enfrentarme. Tuve que frenarme para no tropezar con ella y apuñalarla por accidente con la excitada piedra. Mi cuerpo se calentó, encendiendo esta corriente que me puso más allá de dolorosamente duro. Gracias a Dios, la camiseta de Shimura me quedaba holgada y larga. Ayudó a ocultarlo.
—¿Quieres ganar esta subasta? —preguntó.
Parpadeé, tratando de sacar de mi cabeza la visión de tener sexo con ella. —Sí —respondí finalmente—. Sí quiero.
—Bien. Eso pensaba. —Abriendo un enorme bolso, sacó una lata de aerosol de algún tipo y lo sacudió antes de rociar algo de mierda blanca que parecía crema batida en su palma, lo cual en realidad hizo girar mis sucios pensamientos, hasta que dijo—: Inclínate aquí. —Y alcanzó mi cabello.
En vez de agacharme, di un cauteloso paso hacia atrás. —¿Qué diablos es eso?
—Es espuma, idiota. También conocido como gel de peluquería. Voy a arreglarte hasta que puedas verte increíblemente sexy en lugar de ligeramente sexy. Ahora agacha la cabeza para acomodar tu cabello y ayudarte a ganar esta subasta.
Si hubiera querido limpiarme mierda de perro solo por placer, quizá la habría dejado. Era Lunita; de ninguna manera podría negarle nada. Así que agaché la cabeza.
¿Espera, me llamó ligeramente sexy? Espera otra vez…
—Déjame aclarar esto. ¿Casi tuviste un infarto para sacar a Shimura de esta subasta, pero ahora estás aquí, arreglándome, para así poder ganar? —No estaba seguro si debería estar ofendido o no. ¿Por qué no tenía problema en venderme a una mujer cualquiera?
Pero al instante hundió los dedos en mi cabello y mierda... naba iba a ofenderme por un buen rato. Jesús, tenía buenos dedos. Se sentían tan condenadamente bien en mí. Sus uñas ocasionalmente raspaban mi cuero cabelludo, y cada vez que lo hicieron, cada nervio de mi cuerpo tenía un mini orgasmo. El latido de mi corazón palpitaba en mi erección hasta que tuve que concentrarme para no rodar mis caderas con sus dedos mientras jalaba mi cabello con estos tirones rítmicos, asegurándose de poner esa mierda de espuma en cada mechón. Y oh... Santo Niño Jesús, se sentía bien. Tan. Malditamente. Bien.
Entonces habló, y el tono de su voz era como llovizna de chocolate sobre un ya perfecto postre. —En realidad tú quieres ganar —dijo—, y él no quería participar, así que... Sí. Es exactamente eso.
¿Qué dijo? Creo que estaba demasiado ocupado tratando de no venirme en mis malditos pantalones. Cristo. Ella me podía arreglar todos los días de la semana. Extendí la mano y la presioné contra la pared para apoyarme, porque toda la sangre corrió a mi polla y me sentí mareado.
—De acuerdo. Levanta la mirada. —Su voz se volvió ronca.
Levanté mi rostro, respirando entrecortadamente en el momento que nuestras miradas se encontraron. Sus pupilas parecían dilatadas y llenas del mismo calor que yo sentía. Mis fosas nasales se abrieron, ansiosas por inhalar su aroma a lavanda, pero solo pude oler esa maldita espuma.
—Tú, eh... —Se aclaró la garganta y apartó su mirada lejos de mí para centrarse en lo que le hacía a mi cabello. Sus dedos se desaceleraron como si quisiera extender nuestro tiempo juntos. Dios, amaba el coqueteo sucio—. Hay otra cosa que de hecho quiero discutir contigo.
Todavía negándose a mirarme a los ojos, chupó su labio inferior entre los dientes, justo como lo hizo cuando estaba dentro de ella. Era mucho más excitante.
—Bien. —Arrastré las palabras—. Suéltalo.
—Cierto —asintió—. La última vez que hablamos, sé que saliste con esta loca suposición sobre mí que... bueno... —Quitó los dedos de mi cuero cabelludo y me miró, quemándome con esos ojos muy grises que soñaba todas las noches—. Te equivocaste, ¿de acuerdo? Lo que hayas pensado... Era solo... No es cierto. Eso nunca sucedió. A mí no. —Me dio una alentadora, aunque tensa sonrisa—. ¿Está bien?
Vi su garganta moverse cuando tragó. Mi mirada cayó en sus manos; las retorcía inconscientemente en su cintura. Levantando mis ojos otra vez, tomé la determinación y la desesperación en su expresión y asentí lentamente.
—Está bien —dije, encogiéndome un poco de hombros como si no fuera nada.
—Está bien —repitió con un contundente gesto, antes de que una línea se profundizara entre sus ojos—. Espera. Me estresé por esto durante dos malditas semanas, incapaz de dejar de preocuparme por lo que piensas de mí y lo que ibas a hablar. ¿Y todo lo que tienes para decir es "está bien"? —Puso las manos en las caderas y frunció el ceño.
Su temperamento enojado era tan adorable que me hizo sonreír. Me recordó a la Lunita que creé en mi mente, una atrevida alma gemela que discutía conmigo, incluso cuando yo trataba de ser totalmente obediente.
Joder, tal vez ella no era exactamente como había anunciado ser en su página de Facebook. Tal vez no era la rica y malcriada princesa que me convencí que era. Lo cual era malo. Pensando que era más a lo que me había imaginado en lugar de lo que temía, hizo que mi corazón creyera que podría llegar realmente a ella y tenerla.
Pero no podía.
Con mi mano todavía apoyada contra la pared, me incliné, flotando sobre ella. —¿Qué quieres que diga, Lunita? ¿Qué sé que estás mintiendo? ¿Qué sé lo que sucedió realmente y solo pensar en eso me parte malditamente en dos? ¿Qué quiero hallar el monstruo o monstruos que te lastimaron y destruirlos con mis propias manos? ¿Eso es lo que prefieres?
Sus ojos se ampliaron y su aliento salió desde sus labios entreabiertos. — Yo… —Negó—. En realidad, no. Tienes razón. "Está bien" fue una buena respuesta, después de todo.
—Sí. Seguro que lo fue. —Luego sonreí, amando que por fin podía oler su aroma a lavanda otra vez—. No te preocupes, cariño. Conservaré tu secreto. Si me prometes algo a cambio.
Se sacudió hacia atrás, alejándose de mí, con el ceño fruncido. —No hago tratos.
—Relájate. —Con una risita, agarré un mechón de su cabello entre mis dedos y casi gemí cuando sentí lo suave que era. Era tal como recordaba de mis visiones—. Solo quiero que me digas que ya no estás en peligro. Si sé que ya no puede llegar a ti, lo dejaré y fingiré que soy un idiota ignorante. ¿De acuerdo?
La vulnerabilidad en su expresión hizo que cada instinto protector apareciera en mí. Solo quería recogerla y llevarla a un lugar seguro, donde nadie pudiera molestarla otra vez.
—Ya no estoy en peligro —me aseguró obedientemente, al tiempo que sus ojos se ampliaron por sorpresa, como si no pudiera creer que acababa de hacerme saber que no había estado equivocado después de todo.
Cerré los ojos brevemente, porque aún había estado aferrado a la esperanza de que podría haberme equivocado. Pero ahora que lo confirmó, el dolor se apoderó de mi garganta, haciendo mis palabras ásperas cuando dije— : Bien. —Inclinándome hacia abajo, apreté mis labios en su frente—. Gracias a Dios.
Se escabulló lejos de mí con un jadeo. —No deberías hacer eso.
Parpadeé, desconcertado. —¿Hacer qué?
—¡Besarme!
Soltando una carcajada, agarré su mano y la acerqué más. No me gustaba estar a más de un metro y medio de distancia. —Presionar mi boca en tu frente no es… —Pero las palabras se estancaron en mi lengua al instante que me miró. Sus ojos azules eran grandes y amplios, llenos de calor y miedo. Tragué—. No tenía que significar algo. Solo... ya sabes... afecto amistoso.
Dios, sonaba tonto.
Pero asintió como si estuviera desesperada por creer eso. —Bueno. — Sacó los dedos de los míos y comenzó a acariciarlos con su otra mano como si mis caricias la hubieran quemado—. No quiero que tu esposa venga a buscarme con una escopeta o algo.
Me tomó un segundo recordar de quién hablaba. Seguía incrustado en mi cabeza que ella era la única mujer con quien alguna vez me casaría. Por un momento, me entretuve con una ridícula imagen de ella persiguiéndose a sí misma con una pistola. Era una visión animada, como algo salido de Looney Tunes. Empecé a sonreír hasta que me acordé de la realidad. Si se refería a Fū, a Fūka no le importaría si fuera a casa con una docena de chicas cada noche. Pero me gustaba esta barrera entre nosotros. No quería que Lunita supiera sobre la farsa que era mi "matrimonio". Porque por ella, tenía un mal presentimiento de que disolvería todos mis votos y obtendría la anulación o alguna mierda parecida, lo cual no podía hacer. No si quería mantener a Boruto seguro.
—Entonces, supongo que mantendré mi boca lejos de tu cabeza. Hinata asintió. —Está bien.
En el momento que se dio la vuelta y se empezó a ir, la miré y apreté los dientes cuando tuve un vistazo de su culo. Mierda, casi deseaba que el embarazo le hubiera hecho lo que le había hecho a Fūka en su parte trasera, haciéndolo dos veces más grande, porque sus firmes nalgas parecían demasiado buenas para resistir.
Miró hacia atrás. —¿Estás mirándome el culo?
Solté un bufido y negué, pero confesé—: Por supuesto. Y estoy muy confundido. ¿Tener un hijo no supone hacer tu culo más grande? —Moví mi dedo hacia ella—. ¿No así de deliciosamente jugoso?
—Confía en mí, cariño. —Guiñó un ojo mientras golpeó con una mano su trasero—. Esto es enorme en comparación a cómo lucía.
—Querido Dios en el cielo. —Gemí mientras se alejaba otra vez. Una persona no sería capaz de decir que estaba embarazada de un niño después de todo, porque desde atrás, tenía curvas perfectas. Cuando le puso un engreído balanceo extra a sus caderas, probablemente sabiendo que todavía la miraba, sonreí.
Joder. Creo que ella me gustaba. Junto con su cuerpo asesino, tenía descaro y agallas, junto con una suavidad y un gran corazón listo para cuidar a las personas. Sonreí, recordando cómo había intentado ayudado a Shimura para que bebiera agua la semana pasada. Tenía la sensación que ni siquiera sabía cuán verdaderamente compasiva era.
Entré al baño antes de volver a la barra, revisé lo que le había hecho a mi cabello. Me reí en voz alta cuando vi que me hizo una cresta.
—Maldición —murmuré, cuidadosamente tocando las puntas gelificadas.
Me gustaba.
—¡Qué carajo! — Kiba silbó tan pronto me dirigí a la barra—. Si crees que el cabello va a ayudarte a ganar la subasta…
—Lo hará. —Palmeé su hombro con una sonrisa—. Lo siento, idiota, pero vas a caer esta noche.
—Hijo de puta. —Frunció el ceño detrás de mí mientras me alejaba para comprobar una mesa llena de mujeres que parecían tener los bolsillos llenos y podían hacerme ganar.
Era hora de empezar a promoverme a mí mismo.
Pero vi a Hinata en el bar, ubicada en el taburete mientras comía de un cuenco de frutos secos. Era bastante extraño para una mujer embarazada entrar en un bar cuando estaba cerrado, pero que se quedara después de que abrió... no me dejó cómodo. Si alguien la acosaba, me vería obligado a matarlo.
Caminando hacia ella, rellené su cuenco de nueces y apoyé los codos en la barra para verla morderse el labio inferior mientras miraba el segundo tazón, debatiendo en silencio si debería comer más o no.
—Si todavía te preocupa que voy a dejar que cualquier mujer compre a Shimura, te prometo que no lo haré.
Ella cedió y tomo otro puñado antes de responderme con una sonrisa alegre. —Oh, no me preocupa. No tengo ninguna duda de que cumples con tu palabra.
Me llenó de orgullo. Era un completo desconocido que había inquietado su paz mental la primera vez que nos vimos. Sin embargo, aquí estaba ella, alegando confiar en mi palabra.
No obstante, eso no explicaba por qué continuaba aquí. —Así que, ¿te estás quedando porque...? —Levanté mis cejas—. ¿Quieres ver quién termina comprándome? —Le di una repentina y traviesa sonrisa—. ¿Estás celosa, Lunita?
Rodó los ojos. —Lindo. Pero, no. Estoy esperando a mi aventón. Ino debería venir a recogerme en unos minutos.
Mierda. Se hallaba atrapada aquí. Me encantó porque significaba que iba a deleitarme con su presencia por más tiempo. Y sin embargo lo odiaba porque mis nervios se iban a volver desquiciados, sabiendo que no podría haber una manera de mantener un ojo constante sobre ella en esta multitud.
—Sabes, si te sientes incómoda aquí, puedo enseñarte una habitación en la parte posterior donde puedes descansar hasta que ella aparezca.
Se rió. —Confía en mí, me siento bastante cómoda con toda la escena del bar.
—Sí, pero… —Cuando mi vista cayó en su estómago, levantó un dedo y me disparó una mirada que me dijo que no fuera allí.
—Si dices algo como "en tu condición", estaré obligada a convertirme en Hinata la súper zorra y voy a insultarte otra vez.
Sonreí. —Debidamente anotado. Pero en serio, no me gusta esto. En absoluto. —Llevé mi mano sobre su vientre antes de alejarla. Ella saltó por el breve contacto—. Si alguien se mete con este preciado tesoro, voy a volverme loco.
Sus ojos se iluminaron y prolongó la palabra. —Oooh. ¿Así que de eso se trata?
Parpadeé. —¿Qué?
—Tu sobreprotección. —Señaló—. Me había confundido por qué fuiste tan amable, pero controlador, esa noche que nos conocimos. Ahora que sé que eres papá... —Se encogió de hombros—. Tiene más sentido.
Retrocedí, confundido. —¿Qué te hace pensar que soy padre?
—Porque... —Metió más nueces en su boca y masticó—. Ino lo dijo. Sai le dijo que necesitaba una camisa nueva porque tu bebé había vomitado en la otra.
Con un asentimiento, di un paso atrás, recordando por qué necesitaba mantener mi distancia. Boruto me necesitaba. Y para mantener a Boruto en mi vida, necesitaba mantener a Fūka en ella. Y no podría ser exactamente un buen y fiel esposo si estaba aquí babeando sobre Eva, la única mujer que me haría hacer cualquier cosa.
Suspiré, sin preocuparme por esa lucidez.
—¿Quieres ver una foto? —pregunté, forzando una sonrisa y pensando que al ver una foto de Boruto podría ayudar a consolidar mi fidelidad dentro de mi propia cabeza.
—¿De tu bebé? —Su rostro se iluminó—. Seguro.
Saqué mi teléfono y escribí la contraseña para entrar en mis aplicaciones.
Inclinándose para ver, Hinata jadeó y se cubrió la boca mientras subió sus ojos hasta los míos.
—¿Qué? —le pregunté, dejando el teléfono a mi lado—. ¿Estás bien? ¿Qué pasa?
Cuando llegué a su estómago, preocupado por el bebé, ella negó y abofeteó mi mano, pero continuó mirándome como si me hubiera vuelto loco. Entonces hizo un gesto hacia mi teléfono. —Yo solo... tu... tu contraseña. Uno- dos-dos-siete.
Asentí y me encogí de hombros como si no fuera nada. —Sí. ¿Qué pasa? —Pero mis ojos estaban fijos en ella mientras contenía mi aliento, esperando ansiosamente para saber por qué ese número le era importante. Porque estaba claro que era importante para mí.
—Nada. —Trató de decir, pero yo sabía…
—Oh, no. —Rodé mi mano, persuadiéndola a que siguiera hablando—. Definitivamente es algo. Ahora habla.
Su rostro se sonrojó mientras ella señalaba al teléfono. —Es una fecha, ¿no? ¿Veintisiete de diciembre?
Mi estómago se tensó cuando asentí. Pero, mierda, si le había sucedido lo mismo a ella en el mismo día que me pasó a mí, iba a enloquecer.
—¿Es tu cumpleaños? —preguntó. Cuando sacudí la cabeza, supuso—: ¿El cumpleaños de tu bebé? El de tu esposa.
Me reí. —No. No es el cumpleaños de nadie. Es... una fecha especial.
El día que la conocí, tuve relaciones sexuales con ella, me enamoré de ella y me volví total y completamente obsesionado con ella... o más bien, el día que había tenidos mis visiones y descubrí que ella existía.
—¿El día de tu boda? —empezó con más suposiciones, sin darse por vencida.
Puesto que no había manera que iba a decirle por qué el veintisiete de diciembre era especial para mí, le pregunté—: ¿Por qué te importa? ¿Qué es esa fecha para ti?
Vaciló antes de encontrarse con mi mirada. —Es mi cumpleaños.
Tragué saliva. Mierda.
¿Cuáles eran las probabilidades de que había tenido una visión de ella hace diez años en su cumpleaños?
Un extraño y frío cosquilleo aumentó en mi nuca. Estúpida mierda vudú.
Empezaba a asustarme. En el instante que me alejé, sus ojos se ampliaron.
—¿Qué? ¿Qué significa para ti? —preguntó.
—No voy a decirlo —dije y rápidamente volví a colocar la contraseña porque la pantalla de mi teléfono se había apagado. Ella bufó con irritación, pero la distraje rápidamente cuando pude buscar una foto de Luchador y giré mi teléfono para que lo viera.
Y, sí. Así nomás, su mente se fue a otro lugar. Oh, el poder de un niño adorable.
—Qué bomboncito —susurró—. ¿Cuál es su nombre?
Mi pecho se hinchó con orgullo, mi hijo era ciertamente un bomboncito, justo antes de fruncir el ceño. —Su nombre es Boruto.
Ella parpadeó y luego apuntó a la foto. —Pero lleva color rosa. ¿Por qué un chico tiene un pijama rosa?
—Uh… es… ¿es un gran defensor contra el cáncer de seno? —planteé una pregunta, esperando no tener que confesar que toda la ropa de mi hijo fue heredada de la hija menor de la señora Rojas.
Hinata se rió, calentando mi corazón con el increíble sonido. —Y al parecer no está inseguro sobre su masculinidad —bromeó.
Con un bufido, respondí—: ¿Mi hijo? Claro que no. Nosotros, los Uzumaki, inventamos la masculinidad, muchas gracias.
Ella sonrió, todo su rostro iluminándose. —Creo que me vas a gustar, Naruto Uzumaki —afirmó, haciendo a mi corazón latir en mi pecho.
No, la verdadera mujer frente a mí no es como imaginé que sería en los últimos diez años. Pero algunas partes de ella eran aún mejores. Y ese brillo en su rostro era uno de ellos.
Tuve un mal presentimiento de que, a cambio, ella me iba a terminar más que gustando.
—¡Oye, Naruto! —Kiba apareció, empujando un micrófono inalámbrico hacia mí—. Vas a ser el presentador de esta cosa esta noche, ¿verdad?
—Por supuesto —dije, agradecido de concentrarme en él antes de confesarle algo totalmente vergonzoso a Hinata.
—Bueno, vamos a hacerlo, ya —insistió Kiba—. Tengo algo de dinero que ganar, hijo de puta.
Me giré hacia Hinata mientras tomaba el control del micrófono. —Debo irme —dije, no queriendo alejarme de ella.
Su sonrisa estaba triste. —Así veo.
Me hubiera quedado, solo por un segundo más. Necesitaba más tiempo con ella. Pero Kiba me arrastró lejos.
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Continuará…
