—•—•—•—

VII

—•—•—•—

Aioria no paraba de dar vueltas en su templo, revolvió las cobijas hasta que cayeron de la cama y fue hasta donde estaba su equipo de pesas. Se sentó, intentó alzar una pero en su lugar la tomó con ambas manos y la apretó intentando contener sus fuerzas. Se fue hacia su costal y, en lugar de golpearlo, lo abrazó y empezó a restregar la frente contra su gruesa y suave piel. En su imaginación: Milo llegaba y lo encontraba en ese patético estado para luego burlarse de que no pudiera dormir; su hermano lo regañaba por mal usar el equipo de entrenamiento; y Shura lo mandaba de vuelta a la cama sin más.

Se dejó caer agarrándose del costal hasta que el eslabón que lo sostenía al techo hizo un sonido raro. Se incorporó y regresó a su cuarto para caer de cara al colchón, haciendo un titánico esfuerzo por no salir corriendo a Escorpio.

Volvió a levantarse y se sirvió un vaso con agua de la jarra, que siempre le dejaba Delphine para la noche, y se la echó en la cabeza para enfriarse. El escalofrío fue tan insignificante a comparación de sus nervios, que no se contuvo de alborotar sus cabellos para hacer que el agua lo siguiera mojando. Si por él fuera terminaría por vertirse toda la jarra encima, pero no quería crearle trabajo extra a la veterana doncella.

Las imágenes de un Milo cabizbajo lo acosaban, en otras circunstancias habría dejado que lo arreglara solo, ya que no le había pedido ayuda. Pero ahora Camus no estaba al lado del bicho y no había respondido ni un poco a como acostumbraba.

Lo primero tendría que ser fortalecer su propia estima.

Cuando el sol salió en el horizonte, Aioria se disculpó con Delphine y le pidió que le consiguiera un ramo de flores. Terminando el desayuno, con su armadura y la docena preparados, dejó Leo y empezó a subir por los templos.

Shaka no se inmutó cuando pasó por su casa y al llegar hasta la octava se detuvo en la entrada.

—Buenos días, Milo —saludó al guardián que estaba escondido tras un pilar—. ¿Puedo cruzar?

—Adelante —respondieron las sombras.

—Voy a Sagitario, me gustaría que me acompañaras —fue todo lo que dijo antes de seguir caminando hacia la salida.

Ya en el noveno templo, Aioria colocó el ramo donde debería estar la armadura que seguía desaparecida. El quinto guardián nunca iba al cementerio ya que el cuerpo de su hermano no se encontraba debajo de esa lápida representativa y le parecía que lo más apropiado era ir al último lugar donde sí había estado Aioros.

—Volviste a olvidar el florero —señaló Milo acercándose. También se había puesto su manto.

—Y de seguro tú olvidaste llenarlo —volteó sonriendo hacia el Caballero de Escorpio.

—Claro que no, no lo iba a traer lleno —aclaró y se lo lanzó al pecho.

—Gracias.

—No tardes mucho.

A los pocos minutos Aioria encontró al bicho en la salida del octavo templo, recargado en una columna con su toga del diario. Ambos se miraron en silencio y Milo pasó haciéndole una señal de que podía entrar para que platicaran.

Ninguno hizo caso a la presencia dorada que no estaba muy lejos y que había contemplado la silenciosa escena. Tampoco se enteraron de que había subido las escaleras hasta los terrenos papales para reunirse con Arles esa misma mañana, aunque no tenía una cita ni se había anunciado como el protocolo se los exigía.

—Gracias de nuevo —comenzó Aioria cuando estuvo a solas con Milo en su estancia—. ¿Ahora sí me puedes decir qué ha pasado?

Milo guardó silencio.

—Nada de lo que debas preocuparte —le contestó en un tono serio.

—Claro que me preocupa, Milo. Tú me preocupas, y mucho —dijo mientras se acercaba decidido.

—Gracias —respondió cansado, colocando una mano en su pecho, y al verlo supo que Aioria lo miraba debajo de todas sus capas. Como siempre lo había hecho.

*. *. *. *. *

.