Naruto
Mientras Kiba escalaba la encimera principal de la barra, arrastrándome detrás de él, le envié a Hinata una pequeña sonrisa de despedida y lo seguí. Una vez que fui más alto que cualquiera en el lugar, moví mi mano para conseguir la atención. Luego encendí el micrófono y dije en el sistema de sonido—: ¡Hola, todo el mundo! Como que tenemos algo planeado para que todas ustedes, chicas sexys, celebren la noche de damas. ¿Puedo escuchar un grito de entusiasmo?
Una ronda de gritos siguió, un puñado de chicas ondeaba sus bebidas en el aire y se sumergían en la diversión.
Sonreí y apunté a la bulliciosa multitud. —Sí, eso es justo lo que quiero escuchar. —Flexionando mis dedos, les indiqué acercarse—. Voy a necesitar que todas las solteras en la casa, que están desesperadas para darle algo de dinero a su barman favorito, se acerquen el frente, por favor. Vamos a tener una pequeña actuación.
Las mujeres que ya han pasado por esto, gritaron y se precipitaron a la barra. Después de esperar hasta que una buena porción del cuarto hubiese llegado a donde querían observar el evento principal, expliqué las reglas de la actuación. Y luego presenté a los participantes, después de mencionar que Sai y Gaara se nos unirían a Kiba y a mí.
—Vamos a conocer a sus bármanes favoritos, entonces. A mi derecha, la mayoría podría recordarlo como Salvaje Canino. Estrella de Fútbol y un loco monstruo en las sabanas, de acuerdo con las chicas, a Kiba le gustan largos paseos en la playa y besos lentos y apasionados.
Las groupies de Kiba chillaron en señal de aprobación cuando levantó sus manos para saludar y guiñar. Luego volvió su espalda a ellas y movió su culo hasta que los dedos femeninos lo alcanzaron, tratando de sentir un poco.
Riendo, lo empujé en el hombro hasta que se enderezó y giró para encarar el frente, donde sopló más besos a otro grupo de mujeres gritando.
—Y luego tenemos a mi sexy persona aquí. —Deslicé la mano libre por mi lado para hacer una demostración provocativa—. Pero, ¿en serio? ¿Quién necesita más introducción de este sexy amoroso?
Un trío de mujeres justo debajo de mí gritaron mi nombre y alzaron sus manos para acariciar mis rodillas ya que parecían no poder llegar más alto.
Queriendo mantenerlas en mi esquina, pero con sus garras alejadas de mí, apreté sus dedos como una especie de estrella de rock en un escenario que estaba saludando a sus fans.
Pero mis fans se emocionaron demasiado y trataron de tirarme al piso con ellas, jalándome hasta que estuve inclinado, medio doblado, y mi cabeza quedó a su nivel.
—Chicas, chicas —grité en el micrófono. Riendo nerviosamente, traté de calmarlas—. Un poco de decoro, por favor. —Junto a mí, Sai me agarró del brazo para que no cayera del escenario, pero más codiciosas manos femeninas seguían manoseándome. Alguien agarró la camisa holgada que llevaba puesta, y antes de saber lo que pasaba, las mujeres la habían sacado por mi cabeza.
Mirando boquiabierto a mi torso, me encontré sin camisa. Me aparté, enderezándose, y levanté las manos. —Bien, ya es suficiente, desvergonzadas. Controlen a su ser travieso. Primero tienen que ganar antes de poder degustar los productos.
Junto a mí, Kiba se quitó su camisa, obviamente sintiendo la necesidad de comparar pectorales. Más damas chillaron con aprobación e insistieron en que tanto Sai como Gaara se quitaran las suyas. Pero los dos bienhechores se negaron a moverse.
Lancé una mirada hacia el final de la barra donde había visto por última vez a Lunita. Cubriendo su boca, reía tanto que las lágrimas corrían por sus mejillas. Le guiñé un ojo justo cuando me di cuenta de que no tenía camisa. Si ella estuviera lo suficientemente cerca, habría sido capaz de leer los nombres tatuados sobre mi corazón. Pero por suerte, no lo estaba. Para asegurarme, me giré un poco lejos de ella.
—Dirigiéndonos a los modestos miembros del grupo. —Moví mi pulgar hacia la dirección de Sai—. Tenemos al hombre de familia, Sai. Pero aparten sus miradas, chicas, está a punto de ser papá.
Cuando señalé a una muy embarazada Hinata, Sai se giró hacia mí, aniquilándome con la mirada.
—¿Qué demonios?
—Relájate —le dije por un lado de mi boca mientras bajaba el micrófono a mi lado—. Trato de hacerte parecer menos atractivo así nadie te querrá.
No se relajó, ni dejó de mirarme, pero tampoco se abalanzó ni trató de tirarme al suelo. Las mujeres se estiraron hacia él, pero se acercó al borde de atrás de la barra, así que no podían ponerle un dedo encima.
—Y por último, pero no menos importante, tenemos a Gaara… el virgen.
Kiba abucheó y gritó, riendo por completo cuando que la boca de Gaara se abrió y su cara brillaba con sonrojo de color rojo escarlata.
—Oh, eso fue duro —dijo Sai en mi oreja, sacudiendo su cabeza con desaprobación.
Lo ignoré, preguntándole a la multitud—: ¿Alguna dama está dispuesta a desflorar a este delicado pétalo, y mostrarle lo que es tener a una mujer?
Cuando un montón de voces femeninas, más de las que esperaba, silbaron y gritaban que lo llevarían con gusto, me encogí, esperando que mi plan para hacer que se vea menos atractivo no se hubiese vuelto contra mí. Pero mierda, ¿quién habría sabido que las mujeres, en realidad, preferían a los hombres sin experiencia?
Miré a Hinata otra vez, preguntándome si estaba tan cabreada conmigo como Shimura por mi poca atractiva presentación, pero aún sonreía. Sacudió la cabeza como para regañarme, pero su sonrisa me dijo que me perdonaba por usar su embarazo para el beneficio de Sai.
—Empecemos esta fiesta, ¿bien? ¿Está alguna de ustedes dispuesta a comprar a uno de nosotros, como su propio barman, por el resto de la noche?
Cerca de cinco mujeres alzaron las manos, con dinero atrapado entre sus dedos. —¡Diez dólares! —gritó alguien.
Escuché quince y veinte desde un par de otras direcciones, pero no reaccioné hasta que un cien fue arrojado entre el cuerpo a cuerpo.
¡Santa mierda! ¿Cien dólares? Esta sería una buena subasta.
Señalé en esa dirección. —¿Escuché cien? Creo que acabo de escuchar cien.
—¡Ciento veinte! —gritó otra chica, maravillándome por lo fácil que se había superado los cien.
—¡Ciento veinticinco!
Y seguimos así. La puja se intensificó rápidamente. Logramos doscientos dólares en cuestión de segundos. Me sudaban las palmas, por lo que froté una contra la cintura de mis vaqueros. Más de la mitad de la multitud de chicas se detuvieron en trescientos. Pero otras siguieron, apasionadas. En el momento en que llegamos a cuatrocientos cincuenta, una gota de sudor filtró por el costado de mi sien, porque estaba seguro de que la pelirroja alta debajo de mí, una de las grandes postoras, me elegiría a mí. Pero cuando el precio subió a quinientos setenta y cinco, esa mujer se retiró. Se redujo a dos chicas que nunca había visto.
—¿Escuché seiscientos? —pregunté, señalando a la mujer que le tocaba subir el precio.
Se mordió el labio, luciendo indecisa y gritó—: Quinientos ochenta. Justo antes de que su contrincante dijera de inmediato—: Setecientos.
Nadie quería superar eso. Dejé la puja abierta unos segundos más, señalando a las mujeres que habían dado un precio antes, pero nadie diría más de setecientos dólares. No es que las culpara. Era un montón de dinero. Eché un vistazo a la rubia que estaba a punto de ganar la subasta y traté de averiguar qué camarero preferiría. Pero no pude interpretarla.
Incapaz de evitarlo, volví a mirar a Hinata. Se mordía su labio inferior, estudiando a la chica ganadora.
Suspiré. —Bien, parece que tenemos una ganadora, con unos setecientos de los grandes. Dame tu mano, corazón, y sube aquí con nosotros.
La chica me extendió su mano, y la ayudé a subir en un taburete y luego a la cima de la barra, por lo que se hallaba de pie entre Kiba y yo. —¿Cuál es tu nombre, preciosa? —pregunté antes de bajar el micrófono a su boca.
Era atractiva; alta y delgada con grandes pechos. Kiba tendría un día de campo con ella, si lo eligiera.
Metiendo un mechón de cabello detrás de su oreja, se inclinó hacia adelante para anunciar—: Shion.
—Bueno, felicidades, señorita Sion. Te ganaste a tu propio barman por esta noche, así que, ¿quién será el afortunado?
Sostuve todo el aire en mis pulmones mientras ella se inclinaba más allá de mí, girándose lejos de Kiba. Mierda. Iba a escoger a Shimura. Ya tratando de pensar cómo disuadirla fácilmente, me sorprendió cuando, en su lugar, hizo un gesto a Gaara.
—Él —dijo—, lo quiero a él.
Alcé las cejas y medí la reacción de Gaara. Quedó boquiabierto, y juro que el pobre virgen cayó en la lujuria en ese instante. Cambiando de actitud al instante, él dio un paso más allá de Shimura y sonrió tímidamente a Shion, con la cara de un color rojo brillante por la vergüenza, pero también rebosante de admiración.
—Uh... bien —dijo.
Todavía parado entre ellos y sosteniendo el micrófono en mi mano, anuncié—: Bueno, entonces, por este medio, anuncio a Shion y el Virgen, camarero y esposa. Pueden vivir felices por siempre… o al menos hasta el final de esta mierda. Ahora podrás servirle el alcohol que prefiera.
Instando a Gaara para que se mueva, le di un codazo y lo puse junto a la rubia mientras le decía a todo el mundo que la subasta se declaraba cerrada, y les di las gracias por su participación.
—Solo para que conste, apestas como un maestro de ceremonias —gruñó Kiba en mi oído una vez que estuvimos todos en el piso nuevamente y listos para regresar a nuestras posiciones regulares—. Esa chica con el cabello morado quería arrojar algo más de dinero por mí.
—Oye, tuvo una oportunidad de dar su oferta. Estoy tan cabreado como tú, idiota. Me habrían venido bien unos trescientos cincuenta dólares extras esta noche.
—Sí, bien, aun así apestas.
Rodé los ojos, y nos fuimos por caminos diferentes. Shimura se quedó detrás de mí. Tenía una sensación de que nunca iba a alejarse de la barra cuando era noches de chicas.
Bien por mí. Las propinas aquí eran geniales.
—Secundo a Kiba —me dijo mientras volvía a ponerme mi propia húmeda camisa y le arrojé la suya prestada—. Apestas por completo. ¿Casi papá? ¿Por qué demonios fue eso?
—Oye, la ganadora no te escogió, ¿verdad? —Cuando simplemente frunció el ceño, asentí—. Caso cerrado.
Entonces me puse a trabajar, porque todo el tiempo que había usado para la subasta me había privado de muchas propinas que podría haber estado ganando.
Pasaron veinte minutos, las cosas regresaron a la normalidad, y Hinata se quedó sentada en su taburete al final de la barra, bebiendo agua y jugo de naranja. Sai se acercaba de vez en cuando para comprobarla, pero sobre todo fue dejada a su suerte. Rechiné los dientes, preguntándome dónde diablos estaba su prima y por qué aún no había aparecido para llevar a mi chica a casa. Nadie se había metido con ella, pero cuanto más tiempo se quedaba, mayor era la probabilidad de ser molestada.
Estaba muy ocupado, con solo Kiba y yo trabajando adelante y un Sai nervioso ocupándose de todas las bebidas. No había tiempo para detenerse para más que un—: ¿Cómo estás?
Hinata simplemente sonrió y sacudió la cabeza como si le entretuviera mi preocupación. —Igual que la última vez que viniste —continuó respondiendo.
Debió haber estado aburriéndose sentada en la barra sola, o tal vez tenía que usar el baño. Cuando se paró de su taburete, me asusté. ¿Qué demonios? ¿A dónde iba?
Pero simplemente fue a la máquina de discos de antaño contra la pared, y me relajé.
Una mesa llena de chicas borrachas me mantuvo ocupado por un par de minutos. Una lamentaba el hecho de que acababa de atrapar a su novio engañándola.
—Es un imbécil —intervine, coincidiendo con sus amigas—. Te mereces algo mucho mejor que un idiota que no puede mantener su polla en los pantalones hasta que te vea de nuevo.
De repente, me convertí en la atracción principal en la mesa. En medio de decirle a la pobre chica qué clase de cualidades debía buscar en su próximo chico, la primera canción que Lunita había escogido en el tocadiscos empezó a sonar.
Sin aliento, levanté la mirada al altavoz más cercano. Entonces me alejé de la mesa de los lamentos sobre los hombres. Hinata seguía en la máquina de discos, hojeando opciones de canciones, de espaldas a la multitud.
—Discúlpenme —murmuré, distraído. Metiendo la bandeja bajo el brazo, me abrí paso entre muchas personas hasta que llegué a ella.
—¿Cómo demonios sabes que esta es nuestra canción? —demandé detrás de ella.
Dejó escapar un chillido de sorpresa y volteó. Cuando sus grandes ojos perla me miraron, se tensó mi pecho. Hizo falta todo lo que tenía, evitar acunar su cara en mis manos y besarla.
Colocando una mano en su cadera, arqueó una ceja. —¿Nuestra canción? Señalé hacia el tocadiscos donde los Supremes cantaban "Baby Love". —
Diablos, sí, nuestra canción. Vamos a bailarla juntos en la recepción de nuestra boda.
No quise dejar escapar eso, pero estaba tan trastornado de que hubiese elegido esta canción del tocadiscos. De todas las canciones en la lista, había elegido esta. Las palabras simplemente salieron de mi boca.
Pero no entré en pánico. De ninguna manera ella pensaría que yo, en realidad, había previsto nada. Asumiría que coqueteaba y me burlaba.
Bien. Genial. Eso era perfecto. Dejarla pensar que me burlaba.
Pero luego me la imaginé en el vestido de novia sin mangas, las perlas brillando en su pelo, el brillo de éxtasis en su rostro. Todo apareció al frente de mi cabeza hasta que me quedé en un estado irreal de déjà vu. La habitación parecía girar en torno a nosotros dos, y las dos escenas —el aquí y ahora en Shinobi's, y hace diez años en mis visiones—, fundidos en uno.
Oh, mierda. Me di cuenta en ese momento que la recepción de nuestra boda tendría lugar aquí, dentro de Shinobi's. ¿Cómo no había visto eso en el primer momento en que entré a este lugar? Supongo que siempre estuve tan enfocado en ella que no había prestado mucha atención a los sitios. Pero, ¿por qué sería nuestra recepción aquí? Shinobi's nunca organizaba esa clase de eventos.
Sacudí la cabeza y parpadeé hasta que regresó el aquí y ahora.
Una muy embarazada Hinata me fruncía el ceño como si estuviese loco. — ¿Acabas de decir la recepción de nuestra boda?
Sonreí y asentí.
—Pero ya estás casado.
—Puff. Detalles.
Decidiendo seguir la corriente, coloqué la bandeja de servicio en la cima del tocadiscos y capturé su cintura con una mano. Luego tomé sus dedos con la otra. Cuando la llevé a la pista a baile, se quedó boquiabierta por la sorpresa.
Creo que puso una mano en mi hombro más para equilibrarse que de hecho para bailar conmigo, pero no me importó. Nos hallábamos en perfecta posición para un vals, así que empecé una clase bizarra de dos pasos con ella.
No me alejó, lo cual era prometedor, ya que me miraba como si estuviera completamente loco. Jalándola más cerca hasta que su vientre protuberante se acurrucó contra mí, nos balanceé atrás y adelante en tanto la canción alcanzó una parte intensa.
—All my life whole life throught… —canté junto con Diana Ross, elevando mi voz y poniendo todo en ella—. I never loved no one but you. Why you do me like you do?1
Sacudiendo la cabeza, Hinata rió. —Oh, Dios mío. Estás loco. —Pero siguió bailando conmigo mientras la giraba y la traía de vuelta a mí. Riendo otra vez, envolvió los dedos alrededor de mi hombro—. En serio, ¿coqueteas así con todas las mujeres?
Pretendí pensar en su pregunta antes de encogerme de hombros. —Más o menos, sí. Aunque para ser justos, esa mujer de ochenta años con un moño en la cabeza que ayudé a llevar las compras a su coche la semana pasada podría haber sido el amor de mi vida. Es decir, tenía una cesta llena de frutas. Amo las frutas. Pudimos haber sido el uno para el otro. ¿Quién era yo para arriesgarme a dejarla ir sin probar las aguas un poco con un par de guiños y un pellizco a su culo?
Lunita rió de nuevo. Me gustaba hacerla reír. —Por favor, dime que no pellizcaste su trasero. ¿Lo hiciste?
—Oye, ella me pellizcó primero. —Cuando rió de nuevo, le guiñé y me incliné para susurrar en su oído—: Era sorprendentemente firme.
—Oh, Dios mío. —Tuvo que cubrirse la boca con su próxima ronda de risas—. Eres un incontrolable con los coqueteos, en serio. Debes tener una esposa confiada si no le importa tus burlas.
Con un ascenso orgulloso de mi barbilla, me pavoneé. —Dice que es mi mejor cualidad.
Hinata abrió la boca para responder, pero un golpecito en el estómago la interrumpió.
—¿Qué demonios? —Dejé de bailar y me aparté.
El color inundó su rostro; Hinata cubrió su estómago con las manos como si estuviera avergonzada. —Lo siento. Le debe gustar la música.
Mi boca se abrió por completo. —¿Dices que fue la bebé quien acaba de patearme?
Asintió. —Sí. Yo…
—Oh, genial. —Me arrodillé frente a ella y quedé con mis ojos al nivel de su estómago cuando se movió de nuevo. Con la boca abierta con asombro, coloqué mis manos reverentemente a cada lado de su panza.
Fūka nunca me había dicho cuando Boruto había estado pateándola, pero tampoco me había aventurado a acercarme para saber. Sin embargo, no podía mantenerme alejado del vientre de Hinata, no después de que su hija acabara de hacer contacto conmigo.
—Escucha, niñita —dije sobre la música—. Estoy bailando con tu mamá, pero tan pronto como nazcas, puedes tener tu turno. ¿Lo entiendes, señorita Sumire? Tengo la canción perfecta guardada para ti y todo.
Otro golpecito pinchó del estómago de Hinata en respuesta. Me atraganté, sorprendido, y presioné mi palma en su estómago. Sumire o me chocó las cinco o me pateó. Aún completamente maravillado y arrodillado, miré a Lunita para compartir mi asombro con ella.
—Eso es tan… —Ni siquiera pude formar una palabra lo suficientemente buena para describir lo mucho que me encantó la conexión con su bebé.
Sacudió la cabeza, aparentemente aturdida. —¿Cómo sabes su nombre?
—Uhm… —Mierda. Esperaba que no estuviera muy cabreada con Shimura por balbucear. Volví a ponerme de pie—. Sai reveló el secreto un poco más temprano. —Señalé con mi dedo pulgar encima del hombro, incriminándolo por completo mientras lo señalaba.
—¿Sai te lo dijo? —La idea parecía extraña para ella, pero sonrió levemente y lo miró sólo para sobresaltarse—. ¡Oh! Ino está aquí. Debo irme. —Empezó a rodearme, solo para detenerse y morderse el labio inferior—. Gracias —dijo torpemente. Su mano se sacudió un momento antes de añadir—, por el baile, y ya sabes… toda tu ayuda de esta noche. Lo agradezco… en serio.
Un momento de indecisión cruzó por su rostro antes de abalanzarse hacia mí y darme un rápido abrazo, durando solo el tiempo suficiente para que mis fosas nasales captaran su olor a lavanda, y para que Sumire me pateara una última vez.
Cuando se apartó, parecía como si no quisiera irse. Era obvio que yo no quería dejarla ir. Era como si Madam Biwako me refregara mis visiones una y otra vez. Pero Kiba ya me señalaba desde el otro lado del salón, pidieron ayuda. Además, era una noche ocupada, y Hinata necesitaba salir de este lugar.
—Nos vemos, Lunita —le dije un poco más solemne de lo que pretendía.
Con una inclinación de cabeza, me rodeó y se dirigió a Ino.
Aunque regresé a trabajar y tomaba una orden de otra mesa llena de mujeres, mantuve mi atención en ella mientras que con su prima se despedían de Shimura y se iban. Después de eso, me llenó una extraña y loca decepción. Ella tenía su vida y yo, la mía, y los dos no parecíamos estar dirigiéndonos en la misma dirección. Pero hubiese sido lindo si tuviese una razón, una estúpida e insignificante razón, para verla de nuevo. Solo una vez más.
Me pregunté si podría conseguir que Shimura me contara cuándo tendría a la bebé. Tal vez iría a visitarla y… mierda, tener cualquier otro contacto con ella después de esto sería torturarme innecesariamente. Debería permanecer lejos.
Pero después que el bar cerró y ayudaba a Shimura a limpiar, encontró una forma de meterme de nuevo.
—Gracias por ayudarme a vigilar a Hinata esta noche. Ino me habría matado si algo malo le hubiera sucedido.
Asentí como si no fuera importante, a pesar de que mi corazón se saltó un un latido cuando mencionó su nombre. —Está bien. Habría vigilado a cualquier mujer embarazada que estuviera aquí.
Sai se acercó a mí mientras limpiaba la barra con un paño. —Bueno, igual gracias. Oye, mmm, Nagato, Kiba o alguien mencionó que trabajas en un taller durante el día, ¿cómo en un taller de reparación de coches?
—Sip. —Apilé el último vaso limpio bajo el mostrador antes de mirarlo—.Reparaciones Murphy por la calle Bullview. ¿Por qué?
—¿En serio? Eso es grandioso. Quiero decir, Ino compró este… lo llamaremos auto por ahora. Es una basura. No confío que dure un mes.
—Claro, le echaré un vistazo —dije antes de que pudiera llegar a preguntar. Sabía que probablemente soné demasiado animado. Pero por una oportunidad de visitar la casa de Shimura, donde vivía Hinata, estaba dispuesto a todo.
Levantó las cejas con sorpresa, pero luego un brillo pasó por sus ojos negros y sonrió de un modo cómplice. —Así que, ¿no te importa venir en algún momento?
Sacudí la cabeza. —Para nada. Mi próxima noche libre es el sábado.
Shimura asintió. —También estoy libre el sábado.
Deslicé las manos en mis bolsillos y apoyé la espalda contra la barra, intentando parecer tranquilo. —Entonces parece que me estaré pasando por ahí.
—Eso parece.
Y en ese momento eligió aparecer Kiba y dar una palmada en la cima de la barra. —Oigan, si las señoritas han terminado de coquetear entre sí, me gustaría fichar la salida y llegar a casa para poder llorar sobre un bol de helado porque nadie quiso comprar mi atractivo cuerpo.
—Estoy listo para irme cuando ustedes lo estén —dijo Sai, echando un vistazo a la barra como para revisar su trabajo—. Acabo de finalizar mi sección.
—Yo también. —Era tarde y debería estar agotado, pero sabía que no iba a pegar un ojo en toda la noche. O mañana en la noche.
En dos días más, podría verla de nuevo.
Aquellos iban a ser los dos días más largos de mi vida.
—Oye, ¿dónde está Gaara? —Sai me sacó de mi ensoñación con su pregunta hasta que también comencé a buscar al cuarto miembro de nuestra pandilla.
Kiba señaló con el mentón a la salida. —Llevó a Shion a casa debido a que su aventón la dejó hace un par de horas.
—¿En serio? —Levantando las cejas, me volteé a Sai. Compartimos una mirada similar, y sabía que pensaba lo mismo que yo.
Kiba, por supuesto, tenía que verbalizar todos nuestros pensamientos. — Sip, nuestro bebé va a volverse un hombre esta noche. —Sorbió por la nariz, se limpió una lágrima fingida y colocó un puño sobre su pecho—. Es tan desgarrador. Creo que voy a necesitar varios kilos de helado.
—Maldita sea, aparta tus ovarios, hijo. —Me reí y sacudí la cabeza—. Tal vez nada va a…
—Oh, sí, pasará —me interrumpió Kiba, enviándome una mirada reveladora—. Llevó a casa a Shion la Zorra. Ese chico va a perder su virginidad, si es que ya no la perdió.
—Espera. Shion, la… ¿qué? —preguntó Sai en un tono incrédulo—. Shion la Zorra, ¿eh? ¿La conoces?
—Demonios, sí. —Kiba nos sonrió, asintiendo a sabiendas—. Es una de las groupies del equipo de fútbol, y Dios mío, a esa chica le gusta hacerlo muy raro.
Mi esperanza de que Gaara por fin entrara al mundo de la sexualidad activa vaciló. Señalé a Kiba. —Entonces, ¿la has…?
Levantó las cejas. —¿Follado? —finalizó la pregunta por mí—. Hooola. ¿Te perdiste la parte donde dije que era una groupie del fútbol? Soy un jugador de fútbol. Por supuesto que aproveché eso. Demonios, Gaara podría ser el único chico en el equipo en el que ella aún no ha clavado sus garras. Y tal vez Nagato. Pero es bastante nueva en la escena groupie y Nag no ha compartido con esas chicas en un par de meses. Así que… tal vez Nagato tampoco. Pero sí, prácticamente el resto de nosotros lo ha hecho. ¿Por qué?
Sai y yo compartimos otra mirada cómplice. Al final, Shimura dijo—: Oye… no iría a decirle a Gaara esa parte si fuera tú.
Kiba parpadeó, completamente desconcertado. —¿Por qué no?
—Bueno. Gaara no parece el tipo que…
Cuando parecía que a Sai no se le podía ocurrir un modo discreto para ponerlo, solté—: El chico esperó hasta tener veintiuno para perder su virginidad, idiota. Diría que el hecho de que ya esté compartiendo una mujer con… bueno, contigo, no es algo que necesite averiguar.
—Guau, espera un segundo. ¿Qué está mal conmigo? —Kiba se señaló a sí mismo, claramente insultado—. Soy jodidamente perfecto.
Me reí y levanté las manos. —No te ofendas, pero ciertamente no querría meter mi polla en nada en lo que ya hayas metido la tuya.
—Amén —secundó Sai.
—Oigan. —Kiba nos frunció el ceño—. Eso es… oh, lo entiendo. Estiraría un coño tanto para las preferencias de sus muy diminutas…
—Bueno, vamos a ir a casa antes de que diga algo de lo que terminaré arrepintiéndome. —Palmeé a Kiba en el hombro antes de empujarlo hacia la puerta—. No voy hablar del tamaño de mi polla contigo. —No querría que el pobre chico terminara sintiéndose deficiente.
Sai nos siguió, riendo y sacudiendo la cabeza. Después de cerrar la puerta con llave e ir por caminos separados, comencé a caminar hacia mi coche, tarareando Baby love en voz muy baja mientras sacaba las llaves del bolsillo y las hacía girar en mi dedo. Mi mente ya vagaba muy lejos de Kiba y su polla. No podía quitar de mi cabeza un par de asombrosos ojos gris malva.
Sabía que Hinata Hyuga era completamente prohibida para mí, pero no me detuvo de esperar con ansías verla de nuevo, más de lo que podía recordar esperar algo en toda mi vida.
Solo dos días más.
Naruto
Cuando llegó el sábado, me encontraba jodidamente ansioso. Relevé a Fūka en la mañana, al llevar a Luchador al parque más cercano, donde lo senté en mis piernas mientras nos balanceábamos en los columpios. Incluso lo llevé al tobogán un par de veces, pero varias mamás me miraron raro por eso. Sin embargo, no me importó. Boruto sonrió todo el rato, el cual fue el único consentimiento que necesité.
El resto de la tarde pasó lentamente. Limpié un poco el apartamento, principalmente la cocina y el baño, pero no pude calmarme.
Shimura y yo no acordamos una hora en específico, así que no quería llegar demasiado temprano, pero cuando dieron las cinco de la tarde, no pude esperar más tiempo. Luego de cambiarme y ponerme algo que luciera bien, pero que no me moriría si se llenaba de grasa, llevé a Luchador a la sala y lo recosté en su mecedor, ya que Fūka se encontraba ocupada en su portátil.
—No debería tardarme mucho —le dije, tomando mis llaves.
Su rostro se arrugó mientras el horror iluminaba sus ojos. —¿Vas a salir?
Sacudiendo las llaves, abrí la puerta, dejándole saber que, demonios sí, iba a salir. Y nada de lo que dijera me lo impediría. —Voy a ayudar a un amigo con su auto.
—Pero… —Miró con impotencia a Luchador, quién mordía felizmente un juguete que le di. Ya lo había alimentado, bañado y cambiado su pañal; estaría bien por un rato.
Cuando Fūka me miró como si la estuviese abandonando con una tribu de caníbales que iban a quemarla en la hoguera con una salsa de barbacoa sabor a nuez, cambié mi peso de un lado al otro con inquietud. No le permitiré hacerme esto. No permitiré que me haga sentir culpable por salir de la casa un par de horas. Sai contaba conmigo para que lo ayudara con el auto de su novia.
Mierda, eso era mentira. No hacía esto por Sai. Tenía que ver a Hinata de nuevo, y esa era una verdad egoísta que hizo que aumentara mi culpa.
Froté mi cabello, suspirando. —Solo serán unas horas. Maldición, Fū. Es la primera vez que saldré del apartamento desde que nació el niño.
—Cómo sea. Sales cada maldito día.
—A trabajar —espeté—. Tengo que trabajar. Este apartamento no se pagará solo. Y necesitamos comida, y otras cosas, más el seguro del auto.
—Basta ya —soltó, mirándome mal—. ¿Parezco idiota? Sé que irás a encontrarte con una chica y a acostarte con ella.
Tensé mi mandíbula, esperando que no viera nada en mis ojos. Abriendo los brazos, pregunté—: ¿Acaso luzco como si fuera a encontrarme con una chica? ¿En esto? —Sacudí la cabeza, confundido—. De todos modos ¿en qué te afectaría?
Sorbió su nariz y levantó la barbilla. —No me afectaría. Para nada. Tuve sexo apenas la semana pasada.
Mis cejas se levantaron con sorpresa. —¿En serio? —No podía imaginármela de esa manera, en absoluto, especialmente desde que dio a luz. Nunca había sido muy hermosa, pero en verdad se había dejado ir cuesta abajo durante estos últimos meses. Y con el pasado que compartíamos… no. Se sentía demasiado como una hermana para estar siquiera imaginándome esa parte de su vida.
Cuando me miró con un desprecio desafiante, me encogí de hombros. — Bueno, bien por ti. Te veré después. —Cuando intentaba salir del apartamento, lloriqueó mi nombre.
—Maldición, si solo irás a casa de un amigo a arreglarle su auto, ¿podrías al menos llevarlo contigo?
Miré a Luchador. Con toda la barbilla y el juguete que mordía con sus encías llenos de baba. Una sonrisa iluminó mi rostro. Me encantaría llevar a Boruto, sacarlo un rato de este lugar, y quizá dejar que Hinata lo conociera mientras relevaba a Fūka por un par de horas. Pero en verdad planeaba trabajar en el auto de Ino.
—No puedo llevarlo a un taller lleno de grasa. Probablemente estaré debajo de un auto la mayor parte de la noche. Ese no es exactamente un lugar seguro para un bebé.
Fūka sorbió su nariz y se giró, ignorándome. Estuve tentado a invitarla para que no se sintiera desplazada. Pero lo último que quería era que ella y Hinata se mezclaran. Resignado, repetí—: Te veré más tarde.
Luego de lanzarle un beso al bebé, estuve libre y trotando por las escaleras hacia la entrada principal del edificio. Cuando mi teléfono sonó tan pronto como encendí el motor, gruñí. Alguien quería atrasar mi encuentro con mi Lunita, ¿cierto? Cuando vi que era Kiba, contesté con un gruñido—: ¿Qué?
—Hermano, necesitamos tu ayuda. Urgente.
Joder. —No —dije instantáneamente—. No haré tu turno de esta noche.
—Entonces, pásate por mi departamento y vigila a Nagato, ¿podrías? Gaara y yo estamos jodidamente preocupados por él. Eso que está pasando con su chica en verdad lo tiene arruinado, y tanto Gaara como yo tenemos que atender la barra hoy, de otra manera nos quedaríamos con él.
No contesté inmediatamente. Mi consciencia luchó consigo misma. Tenía tantas ganas de ver a Lunita que mi pulso no se desaceleraba. Pero el hecho de que Kiba me llamara preocupado decía mucho. Preocupado por Nagato, maldije en silencio.
—¿Qué tan mal está? ¿Casi… homicida? ¿Suicida? ¿O simplemente listo para matarte a ti?
—Aún no llega a esos extremos —esnifó Kiba—. Sin embargo, diría que definitivamente tiene algo. No se lo pensaría dos veces en participar en un acto extremo de locura en este momento.
—Mierda. —Apreté los dientes con frustración.
—Oye, si estás tan ocupado, puedo llamar a Shimura y preguntarle si puede ir.
—No —murmuré—. Era a casa de Shimura a dónde me dirigía.
—¿En serio? ¿Entonces eres todo íntimo con Shimura pero nunca pasas tiempo conmigo después del trabajo? Hombre, me siento herido.
—Quería que revisara el motor de su novia.
El inmaduro de Kiba resopló. —Yo hubiera revisado el motor de su mujer sin problema.
—El motor de su auto, idiota.
—Bueno, como sea —murmuró como respuesta—. Lleva a Nag contigo. Así tanto tú como Shimura podrán mantener un ojo sobre él.
No se me ocurría una razón por la que eso fuera mala idea, así que estuve de acuerdo y usando las instrucciones a medias que Kiba me dio para llegar allí, me dirigí al apartamento de ellos.
Nag abrió la puerta, luciendo horrible. Podía entender la razón porque Kiba y Gaara estuviesen tan preocupados por él. Nagato nunca se veía tan malhumorado.
Fue sorprendentemente fácil convencerlo de que viniera conmigo, lo cual era bueno, pero todo el desvío me atrasó casi una hora de ver a Hinata.
Golpeteé los dedos impacientemente en el volante de mi Barracuda, en tanto nos acercábamos a casa de Sai. Pero mientras más nos acercábamos, más lejos se sentía ella.
Necesitando una distracción, miré a Nagato, quién miraba en silencio por la ventana, con el codo descansando en el marco de la ventana y su frente hundida en la palma de su mano.
—Entonces, ¿qué pasa contigo y la Novia Profesora? —pregunté—. Supongo que están separados y por eso hemos tenido que reorganizar todos nuestros horarios y ahora estoy en vigilancia de suicidio.
Nagato me miró e hizo una mueca. —Tú no tienes… que cuidarme, no voy a hacerme nada. Estoy bien. Pero sí, nosotros… —Hizo una pausa, mientras su rostro palidecía—. Terminamos. Hace una semana, pero ya lo superé.
Sí, seguro. Ya lo superó, mi trasero. —Entonces, ¿por qué Larry y Curly siguen preocupados por ti?
—¿Porque son unos maricas? —Levantó las manos y se encogió de hombros—. ¿Cómo diablos voy a saberlo?
Rodé los ojos. Era más difícil sacarle información a este chico que una muestra de sangre a una roca. —Bueno, ¿qué pasó?
Comenzó a golpetear los dedos contra su rodilla, así como yo había golpeado los míos contra el volante. Debe ser algún hábito inducido por las chicas. Cuando se giró de nuevo a mirar por la ventana del pasajero, gruñí. No me ayudaba para nada con mi propia distracción.
—Puedes decirme —dije—. Voy a molestarte hasta que lo hagas.
Suspiró profundo y me lanzó una mirada. —Alguien anónimo le envió a mi entrenador una foto de nosotros juntos, y ella fue despedida.
—Joder —exhalé—. ¿Por qué no tuviste problemas también? —Cuando su rostro palideció aún más, tragué con fuerza—. ¿O sí los tuviste?
La desolación llenó su mirada. —La fotografía solo revelaba su rostro. El mío fue recortado.
Fruncí el ceño, al instante confundido. —Espera. ¿Entonces como sabían que estaba con un estudiante? Si no podían verte, ella podría estar follando con alguien más.
Nagato levantó la manga de su camiseta para mostrarme un tatuaje que ni siquiera sabía que tenía. —En octubre, unos cuantos, nos hicimos esto la noche antes de nuestro gran partido por el campeonato nacional. Era lo único que se podía ver de mí en la foto.
Vi el tatuaje, lo leí cuidadosamente y solté una risotada. —¿Campeonato nacional? ¿Que no perdieron ese partido?
—¿Y no dije que los hicimos la noche anterior? —gruñó, volviendo a bajar su manga para cubrir la marca.
Dejé de molestarlo, ya que lucía completamente infeliz. Pero aun así, no me alegraba lo que acababa de decirme. —Entonces, la chica se llevó toda la atención, y tú… ¿la dejaste caer… sola?
—No. —Frustrado, golpeó con fuerza mi tablero. Cualquier otro día, lo insultaría por eso. Nadie trataba a mi máquina con tanta falta de respeto, pero estaba teniendo un mal día, así que lo dejé pasar esta vez.
—No la dejé cargar con la culpa —dijo—. Para el momento en que descubrí lo que pasó, ella ya se había ido. Kiba y Gaara lograron convencerme de no confesarle al entrenador. Y eso es lo que debí haber hecho. Maldición. En lugar de eso fui con el jefe de Konan y traté de hablar con él para que la volviera a contratar. Déjame decirte que fue un enorme maldito error. El entrenador me habría pateado el trasero, sacado del equipo y anulado mi beca.
Un mal presentimiento recayó sobre mi estómago. —Pero ese malparido no.
Nagato sacudió la cabeza, luciendo más homicida que suicida. —Nop, ese malparido no. Cuando se enteró que yo era el chico de la foto, no solo se negó a reincorporarla, sino que también se negó a reprenderme. Es un fanático de futbol, ya ves. Entonces amenacé con dejar la escuela y abandonar el equipo si no la traía de vuelta, a lo cual él me amenazó con hacerlo público, si incluso, me comportaba como si fuera a irme. Ahora ella se fue, y yo estoy atascado aquí bajo amenaza, para salvar su reputación y asegurarme que no pierda toda oportunidad de conseguir un trabajo en otra parte del país. Pero mientras tanto, sí, parezco un completo imbécil por dejarla asumir toda la culpa por nuestra relación.
—Hombre. —Sacudí la cabeza y dejé salir un silbido bajo—. Eso es cruel. Es horrible ser tú en estos momentos.
—Síp. —Una vez más, se giró para mirar por la ventana.
—Y ¿no has sabido nada de ella desde que todo se arruinó?
Sorbió su nariz, como intentando contener algunas lágrimas. —No. Estoy bastante seguro de que dejó la ciudad. No responde a su puerta, y su correo está acumulado.
—No crees que ella se haya lastimado a sí misma, ¿o sí?
Nagato se giró lentamente, lanzándome una mirada dura. —Bueno, no lo he pensado… hasta ahora. Jesús, no lo haría… espera. No. Su auto tampoco está. Si estuviera en casa, su auto seguiría allí. Ella está bien.
Yo no estaba muy seguro. —A menos que…
—Jesús, Naruto —bramó—, para de asustarme. Se encuentra bien. Solo necesita algo de tiempo.
—Bueno, si necesitas entrar a su casa, solo para asegurarte, sé cómo desbloquear una cerradura.
Nagato sacudió la cabeza. —Dios, hombre. ¿Dónde aprendiste un truco tan útil como ese? ¿En la penitenciaría del estado?
Guau, dile a un chico que estuviste un tiempo en la cárcel y pensará de inmediato que eres un rudo ex convicto. Supongo que eso era lo que me ganaba por golpear hasta el cansancio a los torturadores de Fūka.
—Nunca fui a la penitenciaría, idiota. Fui a la cárcel del condado, como, por dos semanas. Y, no, no lo aprendí en la cárcel. Conoces toda clase de niños interesantes cuando creces en un hogar del sistema de acogida.
Sus cejas se elevaron. —No sabía que creciste en una casa de acogida.
—Síp. Desde que nací hasta que me gradué a los dieciocho. —Y esa era exactamente la razón por la que nunca, nunca, ni siquiera por una noche, quería que Boruto fuese puesto en el sistema de adopción. Sabía exactamente a qué tipo de mierda podría enfrentarse.
Llegando a la dirección que Shimura me había dado, me detuve en frente, y mi estómago comenzó a saltar de emoción. —Aquí estamos.
Mis glándulas de la adrenalina se elevaron. Me sentía tan hiperactivo y lleno de vida, listo para verla, que la gente pensaría que estaba preparándome para correr en una competencia de las Olimpiadas.
Casi me olvidaba de Nagato, mientras salía del auto y caminaba hasta la puerta abierta de la estación adherida a un complejo decente de apartamentos doble.
Ella estaba aquí, en algún lugar de este edificio. No podía esperar para verla otra vez.
Pero mientras me acercaba a la entrada, pude ver a un tipo de pie en la cochera, con su espalda hacia mí y las manos sobre sus caderas. No era Sai, eso era seguro. Iba a decir algo para hacerme notar, y asegurarme de que no fuera ningún extraño aterrador acechando el lugar cuando dijo—: Santa mierda, te pusiste gorda.
Ahí fue cuando divisé a Hinata en la cochera, intentando sacar algo de un congelador. Su trasero apuntaba hacia nosotros, el cual no parecía para nada gordo, en mi opinión. Demonios, ni siquiera podía darme cuenta que estaba embarazada hasta que se levantó y giró para mirar al visitante.
Su rostro de inmediato palideció mientras decía—: Oh, por Dios. ¿Sasori?
Mierda.
Saqué la cabeza de la entrada y sostuve a Nagato cuando intentó pasar a mi lado para entrar a la cochera. Luego lo tiré hacia abajo mientras me arrodillaba.
No tenía idea de por qué quería esconderme mientras hablaba con Sasori, pero conocer al papá de su bebé no se hallaba muy arriba en mi lista de prioridades. Quería entrar allí y sacarle las bolas de la manera más dolorosa que pudiera, lo cual dudé que Lunita apreciara.
Esto no era para nada de mi incumbencia. Esa no era mi mujer, y ese jodido idiota probablemente significaba más para ella de lo que yo alguna vez significaré.
O eso era lo que seguía repitiéndome en la cabeza, de todas formas. Aunque tuve que tararear mentalmente para darles algo de privacidad y no escuchar su conversación.
Cuando Sasori se acercó demasiado a ella, casi lo perdí. Nagato tuvo que sostener mi brazo porque debió saber que estaba a punto de perder la cabeza.
—No —advirtió en mi oído—. Esa es su pelea, hombre. Obviamente, tienen asuntos que resolver. Si te ves involucrado y rompes tu libertad condicional, volverás directo a la cárcel.
Sí, pero Hinata estaba en problemas, y la libertad condicional era lo último que me preocupaba.
Miré su rostro detalladamente. No enviaba señales de ansiedad o miedo. Parecía estar acostumbrada a discutir así con él. Pero odié la forma en que la tomó y la acercó. Si Nagato no me sostenía de nuevo, intervendría.
¿Por qué demonios simplemente no intervine?
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Continuará…
