Hinata
Desde ese día en adelante, mi vida cambió por completo.
Tan pronto como pude caminar y las enfermeras me permitieron salir de mi cama de hospital, me arrastré como una anciana cargada a la unidad de cuidados intensivos neonatales para sentarme con Sumire. Era lo más hermosa que había visto. Pero mirarla me asustaba demasiado. Era tan pequeña, tan frágil y delicada. ¿Cómo se supone que debía protegerla y cuidar de ella? No sabía absolutamente nada de esto.
No parecía importar cuántos artículos de paternidad leí, nada me había preparado para esto. Esto era real.
Una enfermera entró mientras me hallaba sentada en la mecedora, con mi brazo apoyado en el interior del agujero para la mano de la incubadora, acariciando suavemente sus dedos miniatura.
—Cariño, debes regresar a tu habitación y descansar un poco ahora. Has estado aquí bastante tiempo. No queremos que tengas un contratiempo.
Apenas la miré mientras estudiaba el pequeño mechón de la línea del cabello de mi bebé. ¿Cómo diablos había Naruto acertado con eso?
Tal vez simplemente imaginé la descripción que me dio de ella. Había un montón de manchas difusas en mis recuerdos de la noche en que nació.
—Estoy bien. —Todavía no quería dejarla. No creía que fuera posible amar tanto. Mi pecho se sentía completamente lleno. Me podría haber sentado en esa silla y solo mirarla dormir y respirar durante el resto de mi vida—. ¿Ella necesita una manta? —pregunté cuando su cuerpito se estremeció en su sueño como si estuviera temblando—. Parece como si tuviera frío.
Los labios de la enfermera se apretaron con irritación. —Ella está bien. Pero tú debes volver a tu habitación. Dijeron que acabas de salir de diálisis. No quieres excederte.
Asentí como si estuviera de acuerdo, pero respondí—: Solo un poco más.
Con un gruñido, se dio media vuelta y se alejó. Cuando escuché la frase. —... típica madre adolescente soltera. Creen que lo saben todo... —Me di la vuelta y me quedé mirándola, viendo los diez kilos de peso extra en su cintura, desde atrás y adelante mientras ella se marchaba en una rabieta enojada.
No sé por qué dejé que ese comentario me afectara. Tal vez fue por las hormonas del embarazo sobrantes en mis venas, el inicio de alguna depresión puerperal o problemas normales de inseguridad de una nueva mamá típica de diecinueve años. Pero las lágrimas llenaron mis ojos de inmediato. Giré hacia mi hija, pequeña e indefensa, luchando por su vida, y la compuerta se abrió incluso más.
¿Qué diablos pensaba que estaba haciendo?
Había seguido en esto con mi falsa confianza de costumbre, pensando que dé podía criar a un niño. Millones de mujeres daban a luz bebés cada año. ¿Por qué iba yo a tener un problema con ello? Y mira, casi había hecho que Sumire muriera.
Lloré aún más, con mi pecho agitado. Tuve que sacar mi mano de la incubadora de Sumire y enterrar mi cara en ambas palmas de mis manos para amortiguar el desgarrador sonido para no despertarla.
Ella se encontraba aquí, así, porque yo no estaba en condiciones, porque…
—Hola —interrumpió mi fiesta de lástima una voz alegre—. Bueno, mira quien ya está levantada de la cama.
Sonaba tan aliviado y feliz. Me giré para mirar a Naruto. Permaneció de pie en la puerta con la sonrisa más grande y una bolsa de regalo color rosa que colgaba de su mano. Cuando vio mi cara, su sonrisa desapareció.
—¿Qué pasa? ¿Sumire? —Dejó caer la bolsa mientras se apresuraba a la incubadora.
La preocupación en su rostro me calentó el corazón y ayudó a calmar mis lágrimas. —No, ella está bien. Mejorando cada día.
Un profundo suspiro se le escapó mientras colocaba su mano sobre el plástico transparente que lo separaba de mi hija. —Gracias a Dios.
Parpadeé, aún asombrada por lo preocupado que había estado. —¿Cómo llegaste aquí? —Ni siquiera habían permitido a Ino. Todavía tenía que mirar a Sumire por la ventana en el pasillo.
—Coquetear viene muy bien a veces. —Finalmente se volvió hacia mí y me guiñó un ojo—. Las enfermeras me aman. —Sin embargo, su sonrisa fue breve. Su preocupación regresó casi de inmediato cuando se agachó para levantarme de la silla—. Ahora, ¿por qué son todas estas lágrimas? Por cierto, te ves mejor. La piel amarilla y cara hinchada me asustaba mucho.
No me di cuenta que me iba a sentar en su regazo hasta que ya estaba acomodada ahí. Me sentí aún más joven, y más estúpida de lo que había estado cuando empecé mi ataque de llanto. Una niñita tonta necesitando sentarse en un buen regazo reconfortante para calmarse.
—No sé —murmuré, limpiando las gotas de mis mejillas y sintiéndome tonta—. Estoy tan... abrumada. —Junto con asustada, preocupada, perdida, insegura; ¡ugh! ¿Qué había pasado con la engreída Hinata Hyuga que era hace un año? Me gustaría tener una gran dosis de ella.
Naruto rió y me besó la frente, provocando un nido de mariposas en mi estómago. O tal vez fueron las grapas en la sección C de corte que crearon esa sensación, excepto que no podía sentir mucho en esa área. Medicamentos impresionantes y todo eso.
Incapaz de evitarlo, puse mi cabeza sobre su bonito y amplio hombro reconfortante. Digo, él lo estaba ofreciendo. No me pude resistir. Y se sentía bien, increíblemente bien dejar que alguien me abrazara tan solo por un minuto.
—Lo siento —comencé, sorbiendo lo último de mis lágrimas—. Solo ignórame. Yo...
—No, no voy a ignorarte. Nunca voy a ignorarte. Tienes toda la razón del mundo para tener un momento de susto. Joder, acabas de dar a luz. Eso por sí solo sería poner suficiente presión sobre las emociones de alguien. Fūka lloró por tres semanas después de que nació Boruto.
Si me hubiera mirado en ese segundo, él habría visto una arruga entre mis ojos. Yo no quería saber nada de su esposa en este momento, no cuando me acurrucaba en su regazo, dejándolo consolarme y deseando cosas de él que nunca podría darme. Pero supongo que no me molestó lo suficiente como para alejarme de él. Se necesitaría usar tenazas para sacarme del regazo de Naruto Uzumaki.
Pasé mi dedo por un tatuaje de una cara del gato en su antebrazo mientras seguía hablando.
—Pero mira que más has apilado encima de todo. No conozco todo, pero lo que sí sé parece un montón de mierda. También me quebraría si yo estuviera en tus zapatos. —Besó mi sien esta vez—. No tienes que ser valiente y fuerte todo el tiempo, Lunita.
Mis labios se agitaron con diversión. —Nunca vas a olvidar ese apodo, ¿verdad? Una chica lleva una enorme luna sonriente en su camisa una vez…
—Acéptalo. —Sonrió antes de acariciar su nariz contra mi sien—. No todo el mundo puede sacarse la imagen de esa Lunita.
Mi sonrisa floreció. Acariciando las orejas del gato, le pregunté—: ¿Significa algo esto? ¿El tatuaje de gato?
Bajó la mirada. —Por supuesto. Todos ellos significan algo. No me tatúo imágenes al azar en mi piel sin ninguna razón.
Sonó bastante a la defensiva como para hacerme mirar hacia arriba. — Entonces, ¿qué significa?
Con un encogimiento de hombros, miró a la cara del gato. —Yo crecí en cuidado de crianza desde mi nacimiento hasta los dieciocho años. No me alojé en el mismo lugar, sino un par de años en cada uno, como mucho. Y aprendes de joven que las reglas cambian de casa en casa. No siempre llegas a llevar mucho contigo dondequiera que vayas luego. Y no siempre puedes mantener lo que traes contigo. Olvídate de fotos o chucherías sentimentales. Eres solo tú y la piel de tu espalda. Así que por una vez quería mantener un recuerdo de algo, así que…
—Lo tatuaste en tu piel —terminé por él. Estudiándolo bajo una nueva luz, miré de vuelta al gato—. ¿Fue ese gato tu primera mascota?
—Mi única mascota —corrigió con una sonrisa en su voz—. En realidad, no era una mascota. Era solo un gato callejero sarnoso. Un animal extraviado que entró a nuestra casa. Sacaba a escondidas algo de comida para él, y regresaba. Después de un tiempo, me dejó acariciarlo mientras comía. Nunca dejé que otras personas en el barrio se le acercaran.
Sonreí, gustándome esa historia. —¿Cómo lo llamaste?
Me envió una mirada irritada. —Él era un animal callejero. Uno no nombra a animales callejeros.
Algo en sus ojos azules entrecerrados me hizo empujarlo suavemente con el codo. —Lo que sea. Lo nombraste. Ahora escúpelo.
Con un suspiro, inclinó la cabeza hacia atrás y miró al techo antes de murmurar—: Es una estupidez.
Eso solo hizo que me gustara más. —No me importa. Dime.
—Shakespeare —dijo, rodando los ojos—. Lo llamé Shakespeare.
Ahh. Eso logró que me gustara aún más. Le toqué la barbilla, amando la manera en que su áspera mandíbula raspaba contra mis dedos. Quería tocar los aros de metal en su labio, pero logré contenerme. —Fuiste un soñador, ¿no?
Su voz era seca y todavía llena de irritación cuando gruñó—: Si supieras en cuántas peleas me he metido en los últimos años, no pensarías eso.
—Apuesto a que sí. He visto por qué te metes en peleas. Es francamente sorprendente que no vea una capa de héroe entintado en cualquier lugar de aquí. —Desplacé mis dedos hacia su codo—. Solo puedo imaginar cuántas otras damiselas en apuros has salvado en los últimos años.
—Ja, ja —murmuró.
Sonreí. —Mi hija y yo te debemos nuestras vidas, Sarutobi. No voy a olvidarlo.
Me miró, y algo cayó con pesadez en mi estómago. Mis pechos se estremecieron y no creía que fuese a causa de mi leche.
—¿Por qué me llamas Sarutobi? —susurró.
—Porque es parte de tu nombre —le susurré; ni siquiera me atrevía a respirar. El brillo de sus ojos me dijo que quería darme un beso. Y, oh diablos, quería devolverle el beso.
Pero él apartó la mirada hacia Sumire.
—Solo los trabajadores sociales y maestros siempre me llamaron Sarutobi.
El momento se estaba volviendo demasiado profundo. Recordando que me hallaba sentada en el regazo de un hombre casado, me abstuve de insistir con el tema. No le pregunté si le gustaba que lo llamara así. En su lugar, me centré en otro tatuaje de una planta. —¿Qué tal este? ¿Qué significa este?
—Mi madre adoptiva favorita. A ella le gusta la jardinería.
Seguimos, desde la muñeca hasta el hombro, repasando el significado detrás de cada tatuaje. Suspiré con tristeza después de que explicó el que simboliza el primer motor de coche que reconstruyó desde cero. Me gustaba saber lo que más le importaba.
—Me gustaría tener un tatuaje algún día —le dije, pensativa, sabiendo exactamente lo que más importaba mientras miraba a mi hija.
—Vas a tenerlo. —Naruto trazó delicadamente con su dedo la piel desnuda detrás de mi oreja izquierda—. Justo aquí. Vas a ponerte mi nombre.
Rodé los ojos, luchando contra una sonrisa, porque sabía que no debería alentar su actitud coqueta. —Siempre tan seguro de ti mismo, ¿verdad?
Sonrió. —Por supuesto. No digo mierda que no sea en serio.
Sonaba horriblemente serio. Pero yo solo negué, y, finalmente, dejé que se filtrara una sonrisa. Apoyando la cabeza en su hombro, continué delineando las imágenes en su brazo con mi uña. —Tu esposa probablemente me mataría si supiera que estoy dejando que me abraces de esta manera.
—Nah. —Se inclinó y hundió su nariz en mi pelo. Mientras lo escuchaba inhalar profundamente, algo extraño envolvió mi estómago—. Ella no es así.
Bueno, tal vez debería serlo, porque no sentía una compañía amistosa con él en este momento. Experimentando algo mucho más profundo, abrí mi boca para discutir. Aceptándolo, esposa celosa o no, esto todavía estaba mal. Él pertenecía a otra persona. No debía dejar que siga llegando a mi rescate. Podría no significar mucho para él, pero para mí, significaba mucho más de lo que debería.
—En cualquier caso —le dije, dejando caer el tema así no sabría lo mucho que me estaba enamorando de él—, realmente aprecio que estés aquí y hablándome para salir de mi ataque de llanto. Siempre sabes cuándo aparecer en el momento justo para salvarme.
Sus brazos se apretaron, y yo sabía que él pensaba acerca de lo que Sasori había hecho.
Toqué su cara. —Lo digo en serio, Naruto. Mírame.
Levantó la cara, y yo quería presionar mi boca contra la suya. —Hiciste todo bien esa noche. Ahora deja de preocuparte por ello.
Sacudiendo la cabeza, me dio una pequeña sonrisa. —Justo después de que dejes de leer mi mente, mujer. Es demasiado sexy.
Abrí la boca para decirle que encontraba sexys las cosas más extrañas, pero la enfermera que me había hecho llorar regresó. Una línea irritada se profundizó entre sus ojos antes de que ella se centrara en la cara de Naruto. Y al instante, sus mejillas se iluminaron con placer.
—Oh, por dios. No pensé que volvería a ver tu magnífico trasero, señor Naruto.
Naruto de le sonrió. —Hola, Charlotte. ¿Has estado cuidando bien de mis dos chicas, aquí?
Ella me miró, luciendo un poco culpable antes de volverse hacia él. —No tenía ni idea de que eran tuyas, pero por supuesto que lo hemos hecho. Ahora ven aquí y dame un poco de dulzura.
Cuando ella se inclinó por delante de mí, Naruto, obedientemente, la besó en la mejilla. Enderezándose hacia atrás con un brillo feliz, Charlotte sacó la cabeza de la habitación y llamó la atención de las enfermeras. En cuestión de segundos, toda la habitación se hallaba llena de mujeres que se arrastraban por todos lados, exigiendo abrazos y besos. Me deslizó suavemente de su regazo y me puso de nuevo en la silla para poder acceder a ellas, diciéndole a Whitney que le gustaba su nuevo corte de pelo, y a Megs que se veía como si hubiera perdido demasiado peso. A cambio, lo pateaban, arrullaban y le preguntaron cómo se encontraba Boruto.
Boruto, cierto. Por eso debían conocerlo. Tenía que haber estado aquí cuando su esposa dio a luz.
Otra ronda de envidia me mordió en el culo mientras lo veía convertirse en el centro de toda la atención de mis enfermeras. Sacó su teléfono para mostrar fotos de su hijo, y negué con asombro. El hombre ciertamente sabía cómo trabajar en un cuarto lleno de mujeres.
Cuando él me miró, me guiñó un ojo y señaló, preguntándole a las damas—: Mi Lunita no les está dando ningún problema, ¿verdad? Sé cómo puede ser de descarada.
Las enfermeras le aseguraron que era una paciente perfecta, aparte del hecho de que necesitaba más descanso.
Después de eso, él se encargó de acompañarme personalmente a mi habitación para una siesta. Toqué los dedos de Sumire en señal de despedida, esperando que pronto fuera capaz de besarla en la frente o las mejillas, o en sus deditos de los pies, o en realidad tenerla en mis brazos. Después Naruto tomó mi mano y me acompañó a mi habitación. Una vez que me metió en la cama, donde todo el mundo parecía quererme, sacó su bolsa de regalo. El cerdo rosado de peluche que trajo para Sumire era perfecto. Le di las gracias y lo acerqué a mi pecho mucho después de que se fue, diciendo que se había quedado más allá de su hora de almuerzo.
Las enfermeras eran mucho más agradables conmigo después de eso. Una observaba el cerdo que yo abrazaba y sonrió con complicidad. —¿De Naruto? —supuso.
Asentí, acurrucando el animal de peluche en mi barbilla.
—Así que, ¿cuánto tiempo hace que conoces a nuestro papá favorito?
—Oh. —Sonreí—. No mucho. Mi primo, Sai, trabaja con él en el club nocturno Shinobi's.
La enfermera asintió. —Bueno, él es único en su clase, eso es seguro. Creo que todas las enfermeras se enamoraron de él cuando estaba aquí por esa muchacha Fūka. Él era increíble, con el bebé de ella. Paciente, amable. Muy natural para esto.
Sonreí suavemente, vacilante cuando me di cuenta de que había dicho bebé "de ella", no "su" bebé. Raro. —Apuesto a que lo era. Todavía no he conocido a Boruto. Solo he visto una foto que Naruto me enseñó.
La enfermera chasqueó la lengua. —Estaba tan orgulloso de ese chico. Es una maldita pena que no sea suyo.
Parpadeé. —Espera, ¿qué? ¿Qué quieres decir con que no sea suyo? — Dios mío. No había otro significado para esa frase. Pero eso debía significar…— Mierda. ¿Naruto lo sabe?
Con un bufido y rodando los ojos, la enfermera comprobó el nivel de agua en mi lanzador. —Cariño, por mucho que los asimiles con el color del cabello, ese niño tiene la piel más clara que él. No hay forma de que el bebé pudiera ser suyo. Y todo el mundo lo sabía.
Respiré agudamente. —Oh... vaya. Yo... Asumí que la mamá era... No puedo creer que su esposa lo engañó.
—¿Esposa? —chilló la enfermera, haciendo una pausa mientras dejó caer pesadamente el lanzador—. No, no te atrevas a decirme que él se casó con esa chica. —Sacudió la cabeza con tristeza—. La peor paciente que he tenido. Te diría que —se acercó más y bajó la voz—, no has oído esto de mí, pero a nadie le agradaba. Mm-hmm. Ella era una perra con P mayúscula. Y yo ni siquiera maldigo. —Para probarse a sí misma, levantó la mirada hacia el techo, y murmuró—: Perdóname, Padre. —Sacó un crucifijo de debajo de su blusa y lo besó.
Mi boca se abrió. Mi mayor preocupación había sido que su esposa fuera dulce, hermosa y asombrosa. Pero saber que no era tan buena como me temía, era casi peor. No quería saber que estaba atado a una perra que lo había engañado.
Mi pobre, pobre Naruto. Quería arrancarle los ojos a ella.
—¿Sabía que el bebé no era suyo antes de nacer? —pregunté, mi voz igual de baja que la de la enfermera.
Se enderezó, golpeando juguetonamente mi mano. —Por supuesto. Él y la chica nunca habían tenido ese tipo de relación, si sabes lo que quiero decir. Eran más como hermanos. Creo que dijo que habían estado en el mismo hogar de acogida una vez. —Puso los ojos en blanco—. Él ha estado cuidándola durante años. Y si se casaron, es solo a causa de su bebé.
Mi pecho de repente se sintió estrecho y me entraron ganas de llorar. Un chico como Naruto —que golpeó a Sasori porque él había tratado de matar a mi bebé, que se había hecho cargo de un niño que sabía que no era suyo, que me sostuvo en sus brazos para consolarme— merecía un verdadero matrimonio por amor, una esposa que lo adorara.
Mi enamoramiento por él se hizo aún más fuerte. Si solo lo hubiera conocido la noche que conocí a Sasori "Bastardo" Worthington. Pero incluso si lo hubiera hecho, probablemente aún habría ido tras Sasori, porque era estúpida y prejuiciosa. Todo lo que hubiera visto en Naruto eran sus tatuajes de chico malo y la ropa sin marca. Lo habría etiquetado como un perdedor de mala calidad. Pero Sasori era el verdadero perdedor y, Naruto era el hombre más dulce y más honorable que he conocido.
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Continuará….
