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XXVI
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Milo dejó todo de lado para intentar comprender lo que estaba pasando. A pesar de que tenía órdenes de salir en unas horas, repasó las hojas de su diario una y otra vez pero se maldijo por no ser más específico y divagar tanto. Al parecer hizo algo de lo que estaba arrepentido, Camus le había dado unas decepcionantes galletas y un regalo adelantado de cumpleaños que usó gustoso; y Aioria le había prometido un postre para esa tarde. Había balbuceado sobre los demás en ese Santuario en páginas anteriores y, aunque sabía que eso sí había pasado, al parecer no consideró importante poner porqué no se acordaba sobre nada del fin de semana.
Se fue a mal llenar los documentos para dejar a alguien que atendiera todo lo importante mientras estuviera afuera, y deseando que Hester le tuviera buenas noticias al regresar. Sólo que él no sabía que Calandra la había mandado a descansar porque no estaba en condiciones adecuadas.
Todo le decía que debía ir a Acuario de inmediato y no podía porque aún debía comer y hacer la maleta.
Se puso a buscar pero justo ese día no encontraba nada para clima extremo y la desesperación lo invadió como nunca antes, provocando que ese condenado sabor amargo en su boca no se esfumara. Tal vez si se saltaba la comida podría ir a Acuario y verificar por él mismo si Camus estaba bien. Pero, una: debía pasar por el décimo templo para llegar; y dos: si se tardaba, y no comía, el camino de ida sería un martirio.
Necesitaba algo que le dijera que todo estaba bien; así que se regresó a buscar de nuevo alguna pista en su diario y deseó, por un segundo, llevar un registro de todas sus cosas como lo hacía su amigo. Fue en ese momento que Milo se acordó de la bolsita desconocida entre sus tesoros.
Le molestó encontrar algunas cosas fuera de lugar en su repisa pero lo pasó por alto en cuanto sus ojos dieron con el pequeño paquete que seguía donde lo recordaba. Eso ya era un alivio. Lo tomó, lo abrió con cuidado y entendió sus palabras del diario.
Fue a la estancia principal y con cada pieza que colocaba recordó muchos de los desaires y rechazos de Camus de cuando eran niños. Eran mejores amigos ahora pero, en realidad, no sabía si estaba a su lado por cariño o por costumbre. Por alguna razón, Milo tenía esa desagradable sensación de que él era el único que solía buscar constante una manera de estar junto al guardián de Acuario, cuando llegaba de Siberia.
"¿Qué sientes por mí Camus?", se leía en una de las entradas más recientes del diario, y le dolió darse cuenta que ni entonces ni ahora tenía una respuesta. Con memoria o sin ella parecía dar lo mismo. Regresó el paquete a su lugar con la inquietud de buscar las otras piezas que le faltaban, de preferencia, antes de abandonar el Santuario.
Pasó la mirada por todo lo que estaba desacomodado y dio con la vieja resortera de Aioria. Otro indeciso que prefería ocultar sus sentimientos, o disfrazarlos.
"Si alguien puede no darle importancia a su corazón, ¿puede decir que su cariño es libre y sincero? Un amor que no es libre no puede ser amor", se dijo.
Bastante más abatido, Milo se fue a su recámara y tomó aquel cofre que contenía todo lo que solía animarlo cuando sus fuerzas lo abandonaban: el diente que perdió cuando ganó la pelea que le dio su manto, una roca volcánica que provenía de la isla que lo vio nacer, la botella donde imaginó guardar el último beso de su madre cuando soñó con ella y la arena de la playa favorita de su infancia. Se sentó en la orilla de su cama y apretó la fina madera intentando absorber su energía interna.
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