Holaaaa, aquí les traigo otro drabble/one-shot (no sé la clasificación exacta, pero éste es más extenso que los otros), de un tema que me encanta que son los vampiros UwU muy hot y explícito igual que los otros.

Me inspiré en "La novia de Corinto" para este fic porque amo la literatura gótica :p

Por cierto, muchas gracias Mitch0983 por tu lindo review, qué bueno que disfrutas tanto esta serie de drabbles :3 ¡Un saludo!

VAMPIRISMO

Grimmjow, intentando refugiarse de la tormenta y el frío invernal de la noche, tocó la aldaba tres veces, con la esperanza de que quien quiera que fuera el habitante de aquella mansión le diera la oportunidad de pasar ahí la noche. Ya podía imaginarse estar sentado junto al fuego, secando su ropa, tal vez bebiendo una copa de vino o de brandy para calentarse. El anfitrión, probablemente un hombre sexagenario, acompañado únicamente de su mayordomo, lo acompañaría personalmente hasta la alcoba dispuesta para él, en la cual encontraría una cómoda cama, tal vez un libro en el buró y la promesa de un vasto desayuno al día siguiente. El estómago de Grimmjow gruñó en respuesta.

Todavía nadie había acudido a abrir la puerta, por lo que resolvió tocar un par de veces más para diferenciar los golpes de los rotundos truenos.

La puerta por fin se abrió de un chirrido y Grimmjow vio una mano blanca que sostenía una lámpara de aceite, tratando de alumbrarle la cara para ver de quién se trataba.

–Disculpe la molestia –dijo Grimmjow–, soy un viajero que busca dónde pasar la noche. No hay posadas cerca y la tormenta no me deja avanzar más. Si pudiera usted albergarme por una noche estaría eternamente agradecido. Tengo dinero, con gusto le pagaré la estadía.

La puerta se abrió un poco más para dejarlo pasar. Grimmjow sintió un gran alivio al sentirse refugiado del agua, y aunque el recibidor estaba en penumbra, se giró para ver a su salvador.

Se sorprendió al ver a una hermosa joven de cabello anaranjado y piel tan blanca como la luna, sus ojos grises despedían un matiz dorado debido a la luz. El camisón blanco que estaba usando ocultaba su cuerpo, pero Grimmjow adivinó su porte delgado. No tendría más de veintitrés o veinticuatro años. ¿Sería el ama de llaves?

–Muchas gracias por recibirme, y lamento mucho la molestia, espero que su amo no tenga inconveniente en dejarme pasar la noche.

La joven pelirroja lo miró de pies a cabeza sin decir nada. Avanzó con la lámpara al frente y Grimmjow entendió la orden implícita de que la siguiera. Lo condujo a la estancia principal, en donde había una enorme chimenea encendida que calentaba el lugar. Había dos libreros enormes a modo de pared, algunas pinturas a modo de decoración y tres elegantes sillones dispuestos frente al fuego.

Grimmjow dejó su bolsa de viaje en el suelo y se acercó al fuego para calentarse. La joven desapareció por la puerta y volvió al cabo de unos minutos con un bulto bajo el brazo.

–Aquí hay algo de ropa seca –explicó–. Si me lo permite, pondré la suya a secar junto al fuego.

–Le agradezco –Grimmjow la vio salir de la habitación una vez más y se despojó de su ropa mojada. Cuando la hermosa chica volvió, colgó las prendas junto al fuego y se acercó a la mesita de centro, donde había una botella de vino. Sirvió una copa y se la entregó a Grimmjow.

–Perdone… ¿debería esperar a mi anfitrión? –Preguntó Grimmjow conforme a las normas de cortesía. Lo habían recibido en la mansión, lo había provisto de ropa seca y ahora le ofrecían vino, y todo eso sin haber visto a su hospedador.

La joven lo miró extrañada y se sentó en el sillón que estaba enfrente.

–Yo soy su anfitriona –explicó–. Vivo sola en esta casa que me dejaron mis padres, quienes murieron hace ya algunos años. Quiero que sepa que no suelo recibir muchos visitantes, pero usted es más que bienvenido y si me lo permite, espero que su estancia aquí sea placentera.

Grimmjow se puso de pie sin saber qué decir. Había pensado que era una simple ama de llaves, cuando en realidad era la dueña de la casa. Estaba avergonzado, algo que ella no pasó por alto.

–Descuide, es normal que crean que soy una sirvienta o algo por el estilo. Los amos de las casas no suelen abrir la puerta ni ocuparse de tareas del hogar, pero como ya le dije, vivo sola y no tengo servidumbre que me ayude.

–Estoy en verdad muy apenado –insistió Grimmjow–. No era mi intención verla como alguien de la servidumbre.

–¿Cuál es su nombre?

-Qué vergüenza, ni siquiera tuve la decencia de presentarme. Soy Grimmjow Jaggerjaquez –le tendió la mano.

–Es un placer conocerlo, Grimmjow. Soy Orihime Inoue –Orihime le dio la mano y Grimmjow depositó un suave beso en el dorso, notando al contacto la piel de mármol que tenía, tan fría y tersa.

–Válgame el cielo, está usted helada. ¿Quiere que le acerque el sillón al fuego?

–Estoy bien, gracias.

Grimmjow volvió a sentarse y se dedicó a contemplar las brasas ardientes y a beber su copa de vino.

–Tiene usted una casa hermosa. Nunca en mi vida había visto una biblioteca tan grande.

–¿Disfruta usted de la lectura? –Grimmjow asintió–. Es un gusto que nos une. Me temo que ésta no es la biblioteca, sino una simple estancia con unos cuantos ejemplares. Si gusta, mañana puedo mostrarle la biblioteca.

–Desde luego que sí, será un placer.

El estómago de Grimmjow volvió a gruñir y carraspeó para ocultar su bochorno.

–Perdone mi indiscreción, pero ¿ha comido usted algo? –Preguntó Orihime.

Grimmjow no respondió.

–Acompáñeme a la cocina –continuó Orihime–, tengo pan fresco, carne y queso.

Grimmjow la siguió por el oscuro pasillo, guiándose por las lámparas de la pared que alumbraban lo suficiente para distinguir la silueta de Orihime.

Después de una copiosa cena que completó con un poco más de vino y algo de fruta, Orihime acompañó a Grimmjow a la planta alta de la mansión para mostrarle la habitación que había dispuesto para él. Tal y como había imaginado, Grimmjow se encontró con una suave y cálida cama, un armario para guardar sus pertenencias y algunos libros en el librero de la esquina. Dejó su bolsa de viaje en la silla y le agradeció a Orihime por el recibimiento.

–En verdad estoy muy agradecido, por favor permítame pagarle la estancia y la cena.

–No es necesario –respondió ella–, lo hago con gusto. Hay más cobijas y almohadas dentro del armario. Si necesita algo más no dude en pedírmelo, mi habitación es la que está al fondo del pasillo.

Orihime cerró la puerta y Grimmjow quedó solo en la habitación, alumbrada por la lámpara de pared que estaba pegada junto a la puerta. Se desvistió y dobló cuidadosamente la ropa para entregarla cuando se despertara. Se puso la pijama, apagó la lámpara y no tardó en quedarse dormido.

Se despertó en la madrugada debido al fuerte estruendo de un rayo. Se sentó en la cama y descubrió que estaba empapado en sudor a pesar de que era una noche fría. Había tenido un sueño espantoso en el que vagaba por un cementerio y de pronto se veía rodeado de cadáveres putrefactos, el graznido de un cuervo era lo que más resonaba en su cabeza unos segundos después de haber despertado. Se levantó de la cama y se sirvió un vaso de agua de la jarra que estaba encima de la cómoda. La cortina estaba entreabierta y un rayo de luna se colaba hacia la habitación. La ventana estaba cubierta de vaho, y las gotas resbalaban por el cristal. Sin saber por qué, Grimmjow pensó en lágrimas. Se giró hacia el centro de la habitación y se encontró con una figura parada junto a la puerta. El sobresalto lo hizo tirar el vaso de agua, que se hizo añicos en el suelo con gran estrépito.

Grimmjow sentía el corazón a mil por hora, y tardó unos segundos en darse cuenta de que la figura era en realidad Orihime.

–L-Lo lamento mucho –se disculpó Grimmjow y se agachó a recoger los pedazos. Orihime, descalza, se acercó a él con sigilo–. Quédese donde está, hay vidrios rotos y podría cortarse, voy a…

Grimmjow quiso prender la lámpara para limpiar el desorden con un trapo, pero antes de dar un paso Orihime le puso su fría mano en el brazo y lo detuvo. Era un simple toque, pero Grimmjow lo sintió como el peso de un baúl. No sabía cómo reaccionar al hecho de que Orihime estuviera en su habitación, tan cerca de él. Ni siquiera sabía por qué había ido y cuánto tiempo llevaba ahí. ¿Lo habría observado mientras dormía?

–¿Necesita algo? –Preguntó despacio, temiendo ser grosero.

Orihime negó con la cabeza.

–Ah… –Grimmjow no se acostumbraba al silencio de ella–, ¿tuvo una pesadilla? Podemos charlar un rato, si quiere, al menos hasta que se sienta segura para volver a dormir.

Por primera vez en la noche Orihime sonrió, pero no fue una sonrisa de felicidad, ni siquiera le transmitió confianza a Grimmjow, era una sonrisa de alguien que ya lo había visto todo. Por alguna razón los latidos de Grimmjow se aceleraron y una gota de sudor resbaló por su sien.

–Usted estaba teniendo una pesadilla –exclamó Orihime–. Lo sé porque vi cómo se movía cuando estaba dormido.

Grimmjow tragó saliva pesadamente. Entonces sí lo había observado.

–¿Tiene miedo?

–¿Q-Qué? –Preguntó Grimmjow–. ¿Miedo?

–Su corazón palpita muy rápido –susurró Orihime avanzando un poco más hacia Grimmjow hasta que casi lo tenía acorralado contra la pared–. Como un cervatillo corriendo asustado.

Grimmjow se preguntó cómo podía saber a qué ritmo latía su corazón, pero sobre todo, quiso saber por qué había sonado tan amenazante esa frase del cervatillo. Antes de maquinar una posible respuesta, Grimmjow, esclavo de sus impulsos, bajó la vista y se percató de la transparencia del camisón de Orihime. Sus pezones erguidos se marcaban contra la delgada tela, a escasos centímetros de su pecho. Sus ojos estaban fijos en los suyos, y parecían adivinar cada pensamiento que tenía, pues cuando notó su mirada indiscreta pegó más su cuerpo al de él. Grimmjow contuvo la respiración y rogó al cielo que Orihime no notara de su excitación.

Orihime acarició el pecho de Grimmjow y fue subiendo las manos lentamente hasta su cuello, enredó sus dedos en su cabello azul y con delicadeza lo atrajo hacia sus labios. Grimmjow cerró los ojos y respondió el beso, primero sin quererlo, pero descubriéndose preso de las sensaciones y la suavidad de su boca. Se sentía como hechizado y en automático envolvió sus brazos en la cintura de Orihime, sintiendo cómo se ponía de puntitas y pegaba más sus pechos en su torso, como si quisiera fundirse con él.

Orihime sintió a través de la tela del pantalón de Grimmjow que estaba excitado, su cuerpo expedía un calor maravilloso y lo siguiente que hizo fue quitarse el camisón para sentirlo en carne viva. Grimmjow la levantó y enredó sus piernas en su cintura, maravillado con la suavidad y frialdad de su piel. La llevó hasta la cama y la acostó, aprovechando los segundos que se separaron para quitarse también la ropa y arrojarla al suelo junto a la de Orihime. Se posó sobre ella, haciendo un camino de besos desde su cuello hasta su abdomen y acariciando sus piernas con desesperación. Había perdido todo decoro unos minutos atrás cuando comprendió lo que estaba pasando y sin perder el tiempo se colocó entre sus piernas y la penetró.

El gemido de Orihime justo en su oreja sonaba como el canto de los ángeles. Grimmjow sentía la presión y suavidad de su interior como el mejor recibimiento de la noche, acompasó el ritmo de sus embestidas y pasó su mano por el cabello de Orihime, bajando hacia su rostro y, juguetonamente, le acarició los labios con su dedo pulgar. Orihime se apoderó de su mano y le dio un ligero mordisco que le sacó una gota de sangre. A Grimmjow le pareció extraño, pero al sentir su lengua lamiendo la herida se excitó aún más. Orihime lo tomó de los hombros y le dio vuelta en la cama para quedar a horcajadas sobre él, permitiendo que entrara más profundo. Se movía arriba y abajo, exhalando lujuria por cada poro de su cuerpo. Grimmjow la sujetó de la cintura para acelerar el ritmo, no queriendo que aquellos minutos de gloria terminaran nunca. Orihime tomó sus manos y las puso sobre sus pechos para que la acariciara, se inclinó sobre su oreja y lamió el lóbulo lentamente, haciendo que Grimmjow jadeara con fuerza. Su boca siguió un poco más abajo y le dio un beso en el cuello, sintiendo a la vez un espasmo por todo su cuerpo. Los latidos de Grimmjow en la yugular la excitaron más y de pronto el joven no pudo seguir su ritmo frenético. Estaba a su completa disposición, ciego de placer y a punto de alcanzar el cielo, cuando de pronto sintió dos piquetes en el cuello, como de agujas, y comprendió que Orihime lo había mordido.

Hubo algo de dolor, pero fue suplantado por placer cuando Orihime le lamió la herida como si estuviera sedienta. Llegó al clímax con un gemido, aferrándose a las caderas de Orihime, y terminó dentro de ella. Estaba tan cansado que ni siquiera podía mover los brazos, empezó a cerrar los ojos, preso del sueño, o de la muerte, pues lo último que sintió fue la boca de Orihime pegada a su cuello.