Su sentido del olfato siempre fue privilegiado pero desde que el gen fue reactivado en su retículo endoplásmico y el miedo a una hipoxia disminuyó, se permitía respirar con mayor soltura. No almacenaba oxígeno como un roedor en lugares insospechados dentro de su organismo sino que tomaba el aire y lo expulsaba, disfrutando la simpleza de ese mecanismo mientras el aroma de la yerba se mecía en sus fosas. Ahora era un desempleado más pero con una cuenta lo suficiente nutrida como para permitirse una caminata matutina sin pensar en qué pondría en su mesa más tarde. Si los documentos no mentían él era el mayor de una familia numerosa y ante la falta de dinero fue él mismo quien se ofreció para el trabajo. Podían ser mentiras, podía ir a la dirección escrita con su nombre familiar a buscar algún resto de su humanidad, seguro que si fue capaz de sacrificarse por su familia sin duda debían ser gente valiosa. Podía aparecer como un soldado tras la guerra, esperando un llanto conmovedor y un trato de héroe, quizá. Podía ser que todo fuera una farsa de la persona encargada de preservar su cartilla de identificación y realmente nadie en el mundo estuviera esperando por él.

El gen fue reactivado pero su capacidad de sentirse atemorizado seguía dormida, diluida en un gradiente que no alcanzaba ninguna tonalidad que resaltara, así que simplemente no podía decirse que no buscara a su familia por miedo a que ésta no existiera sino a lo acostumbrado que ya estaba a su rutina. Habían pasado más de diez años y la sola idea de interrumpir en la vida seguramente ya finamente estructurada de un grupo de gente que apenas recordaba no le hacía mucha ilusión. Bajo las circunstancias que fuera había qué seguir viviendo y eso fue lo que hizo.

Le gustaba sentarse en esa banca específica del parque cuando la luz mortecina de la madrugada iba descubriendo todo el espectro de seres que pueden habitar un sitio así de público: Indigentes, adolescentes, ebrios, suicidas...La lista era totalmente variopinta, siempre un nuevo elemento se iba sumando y eso le hacía sonreír. Por ejemplo, la mañana anterior descubrió a un científico tomando muestras de unas flores que decía sólo crecían en ese parque en específico debido a la humedad única. Le mostró un hermoso capullo en forma de candelabro hilado en una tonalidad azul muy primorosa, pero fuera de eso no le parecía nada sorprendente. Aún así se emocionó cuando el hombre le juró regresar al día siguiente a mostrarle los resultados de sus análisis. Tanjiro de todos modos siempre estaba allí a esas horas, así que no haría un esfuerzo extra por escucharlo un par de horas si es que aparecía. En el pasado su sentido del oído estuvo completamente privado como otro medio de control de seguridad. Si no escuchaba no iba a recordarlo, era lógico. Por eso le gustaba mucho escuchar a las personas, dijeran los disparates que dijeran. Tenía un carácter muy tranquilo, amable y era un imán natural para las personas parlanchinas.

Se acomodó la bufanda en el cuello y medio rostro, pensando que si el día continuaba enfriándose no podría desayunar en aquél local al aire libre que había visto en el camino. No sentía deseos de volver a casa pero tampoco de encontrar una nueva ruta para pasear. Sintió a alguien sentarse a su lado y giró la cabeza, encontrándose a un par de muchachos platicando, envueltos en abrigos de falsa marta cibelina tan esponjosa que no pudo evitar estirar sus dedos para tocar, viendo al muchacho girarse sorprendido.

Su rostro lucía angelical en un sentido pero terrible en otro, con esa clara piel de porcelana, las mejillas enrojecidas por el frío, la nariz y los labios breves pero carnosos. Un hechizo de aguamarina eran sus ojos, amplios y puros como la misma luz del día.

— Lo siento, nunca había visto una de éstas ¿Es real?

— Por supuesto que no— le sorprendió lo modulada que era su voz, contrastando con los rasgos demasiado finos de su rostro—. Pero es una imitación muy buena.

— En realidad nunca vi a un animal de éstos vivos, no sabría si es una copia fidedigna o no.

— Tienes un buen punto.

La risa de ese chico le resultó agradable porque sonaba sincera, permitiéndose sonreír también. Miró al otro muchacho, descubriendo que era idéntico a él, descubriéndose el rostro para darle un trago a su bebida humeante. Podía que fuera un holograma de esos que se pusieron de moda el año pasado entre las personas que habían perdido la capacidad de recordarse a sí mismos, o podía que realmente fueran gemelos. No importaba, sinceramente. En ese mundo ambas cosas eran igual de válidas.

— No te había visto, los turistas no suelen acercarse mucho por aquí. Ya sabes, es un punto de venta de rosas holográficas muy conocido. No pareces ser la clase que compraría algo así aunque no te estoy juzgando.

— Estamos limpios desde hace un año— interrumpió el otro muchacho con el ceño totalmente fruncido, los labios enrojecidos y húmedos de lo que parecía té—. Si quieres ofrecernos porquerías estás perdiendo tu tiempo, sólo queríamos sentarnos un maldito momento.

— Lo siento.

— No, lo sentimos nosotros. Tuvimos una adicción bastante prolongada a las rosas, sobre todo a las de cuarzo blanco, Yui se pone muy sensible al respecto todavía. Pero sí, no habíamos pasado nunca por aquí— el chico se tomó un segundo para mirarlo, pestañeando pesadamente—. Tú no pareces ni consumidor ni vendedor de rosas.

— Sólo vengo a pasar el rato.

— ¿No trabajas?

— Estoy retirado.

— Te ves joven.

— Supongo que lo soy.

— Debes tener una buena cuenta en el banco.

— Ya sé a dónde estás llevando esto, Mui y mejor córtalo. Debí intuirlo cuando dijiste que viniéramos específicamente a este lugar.

— Llevamos un año entero sin nada, Yui— lloriqueó, jalando los bordes de su labio en una rabieta infantil—. Al menos déjame intentarlo, si se niega te prometo que nos iremos a casa y no volveré a intentarlo.

Tanjiro los miró con calma, casi con pereza. No le preocupaban los robos, las cuentas bancarias como la suya sólo podían activarse con códigos que iban generándose automáticamente y descargados directamente a su cerebro, así que no era posible que nadie más los tuviera. Era difícil adivinar las intenciones de otro ser humano.

— No tenemos mucho qué ofrecerte a cambio de dos rosas, pero estamos dispuestos a negociar ¿Qué te parece este abrigo? Vienen días muy crudos de invierno. Los vendedores de por aquí no aceptan trueques pero tú pareces más razonable.

— Tienes razón en el invierno, no deberías ofrecer tu abrigo a un extraño— Tanjiro repasó las palabras en su mente, pensando que estaba perdiendo algo más importante de su perspectiva—. En realidad nunca las he probado ¿Por qué mejor no hacemos otro trato? Yo las compro y ustedes me enseñan cómo usarlas.

El muchacho le extendió la mano con una sonrisa avariciosa y complacida, tan diferente a la mirada desconfiada y hasta enojada que le estaba dando el otro chico.