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IX

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Al llegar a los aposentos de Arles un séquito de doncellas intentaron detenerlo, pero Shura se abrió paso por en medio de las jóvenes damas; y cuando se detuvo frente a la sala principal, le indicó a uno de los guardias que anunciara su presencia. Éste, al notar la fiereza en su mirada, decidió permitir al Sumo Padre deliberar sobre el acceso del mayor de sus caballeros pero, ante la escena, sólo le podría entregar un mensaje que no lograría complacer al Santo.

—Está indispuesto —tartamudeó el guardia antes de ser lanzado hasta una de las paredes por la fuerza del cosmos de Capricornio, provocando que los demás retrocedieran.

Ya adentro, el escenario le sorprendió a Shura lo suficiente para detenerlo unos segundos, antes de poner una rodilla al suelo en espera a ser recibido.

Luces que asemejaban a las estrellas danzaban alrededor del Patriarca quien, sumido en un trance casi absoluto, sólo se pudo comunicar con Shura a través de la telepatía.

› "Por el modo en que entraste, ya te debes haber percatado de lo que está pasando."

—Sí, su Excelencia.

› "Por lo tanto, comprendes que no me puedo detener hasta que el proceso haya terminado."

—Sí, su Santidad.

› "Entonces, ¿qué te puede haber traído ante mí?"

—Sólo quería cerciorarme, e informar que ayer estuvo en riesgo la vida de uno de sus caballeros. Camus de Acuario.

› "Estoy al tanto."

—¿Por qué accedió, su Señoría?

Arles guardó silencio unos instantes antes de responder a su inquietud.

› "Entiendo que estés preocupado pero ¿qué otra opción tenía? Conoces las reglas", respondió para evadir la pregunta. "Ten calma, la confianza entre ustedes es lo más importante en estos momentos. Todo lo demás sobra."

—Entiendo pero, no podemos arriesgarnos a perder a ninguno más de los nuestros antes de tiempo.

› "Estoy de acuerdo. Yo más que nadie soy consciente de eso, pero ninguno de los nuestros se perderá, Shura. Ten fe y sigue cuidando de ellos."

—Sí, su Santidad.

› "Si eso es todo, puedes retirarte."

—Enseguida Excelencia —se puso de pie y abandonó la sala.

Shura más que nadie conocía las normas internas del Santuario y, por experiencia, sabía que no había nada que hacer una vez que el rito había empezado. Cualquier fallo podía ser fatal o cuanto menos peligroso. Algunos más también lo habían vivido, aunque no todos lograban recordarlo por el trauma tan fuerte que suponía. Lo cual era un alivio hasta cierto punto.

Ahora comprendía porqué había pasado la no programada orden del viaje de Camus. Era cruel pero lo más probable es que sería lo mejor después de que todo hubiera terminado.

Al llegar a Piscis, vio a Deathmask al lado de Afrodite discutiendo, antes de que Cáncer le robara un beso que pronto se convirtió en un intercambio apasionado. Pasó de largo sin pedir permiso y al cruzar por Acuario vio a una doncella partir con algo escaleras abajo.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó a un pálido guardián cuya alma parecía cubrirlo en forma de una ligera y fría neblina.

Camus a penas si lo miró de reojo sin perder la compostura.

—Ya casi estoy listo para partir. Sólo me faltan arreglar los horarios y labores de mis subordinados en el Santuario.

—Es un alivio escuchar eso —Camus no le respondió—. Sí te sobra algo de tiempo ve a Virgo, Afrodite estará ocupado por tiempo indefinido pero Shaka podría ayudarte si empeora tu estado.

—Lo tendré en mente.

—Sé que lo harás —concluyó y siguió bajando hasta el décimo templo.

En cuanto llegó, Shura fue hasta su patio del décimo templo, tomó una espada de bambú y comenzó a ondearla en movimientos finos, fuertes y certeros. En su mente, repasaba la imagen de las estrellas más brillantes que había visto en la sala de Arles y entonces corroboró que las constelaciones pertenecían a los guardianes de Acuario y de Escorpio. Lo que significaba que también tendría que ir a visitar a Milo lo antes posible.

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