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V

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Antes de llegar al onceavo templo, Camus empezó a sentir una presión en el pecho y una extraña falta de aire. Estaba agitado y un poco mareado. Shura notó que le estaba costando trabajo respirar y de inmediato alcanzó a Acuario en las escaleras, cuando las fuerzas empezaban a abandonarle. Capricornio lo alzó y lo hizo pasar a la estancia de la décima casa. Se sorprendió de que casi no pesaba, era como si el acuariano se estuviera evaporando de alguna manera entre sus manos; aparte de que ya casi se desvanecía.

—Llena la bañera —ordenó Shura a su doncella—. ¡De inmediato!

La pobre Elen salió corriendo despedida al baño ante la temible mirada de su Señor.

—Milo —susurró Camus.

El guardián de Capricornio no hizo caso a sus palabras sin sentido y lo envolvió con su cosmos para que soportara. Estaba ardiendo, algo demasiado inusual en un Caballero de Acuario. Por lo que tenía entendido debía de ser hasta peligroso.

La sensación para Camus no tenía precedente. Tenía frío por primera vez en su vida, un frío provocado por la alta temperatura en su cuerpo. Shura mandó pedir a Piscis hierbas medicinales y, en cuanto llegó Afrodite, entre ambos cuidaron de él.

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» No me voy a meter contigo —le respondió a Milo, que estaba en la bañera insistiendo en que Camus entrara.

» ¿Por qué no? De niños lo hacíamos todo el tiempo.

» Por eso mismo, ya no hay espacio. Anda, apúrate o llegarás tarde.

» Pero ya estoy listo —rió saliendo de repente de la tina.

» Tápate —le lanzó una toalla—. Sí ya estás listo, entonces sal como estás y haz el ridículo.

» ¡Camus! —el grito de Milo hizo eco en las paredes del baño—. Cam, perdóname —pidió al momento de alcanzarlo con la toalla enredada en la cintura y con todo su cabello escurriendo.

No podía ceder ante su mirada triste por el bien de su amigo. Si Milo no se apuraba, Arles sería capaz de reprenderlo por llegar tarde o lo enviaría lejos de él, y de seguro no volvería antes de que tuviera que estar en Siberia. Tenía que hacer que se moviera así que se acercó, acarició sus húmedos rizos y lo besó en la frente.

» No estoy enojado. Apúrate —le ordenó y Milo salió volando a su cuarto para vestirse.

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Al abrir los ojos, Camus apenas distinguió una silueta con el cabello alborotado y salió del agua esperando ver a Milo. Pero sólo era Afrodite, que lo miraba atónito.

—Shura, ya despertó —gritó Piscis llamando al dueño del templo.

—Menos mal —exclamó al entrar. Shura traía un juego de toallas limpias y Piscis salió guiado por la mirada seria de Capricornio—. Si estás delicado de salud debes informarle a Arles —señaló y le entregó las toallas.

Camus no se sorprendió de que Shura estuviera al tanto de su próxima partida.

—No es para tanto, estaré bien.

Shura no insistió y se retiró. Tras localizar su ropa que estaba en una esquina del baño, Camus se vistió y se despidió lo más cortés que pudo al encontrar a ambos Santos durante su recorrido. Ya no quería alargar esa plática, consciente de que sus vecinos sabían o se imaginaban, cómo no, sus sentimientos por Escorpio y debían de haber adivinado ya el estado actual de su relación.

Cuando por fin pisó las grandes placas de mármol de su templo, Camus sintió que podría desmayarse de vergüenza. Pero no tenía tiempo para eso y su cuerpo debía ayudarlo, no seguirle poniendo el pie con reacciones absurdas. Siguió caminando y entonces, sintió como una lágrima comenzaba a arder dentro de sus ojos. Extrañaba a Milo, sus ocurrencias, cuidarlo cuando se resfriaba, o el tiempo y dedicación de curarlo cuando salía lastimado. Sentía que podría dar su vida por una mirada de sus ojos turquesa o el simple roce de sus dedos.

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