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XX
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En la décima casa, Shura se debatía entre qué debería hacer. El reporte de los caballeros involucrados, más los detalles adicionales de la Sala Principal del Patriarca, lo habían dejado en una encrucijada. Si era necesario debería cancelar la partida preventiva de Camus y en su lugar prepararse para una contingencia; pero todo dependía de su evolución.
Hasta ahora entendía las palabras de Arles cuando le dijo que: ninguno de los suyos se perdería. Si el Caballero de Acuario, el cual había estado bajo sospecha desde la última traición en el Santuario, sobrevivía a lo que fuera que su Santidad había preparado especialmente para él, entonces sería de total confianza de nuevo. Y de ser así debía asegurarse de que sobreviviera a toda costa.
También debía de contemplar una posible intervención del Caballero de Virgo, después de todo se había tomado la molestia de subir para ver al Pontífice sin una orden o sugerencia expresa. Era obvio que quería averiguar en persona más sobre los detalles del proceso, y Shura desconocía sus motivos y, sobre todo, su secuencia de pensamiento si cabía la posibilidad de que éste asunto sí fuera personal para él.
Confiar ciegamente en las personas no era algo que se le diera bien a Capricornio. Podía hacerlo, sí, una vez que sabía en qué, para qué, y cómo funcionaba cada quien. Reducir el margen de sorpresas era lo más óptimo y funcional bajo cualquier circunstancia.
Terminó una hoja de Cancelación Urgente, por si acaso, y enseguida su reloj interno le indicó que era hora de dejar su escritorio. Lo primero sería ir a verificar la situación en la casa de Acuario, ya tendría tiempo para hacer una visita al octavo y sexto templo.
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—Mil vidas junto a ti —susurró Camus viendo a Aioria, quien lucía un semblante amable y sereno, resaltado por esa mirada cálida y cristalina. Entonces Fleur llamó a la puerta para anunciar al Caballero de Capricornio. El Santo solicitaba una audiencia—. Hazlo pasar, por favor —le indicó a su doncella y volvió a su escritorio para terminar con el papeleo pendiente.
—Buenos días, espero no interrumpir —saludó al ver que Aioria seguía haciendo guardia.
Los dos caballeros se pusieron firmes y dieron un saludo militar al recién llegado. Shura les indicó que podían descansar y Acuario tomó asiento, mientras que Leo de inmediato los dejó solos.
—¿Cuál es tu estado?
—Sólo me falta acabar de firmar, entregaré el papeleo y calculo estar en camino para después de la hora del té.
—Me alegro. ¿Y tu salud?
—Mejor que nunca.
—Perfecto. Ya no te interrumpo, sigue con tus deberes —indicó para que Camus no se levantara.
—Déjame acompañarte hasta la salida.
—No es necesario, es una visita fuera del protocolo.
—Es lo menos que puedo hacer.
Al contemplar la espalda de Shura, el sofoco se empezó a apoderar de Camus, pero resistió. Lo siguiente que vio fue a Aioria correr a su encuentro, a Fleur saliendo del templo a toda velocidad y a Shura acercándose para luego escucharlo en su cabeza. Casi no podía respirar y su conciencia amenazaba con dejarlo pero se concentró en la calidez del cosmos familiar que lo envolvía.
› "Parpadea una vez si me escuchas", Camus actuó según los deseos de Capricornio. "Necesito que concentres todo tu cosmos en tu corazón".
Acuario procedió, temiendo congelarlo, pero el otro cosmos impedía a sus venas quedar rígidas y se propuso no dejar que nada, aparte de eso, interviniera en su interior.
—Tengo que retirarme, te lo encargo —ordenó Shura.
—Sí.
Camus reconoció la voz de Aioria y se extrañó al no sentirse humillado, al contrario, pero aún así no se animaba a abrir los ojos. Tenía que recuperarse, debía salir en unas horas, quería continuar en esos brazos, debía acabar con sus pendientes y deseaba seguir arropado por esa calidez que prevenía que él mismo terminara por congelar su sistema circulatorio.
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