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XVII
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Después del postre, Aioria notó que Camus estaba demasiado cansado. Ni él, ni Milo, estaban actuando como acostumbraban. Sus pensamientos seguían viajando hacia Escorpio y deseó que, tal como el destino lo había arrastrado hasta la onceava casa, algo más lo llevara escaleras abajo. Se sentía atrapado. Miró el sobre que Camus no había abierto y, comiéndose su curiosidad y su orgullo, salió hasta los pilares exteriores.
Vio entonces a Shaka bajar como si del verdadero Santo se tratara, tranquilo, abstraido del mundo. Aioria pensó que lo pasaría de largo ya que él no era el guardián de Acuario pero se detuvo casi en frente y volteó para verlo, (como si tuviera los ojos abiertos). El león permaneció hipnotizado unos segundos, como si le hubiera robado la capacidad del habla. Lo miró por otros momentos más y la idea de que Virgo lo había arrastrado hasta ese sitio, sin tomar en cuenta sus sentimientos, reavivó su indignación. No reconoció desde donde venía todo ese coraje, así que se limitó a hacer una ligera emanación de cosmos y la proyección desapareció.
—Si vas a culpar a alguien de que estés aquí, cúlpame a mí —la voz de Camus lo sorprendió pero Aioria no volteó.
—Yo escogí venir.
—Que te hagas responsable no implica que hayas aceptado cuidarme.
—¿Y cómo sabes que no he aceptado mi misión?
—Porque lo que te trajo, es el mismo motivo que te impulsa lejos de aquí. Eres similar a mí.
—No me compares contigo, cubo de hielo.
—¿Entonces vas a negar que, si no fuera por Milo, no estarías en mi templo?
—No, no lo voy a negar, pero no es sólo por él —la franqueza de Aioria descolocó a Camus—. Shaka tiene razón en algo: Eres la familia de Milo, y yo no pienso romper ese lazo. No a costa de tu vida. No permitiré que algo parecido pase otra vez.
—Y menos a Milo.
—Lo haría por cualquiera, que sea por Milo sólo hace que esté fuera de discusión.
—Entonces, estás aquí por honor.
—Y tú estás aquí por amor. Somos totalmente diferentes.
Camus se sintió desnudo, desnudo y tranquilo ante la imponente espalda del león. En algo se le hizo parecido a su amigo: en su confianza, en su nobleza. Tanto se concentró en él que al ver sus verdes pupilas estuvo a punto de sonreír. Ahora comprendía por qué Milo lo mantenía cerca y por primera vez pensar en ellos dos juntos no le molestó. Si algo le llegaba a pasar, Milo estaría en buenas manos. Después de todo desde hace años vivía tiempo prestado.
La sensación del agua fría sobre su cuerpo le parecía una alucinación, pero una cubetada de ese líquido gélido sobre su cabeza le informó que no. Aioria lo estaba remojando en la tina cubierta por hierbas y, cuando sus ojos se encontraron, reconoció un gesto de alivio y como su piel bronceada recobraba su tono usual.
—Vaya que te gusta torturar al prójimo. Aparentar que no pasa nada no arregla las cosas, ¿sabes? Le harías un favor al mundo si al menos dieras una señal.
"Como si pudieras hacer algo más que observar", le respondió Camus en su mente.
—Yo no soy Milo —continuó Aioria—. Él tiene maestría en adivinarte, yo no. Si lo que quieres es no dar problemas entonces quédate en tu habitación —otro chorro de agua más violento cayó sobre Camus, quien no contuvo su mirada de desprecio—. Eso, eso mismo. Una señal, ¿no es tan difícil o sí? El mundo no se va acabar si haces un gesto o dices algo fuera de lugar.
"Te sorprenderías cuanto ha protegido a Milo este rostro sin expresión".
Los labios de Aioria sobre su frente le hicieron abrir los ojos y cuando el león se separó, Camus estudió sus movimientos con detenimiento.
—Ya estás más fresco. Me diste un susto de muerte. Que bueno que Fleur no te vio. Te dejó una toga limpia sobre el mueble.
Camus se sintió para comprobar que tan desnudo estaba y por primera vez en su vida Aioria comprobó que esa pálida piel podía cobrar color.
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