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IV

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Cuando Aioria llegó a Escorpio, le alegró que ambas doncellas hubieran respondido tan rápido a la petición de Delphine de volver a sus puestos. Les pidió que le anunciaran y Milo accedió a verlo porque creía que traía el postre con él. Cuál fue su decepción al ver que traía las manos vacías.

—¿Crees que te iba a recompensar después de golpearme?

—Eres un mentiroso, eso es lo que eres.

—El postre lo harán hasta pasado mañana. Asumiste mal —rebatió Aioria observando la repisa que ya estaba acomodada.

—Gracias por mandar traer a mis doncellas.

—¿Aún guardas esto? —Aioria tomó una pequeña resortera que estaba escondida en una esquina obviando el comentario de Milo—. Yo perdí la mía hace mucho —comentó acercándose al espacio personal de Escorpio.

—¿Por qué no me sorprende?

En realidad, Aioria no la había perdido. Deathmask se las escondió un día siendo niños y cuando el león dio con ellas una estaba rota: la de Milo. Le había dado la suya sin que el escorpión se diera cuenta y luego el bicho le tomó a mal que ya no aceptara ir a probar su puntería.

Medio hipnotizado por el recuerdo y por saber que aún guardaba ese juguete tan viejo, Aioria se atrevió a tomar una punta del cabello de Milo y a jugar un poco con él. El escorpión se puso nervioso y estuvo a punto de apartarlo de no ser porque él sólo se retiró al sentir que Calandra se acercaba.

—Ya casi tenemos lista la cena. ¿El Señor Aioria se va a quedar?

Milo miró al mentiroso, y luego asintió levemente a la mayor de sus doncellas antes de que Aioria pudiera inventarse una excusa para irse. De todos modos, si no fuera por el entrometido habría tenido que saltarse la cena.

—Deja eso ahí —gruñó Milo antes de irse a la estancia.

Aioria, sorprendido y nervioso por no haber sido echado, empezó a decir lo primero que se le venía a la cabeza intentando ser lo más coherente posible. Por unos instantes sintió que captó la resignada atención de Milo, pero hubo unos segundos donde la perdió y pudo jurar que su anfitrión se pondría a llorar.

Después de la cena, Aioria volvió al templo de Leo bastante dubitativo, no estaba seguro de que no traer a la luz lo que estaba molestando a Milo había sido lo más adecuado. No estaba acostumbrado a tratar con un escorpión que no intentara atacarlo a cualquier mínima oportunidad. Y sabía que, en otro estado, el bicho se habría burlado del gran ridículo que había armado antes y durante la cena. Empezaba a extrañar esa sonrisa fanfarrona y su infantil prepotencia.

Comenzaba a sentirse como un niño a su lado, incapaz de siquiera acompañar lo que le estaba pasando a Milo.

¿Qué habría pasado realmente entre él y Camus? Repasando en la actitud del cubo, la historia que se había armado en la cabeza no tenía ningún sentido. Incluso juraría que lo había sentido cerca del templo de Escorpio antes de que sirvieran los platos.

No le agradaba la sensación que tenía en su pecho, Aioria sabía que algo estaba haciendo mal pero no entendía a ciencia cierta qué era. Intuía que si Milo lo había dejado quedarse era porque así lo quería y hasta lo necesitaba. Si hubiera notado alguna intención indeseable en él lo habría echado sin la menor consideración, por más favores que le hubiera hecho, alegando que él jamás le había pedido nada. Y tendría razón.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó al oscuro techo de su cuarto mientras aún podía ver en su mente el triste semblante de Escorpio.

Su resolución tomó aún más fuerza y, si Milo se lo permitía, haría lo que estuviera a su alcance para que volviera a la normalidad, cualquiera que fuera el resultado final.

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