Chocolate

—¡Te dije que no!

—Anda, Kagome, no seas egoísta —pidió mientras correteaba a la azabache alrededor de la mesa de la cocina.

—¡Es mío!

—Kagome...

—¡No!

Una cuchara cayó al suelo producto de la torpeza de la azabache. El sonido del metal repicando contra la cerámica del departamento hizo que ambos detuvieran su pequeña persecusión y se miraran el uno al otro por breves instantes. Inuyasha miró el objeto en manos de su novia y esta se apresuró a esconder recelosamente la cajita tras de sí.

—Dame un poco.

—No quiero.

—Pareces niña...

—Y las niñas son egoístas —replicó—. No pienso darte nada. ¿Tienes idea de cuánto me ha costado esta caja con doce chocolates?

—Si la compraste seguramente se trataba de una oferta.

Kagome rodó los ojos ante la estúpida conclusión del ojidorado. De acuerdo, tal vez las ofertas eran su debilidad, pero esa caja con bombones jamás estaría de oferta. Se había pasado todo un mes juntando propinas y trabajando horas extra para pagar esa elegante y completa caja de doce chocolates deluxe. Los disfrutaría a pleno, comiendo uno al día para que durasen más y no pensaba darle ni uno solo al glotón que tenía por novio.

—Por favor... —Suplicó. Kagome vio la forma en que Inuyasha se relamió los labios y suspiró antes de sacar la caja tras de sí.

—Bueno... Solo uno —cedió.

Le enseñó la cajita con bordes dorados y elegantes letras que contrastaban con el fondo transparente que permitía vislumbrar los dulces que se hallaban dentro. La abrió lentamente, como si de un tesoro se tratase, y tomó un bombón al azár. Había tomado un chocolatín con nueces bañado en chocolate blanco. Demonios... Esos eran sus favoritos. Estiró su brazo para dárselo en la boca al ojidorado y, cuando solo faltaban escasos centímetros para que el dulce llegara a sus labios, se metió ella misma el chocolate en la boca y lo degustó con placer.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

Lo lamentaba, pero aquellos bombones eran verdaderamente una delicia. No podía compartirlos con alguien a quien le daba igual comer sushi, ramen o arroz de hace tres días.

Kagome se apresuró a tragar y volvió a guardar la caja tras de sí.

—Lo lamento, pero no puedo... No quiero...

—No importa. Dame otro. —Demandó y se estiró para tomar la caja de las manos de la azabache, pero ella apartó su tesoro de su alcance. Solamente probaría esos chocolates con la mirada— ¡Ey!

—¡Son demasiado dulces para ti! ¡No puedo tomar otro! Tengo que comer uno por día. No puedo darte más o durarán menos —se lamentó.

Inuyasha miró con recelo a su novia. A veces Kagome podía ser egoísta con las cosas más estúpidas y ordinarias. Miró la forma en que se relamía los labios, como si en ellos aún quedara algún vestigio del amargo sabor de aquel bombón artesanal. Sonrió son arrogancia.

—Bien. Si no quieres darme un chocolate —la tomó de la cintura y acortó la distancia entre ambos mientras la miraba con superioridad. Nadie le impediría obtener lo que deseaba—, entonces tendré que tomarlo, ¿no?

—¡Te he dicho que n...!

Sus labios fueron capturados por la boca masculina, silenciándola al instante. Inuyasha introdujo su lengua de forma ruda en la pequeña boca femenina, ahondando así el beso, buscando más de ella y de su sabor. Tratando de encontrar el delicioso sabor de su novia mezclado con el almizcle propio del chocolate. Kagome no tardó en reaccionar y abandonarse al férreo beso que el ojidorado le brindaba, mezclando sabores, ocasionales mordidas y el excitante contacto que sus lenguas compartían en aquel acto íntimo. Cuando sus pulmones comenzaron a exigir aire se separaron lo suficiente como para respirar, pero sin dejar de mirar fijamente los ojos del otro.

—No mentías. El chocolate es verdaderamente dulce —musitó contra los labios femeninos en una caricia que la tentaba a besarlo, pero sin permitirle reanudar aquel desenfrenado beso que había conseguido encenderla.

Inuyasha dio media vuelta y se preparó para ir a mirar televisión a la sala, dejando a una Kagome confundida y con las sensaciones a flor de piel. Miró la caja con bombones y una brillante idea surcó sus pensamientos. Una muy brillante y caliente idea.

—Inuyasha... —Llamó.

—¿Mmm?

Se volteó lo suficiente como para mirar a la azabache apoyada en la encimera de la cocina mientras le mostraba juguetonamente uno de los chocolates entre sus dedos. La mirada encendida de Kagome le advirió que aquel beso, lejos de calmarla, había conseguido convencerla de darle aunque sea un chocolate más. Se acercó hasta ella y la acorraló con su propio cuerpo, haciendo que sus pelvis estuvieran a la misma altura y peligrosamente cerca.

—¿Qué ocurre? ¿Decidiste darme otro chocolate?

—Algo así —insinuó mientras lo abrazaba con sus piernas y hacía el contacto más íntimo. El bulto que comenzaba a sentirse bajo el pantalón del ojidorado le advirtió que no era la única entusiasmada con la idea.

—¿Algo así?

—Esta vez tendrás que obedecerme. Estoy dispuesta a darte un chocolate...

—¡Genial! ¿Y qué...?

—Shhh... —silenció— Te daré un chocolate si obedeces cada una de mis órdenes. Como, por ejemplo, besar mi cuello —sugirió mientras le mostraba el pequeño bombón que comenzaba a derretirse.

Inuyasha podía ser lento para muchas cosas, pero no para el sexo. No esperó un segundo más antes de bajar al cuello femenino y comenzar a repartir besos en la nívea y suave piel que parecía erizarse bajo sus labios. Mordisqueó ligeramente las porciones de piel blanca que aquella camisa de tirantes dejaba a la vista y, tan pronto como un suspiro escapó de los labios de la joven, un bombón fue depositado en sus labios. Dejó que el chocolate se derritiera en el interior de su boca y degustó el amargo sabor mezclado esta vez con las pequeñas gotas de whisky que había dentro.

Una vez que logró tragar se dirigió a los pechos femeninos y los masajeó con entusiasmo y dedicación. Sus pezones se clavaban contra su palma abierta indicándole lo excitada que estaba la chica frente a él. La sentía relajada, entregada a él y claramente receptiva a sus caricias. Guio una de sus manos al lugar entre sus piernas y comenzó a acariciar el pequeño botón por sobre la tela del pequeño pantalón que apenas le llegaba a la mitad del muslo. Sus dedos se movían en círculos al mismo tiempo que presionaban ocasionalmente la zona para hacer la sensación más placentera, más potente y excitante, arrancándole así agonizantes jadeos a su amante.

Recibió otro chocolate con gusto en su boca, esta vez con trocitos de frambuesa dentro, y bajó lentamente el pantaloncillo de la joven junto con sus bragas parcialmente húmedas. Bajó la cabeza al sitio entre sus piernas y sujetó sus muslos firmemente impidiendo que los cerrara en un futuro. Sopló frente a su intimidad y un escalofrío recorrió de pies a cabeza el cuerpo de la azabache. Esto sería divertido.

Este era el verdadero tesoro que deseaba obtener, aún mejor que cualquier otro chocolate de lujo. Kagome era, en definitiva, el bombón más dulce en esa caja a la que él llamaba vida.

FIN

¡Mil gracias por los comentarios tan bonitos que me llegaron! Y sí, definitivamente octubre pinta de lo mejor xD

2.10.20