Muichiro dejó el platón con uvas cromatadas al ver a Tanjiro comenzar a vomitar en medio de la sala. Suspiró ante el color tornasol que ensució el fino piso, mordiendo una uva antes de teclear en el refrigerador la orden de antiácidos, antes de introducir el código de autodestrucción, tomando a Tanjiro por los brazos para ayudarlo a incorporar, refunfuñando porque Yuichiro ya hubiera perdido la paciencia y se hubiera marchado días atrás. Estaban conscientes que aquél había sido uno de los primeros clientes de Tanjiro y el recuerdo debió haber quedado tan adentro en su memoria que si lo presionaban demasiado se atoraría. Pero Yuichiro era demasiado inseguro y seguro que el hecho de poderlo recordar en alguna medida pero no a él le provocó un ataque de celos que no supo encubrir muy bien y salió por la puerta gritando que los dos se podían ir juntos a la mierda. Tanjiro estaba bastante sorprendido y preocupado pero Muichiro sólo se echó a reír porque eso significaba que tendría más rosas para él. Era cierto que llevaban un año limpios pero también era cierto que las rosas eran la única solución a cómo estimular el cerebro de Tanjiro sin despertarlo de la sugestión que le habían comprado a Tamayo. Había sido lo suficiente costosa como para no querer arruinarla ni alargarla demasiado y por eso estaba agradecido por la nueva mancha tornasolada como aceite de un auto viejo que expulsó Tanjiro.
— ¿Te sientes mejor?
— ¿Mui?
— Ah, recuerdas mi nombre. Pero no es suficiente para asegurarnos. Uhm ¿Mi alias?
— Ofelia. Porque el Patrón te encontró flotando en el río.
Muichiro se rió entre dientes, mirando los logaritmos comenzar a alterarse en su pantalla de identificación. Apenas estaban en tiempo para escapar.
— ¿Por qué estás aquí?
—¿Recuerdas que nos advirtieron que podías quedarte atrapado entre la consciencia e inconsciencia porque este era un recuerdo muy antiguo?— el hombre asintió con pausa para no marearse—. Pues fue cierto. Dejaste de ir a las supuestas sesiones de terapia donde nos encontrábamos así que Yui y yo decidimos venir a buscarte, cuando nos encontraste en el parque no esperábamos que no nos reconocieras ni siquiera a nosotros así que tuve qué idear algo sobre la marcha. Tuvimos qué darte un poco de rosas de cuarzo pero ni así reaccionabas. Yui está cabreado contigo porque a mí no me recordabas totalmente pero comenzaste a coquetearme y me besaste tres veces mientras que a él le preguntaste si era un holograma.
— Lo siento tanto, sé que les costó mucho dejar las rosas, perdón por eso y Dios, Yui debe estarme odiando y no lo culpo, pero juro que no fue algo intencional.
— ¿Al menos obtuviste la información que necesitamos?
— Creo que sí pero probablemente no sea suficiente. Al parecer la flor que buscamos sí crece en el parque que suponíamos pero alguien ya debe estarnos tomando la delantera porque un científico la pretendía analizar.
— Mientras no sea uno de los hombres de Muzan estamos bien.
— Le tengo más miedo a Yuichiro enojado que al mismo Muzan.
— Oh, vamos— Mui se rió, besando el dorso de su mano—. No es para tanto, con que lo invites a cenar un par de veces y le compres una nueva especie de nicticante se va a calmar.
— Tú sabes que no.
Resopló, apoyando su cabeza en el hombro de Muichiro, sintiendo la pantalla de identificación comenzar a calentarse, seguro ya estaba por expirar. Era una lástima que debieran irse ya, le gustaba el barrio de los retirados. Todas las personas allí habían perdido la memoria por la edad o el excesivo uso de sustancias o simple conveniencia, así que nadie había notado que él no era el habitante original de esa casa estilo nuevos treinta, porque además era demasiado joven para estar retirado, pero todo el mundo lo saludaba con la misma calidez mañana tras mañana, además que era un lugar silencioso. Pero su oficio era así, nómada. Muichiro besó su cabello, dejando caer al suelo los restos de ceniza de lo que antes fuera su pantalla de identificación, esperando a que Tanjiro hiciera lo mismo. Mejor comenzar a caminar más aprisa antes que la mala suerte los encontrara en forma de algún oficia que les requiriera sus credenciales y no tuvieran nada, ni siquiera el breve resguardo de los retazos de la sugestión que Tamayo les había vendido, casi al doble de costo porque la pidieron de una hora a la siguiente.
