9

Hinata

¡Iba a verlo de nuevo! En cualquier momento.

Había sido una oleada de ansiedad durante todo el día. Desde que Ino me dijo que Sai había invitado a Naruto a ver su nuevo coche, no había sido capaz de calmarme. Era patético. Debería haber estado decidiendo lo que iba a hacer con mi vida después del nacimiento de Sumire, o buscando lugares para vivir, o investigando consejos para padres o buscando un empleo. Cualquier cosa. En cambio, mi mente seguía regresando a sus brazos llenos de tatuajes, el que tiene en el cuello, y oh, había visto uno en su pecho cuando todas esas mujeres cachondas habían desgarrado su camisa en el bar.

Dios bendiga a las mujeres cachondas.

Naruto Uzumaki poseía un gran pecho desnudo. Definitivamente parecido al de Jake Gyllenhaal, con un maldito aro en el pezón. Sus músculos habían sido empacados en un conjunto de hombros anchos y un marco cónico que llevaba a la cintura más delgada de todos los tiempos. Había sido imposible contener la baba cuando había regañado juguetonamente a las mujeres por desnudarlo durante la subasta. Su sonrisa, añadida a esos pectorales y su Mohawk, más los tatuajes, había sido demasiado. Me había derretido en sus brazos al momento en que me forzó a bailar.

Y su melodiosa voz. Oh, Dios. El tipo en serio podía llevar una melodía. Tarareando "Baby Love" en voz baja, abrí la puerta de la cochera de Ino y Sai. Como vivían en un apartamento de dos plantas, habían unos cuantos escalones para descender al piso de cemento. Había venido aquí con el pretexto de buscar una bolsa de guisantes congelados en el refrigerador que guardaban allí, reclamando que hacer guisantes con el plato que cocinaba para la cena sonaba bien. Pero, en verdad, lo esperaba a él.

Podría estar aquí en cualquier momento.

Sai, típico hombre, no había establecido ningún horario concreto con él. Siendo chicos, solo dijeron la noche del sábado. Bueno, había un montón de tiempo durante un sábado por la noche. Necesitaba saber exactamente cuándo llegaría. Me volvía loca sin una cuenta atrás precisa por la que esperar.

No sé por qué lo anhelaba tanto. Conquistar a un hombre no se hallaba en mi lista de cosas por hacer, además de que era la última clase de persona para ser elegida, incluso si yo estuviera en el mercado. Y no nos olvidemos de que estaba casado, cosa que siempre parecía olvidar, maldita sea. Además, no tenía ni idea que le diría cuando llegara o… Maldita sea ¿por qué se tardaba tanto?

My Baby Love. I Need You, Oh, How I Need You —canté en voz baja mientras abría la puerta del refrigerador. No había mucho en el interior, por lo que no fue difícil detectar los guisantes. Pero era imposible alcanzarlos con mi panza de bebé. Traté de girar para poder agacharme de lado, pero tampoco tuve éxito con eso.

Sin darme por vencida, probé el otro lado y fui capaz de llegar un poco más lejos, hasta que las puntas de mis dedos apenas rozaron la bolsa congelada. El aire helado que se colaba cubría mi piel desnuda. La parte superior de mi baby doll tenía correas gruesas pero sin mangas, por lo que la piel de mis brazos se erizó al instante con piel de gallina, lo que hizo a mis pechos endurecerse por el frío.

Me había vestido para Naruto. Era estúpido, lo sé. Tenía siete meses y medio de embarazo, no era exactamente el momento más glamoroso de mi vida. Estaba casado; por qué tenía que recordármelo a mí misma era aterrador. Y veníamos de mundos completamente diferentes. Mi padre habría tenido un ataque si me hubiera visto con un chico tatuado y lleno de metal en la cara como Naruto.

Bueno, eso habría sido un plus, cualquier cosa para acabar con ese viejo hijo de puta, pero ni siquiera yo había sido capaz de llegar tan lejos. Ese tipo de personas siempre me habían intimidado, como si fueran lo suficientemente fuertes para masticarme y escupirme sin una segunda mirada, como si me vieran como nada más que una puta rica malcriada.

Pero Naruto sofocó por completo mis miedos y reservas al respecto. Nunca me había intimidado. Y nunca me había tratado como a una puta, rica, ni nada de eso. Vio directamente a través de los estereotipos, estigmas y prejuicios, e hizo que me resultara fácil hacer lo mismo.

Sin embargo, todavía era prohibido. Hacer que Ino me pintara las uñas de mis pies esta tarde, ya que yo no podía llegar a ellas, solo para impresionarlo, estaba mal.

Deslizándome dentro del refrigerador un poco más esta vez, apreté mi vientre contra la apertura de la tapa, haciendo a Sumire saltar por la presión.

—Lo siento niña. —Me acaricié el vientre, esperando no haberle hecho daño. Era hora de pedirle ayuda a Ino.

—Santa mierda, te pusiste gorda.

Ante la voz familiar, me di vuelta y me quedé sin aliento. Un zumbido caótico llenó mi cabeza mientras veía delante de mí. No parecía posible que mi ex de Suna, a más de mil kilómetros de distancia, se encontrara de pie en la cochera de Ino y Sai. Pero allí estaba, mirando mi estómago horrorizado.

Parpadeé dos veces. Luego sacudí la cabeza para negarlo. —Oh por Dios —al final encontré el aire para jadear—. ¿Sasori? ¿Qué haces aquí? —Miré detrás de él para asegurarme de que mis padres o cualquier otra persona de casa no hubieran venido con él, pero estaba solo, gracias a Dios. Las últimas palabras que nos habíamos gritado el uno al otro habían sido bastante terminantes. No podía pensar en otra cosa que necesitara decirme para el cierre—. ¿Cómo me encontraste?

Deslizando una mano en un bolsillo de sus pantalones caqui, se paseó cerca, con sus labios curvados en una mueca burlona mientras me miraba de arriba abajo. —Sai me dijo que te encontrabas aquí.

Siguiente ítem en mi lista de cosas por hacer: asesinar al entrometido novio de Ino.

Deteniéndose delante de mí, Sasori dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza como si estuviera decepcionado. ¡De mí! —Hablé con tus padres, Hinata…

—Oh, ¿sabes qué? —Solté un bufido y levanté una mano para detenerlo, sabiendo que todavía quería que hiciera lo que él había estado exigiendo la última vez que hablamos—. Yo también hablé con mis padres. Y sé exactamente cuál es su postura en esto. No estaría aquí en medio de Konoha, viviendo a costa de mi prima si no me hubieran echado porque me negué a hacerme un aborto. Y dado que sigo aquí, Sasori, supongo que eso significa que no he cambiado de idea. Entonces lamento que hayas desperdiciado un viaje, pero has venido por nada. Puedes dar media vuelta y regresar a Suna.

Sasori apretó los dientes, su expresión mostraba toda su frustración. No me importaba; no iba a decirme qué hacer con mi bebé. Había renunciado a su derecho a tomar una decisión en el momento en que me dijo que era una puta engañadora, después de que le dije del embarazo.

Pero luego su rostro se quedó en blanco.

—Vas a seguir con esto hasta el final ¿verdad? Bien, estoy dispuesto a jugar. ¿Qué es lo que quieres, H.?

Cuando tomó mi brazo en un fuerte apretón, prensándolo fuerte, mis señales de advertencia se dispararon por las nubes. Sasori nunca fue abusivo físicamente. Pero, hoy, algo no estaba bien con él.

Los hombres que se encontraban al borde de la desesperación, por lo general lo manifestaban de formas terribles. Lo había aprendido por el carácter duro de mi padre. Bueno, hoy Sasori se veía extrañamente desesperado.

Sabiendo que tenía que manejar esto con cuidado, y a pesar de que su presencia me seguía asustando a lo grande, traté de mantener esas razones para sentirse desesperado lejos de él.

—Esto no es un juego de poder para que consiga un juguete bonito, Sasori —le aseguré—. Lo único que quiero es a mi hija.

—¡Tonterías! —Señaló con un dedo acusador en mi dirección—. ¿Qué pasó con la chica que conocí, la que decía que los niños le aterrorizaban?

—La dejaste embarazada —le respondí, cuando la furia creció dentro de mí—. Entonces supongo que tendré que aprender a adaptarme.

—Jesucristo —gritó Sasori, haciéndome entrecerrar los ojos y poner mi mano en la cadera—. ¿Por qué no te haces cargo de esto?

—¡Lo hago! Me voy a quedar aquí y cuidaré de mi bebé como una madre.

—¿Una madre? Oh, Dios mío. —Dejó escapar una risa degradante—. ¿Estás escuchándote? Tú no eres así. No eres capaz de ser madre, Hinata . Eres una zorra mimada.

Auch. Eso dolió. Era chica soltera de diecinueve años sin trabajo, sin casa, y estaba a punto de traer a un pequeño e inocente humano al mundo y ser totalmente responsable de ella. Un mareo repentino me hizo tropezarme. Pobre Sumire, parecía magníficamente jodida y ni siquiera había nacido. Con un idiota como padre y una zorra mimada como madre, mi bebé no tenía ninguna posibilidad.

Pero todavía estaba dispuesta a darle una. No importaba lo que pensara cualquier persona, amaría a mi chica y encontraría una maldita manera de ser una buena madre, aunque fuera lo último que hiciera.

Cuadré mis hombros. —Solo porque no planee que esto pasara, no significa que voy a tirarlo a un lado como un inconveniente menor. Me quedaré con mi niña.

Sasori se burló como si supiera un secreto. —Bueno, no puedo permitirte eso.

Traté de tirar mi brazo lejos de él. —¿Por qué no? No te estoy pidiendo que hagas nada. De hecho, ni siquiera quiero que te involucres.

Sasori me acercó más. —¿Cuán estúpido crees que soy? Por supuesto, lo pedirás. Tendrás la ley de tu lado, y me sacarás todo el maldito dinero. Podrías manipularme con esto por el resto de mi vida, me succionarás hasta dejarme seco con la manutención de niños, haciéndome pagar por toda la clase de mierdas con las que no quiero tener nada que ver. Y me rehúso a dejarte ir más lejos con esto.

—Sasori… —Suspiré, cansada e incluso rodé los ojos tan dramáticamente como pude, a pesar de que mi corazón estaba acelerado. Por alguna razón irracional, creía que dejarle ver mi miedo lo haría saltar sobre mí—. Créeme.

—Por favor, por favor, créeme—. No haré eso. No quiero nada de ti. En realidad, si nunca vuelvo a verte, estaría abrumada de felicidad. Incluso te firmaré un papel, diciéndolo.

—Veamos —sacudió la cabeza y se rió en voz baja—, me cuesta creer eso. Te conozco ¿recuerdas? Sé la perra conspiradora y manipuladora que eres. Y me rehúso a dejarte continuar con esto.

—Bueno, he cambiado. —Dejé salir un sonido de agravación cuando traté de tirar mi brazo para librarme de su agarre y él no me soltaba—. La gente puede cambiar, sabes. Ahora… suéltame.

—No hasta que aceptes deshacerte del bebé.

¿Estaba drogado? Era demasiado tarde para un aborto, incluso aunque estuviera de acuerdo con la idea. Resoplé y levanté mi barbilla. —Nunca.

—Entonces no me dejas otra opción.

Oh, mierda. Me di cuenta de que cometí un gran error al enfrentarme a él, e incluso al incitar su temperamento, una fracción de segundo antes de que me empujara contra la pared.

Cuando mi espalda golpeó contra la plancha de yeso agrietado y luego mi cabeza, el miedo se apoderó de mí. Me agarró por la garganta hasta que estaba gritando, gritando y solo gritando con todo, con la esperanza de que fuera lo suficientemente fuerte para llamar la atención de Ino y Sai.

Iba a tratar de hacerle daño a mi bebé. No sentí el dolor al principio; me sentía demasiado asustada por Sumire y lo que Sasori trataba de hacer con ella. Pero entonces me dio un puñetazo en el estómago.

Creo que seguí gritando. No estoy segura. El sonido resonó en mis oídos mientras trataba de acurrucar mis brazos a mi alrededor y proteger a mi hija. Pero él me abrazó por el cuello, fijándome en el lugar, lo suficientemente flojo para que pudiera continuar gritando, pero lo suficientemente apretado para que no pudiera escapar. Apenas podía respirar, y mucho menos proteger mi estómago. Mis piernas se agitaban, pero las fracturas que sentía en mi interior era tan grave que era difícil concentrarse en nada más allá de cada golpe.

Tan abruptamente como atacó, Sasori se detuvo. La presión sobre mi garganta desapareció y caí al suelo. No podía detenerme, no podía sostener mi caída, solo pude tomar aire. Era como si no tuviera control sobre mis propias extremidades. Aterricé con un ruido sordo discordante, lo que me lastimó aún más. Pero al menos el asalto había terminado.

Pensé que tal vez Sasori lo había pensado bien y retrocedió.

Pero luego dijo—: Qué dem… —justo antes de que un ruido sordo de algo agrietándose contra el hueso hiciera eco en toda la cochera. Un gemido ahogado le siguió.

—Acabas de meterte con la chica equivocada, amigo —alguien gruñó, con voz enojada y masculina.

Desde el interior de mi caparazón de agonía, los sonidos apagados de los puños contra la piel siguieron, junto con gritos y amenazas. Sabía que alguien me estaba defendiendo, pero en ese momento no me importaba. Me encontraba demasiado ocupada tratando de no morir en el suelo. Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras acunaba mi estómago.

Sumire no se movía. Ella siempre se movía o saltaba cuando algo la asustaba. ¿Por qué no se movía?

—No —dije con voz ronca y apoyé la mejilla en el suelo, apretando mis ojos con fuerza mientras mi abdomen se sentía como si estuviera explotando y destrozándose por dentro.

Más gritos inundaron el lugar. Creo que por fin oí la voz de Sai en el cuerpo a cuerpo, pero de repente Ino estaba conmigo, con su mano en mi hombro y su voz llena de pánico en mi oído. —¿H.? ¡Hinata! ¿Puedes oírme?

Traté de asentir, o responder, o incluso parpadear, pero lo único que pude hacer fue soltar un grito de dolor cuando otra ronda de terror constriñó mi abdomen.

—¿H.? —Ino intentó de nuevo, con voz temblorosa—. ¿Qué pasó? ¿Te encuentras bien? Oh, por Dios. Sai. Ella está gravemente herida.

La ola de agonía pasó, dejando un leve latido de dolor. Respiré y traté de hablar nuevamente. —Yo… creo que estoy sangrando. —Mis dedos apretados de alguna manera lograron estibar lo suficiente para tratar de ver hacia abajo entre mis piernas, porque podía sentir un goteo. Quería asegurarme de que no había sangre, pero no podía ver más allá de mi panza.

Otro rayo de dolor curvó mi vientre. Me acurruqué alrededor de mi bebé.

—¡No! No, no, no. —Una de las voces masculinas se volvió ronca mientras se agachaba a mi lado. Pensé que era Sai hasta que graznó—: ¿Lunita? —y entonces me di cuenta de que era Naruto.

Mientras cálidos y tiernos brazos me envolvían, abrí mis pestañas y alcé la mirada para un par de ojos azules devastados. —¿Naruto?

Me apretó contra su pecho. Por fin había llegado. Justo a tiempo.

Me besó la frente. —Hola, hermosa. ¿Quieres dar un paseo conmigo? Tengo un auto muy rápido, y puedo hacer que cuiden de ti en un segundo.

Por un momento estaba confundida. ¿Por qué hablaba sobre coches y paseos cuando parecía que todo dentro de mí se estuviera fragmentando y mi bebé estuviera en problemas? Pero entonces comprendí lo que quería decir. Hospital.

Fue entonces cuando supe que era malo. Tal vez si hubiera sonado tan calmado y confiado como siempre, podría haberme quedado tranquila. Pero parecía asustado, así que me asusté.

¿Qué si… qué si Sumire no… sobrevivía? ¿Y si Sasori había conseguido…?

Demasiado horrible.

Lloré un gemido y hundí mi cara en la camisa de Naruto, agarrándola en puñados con mis dedos. Estaba tan agradecida de que estuviera aquí conmigo.

—Duele —le dije. No estaría tan mal si Sumire estuviera bien, ¿verdad?

Algo tenía que estar mal.

Algo andaba mal con mi bebé.

—Lo sé, bebé. Lo sé. —Canturreando, Naruto me acercó más y se levantó.

Las náuseas me llenaron mientras otra banda de dolor apretaba mi abdomen. Probé la técnica de respiración que había usado cuando mi padre me lastimaba. Largas respiraciones. Pero no era capaz de calmarme lo suficiente para detener los jadeos rápidos y poco profundos. Pensé que iba a vomitar, cuando de repente estaba en el cielo, siendo levantada del suelo. Oh, Dios. El vértigo hizo a mi cabeza nadar y a mi estómago convulsionar.

—¿Bueno? —espetó la voz de Naruto. Ni idea de a quién le hablaba—. Llevémosla al hospital.

Eché un vistazo rápido, negándome a pensar en nada excepto su olor nublando mi nariz. Era difícil pensar de todos modos. Así que dejé que su olor, que me recordaba a aceite bronceador de coco, me hiciera extrañar lo único de Suna que realmente me hacía sentirme en casa. Un agradable y cálido día soleado. La playa. La arena y la espuma suave de un húmedo océano.

Presionada contra este hombre que olía a mi tipo favorito de día soleado, me adormecí. Me encontraba en casa de nuevo.

La gente hablaba a mi alrededor, pero en realidad no registraba lo que decían. Centrarme en palabras sería centrarme en el dolor y en lo que podría estar sucediendo con el bebé dentro de mí. Cerré los ojos y me acurruqué más en Naruto. En ese momento, él era la única cosa en mi universo.

—Oye, todo va a estar bien —murmuró en mi oído, su voz finalmente fuerte, con confianza y tranquilidad.

Me aferré a esa tranquilidad.

Me empujó lo suficiente para hacerme saber que nos metíamos en un coche, luego me acurruqué en su regazo y sus brazos se reajustaron para sostenerme cerca. No podía dejar de apretar el frente de su camisa. Arranques ocasionales de dolor violarían mi conciencia, pero era buena bloqueando las cosas desagradables. Lo había hecho durante años.

Así que las aparté lejos. Me negaba a reconocer que algo malo podría pasarle a Sumire.

No fue hasta que viramos bruscamente en una esquina que otro choque de dolor me sacó de mi lugar seguro.

—Cuidado —ladró Naruto a quien sea que conducía.

—Maldita sea, hombre —dijo una voz masculina que no reconocí—. Estoy tratando. Tu carro tiene más poder del que estoy acostumbrado.

Gemí y los labios de Naruto al instante se cernieron sobre mi oído, su aliento era cálido y relajante. —Nos vamos acercando, Lunita. Solo un poco más.

—Mi bebé —me las arreglé para gruñir.

—Ella se encuentra bien. Va a estar bien. Nada va a pasarle a ese precioso angelito. Te lo prometo.

—¿Cómo…? —No había manera de que pudiera hacer tal promesa.

—Ella está bien. La he visto —susurró antes de ahogarse lo que podría haber sido un sollozo—. Y es hermosa. Absolutamente perfecta. Tiene unos increíbles ojos morados y la carita de querubín más dulce, en una especie de forma de corazón. Y cabello morado oscuro con el más mínimo rizo. Tiene un remolino en el flequillo, aquí mismo. —Presionó los labios en el lado derecho de mi frente, justo en el nacimiento de mi pelo, donde no tenía un mechón—. Su labio inferior más lleno que el superior y su nariz volviéndose ligeramente fina, como la tuya.

Si hubiera utilizado todas mis características para describirla, me hubiera sido más difícil creerle. Pero la mención de un remolino en el pelo y cabello morado, diferente al mío, hizo que imaginara a la niña que describió, hasta que se convirtió en una criatura viva, respirando de nuevo. Se encontraba viva y se quedaría de esa manera.

Esta vez, en lugar de bloquear al dolor, lo abracé. Sin soltar la camisa de Naruto con una mano, agarré mi vientre con la otra. —No voy a perderla —le prometí.

—No, no lo harás —dijo—. Vas a luchar por esta niña y ella va a lograrlo. Las dos lo harán.

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.

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Naruto

Mientras un frenético equipo de emergencias llevaba a Hinata en una camilla, me desplomé en el banco más cercano que vi y presioné mi espalda contra la pared, cerrando los ojos. Sin poder sostenerla más, mis manos comenzaron a temblar, así que me aferre al borde del banco como si se me fuera la vida en ello.

Ino se paseaba a mi lado mientras hablaba por teléfono, hablando a un millón de kilómetros por hora con una docena de personas diferentes. Nagato, quien nos trajo al hospital, se encontraba parado cerca, y Sai, quien se quedó en el apartamento para encargarse del tipo al que estuve jodidamente cerca de matar por tocar a mi Lunita, seguía ausente.

Mientras tanto, no podía dejar de sentir la humedad de la sangre de Hinata a través de mi franela empapada.

¿En qué demonios pensaba?

Me quedé afuera de la cochera, escuchando la conversación con su ex, y no hice nada. ¡Nada!

No importaba que Nagato me siguiera diciendo que no interviniera; que no era mi problema. Sentí la violencia rezumando de él. Supe que se encontraba a punto de desatarla sobre ella.

¿Por qué demonios simplemente no entré, me hice notar, y difundí un poco de la rabia? Aún habría podido tener su gran conversación de cierre con él mientras yo estuviera ahí, escuchando abiertamente todo.

Pero mierda, dejé que Nagato me convenciera de que era mejor dejar que tuviera ese momento. Y ese bastardo logró dar demasiados golpes antes de que yo fuera capaz de alcanzarlo.

Pegarlo contra la pared por la garganta, golpearlo en la cara con una llave inglesa, y patearlo en las pelotas no fue ni de cerca lo suficiente, antes de que Nagato se las arreglara para quitarme de encima. Aún me arrepentía de haber invitado a ese bastardo para que viniera conmigo esta noche. Podía estar destrozado por la pérdida de su mujer, pero su ayuda convenciéndome de que no me metiera quizás me haya costado la mía.

Tragué saliva y traté de no enloquecer.

No, no íbamos a perder a Hinata esta noche. Iba a estar bien. La bebé iba a estar bien. Todo el mundo iba a estar bien, excepto tal vez el papá de la bebé. Yo como que esperaba que muriera.

Pero hubo mucha sangre saliendo de ella. Atraganté un gemido y me puse de pie para caminar de un lado a otro.

—Oye, hombre. —Nagato agarró mi hombro cuando pasé cerca de él, pero me lo sacudí y le di una mirada envenenada.

Amablemente quitó sus manos de mí, pero siguió hablando—: ¿Estás bien? Déjame ver tus manos.

—Están bien. —Apenas conseguí darle dos golpes a Sasori Worthington. Todo en mi cuerpo se encontraba perfectamente bien. Debía estar preocupado por Hinata.

Echando humo, me acerqué a él, necesitando descargar algo de mi rabia y miedo. —¿Por qué demonios seguiste reteniéndome? ¿Por qué…? —Cuando me di cuenta de que acusarlo no iba a resolver nada más que hacer que me arrepintiera de mis palabras más tarde, me di la vuelta y me alejé.

Sintiéndome perdido, deambulé por los pasillos, mirando ciegamente a imágenes enmarcadas en las paredes de estúpidas flores rosadas. No paré de caminar hasta que me encontré en la entrada de la capilla del hospital.

Adentro se encontraba extrañamente silencioso, con las luces tenues; y una estatua de una virgen espeluznante inclinaba su cabeza hacia un lado y cruzaba las manos contra su pecho mientras me daba una mirada comprensiva. Nunca antes había entrado en una iglesia, pero lo hice ahora, necesitando algo. Cualquier cosa.

Me senté en el último banco en la parte de atrás y me quedé mirando la estatua que seguía mirándome.

Sabía que no debería sentirme tan destrozado por esto. Conocía a Hinata por cuánto tiempo, ¿dos semanas? No era la chica con la que soñé durante diez años. Era una completa extraña, y si ella o su bebé no sobrevivían esta noche, no sería el final de mi vida. Pero convencerme de eso era imposible.

No quería que muriera. No quería que ese bebecito que pateó mi mano a través de su vientre muriera. Quería mirarla a los ojos de nuevo y dejar que me hiciera otro Mohawk. Solo quería más tiempo con ella.

Mirando a la Virgen preocupada, le envié un respetuoso asentimiento. — Gracias —le dije, y salí de la capilla. No fue hasta que estuve caminando junto a la tienda de regalos cerrada y vi el cerdito relleno que Sumire sostuvo, que realmente me calmé. Era como una señal, diciéndome que iba a estar bien. Todavía tenía a un cerdito esperando por su amor.

Mi celular sonó mientras regresaba a la sala de espera. Con un suspiro, respondí—: Fūka, no puedo hablar ahora.

—No deja de llorar —gritó, completamente frenética—. No sé qué hacer.

Rechiné los dientes, dividido entre quedarme y averiguar que le ocurrió a Hinata, y la necesidad de ayudar a Fūka y Luchador. Podría escuchar los lamentos a través del teléfono.

—¿Revisaste su pañal?

—Joder, lo acabo de cambiar.

Con un suspiro, pasé la mano sobre mi cabello. —¿Y lo alimentaste?

Me gruñó. —¡Sí! No soy una jodida idiota.

Me mordí la lengua para no responder a eso. — Fū, no puedo ir a casa ahora. Alguien resultó herido; estoy en el hospital. ¿Por qué no lo intentas de verdad, sacándolo del columpio y alzándolo?

Me llamó por un nombre poco apropiado, pero dejó de hablar por un momento porque, como sospeché, él había estado en su columpio para bebés y ella por fin lo sacaba. Sus gritos se calmaron casi inmediatamente.

—¿No es una locura cómo eso funciona? —murmuré en el teléfono, con mi voz ácida.

—No tienes que ser un imbécil al respecto —se quejó antes de añadir—: Todavía está un poco quisquilloso.

—Muy bien, de acuerdo. Pon el teléfono en su oreja.

—¿Qué?

—Deja que escuche mi voz.

—Eso es estúpido.

—¿Simplemente podrías callarte e intentarlo? Lo ha tranquilizado antes.

—De acuerdo. —Un segundo después, escuché una respiración pesada y movimientos contra el altavoz antes de que lo arrullara.

Sonreí. —Oye, chico. Escuché que le estás dando trabajo a tu mamá. ¿Crees que podrías calmarte por ella hasta que pueda ir a casa? Juro que cuando llegue, te meceré en la silla el doble del tiempo que normalmente lo hago.

—Joder, está funcionando. —Escuché la voz de Fūka en el fondo—. Sigue hablando.

Así que comencé a cantarle. A mitad de "Kryptonite" de 3 Doors Down, vi a Nagato dando la vuelta en la esquina a toda prisa. Cuando me vio, comenzó a agitar su mano frenéticamente.

Deben haber tenido noticias de Hinata y la bebé.

—Debo irme —le dije, cortando mi propia canción.

—Está bien —dijo Fū —. Se ha quedado dormido.

—Bien. —Colgué y corrí por la esquina para seguir a Nagato.

—… Y hubo varios traumas en el útero como para provocar un desprendimiento de la placenta —le decía un doctor a Ino y a Sai, quien debió haber llegado mientras yo trataba de no volverme loco. Envolvió sus brazos alrededor de Ino y la atrajo hacia sí mientras el doctor seguía hablando.

No tenía idea de lo que era un desprendimiento de placenta, pero no sonaba bien. Sintiéndome con nauseas, me desplomé de nuevo en el banco en el que me senté anteriormente para poner mis codos en las rodillas y enterrar mi cara en las manos.

Le prometí que la bebé estaría bien. Le describí como sería Sumire y le di mi palabra de honor, pero…

—Tuvimos que hacer una cesárea de emergencia. La buena noticia es que la placenta se encontraba baja en el útero cuando se desprendió. Por eso tuvo tanta pérdida de sangre externa, pero redujo el sangrado interno y todo fue un éxito cuando sacamos a la bebé.

Alcé mi cara en sorpresa justo cuando Ino exclamó—: ¿Quiere decir que la bebé está viva?

Con un lento asentimiento, el doctor lo confirmó. —Está en la unidad de cuidados intensivos neonatal, pero tendrá que consultar a su pediatra para que le informe sobre el estado de la bebé.

Ino se desplomó junto a mí, con lágrimas brillando en los ojos. —Oh, Dios. Oh, gracias Dios. —Luego dejó escapar una risa de alegría—. Las dos lo lograron. Las dos… Espere. ¿Las dos lo lograron? ¿Cierto? ¿Hinata también está bien?

El aire en mis pulmones se estancó cuando el doctor titubeó. Tragué saliva y quise vomitar por todo el piso. No, esto no podía estar pasando. Apenas la acababa de conocer. Después de todo este tiempo esperándola, la vi dos veces y ¿muere? No. Joder, de ninguna manera.

—Un caso de conmoción afectó su riñón —admitió el doctor finalmente—. Está presentando signos de necrosis cortical difusa, así que la hemos puesto en diálisis. Sin embargo, su estado se mantiene estable.

Una vez más, no tenía idea de lo que algo de eso significaba. Todo lo que escuché fue estable, y para mí, eso decía aún viva.

Viva era bueno. Era malditamente increíble. Lunita estaba viva. Ino se abrazó a sí misma, y le tembló la voz cuando preguntó—: ¿Podemos verlas? ¿A cualquiera de las dos?

—Estoy seguro de que pueden mirar a la bebé a través de la ventana de la sala de maternidad, pero tendré que enviar una enfermera cuando la madre esté lo suficientemente estable para visitantes.

Todos asentimos en entendimiento, y el doctor se fue. Nagato se fue no mucho después de eso, habiendo escuchado todo lo importante. Pero yo no me iba a ninguna parte hasta que tuviera una vista completa de las dos chicas. Necesitaba una prueba visual de que las dos se encontraban bien.

Seguí a Sai e Ino hacia la sala de maternidad, y luego a una ventana, donde abrieron las persianas para dejarnos ver a Sumire.

Acostada en la incubadora, un pequeño ser humano rojo tenía un tubo respiratorio enchufado en su boca mientras las vías y los parches de monitoreo la hacían ver como si estuviera al borde de la muerte.

Contuve el aliento. A mi lado, Ino gimió y se tapó la boca con ambas manos. —Es tan pequeña. ¿Cómo algo tan pequeño se las arregla para poder sobrevivir?

Me tambaleé, un poco mareado por la preocupación. Ino tenía razón.

Era tan pequeña y frágil. ¿Qué ocurriría si Sumire aún no lo lograba?

Tratando de no entrar en pánico, cerré los ojos y apoyé mi frente contra el vidrio.

Sai puso una mano en mi hombro y lo apretó. —Oye, Sasori y yo hicimos un trato. No le va a decir a nadie lo que le hiciste… no si no quiere que les digamos a las autoridades lo que le hizo a Hinata. Así que, no tienes que preocuparte por meterte en problemas ni nada. ¿De acuerdo?

Meterme en problemas por culpa de ese imbécil era lo último en lo que me preocupaba. Ir a la cárcel por tratar de matarlo por lo que le hizo a Hinata habría sido un honor.

Señalé a la venta, sintiéndome resentido. —Así que, ¿él se escapa sin ni siquiera un regaño por hacer esto?

—Créeme, hombre. Lo dejaste en mal estado. Estoy muy seguro de que va a estar escupiendo y orinando sangre por un buen tiempo.

No era suficiente. Ni de cerca de ser suficiente, pero dije—: Bien.

No nos dejaron entrar para que viéramos a Hinata durante otra hora. Ino y yo acampamos afuera de la ventana y miramos a Sumire la mayor parte de ese tiempo. Las enfermeras chequearon sus signos vitales frecuentemente y un par de veces se retorció un poco, pero la mayoría del tiempo, la pequeña princesa estuvo bastante tranquila.

Lunita seguro se sentía molesta porque no podía verla.

Y eso fue exactamente lo primero que preguntó cuando entramos en su habitación.

—¿La has visto?

Me congelé en la entrada. Se veía amarilla e hinchada, jodidamente hinchada. Sus ojos, su rostro y su cuello se hallaban hinchados en proporciones ridículas y parecía que se le hacía difícil ver. Todo tipo de tubos y máquinas se encontraban conectados a ella, manteniéndola viva.

El pánico arañó mi garganta, pero me lo tragué y silenciosamente seguí a Ino, aunque me paré al final de la cama, incapaz de moverme más cerca.

Ino agarró la mano de Hinata y sonrió. —Es tan pequeña, H. Como una perfecta forma de ser humano en miniatura con su cabeza llena de cabellito morado.

Lágrimas corrían por las mejillas hinchadas de Hinata mientras sonreía. — ¿Sí? ¿Está bien entonces? Siguen diciéndome eso, pero no puedo ir a verla. No puedo…

—Shh. —Ino se inclinó y le besó la frente—. Tienes el resto de tu vida con ella. Solo recuéstate y relájate para que puedas sanar.

Las palabras de su prima parecieron hacerle efecto porque se calmó después de eso. Sai, se quedó atrás conmigo, mirándolas con preocupación. Cuando atrapó mi mirada, se tragó una mirada de culpa. — Me siento como un pedazo de mierda —murmuró en voz baja—. Le dije a ese idiota donde se encontraba ella. Juro por Dios, que no tenía idea que haría esto. Pensé que iba a hacerle frente a la situación y ayudarla.

Contento de que no era el único que cargaba con la culpabilidad, apreté su hombro. —Al menos tú no esperaste hasta que estuviera golpeando su estómago para meterte en su conversación.

Sai abrió la boca para responder, pero de repente Hinata dijo—: ¿Es a Naruto a quien escucho?

Me giré en su dirección. Quería ir y ponerme de rodillas y rogarle que me perdonara. Quería demostrarle lo mucho que me dolía verla así, lo asustado que estuve por las dos. Pero me atraganté. —Por supuesto que soy yo.

Me acerqué y gentilmente tomé su mano hinchada, que tenía una aguja pegada, mientras me la ofrecía. Mierda, su agarre era débil. —Lo hiciste bien, Lunita. Esa pequeña es tan jodidamente linda. —Me incliné y le besé la mejilla.

Girándose hacia mí, rozó el lado de su cara contra el mío. —Gracias. Muchas gracias por haber estado allí esta noche. Nos salvaste a mí y a mi pequeñita.

Una respiración temblorosa salió de mis pulmones. Presioné mi frente contra la suya, por fin dejando que algunos de mis sentimientos salieran. —Casi consigo que te maten, eso fue lo que hice. Los escuché hablando, y no me metí. No hasta que era jodidamente tarde. Lo siento, lo siento mucho por dejar que se acercara tanto a ti.

Una mano tocó mi cabello. Cerré los ojos.

—Escúchame, Naruto Sarutobi Uzumaki. Eres mi héroe, y no tienes nada por lo que disculparte.

Debió haber percibido que no le creía porque apretó su agarre. —Lo eres. Eres mi héroe.

—Aun así lo siento —susurré, incapaz de luchar contra el sentimiento de culpa.

—Yo no. —Sacudió la cabeza y me dio una sonrisa temblorosa—. Si no hubieras venido esta noche, estaría muerta en este momento. Mi hija estaría muerta. ¿Por qué no puedes entender eso?

Abrí mis pestañas y me encontré con su mirada. Quizás esta era la razón por la que tuve esas visiones. Si no la hubiese visto en mi cabeza, no hubiera estado fascinado con ella por los últimos diez años, y no habría estado tan ansioso por visitar a Sai esta noche. Y si no hubiera ido, nadie habría estado para evitar que su ex novio la matara. Inclinándome, besé nuestras manos entrelazadas, muy agradecido de que estuviera viva.

—Nunca voy a dejar que vuelve a pasarte nada malo. Lo juro. Era una promesa que decía desde el fondo de mi alma.

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Continuará….