Bueno, en el intento de desbloquearme para acabar un trabajo para la u… decidí "soltar" la inspiración en este fic medio intesperado xD.
Woman
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La muerte de Castiel fue devastadora. Lo siguiente que había sentido tras verlo morir a manos del vacío, fue como un dolor sordo se expandía por su pecho y le estrangulaba el llanto. Por suerte tuvo a Sam y a Miracle o de lo contrario la desesperación y la culpa lo hubieran comido vivo.
Las semanas que siguieron estuvo muy cerca de enloquecer.
Sin embargo no hizo falta que llegara a considerar un trato con alguna entidad superior o alguna tontería similar. Porque casi muere por algo tan insignificante como una accidental herida en una cacería de vampiros, y había estado dispuesto a dejarse desangrar allí, para con algo de suerte, reunirse con Cas en el cielo, si es que el nuevo Dios lo había llevado allí.
Pero entonces, de manera inesperada, Jack hizo su intervención. Lo sanó, y para esa noche Cas había aparecido en el bunker, donde el rubio estaba recuperándose del susto de casi haber muerto.
Sus ojos azules en el marco de la puerta de la habitación del cazador hicieron que el aliento se le escapara.
La emoción de tenerlo de vuelta hizo que Dean saltara de la cama, aun adolorido, y abrazara a Cas. Sam protestó, preocupado de que la herida de su hermano volviera a abrirse. Entonces Castiel les había explicado que no sucedería.
Dean estaba seguro, dijo el ángel, porque a pesar de la promesa de Jack de no jugar el mismo papel de Chuck, definitivamente el niño que criaron no iba a dejarlos morir sin primero haber tenido una vida, y sido felices.
La mirada intensa de Cas al mencionar la felicidad se había encontrado con los ojos esmeralda de Dean, y Sam supo que debía retirarse.
Se quedaron a solas, por primera vez en mucho tiempo, y aunque Cas intentó marcharse, Dean lo sujetó por la muñeca.
Sentía el corazón en la garganta, porque definitivamente las cursilerías no iban con él, no obstante abrió la boca:
-Esa noche… cuando Billie –tartamudeó y tuvo que tomar una respiración profunda para organizar sus ideas. Soltó a Cas pero no dejó de mirarlo-. Te dejaste llevar por el vacío para salvarme y todo eso me turbó tanto, que no pude responder…
-No tienes que hacerlo Dean –la voz áspera de Cas trató de darle calma.
-Cierto –la mano de Dean en su mejilla lo calló-, no tengo que. Pero quiero hacerlo. Necesito decírtelo porque si no lo hago ahora, siento que voy a vomitar un maldito arcoíris –notó que divagaba y miró al suelo-, y por una mierda Castiel, también te amo.
No lo terminó de decir cuando el ángel lo besó, y cada músculo en su cuerpo tembló, mientras su mente gritaba que estaba mal. Aquel muchacho que trataba de demostrar algo acostándose con todas las mujeres posibles, gritó y se retorció en su subconsciente; pero él, el Dean Winchester adulto libre de toda esa "telenovela" de tercera a la que Chuck los había sometido, entreabrió los labios y correspondió al beso.
Y descubrió que Cas era frío. No en lo emocional, en ello era como un tibio rayo de sol después del invierno. Era frío en los labios, porque su boca sabía a ozono, y cielo, y si la nieve tenía algún aroma, a eso olía su cabello y su piel.
Se besaron suave, y luego rudo y después tan depacio que parecía que sus labios ni siquiera se movían los unos sobre los otros. Hubo lengua, y sus dedos exploraron el cuerpo ajeno con calma, porque tenían toda la vida para descubrirse.
La gabardina de Cas terminó por allí en el suelo, los pantalones de Dean igual.
Esa noche no hicieron el amor, porque no hizo falta. Alma y gracia danzaron en la oscuridad de una forma tan íntima que no hacía falta estar completamente desnudos para sentir que eran uno.
Miracle era el único que no se alegró de la llegada del ángel, pues a partir de esa noche lo miró con sospecha y cautela desde su sitio al pie de la cama de Dean, enseñándole los colmillos con la cola tensa si el castaño se acercaba demasiado.
Y así transcurrieron los días, las semanas y los meses. Cazando, con su hermano y Castiel a su lado; con el motor de su auto ronroneando bajo el peso de su cuerpo, y su perro lamiéndole la cara para despertarlo cada mañana.
No era la vida perfecta, pero Dean era feliz. Porque besaba a Cas después de desayunar tocino y café; y porque notaba como Sam pretendía no ver sus manos tomadas bajo la mesa. Era feliz incluso porque ya no cabían en su propia cama; ovbiamente un ángel y un perro peleándose por estar a su lado eran demasiado.
Pasó diciembre y en el frío de una noche, en que un camino cerrado por la nieve los dejó varados a él y a Cas en un motel, sus ropas terminaron por ser quitadas en totalidad. Sus cuerpos desnudos se encontraron bajo las cobijas, porque el invierno mordía la piel.
Hicieron el amor toda la noche, dormitaron sudorosos y luego el sol los encontró volviendo a unirse en un enredado lío de brazos y piernas, y gemidos.
En años Dean Winchester no se había tomado tiempo para apreciar el cielo. Sus colores, sus matices y la forma en que las nubes se delineaban. Pero la mañana en que regresaron al búnker lo hizo, a través del parabrisas de su impala, y fue hermoso.
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Cuando los vio entrar en el búnker, de alguna manera Sam supo que tendría que conseguirse auriculares y dejar que Miracle durmiera unas cuantas noches en su habitación.
El tiempo no se detenía por nada, pero por primera vez Dean estaba conforme con ello.
Aun tenía tantas cosas en la mente, y necesitaba correr todas las mañanas para desahogar toda una vida de frustración e ira reprimida, ya que no había tantas cacerías últimamente.
Follar con Cas en la regadera después de su ejercicio ayudaba mucho, y también lo hizo el que una mañana Eileen apareciera en la puerta del búnker.
Ver feliz a su hermano lo era todo.
Pero por un instante Dean se preguntó si el poder no se le habría subido a la cabeza a Jack y tal vez todo aquello de regresar a Cas, Eileen y evitar que muriera en la cacería de los vampiros no era alguna otra clase de trama perturbadoramente extraña.
Respiró tranquilo cuando el ex nephilim los visitó en persona tras un año de haber estado poniendo en orden el mundo, cielo e infierno incluidos. Les explicó que había cerrado estos dos pero que los monstruos continuaban por allí sueltos, fastidiando a los humanos de vez en cuando.
-Es el curso natural de las cosas. Los monstruos son humanos al final. Ángeles y demonios ya no intervendrán nunca más en la tierra –el muchacho miró a Cas.
Dean supo que Jack era lo mejor que le pudo haber pasado al mundo, pero tras su partida despotricó con un puntapié contra una pobre silla de la biblioteca por la noticia que Jack les dejó.
-Padre, lo lamento –había dicho a Castiel-. Pero no existirá ningún ser celestial en la tierra, y eso te incluye. Puedes ir al cielo conmigo, y Dean puede también. O… puedes quedarte aquí, tener una vida humana, y cuando ésta acabe te devolveré tu gracia.
Dean estuvo dispuesto a ir con Cas, a morir, y se lo hizo saber. Pero el ángel decidió perder sus alas.
-He vivido miles de años como ángel, Dean. Puedo tolerar unas décadas orinando cada instante y teniendo que cepillar mis dientes.
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Tres años después Castiel estaba adaptado por completo a la vida humana, aunque aun había esa chispa de gracia angelical que lo hacía ser él, en sus ojos, cuando miraba a Dean o cuando mataba algún monstruo.
No era la vida perfecta, pero las personas a su alrededor lo eran, pensó Dean, la mañana en la que Sam y Eileen anunciaron que estaban esperando un bebé.
Todo iba bien aunque sus arranques de ira no lograba controlarlos y continuaba bebiendo; a veces se deprimía por semanas, y en otras se cuestionaba su fidelidad a Castiel mirando videos porno que ya no lo prendían como antes.
El sexo era perfecto con Cas, salvo que a veces no lo era y se descubría a si mismo perdido en sus pensamientos, ajeno a las sensaciones.
Cuatro años eran ya desde que el mundo estaba bien, y sólo entonces Dean aceptó que toda su vida, desde que su madre murió, se preocupó por Sam, por su padre, por sus amigos y la humanidad, pero nunca se había sentado a preguntarse ¿Quién era él?
Antes de dormir, cuando su mente parecía algo ebria de cansancio, divagaba aquellas ideas con Cas. Abrazado a él, dentro de él o a veces con él en su interior.
-No lo sé –dijo una de esas veces-, es como si todo este tiempo hubiera estado tan preocupado por lo que pasa a mi alrededor, que recién despierto y no sé qué hacer. No sé quién soy. Es aterrador… porque ya casi no cazamos, y yo era la cacería. Sin eso estoy perdido…
El castaño entendía, lo besaba, y lo escuchaba. Desde el pensamiento más extraño hasta el más simple.
-Nunca es tarde para descubrirte a ti mismo ¿no crees, Dean? –susurraba contra el cabello rubio, medio cerrando los ojos del sueño.
-Lo sé –Dean apoyó la barbilla en el pecho ajeno. Los ojos azules le calentaron el alma-. Pero no sé si quiero abrir esa caja de pandora. Creo que lo he estado evadiendo con la cacería y ahora, ¿Qué tal si abro esa caja y no me gusta lo que encuentro?
-Estaré allí para ti, Dean.
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Dean Winchester nació en Octubre, una noche, y los hizo asustar a todos porque el parto de Eileen se adelantó un mes, y Sam había parecido un loco. Nació en el búnker y aunque todo salió de maravilla, el mirar a su diminuto sobrino, en una manta azul en brazos de su cuñada, hizo que Dean tuviera una sensación extraña en las manos.
Se preguntó si a él también lo envolvieron en una manta azul cuando nació. Luego se cuestionó por qué azul, y con esa opinión Sam terminó por pintar la habitación de su hijo de verde, para que Dean no tuviera una crisis existencial.
Fue tan sólo un momento extraño y Dean lo dejó pasar, hasta que una noche por error pescó a Sam y Eileen haciéndolo en la biblioteca. Dio media vuelta al instante, y deseó poder borrar esa imagen de su mente, pero una cosa llevó a la otra y terminó cuestionándose si lo que en realidad sentía era envidia. Porque ellos dos tenían familia.
-Se que físicamente no podemos procrear, Dean, pero si tu lo decides me encantaría adoptar un niño contigo -dijo Cas cuando se lo planteó.
Eso llevó al rubio a notar que no era eso. No era el hecho de una familia o un hijo propio o adoptado. Era… era… el hecho de ver a Eileen con el pequeño Dean Jr en brazos, el niño que llevó en el vientre.
Su problema siempre fue con que era bisexual y trataba de esconder su gusto por los hombres. Pero nunca miró el otro lado de la moneda. Miraba a quién deseaba, pero no quién era él.
Para decorar la habitación de Dean Jr, habían tenido que mover muchas cosas entre ellas cajas de ropa de los antiguos residentes del búnker.
El rubio encontró entre las prendas pantimedias, y lo que parecían ser guantes. Aunque le quedaban chicos; le dieron un buen momento a él y a Cas para jugar en la cama.
Pero el hecho de usarlos lo hicieron sentir tan suave, y femenino.
Recordó las pantimedias rosas que usó alguna vez cuando era un muchachito. Lo habían prendido tanto; pero no por el hecho de ser satinadas, sino porque en él se veían… correctas.
Tomó la costumbre de mirarse al espejo todas las mañanas, afeitándose y tocando sus labios.
¿Quién era él?
Definitivamente no era su padre, concluyó un tiempo después, y entonces buscó un terapeuta, aunque en realidad no confiaba mucho en la psicología.
Por extraño que pareciera hablar con la doctora Smith resultó mucho más liberador que ir por allí conteniendo la rabia, arrojando cosas o bebiendo hasta quedar inconsciente.
Llegaron, juntos, a la conclusión de que todo ese tiempo, durante cuarenta años, al no creerse suficiente para enorgullecer a su padre, Dean trató de convertirse en él.
Tras escucharlo de boca de la terapeuta y puesto en aquellas palabras, parecía más que obvio.
Entonces dejó de cazar, y en un arrebato de autodescubrimiento que hizo sonrerir a Sam, tomó sus cosas, a Miracle y a Cas y se largaron Virginia Beach por tres semanas.
El océano era lo más hermoso que Dean había visto, y nadar en él, con su perro y el amor de su vida, para después descansar en una fogata en la arena, bajo la luz de las estrellas, hizo que él se rompiera el último eslabón de las cadenas, que tanto Chuck como su complejo con su padre habían creado.
-Tengo este recuerdo –dijo una vez, recostado en el pecho de Cas, con Miracle mordiendo su mano-, a mis tres años yo decidí ponerme los tacones de mamá y un vestido suyo… era verde –sonrió de medio lado con sus ojos perdidos en el pasado-. Ella no estaba. No recuerdo por qué, pero papá me descubrió. Entonces no era… como después de la muerte de mamá, pero de todas formas se enfureció tanto.
-Tal vez pensó que era lo mejor. A veces los humanos creen saberlo todo –el ex ángel frunció el ceño. A veces aun hablaba como si tuviera alas.
Dean se extendió un poco y lo besó.
-Sí, pero, la cosa es… que me dijo que yo era hombre. Y que los hombres no usaban vestidos ni maquillaje ni… nada de eso. –suspiró entrelazando sus dedos con los de Castiel-. No lo cuestioné. Como con todo lo que decía. Él era mi modelo a seguir y si decía que los hombres no hacían eso, pues…
-Pues si lo hacen, Dean.
-Lo sé –le dio un codazo juguetón-. Pero creo que –se sentó en la arena mirando al horizonte con gravedad. Luego se volteó a Cas-. Creo que ese es el punto. No era el vestido o los tacones, o las panties satinadas que me puse cuando era un puberto… era el cómo me hacían sentir.
-¿Cómo?
-Real.
