ADVERTENCIAEsta historia contiene incesto y pedofilia. OJO, no se busca normalizar esta clase de conductas ni romantizarlas, es únicamente entretenimiento con personajes que no existen y no pueden salir dañados. Si no te agrada esta clase de contenido, te invito a retirarte.
—Ging…
Todo su cuerpo se batió con ese llamado suplicante, besando los carnoso labios del niño al que le era un pecado amar, lamiéndolos y entreabriendo sus ojos para admirar su rostro.
Con suavidad acariciaba su espalda apenas cubierta por la delgada tela de su ramera, atrayéndolo a sí mismo. Lentamente rozaba su grueso pulgar contra la regordeta mejilla mientras también la sostenía, degustando bien su boca y explorándola por todas partes. La increíble capacidad pulmonar de ambos les permitía besarse por largos y largos periodos de tiempo.
Las pequeñas manos de aquel adolescente de hormonas alborotadas descendían desde sus hombros hacia su pecho, recorriendo paulatinamente su torso desnudo y disfrutando cada fibra de su piel, bajando más y más hasta su pelvis… Pero una gran mano las detuvo a ambas suavemente, haciéndole emitir un pequeño respingo ante el disgusto de haber sido interrumpido.
El apasionado contacto que ya llevaba cerca de diez minutos sin detenerse fue deshecho, dejando a Gon con los hombros agitados al respirar ligeramente desigual. Abrió un poco sus adorables y anhelantes ojos ámbar con el ceño fruncido y un puchero en sus labios, mirando al ajeno con cierto dejo de reclamo, viéndose demasiado lindo para el par de ojos cobre expectantes.
—Gon —su voz grave llamó con suavidad y firmeza, haciendo tambalear un poco a su hijo que no le quitó los ojos de encima—. ¿Cuántas veces tenemos que hablar de esto?
Se suponía que Ging lo estaba regañando, pero Gon podía apreciar en sus ojos toda la lujuria que se estaba conteniendo, esa mirada intensa que le dedicaba y no era capaz de disimular.
—Pero, Ging…
—No —interrumpió—. Eres muy pequeño todavía —sentenció, observándolo severamente mientras aún retenía sin problemas aquel hermoso par de manos, que, ¿a quién quería engañar? Desea que lo toquen por todas partes, así como también desea que las suyas recorran todo el divino ser que es su hijo.
—Tengo catorce años —debatió, sacando su pequeña lengua mientras intentaba zafarse, sin éxito, la diferencia entre sus fuerzas era ridículamente grande.
Su boca fue atacada de nuevo, un lento movimiento contra sus labios dio inicio y lo hizo ablandar la expresión casi instantáneamente, su lengua fue atrapada entre los belfos ajenos y gimió.
Tras un par de minutos donde sus lenguas chocaban la una con la otra y sus dientes se rozaban, nuevamente se separaron. La saliva compartida los unía en un hilillo y otro recorría el mentón del más pequeño.
—Y yo treinta y cuatro. Tendrás que conformarte con esto por ahora —susurró, acercándose a sus labios de nuevo y rozando su aliento con ellos—. Al menos por cuatro años más...
Y antes de que pudiese seguir replicando, otra vez se vio atrapado por esos anchos labios acariciando los suyos con fervor.
Y es que, Gon, deseaba consumar su amor, sumergirse en la pasión carnal a su lado aun cuando la diferencia de edad es exorbitante, y el hecho de la conexión sanguínea que poseían volvía del asunto más controversial.
Era un mocoso hormonal a palabras de Ging. Llevaba varios intentos en los que Gon trataba de tocarlo más de lo que debería, era un pequeño demonio que buscaba seducirlo, en serio había hecho un montón de locuras para atraerlo.
¡Incluso una vez lo atrapó con el otro mocoso de cabello blanco buscando consejos sobre cómo llevarlo a la cama! —obviamente no dicho de esta forma por él, pero es la paráfrasis de Ging—. Lo peor de todo es que ese niño siempre lo ayudaba, era una amistad tan extraña que cuando se enteró de la enfermiza relación que Gon buscaba con él, básicamente le dijo: "Estás enfermo, me encanta" y siguió comiendo sus chocorrobots. Vale, no lo dijo así, pero, de nuevo, era la paráfrasis de Ging. Era tan curioso como incluso él…
De todos modos, eso era un tema aparte.
Y algo que no estaba diciendo, era que él mismo tenía unas terribles ganas de cumplirle su capricho al pequeño Gon, y repetirlo cuantas veces quieran. Lo desea desde hace mucho más tiempo del que lleva estando en su extraña relación con él, la cual comenzó unos cuantos meses atrás.
Ging sabía de antemano que para empezar, la relación que tiene con él era sumamente inapropiada. Siempre se recalcó ser un pedófilo asqueroso por tener aquella clase de sentimientos por su propio hijo, así que se juró jamás tocarlo indebidamente ni mostrar la clase de afecto que le tenía.
Y es entonces, que llega Gon a decirle que básicamente está tan retorcido como él. Intentó evitarlo y rechazarlo cada que se le acercaba, estaba notando ese comportamiento anormal y aunque se dijo a sí mismo que sólo era porque estaba confundido, se fue obligando a evadirlo para no hacer alguna locura.
Pero un día, luego de tantos meses intentando, Gon fue directo y hace que su padre casi le haga el amor frente a un escondido albino que observaba atentamente los resultados de sus planes. Fue un milagro que pudiese haberse contenido.
Todo lo que sucedió tras aquellos eventos fue la cosa más extraña. De vez en cuando la pasaban junto al mejor amigo de Gon (son inseparables, después de todo), y todo era tan normal que daba miedo. El tema de su incesto no solía tocarse demasiado, y cuando lo hacía, era enfermizamente natural. Killua no parecía tener problemas en manejarlo, de hecho, más bien contaba con un humor un tanto sexual a veces y bromeaba al respecto… ¡Y está bien! Más o menos... Ging agradece que las cosas no se pongan terriblemente incómodas, sin embargo, él no es precisamente el tipo de sujeto que se sienta cómodo fácilmente… Y tampoco es fan de que un chiquillo de… ¿13, 14 años?, sea tan guarro cerca de él —Gon es más o menos una excepción—; ¡Es decir…! Se siente tan enfermo, ¿bien?.
Incluso tras varios meses, el enigma sigue ahí; ¿esto está bien? No, definitivamente no. Esa siempre ha sido la respuesta.
Y entonces llega Gon a resquebrajar su moral… si es que aún la conservaba.
Finalmente, luego de cada sesión de besos fogosos, Ging mandaba a su hijo a dormir tomando un papel de padre relativamente normal. Y sí, dormían en habitaciones separadas, sería peligroso que no fuera así —más que nada por la salud mental del arqueólogo—.
—Vamos… duerme conmigo —imploró el más pequeño sentado sobre su cama, mirando con sus grandes ojitos llenos de anhelo al contrario.
—No —contestó simplemente desde la puerta, escuchando enseguida un ruidoso "por favor" tras él—. No sé qué podrías hacerme mientras duermo —bromeó mientras volteaba para ver el divertido puchero que se formó en la carita del niño.
—No voy a hacerte nada —le sacó la lengua y cruzó sus brazos. Ging rió.
—Buenas noches, niño.
—Buenas noches, papi.
Ahora Gon miró divertido como el adulto tembló muy ligeramente y huyó rápidamente de la habitación.
Ging siempre ha pensado muy seriamente que ese chico Zoldyck era una terrible influencia para Gon.
