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VI
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Poco después de que Aioria dejó su templo, se acercó la pequeña Hester a entregarle un paquetito. Al abrir la bolsa, Milo se encontró con una cuantiosa cantidad de diminutas kourabiedes, todas en forma de estrellas. Salió corriendo a la estancia dejando a su doncella con la palabra en la boca y vació las galletas sobre la mesa. Las empezó entonces a acomodar como si de un rompecabezas se tratara y casi lloró al ver que eran la cantidad justa para formar dos constelaciones específicas.
Después de unos segundos, en silencio, Milo las fue tomando de una en una y volvió a guardarlas. Regresó a la repisa y las colocó en el primer hueco que encontró. Su colección de tesoros consistía en pequeños y algunos raros recuerdos de lugares donde había estado y personas que había conocido a lo largo de todas sus misiones . Su mirada viajó del pequeño paquete a la vieja resortera que estaba ahora aún más escondida.
Milo se molestó al pensar que ambos creían que podían engañarlo, pero ya estaba harto de todo eso. Aún tenía muy presente su última conversación con el Patriarca y la incomodidad no se iba por más que intentara resistir lo que había iniciado. Respiró profundo y se marchó a su cuarto no sin antes decirle a Calandra que sería todo por ese día y que lo disculpara con la pequeña Hester. Evitó lo más que pudo el contacto con su armadura que estaba en la nave principal y fue a intentar conciliar el sueño, a pesar de que tenía dos noches sin haber logrado cerrar los ojos.
Cuando la luz del sol empezó a filtrarse tímidamente por su ventana, se giró y sacó de debajo de su cama una pequeña libreta que no había tocado en días, encendió una lámpara y se dispuso a actualizar el diario que había dejado en puntos suspensivos en su última entrada. Al terminar, regresó unas cuantas hojas y corroboró que la palabra "Camus" se repetía sin cesar, incluso en los días que no se habían visto o interactuado. Corrigió en esas páginas lo que sí había pasado y nombró a los que recordaba y con los que sí había convivido durante ese tiempo.
Ahora más que antes quería poder tener algo que le recordara con sus propias palabras quién realmente era. La desagradable sensación no lo abandonaba ni aún cuando terminó con la tinta y pensó que, a partir de ahí, tal vez necesitaría un cuaderno más grande.
Sostuvo un minuto el diario en sus manos, lo dejó sobre la cama y se fue a un baúl donde guardaba todas las notas que había hecho desde niño. Sacó aquellas donde aprendió a escribir y, más que las palabras, los infantiles dibujos que había hecho le transmitían las emociones más fuertes de esos días. Desde aquellos ejercicios, Milo nunca paró de escribir aún cuando ya no era obligatorio.
Repasó uno por uno y era cierto que desde lo siete años había empezado su obsesión con su mejor amigo. Antes, podía darse cuenta de que convivía más con Deathmask y Afrodite, Aioria y Aldebarán, incluso Mü. Ya que Camus prefería centrarse en sus libros. Ubicó entonces un pequeño dibujo de Aioria tomado de la mano de Aioros. "Tú serás mi hermano mayor", recordaba haberle dicho a Camus después de que el gato no había parado de presumirle al suyo y remarcar que él no tenía ninguno. "Los niños pueden ser tan crueles", pensó; pero aún así, después de todos los desafortunados eventos en el Santuario, jamás le había vuelto a mencionar a Aioros para molestar a Leo. A menos que lo hiciera enojar demasiado. En las hojas que seguían, podía verse a él y a Camus retratados, hasta que las ilustraciones se volvieron más escasas e inexistentes. ¿Sería verdad? Su reunión con el Patriarca seguía volando en su mente.
Devolvió los cuadernos a su lugar y fue a la cama, pero antes de que llegara Calandra llamó a la puerta informando que el desayuno ya estaba en la mesa.
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