Esta historia participa en el reto Uno, dos y tres, te reto otra vez del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Que conste que esta historia está aquí subida porque medio me convenció Nea, a la que le doy las gracias por beteármelo a última hora. Al final, el tiempo se me vino encima. Está algo apresurado y mi idea era otra cosa, pero bueno, esto salió.

La frase que me tocó fue: Vive o muere, tú eliges —Saw


Al menos, estarán a salvo


Caradoc abrió despacio los ojos. Tenía la vista nublada y le dolía terriblemente la cabeza. Parpadeó un par de veces, pero seguía sin conseguir una imagen clara. A su alrededor estaba todo a oscuras, y solo se podía distinguir algo por la luz que entraba por la minúscula ventana de la habitación. En frente de donde se encontraba, había una figura también sentada. No sabía si era hombre o mujer.

—Bienvenido al infierno, chico —susurró la figura. Al menos, ya podía saber que era un hombre quien estaba con él.

Abrió la boca para decir algo, pero el dolor palpitante de su cabeza aumentó en ese momento y le hizo nublar más la vista. Un segundo después, volvió a desmayarse.

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Cuando abrió los ojos por segunda vez, era de día. O eso supuso. Al entrar mucha más claridad que la última vez que despertó, pensó estar en lo cierto. La habitación era un poco más visible, aunque la mitad de ella seguía en sombras. Ahora que su vista no estaba nublada y podía pensar mucho mejor, se fijó en que el sitio donde se encontraba parecía una pequeña celda. Los únicos objetos que había dentro eran dos pequeños vasos, con lo que parecía agua, cerca de la puerta.

—¿Ya estás despierto, chico? Has estado inconsciente durante dos días. Me estaba preocupando —comentó una voz desde el lugar en penumbras. Fijó la vista hacia allí con el corazón latiéndole apresuradamente. Por un momento, se había olvidado que había alguien más con él.

La persona se acercó y vio a alguien mayor, entre unos cincuenta o sesenta años. Lucía una túnica azul bastante desaliñada y una abundante barba se extendía por su cara.

Quiso responder, pero se encontró con la garganta bastante seca. El hombre, al darse cuenta de esto, fue apresuradamente hacia uno de los vasos.

—Toma. Bebe un poco —dijo el hombre ofreciéndoselo—. Pero intenta no tomar demasiado. No nos darán más agua en todo el día.

Lo cogió y dio un par de tragos, intentando moderarse a pesar de la sequedad de su garganta.

—Gracias —le agradeció Caradoc, hablando por fin—. ¿Dónde estamos?

—Más quisiera saberlo —respondió el desconocido—. Solo sé que amanecí aquí hace unas semanas y el sitio parece estar lleno de mortífagos.

«Claro, mortífagos. ¿Quiénes si no?», pensó Caradoc, maldiciendo por lo bajo.

—Nos visitan de vez en cuando —continuó, frunciendo el ceño al decir eso—. Ojalá no lo hagan pronto, no es nada agradable. Especialmente cuando viene uno de ellos. Está como una cabra, te lo aseguro. —Caradoc se preguntó si había alguno que no lo estuviera—. Por cierto, me llamo William.

—Caradoc —se presentó.

—Encant… —empezó William, pero se vio interrumpido ante el sonido de la puerta al abrirse. Los dos se pusieron contra la pared para ver quién era. Caradoc se puso en tensión, preguntándose cuál de ellos era el responsable de haberles metido aquí.

Entraron dos mortífagos con la varita en ristre. A uno de ellos no lo reconoció, pero el otro sabía perfectamente quién era: Mulciber. Eso no le gustó nada, ya que lo conocía bastante bien. Sabía que era uno de los mortífagos más sanguinarios junto a Rosier, Dolohov y los Lestrange. La mayoría con los que había luchado iban con una máscara puesta, pero ellos no. Se enorgullecían de servir a Quien-no-debe-ser-nombrado y eran quienes planeaban los grandes golpes, por lo que había descubierto la Orden; el que estuviera en ese lugar no era buena señal. Y por primera vez desde que había abierto los ojos, Caradoc sintió miedo.

Mulciber miró en su dirección. La locura irradiaba en su cara, poniéndole los pelos de punta.

—Parece que el chico durmiente por fin se despertó —dijo con una sonrisa—. Jugson, llévalo allí.

William se puso delante de Caradoc para impedirlo, pero el mortífago llamado Jugson lo apartó de un empujón y cayó al suelo. Quiso ayudar al hombre, pero el mortífago lo agarró del brazo y, todavía algo aturdido, apenas pudo resistirse a que se lo llevaran. Solo pudo dejarse arrastrar.

Mientras cruzaba un pasillo iluminado por antorchas, se preguntó si su captura había sido premeditada o si solo había estado a la hora y sitio incorrecto. Lo último que recordaba era que hacía guardia para la Orden en los lugares de siempre, por el Callejón Knockturn y sus alrededores. Quizá, en algún descuido, lo aturdieron y se lo llevaron. Se preguntó cuánto tiempo había tardado Fletcher en darse cuenta de que había desaparecido.

Lo empujaron, sacándole de sus pensamientos, entrando en una sala. Allí, le obligaron a sentarse en una silla mientras que le echaban un incarcerous para atar fuertemente sus manos, girándola hasta quedar cara a cara con Mulciber. Jugson se había quedado en la puerta, vigilando.

—Caradoc Dearborn —anunció Mulciber—. Empleado del Departamento de Transportes Mágicos del Ministerio de Magia desde hace dos años. ¿Me equivoco?

Al sentirse identificado, Caradoc no pudo hacer otra cosa más que asentir.

—Bien, Dearborn. Me han dicho que, además de tu empleo en el Ministerio, te dedicas a otras cosas —espetó poniéndose más serio—. Cosas que no nos gustan demasiado a los seguidores del Señor Tenebroso. Un pajarito me ha dicho que perteneces a la llamada Orden del Fénix y dicha Orden nos ha estado tocando las narices desde hace un tiempo. —En estos momentos deseaba que hubiera sido una simple casualidad, pero estaba preparado. Sabía lo que tenía que hacer—. La cuestión es la siguiente. O nos dices por las buenas dónde está la sede o te lo sacamos por las malas.

Ante eso, Caradoc reprimió una sonrisa interna. Parecía que, a fin de cuentas, no hacía falta ocultar nada.

—Aunque quisiera decírtelo, va a ser difícil. Solo puede desvelar su ubicación el guardián secreto.

—Con que habéis utilizado el encantamiento fidelius... —comentó Mulciber—. Una lástima. Entonces nos puedes decir quién nos puede proporcionar la dirección, ¿qué te parece?

Caradoc se tensó. Jamás traicionaría al profesor Dumbledore ni a ningún miembro de la Orden. Ni a Emmeline. Ella se había convertido en una de sus mejores amigas. Nunca les diría una sola palabra. Antes muerto.

—Prefiero morir antes de decirte una sola palabra —respondió secamente.

—Muy bien. Tendrá que ser por las malas, entonces —dijo Mulciber antes de dirigir su varita a su mejilla y trazar una línea en ella. Siseó de dolor al notar la varita al rojo vivo en su piel, cortándola—. Dicen que los humanos tienen cerca de cinco litros de sangre en el cuerpo. Me gusta jugar y ver cuánto tiempo aguantan hasta morir. ¿Qué dices? ¿Una hora? ¿Dos? Mi mejor apuesta fue cuatro. —Hizo lo mismo en su antebrazo y pierna derecha, donde notó correr la sangre a lo largo de sus extremidades. Se mordió la lengua. No le daría el gusto de chillar—. ¿Vas empezando a recordar o seguimos sin decir nada?

—No pienso hablar —le contestó Caradoc, intentando no mostrar el dolor que estaba sintiendo.

—Quizá algo más estimulante te ayude. ¡Crucio!

Gritó, retorciéndose de dolor. Sintió miles de agujas recorriendo hasta la más mínima parte de su cuerpo. No supo cuánto tiempo duró. ¿Un minuto? ¿Cinco minutos? Daba igual el tiempo que fuera. Le pareció una eternidad hasta que, por fin, el dolor agudo desapareció, aunque la sensación seguía estando en su cuerpo.

—¡Habla! —le exigió Mulciber, siguiendo apuntándole con la varita.

Él solo le dirigió una mirada de odio como respuesta.

—¿Te atreves a desafiarme, asqueroso mestizo? ¡Diffindo! —Apuntó hacia su pierna izquierda y el hechizo le dio en la pantorrilla. Ahí ya no puedo evitar dar un alarido de dolor. Supo que le había dado en una zona sensible cuando vio salir más sangre de lo normal. Cerró los ojos y pensó en su familia. Estaba convencido de que no iba a salir de esta, pero ya sabía en dónde se estaba metiendo cuando le propusieron entrar en la Orden del Fénix. La causa lo valía. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en morir…

—Oye, despierta —le llamó el mortífago—. Tengo que seguir interrogándote.

Abrió los ojos. Volvía a tener la vista un poco borrosa. Esta vez, causada por la pérdida de sangre.

—Te lo pregunto por última vez, idiota —le dijo la figura borrosa—. ¡Dime quién es el maldito guardián secreto!

—Tu madre —susurró, intentando enfocar la mirada. Tosió, y distinguió algo que parecía ser sangre.

—Tú lo has querido —comentó Mulciber—. ¡Diffindo!

Notó el corte cerca del cuello. Y entonces fue cuando, por mucho esfuerzo que pusiera, se le cerró los ojos incontroláblemente.

—Menudo blandengue… —escuchó.

«Al menos, ellos están a salvo», fue lo último que pensó antes de perder la conciencia y dejarse llevar por el sueño.