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III
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Camus entró a su templo y su doncella salió corriendo al ver que todo se iba congelando a su paso. La ligera capa de hielo engrosaba si el Santo se quedaba quieto y ni las súplicas de Fleur lo hicieron que parase. Las imágenes se acumulaban una tras otra en su mente: las sonrisas de Milo, sus atenciones, sus roces, las miradas coquetas que le soltaba a través de esa melena abundante, su piel sudada por el ejercicio, y de repente nada. No recordaba nunca haber visto su espalda antes pero ahora la sentía como si la trajese tatuada.
Cuando volvió en sí, Camus se apresuró a descongelar su recinto con el calor de su cosmos. Eso era. Agitado, el onceavo guardián mandó a Fleur a hacer una charola de galletas. Aquellas que a Milo siempre le había gustado untarle en la cara. "¿Por qué habían dejado de hacerlas?" La primera doncella de Escorpio solía hornearlas para sus tardes de estudio y Milo siempre escogía las que tenían formas de estrellas, las colocaba de tal forma que asemejaran sus constelaciones, y si él se atrevía a tomar una su amigo procedía a hacerle una mascarilla de azúcar. Camus siempre se mostró molesto, pero lo hacía a propósito para ver su alegre sonrisa al tener la cara "dulcemente congelada". Si algo podía subirle el ánimo a su querido Milo, y mejorar las cosas, serían unas de esas galletas.
En cuanto estuvieron listas, Camus bajó apresurado al octavo templo a pesar de que aún tenía que regresar y acomodar sus cosas. Deseaba por lo menos haber logrado una tregua para antes de su partida. Se preguntó si no sería muy temprano para galletas pero, por el momento, era lo que tenía.
La pequeña doncella de Escorpio se mostró nerviosa al verlo pero lo dejó pasar al área residencial. Ahí, Acuario alcanzó a escuchar la potente voz de Leo que estaba sentado frente a Milo. De momentos el león se paraba y se quejaba y se volvía a sentar. Camus entendió que Aioria estaba representando una escena del mito de Perseo, aquella donde nacieron los escorpiones. La cara de Milo lucía relajada y parecía querer sonreír, pero aún no podía, su mirada estaba apagada y sólo le pidió a Aioria que se sentara. Y es que, sí, era muy mal actor pero Milo jamás lo diría en voz alta tomando en cuenta sus intenciones. Su amigo era excelente leyendo a las personas y lo sabía, él más que nadie lo sabía.
—¿Anuncio que ha llegado? —le preguntó Hester, que no se había separado de su lado.
—No es necesario —respondió Camus—. Sólo dale esto en cuanto esté a solas.
—¿Le informo quién las manda?
—No, gracias —suspiró casi rendido.
Conocía a Aioria, podía pasarse el resto de la tarde contando historias y no se quería quedar cuando llegara a sus anécdotas que de seguro compartía con Milo. Camus había decidido desde hacía tiempo que sólo ocuparía su tiempo en el Santuario para pasarlo junto a su mejor amigo y que nada ni nadie más le interesaría. Le daría la victoria por esa ocasión a Leo y mientras adelantaría sus deberes; al tiempo que pensaría en una estrategia infalible para acercarse a Milo y aclarar lo que debía ser un malentendido. Porque eso tenía que ser.
En la cabeza de Camus parte del sufrimiento de Milo se debía a que lo estaba manteniendo alejado. Tenía que confiar en él, en su lazo. Después de todo era a Camus donde Milo siempre corría cuando tenía miedo para "protegerlo del peligro", era a Camus donde Milo siempre regresaba después de alguna misión complicada para contarle sus hazañas. Era a Camus… era…
"Maldita sea", se recriminó al notar que estaba perdiendo su propia estima. "Dos días…" Tenía que preparar algo mucho mejor que galletas.
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Apostilla:
Las galletas se llaman kourabiedes, son similares a las galletas de mantequilla, recubiertas con azúcar glas.
