Qué no haría yo por ti,
por tenerte un segundo alejados del mundo,
y cerquita de mí.
Hay Amores - Shakira
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XXIV
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Aioria trataba de no pensar en la advertencia de Shaka, ya que no le servía de nada. Lo único que su cuerpo había considerado hacer fue lanzarse para evitar que Camus se pegara en la cabeza contra la esquina de un mueble y, en cuanto sus manos lo sostuvieron, el cuerpo de Acuario empezó a succionar su energía. No le había quedado de otra más que encender su cosmos para no desmayarse él también.
Por alguna razón lo único que tenía sentido era que el guardián en sus brazos sobreviviera a lo que fuera que le estaba pasando. No cabían ya razones ni consecuencias. Lidiaría con lo que llegara pero, al parecer, tenía el respaldo de Shura en ese asunto y eso lo tranquilizó un poco.
Cerró los párpados y en seguida conectó con ese sutil dolor que padecía el cuerpo de Camus desde hacía días. Podía ayudarlo a soportar. Después de varios minutos, reconoció a Fleur a lo lejos pero ni así se movió. Empezaba a recordar esa sensación, todo su cuerpo lo hacía. La imagen de Shaka en su habitación pronunciando unas palabras que no entendía lo llenaron de rabia, la misma que surgía ahora cada que lo veía.
¿Por qué él, de entre todos, lo había traicionado? ¿Tan poca confianza inspiraba, tan débil le parecía?
Dos lágrimas cayeron y se evaporaron en sus mejillas hasta que se perdió su rastro. El dolor en su corazón era tan intenso que Aioria se agarró a lo único que tenía a su alcance. Ya no quería seguir perdiendo a nadie. Ya no permitiría que nadie lo hiciera menos. Él no era Aioros, nunca podría ser tan grande ni traicionar a nadie. Así como todos se habían apresurado a enjuiciarlo, lo más seguro es que una injusticia mayor hubiera caído sobre el nombre de su hermano. Ya estaba más que cansado y harto de tener que demostrarle al mundo que era cuanto menos alguien digno.
La sensación de desvalía y soledad que lo calcinaba por dentro era tan abrumadora, que hubiera caído con facilidad en la rabia y el autodesprecio de no ser por la briza fresca que lo empezó a llamar y a tranquilizar. El león pensó enseguida en huir para no caer de nuevo en esa cruel fantasía, pero una fría mano acariciando su mejilla hizo que regresara a la realidad.
Sus ojos se vieron atrapados por esos témpanos azules, que antes le habían parecido vacíos de toda vida y expresividad, dejándolo congelado en el tiempo mientras su corazón empezaba a latir con acompasada fuerza y renovada energía.
Entonces comprendió lo que Camus siempre estaba viendo: el efímero y elusivo presente. Y comenzó a sentir que sólo ese instante era el que importaba, sólo era esa pequeña misión la que tenía que cumplir.
En lugar de irse, Aioria tomó la mano que había aterrizado en su rostro y se aseguró de que no se apartara antes o después de que cerrara los ojos. Camus seguía luchando y él no debía distraerse con la influencia de los recuerdos. Se enfocó en esa fría mano y, por un largo tiempo, ambos caballeros conservaron la misma posición. Formaban una extraña escultura humana que hizo a Fleur sonrojar, sin que esto la hiciera apartar la vista o le arrebatara la preocupación.
Hester no entendía la escena que encontró. Se acercó cautelosa a la doncella que también parecía una silenciosa estatua y la sacó de su trance pero, por su cara, entendió que Fleur tampoco comprendía lo que estaba pasando.
La doncella de Acuario no quería moverse del lugar y temía que cualquier palabra rompiera la extraña atmósfera que se había formado. Recordó entonces una de las órdenes de Camus para emergencias y la doncella del templo tomó a la recién llegada para llevarla a otro sitio. No debía reportar nada porque el Caballero de Capricornio ya estaba al tanto de la situación y lo único que quedaba por hacer era ponerse en cubierto y estar al pendiente por si sus servicios volvían a ser requeridos.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hester bastante pálida.
—No lo sé, lleva así estos días —susurró Fleur refiriéndose a su Señor.
—Creí que el Señor Milo era el único —habló igual en voz baja.
—¿También el Señor Milo?
—Sí, pero no llegó a estar... a... sí.
La sombra asustó a ambas doncellas y quedaron petrificadas al ver la imponente figura dorada.
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