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XIV

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Shaka encontró a Shura revisando unos papeles, libros y pergaminos antiguos que había traído desde la biblioteca principal del Santuario. Su presencia en el templo de Capricornio no pasó inadvertida ni sorprendió al décimo santo.

—¿Tú también notaste algo extraño? —indagó Shura sin apartar la vista de un calendario.

—La reacción de Camus es cuanto menos sospechosa.

—Así parece.

—¿Hay registros de algún caso similar?

—No se especifican las reacciones personales y, entre tantas habilidades diferentes, es difícil saber si está fuera de lo normal —se talló los ojos.

—Deberías descansar.

—No puedo dejar a Camus así, es mi responsabilidad. Y le di mi palabra a Milo.

—Hasta ahora nadie ha muerto por este proceso. Se han matado o suicidado, pero eso después de que termina todo.

—Si lo hubieras visto.

—Lo vi. Por eso mandé a Aioria a vigilarlo.

—Eso está estrictamente prohibido.

—Es mejor a dejarlo a su suerte.

—Es cierto pero, ¿estás dispuesto a correr ese riesgo?

—Ese asunto terminó para nosotros.

—¿Y eso justifica que también decidas por Milo?

—Estoy seguro de que también estaría de acuerdo, pero si tanto te molesta se lo iré a consultar.

—Sí. Lo prefiero. Y cuando termines pasa con Camus y me das tu informe.

Shaka tardó en contestar y Shura por fin volteó a verlo.

—De acuerdo.

—No pongas esa cara, fue tu idea mandar a Aioria. Necesito el reporte.

Shaka bajó ligeramente el rostro y desapareció del décimo templo.

En la casa de Escorpio las dos doncellas parecían angustiadas, tanto que tardaron en advertir la presencia del Santo. Sólo Calandra reconoció quién era, mientras que Hester no le quitaba la mirada de encima.

—Buenas tardes —Shaka saludó a las damas juntando ambas manos

—Bienvenido, Señor —respondió la mayor de las doncellas.

—¿Alisha ya ha traído todo lo que necesitan?

—Sí, Señor.

—¿Y Milo, cómo se encuentra?

—El Señor Milo está descansando; ya va a ser la hora de que tome sus alimentos.

—Me gustaría acompañarlo, si no es mucha molestia.

—Desde luego, lo anunciaremos.

Calandra jaló a Hester hasta la estancia y sólo regresó a invitarlo a pasar.

Milo salió de su recámara para encontrarlo.

—Espero que esto no sea un mal augurio.

—A mí también me da gusto verte. Te noto mejor de lo que esperaba.

—Lo dices como si fuera un cumplido —Milo se sentó a la mesa y lo invitó a tomar asiento.

—No, gracias.

—Un bocado no te hará daño.

—Lo haría con gusto pero no estoy aquí.

El guardián de Escorpio le puso más atención a su invitado y no siguió insistiendo. Mientras comía, Shaka le informó que había mandado a Aioria a cuidar de Camus, quien, al parecer, había tenido otro episodio.

—Sí él puede estar con Camus entonces yo también iré a cuidarlo.

—Eso es aún más peligroso. No. Está fuera de discusión.

Milo apretó sus cubiertos.

—Pero si… —protestó.

—A menos que quieras que te odie o te olvide por completo.

Milo se rindió al oír la advertencia.

—Está bien… Que sea Aioria —comentó lleno de una profunda soledad—, ¿regresarás ahora a…?

—Iré a Acuario. ¿Necesitas que le diga algo?

—No. Sólo dale esto —le entregó un sobre grande y medio arrugado.

—¿Es todo?

—Sí. Es todo.

—Milo, recuerda que no debes perder la confianza.

—Eso intento pero, es mi culpa que Cam esté así. Tal vez hubiera sido mejor que yo no…

—Sólo aquellos que son libres son capaces de renunciar a algo, de escoger. Los que son libres de escoger son capaces de crear cambios. Por eso somos caballeros de la esperanza. Esta es tu lucha, deja que él pelee la suya.

La seriedad en la voz de Shaka sacó a Milo de su trance. Tenía razón y Cam no era tan débil para dejarse vencer. Aunque, por un segundo, Escorpio pensó que esas palabras no fueron dirigidas a él.

Sin nada más que discutir, Shaka se esfumó del comedor con su encargo.

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