—•—•—•—
XIII
—•—•—•—
Camus se negaba a reconocer el alivio que la sutil caricia del cosmos de Aioria le producía, y se alegraba de que Fleur fuera la que colocaba las compresas calientes en su cuerpo.
—Déjale eso ahí y ve a preparar otra infusión —ordenó su cuidador.
—Pero, el Santo de Virgo dijo que…
—Shaka me dejó a cargo. Ahora ve y tráela —su tono imperativo arreció.
—Enseguida —asintió nerviosa y salió corriendo.
La mirada de desaprobación de Camus no se hizo esperar. Nadie, ni siquiera él, la había tratado jamás de ese modo.
—Largo —alcanzó a murmurar pero fue ignorado. A penas si podía moverse y estar sometido a la voluntad intransigente del león no le hacía ninguna gracia.
La mirada de Aioria era más seria que molesta, hasta se podría decir que estaba preocupado y dolido. Era obvio que él tampoco estaba disfrutando de aquello pero, aún así, Camus no le permitiría salirse con la suya en su templo. Se relajó lo suficiente para articular una frase más clara pero, en cuanto volteó y lo vio analizando y adelantando su trabajo, todo se tornó en furia.
—Sal —jadeó.
Aioria suspiró y lo volteó a ver con ojos severos aunque su cosmos continuaba envolviéndolo tiernamente.
—Yo me haré cargo de lo que hace falta. Descansa. Conozco el papeleo, lo dejaré listo para que lo firmes en la mañana y Fleur sólo tenga que ir a entregarlo. Aunque dudo que puedas salir si continúas así.
En cuanto terminó de hablar, la doncella entró con la bebida y cambió las compresas. Camus empezó a recobrar un estado estable y, al ver esto, Aioria le pidió a Fleur que fuera por más hierbas a la casa de Virgo.
Camus no recordaba la última vez que había sido cuidado, tal vez desde que Monique se retirara de sus servicios, y para él resultaba sumamente incómodo. Pero cuando Aioria retiró su cosmos se volvió a sentir inseguro y deseó, por medio segundo, que no lo hubiese hecho.
Aioria no insistió en que comiera o que se terminara todo, como Milo lo hubiera hecho, y le sorprendió a Camus que le sirvieran un menú con sus platos favoritos. Solía dejar que Fleur preparara lo que ella o Milo quisieran, así que de ella no habría obtenido la información, ¿entonces?
Al terminar con sus alimentos, el Santo de Leo se llevó los platos y regresó a seguir con el papeleo en una tabla que acondicionó para ocupar de escritorio. Al acercarle Aioria todos los papeles para que los revisara, Camus se asombró y molestó por no encontrar ningún pero.
—Gracias.
—Creí que me iba a llevar más tiempo —comentó Aioria mientras se estiraba.
—¿Cómo…?
—Milo ocupa el mismo formato y a veces me obliga a ayudarlo. Pero contigo fue mucho más fácil, tienes todo muy bien clasificado.
Camus deseó no haber preguntado, ¿qué otras cosas le habría enseñado o platicado Milo sobre él? y ¿por qué Aioria se había tomado la molestia de recordarlas?
—Por cómo es Fleur es obvio que no está acostumbrada a recibir órdenes y, por lo que dice, más bien la consientes y la cuidas mucho.
—¿Lo que dice?
—Es muy agradable. Por lo general, me cuesta hablar con civiles pero con ella es como hablar con Delphine.
—Ya estoy mejor, creo que ya puedes retirarte.
—No me voy a ir. ¿Te digo algo? Ella puede ocuparse de unas cuantas cosas más, no tienes que hacer todo tú solo. Ahora entiendo porqué Milo me pide ayuda cuando no estás, también lo has de consentir demasiado.
—Yo no… —se volvió a sentir mareado.
—No pasa nada si te dejas consentir tú también de vez en cuando —le colocó la mano en la frente—. Yo te cuidaré para que luego puedas cuidar de Milo.
Camus notó como la mirada de Aioria se alejó de la habitación al mismo tiempo que su mano se apartaba de su piel. Por un segundo se había permitido sentirse cómodo con su discurso pero era obvio que todo lo hacía por Milo, no por él.
—Nunca pensé que fueras tan buena persona.
La sonrisa del león le dio a Camus un calor parecido al de su cosmos, pero cerró los ojos y se acomodó debajo de las cobijas para que el gato deslavado no descubriera también que comenzaba a sentirse cómodo a su lado.
*. *. *. *. *
.
