No hay peor pecado que provocar lágrimas
en una cara que nos ha regalado sus mejores sonrisas.

Bob Marley


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I

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Conoció a Milo desde sus cuatro años y desde entonces, en especial después de recibir sus mantos a los siete, podía decir que existían dos Milo's dentro de su amigo: el que le mostraba a todos los demás y otro que sólo le pertenecía a él. Aquel que era totalmente adorable y mágico. Ya a sus dieciséis años, Camus iba y venía del Santuario a petición de Arles y, cuando llegaba, casi siempre el Caballero de Escorpio lo esperaba en su recinto para luego ir caminando juntos hasta el templo de Acuario. Donde dejaría su armadura y volvería a vestir su toga para luego poder descansar del viaje. Los días siguientes ambos entrenaban guiados por la energía interminable de su querido amigo, sus grandes ojos y su enorme y ruidosa sonrisa. A su lado, el copero podía sentir cómo su mundo se calentaba lo suficiente para dejar latir de nuevo su helado corazón.

Ese mundo cambió una tarde que Camus fue a buscar a Milo. Se encontró con un Santo que se le parecía, pero era un caballero apagado y casi moribundo por dentro. Su amigo se volteó y le solicitó marcharse y, aunque Acuario deseaba quedarse, pensó que sería lo mejor cumplir la petición que le había hecho.

Al día siguiente encontró a Milo entrenando con Aioria, lo notó serio y muy enfocado en sus golpes. Cuando terminaron, Acuario vio como esos labios le dieron una pequeña sonrisa a Leo para luego ir a reunirse con él. O eso pensó que haría. En su lugar, Milo sólo lo miró de reojo con una mirada triste y siguió de largo hacia su templo. Aioria lo observó de fijo y después de unos segundos viró hacia su casa.

"¿Qué estaba pasando?" Camus intentó unir puntos como loco buscando respuestas, pero no encontró nada que fuera coherente. Jamás se había topado con un Milo así: frío, distante. Salió disparado al octavo templo y al sentir el cosmos de su guardián percibió que había perdido el poco calor que tenía cuando estaba con Aioria.

"Aioria", el sólo hecho de pensar en el quinto guardián comenzó a irritarlo. Entró con paso firme a la morada de Escorpio y decidió que no se iría sin saber qué estaba pasando. Milo seguía cabizbajo y Camus supo enseguida que una confrontación no sería lo adecuado. Se sentó a su lado e intentó buscar su mirada pero, para su sorpresa, el escorpión se levantó y lo único que escuchó de sus labios fue un:

—Vete.

Camus se quedó helado unos segundos considerando seriamente desobedecer sus deseos, pero se puso de pie y lo complació. En cuanto salió se fue directo hacia la quinta casa y, ya en Leo, encontró a Aioria con su doncella. Cuando ambos residentes se percataron de su presencia, el león le indicó a Delphine que se fuera.

—¿Qué te trae a mi templo? —le increpó Aioria con la mirada altiva.

Camus no sabía qué responder. Quería reclamar, pero ¿por qué? ¿Por ser al único al que Milo dejó estar unos minutos a su lado, por haber recibido una débil sonrisa, por alegrar un poco a su amigo? ¿Qué era ese ardor que había aparecido en sus entrañas?

Cuando Aioria se cansó de esperar una respuesta se dio la vuelta y, con un gesto de mano, despidió a Camus.

—¿Sabes que tiene Milo? —alcanzó a decir antes de que el león desapareciera.

—¿A mí me preguntas? —le respondió, y en su tono Camus alcanzó a percibir ironía y reclamo. Como si él debiera saber o, peor aún, como si él fuera el responsable.

Aioria desapareció en el interior de su casa y Acuario quedó petrificado de pies a cabeza. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había logrado poner a su querido Milo en ese estado?

En cuanto Camus llegó al onceavo templo sólo aumentaron las malas noticias. Un mensajero había hecho llegar a Acuario la orden de que partiría en tres días a Siberia. "Tres días", repitió Camus en su cabeza. Tres días para averiguar y reparar lo que fuera que había hecho. Tres días para evitar que la sonrisa de Milo terminara de nacer al lado de Aioria, tres días para volver a… enamorarlo…

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