Ay mi bien, como el río Magdalena,
que se funde en la arena del mar,
quiero fundirme yo en ti
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Hay Amores - Shakira


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XXVII

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Con el pasar de los minutos se empezaron a sentir mejor. Entonces, ¿por qué seguían en esa posición? Ninguno tenía la respuesta pero tampoco hacían nada por encontrarla o renunciar a ella.

Camus esperaba sentir de nuevo el mareo o el dolor para poder justificar su pasividad. Nada apareció. Aioria se rehusaba a abrir los ojos, renuente a desmentir la sensación que lo envolvía. Sabía que ambos estaban en perfecto estado y no deseaba encontrar frente a él una mirada distante e impávida. Tenía miedo, reconoció, y después de respirar separó sus párpados.

Leo comprobó que los ojos del cubo no habían dejado de ser un par de témpanos insensibles, pero había algo más: un brillo. Como si el sol lo estuviera traspasando desde su interior y, perezoso, estuviera asomándose por el horizonte de esos iris azul medianoche.

Siendo un poco más consciente de su cuerpo, Aioria apretó la mano de Camus y la acercó a su boca sin apartar la mirada. Quería romper la distancia. Esa fría y pálida mano, dejándose guiar, acarició la piel canela de quien lo aprisionaba con soltura, estudiando los tibios labios que en silencio le gritaban una petición indescifrable.

Sus cosmos se fueron apagando y, luego de despertar sus cuerpos aletargados, se pusieron de pie sin querer interrumpir la parsimonia del momento.

El león sentía como si acabara de salir de una cama de nieve y el copero tenía la sensación de estar bañado por los primeros rayos del amanecer.

Por sinergia se volvieron a unir en una onda eléctrica que acompañó sus manos, que se movían atraídas por una fuerza inmaterial. Los primeros roces fueron todo lo contrario a un escalofrío. Los bellos de su piel se acariciaban provocando un ligero cosquilleo y Aioria se atrevió a ver los labios de Camus pero este se refugió en su cuello intentando recuperar su auto control. El quinto guardián se sumergió a su vez en ese fresco y largo cabello, mientras ambos se perdían en el aroma del otro, en lugar de recobrar la compostura.

El sonido de unas pisadas ligeras alejándose con velocidad le recordó a Acuario en donde se encontraba y que estaba a nada de cruzar una frontera prohibida, empujado ligeramente por unos brazos fuertes que lo cubrían con una delicadeza inaudita. Por unos segundos más, dejaron que sus corazones siguieran platicando un lenguaje que sólo ellos conocían y se separaron lo suficiente para dejar sus rostros recargados en el del otro.

—Me… alegra que ya estés mejor —susurró Aioria apretando la fría piel bajo sus manos.

—No, no estoy mejor —respondió Camus alejándose y empezando a temblar.

El león reconoció las pequeñas gotas que perlaban su piel de mármol y los labios rojos e hinchados. Estaba a punto de tener otro ataque de fiebre. De inmediato Aioria se arrepintió de haber cortado el flujo de su cosmos y lo tomó en dirección al baño. Camus entró y le cortó el paso pero, como si ahora fuera capaz de leer cada pequeño gesto, Leo entendió que debía ir por la mezcla de plantas que necesitaban. Besó su mano antes de irse y dejó que Camus tuviera la privacidad necesaria en lo que se sumergía en la bañera.

Un nuevo dolor en el pecho de Acuario, parecido a un millón de pequeñas agujas atacando su corazón, se hizo sentir con una fuerza desgarradora. Como si su pecho y su espina dorsal fueran a ser arrancados en cualquier momento. Empezó a llamar a Aioria con el pensamiento y, en menos de un segundo, éste llegó y lo metió en la tina que apenas estaba llenándose.

Desesperado al ver que la piel se hacía cada vez más transparente, el león encendió su cosmos y lo atrajo hacia él con todas las fuerzas de su ser. En su mente apareció la constelación de Acuario y en seguida se enfocó en las diez estrellas más brillantes que la conformaban para que no perdieran su brillo. Para que no se apartaran de él.

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