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XXIX

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Una lluvia ligera comenzó a cubrir al Santuario y Milo ya tenía menos de una hora para estar listo. Tendría que irse antes o encontraría los caminos obstruidos. Calandra le había preparado un sustancioso almuerzo y Hester se había mantenido callada respecto a todo lo que tuviera que ver con otros templos.

Cuando Milo intentó sobornar a la joven con darle su primer beso, lo único que ella respondió (después de saltar y taparse la boca) fue que el Santo de Capricornio se lo había tajantemente prohibido.

Estaba en medio de su almuerzo cuando llegó la anciana doncella del quinto templo, medio empapada con tal de proteger un refractario. Delphine sonrió ampliamente entregándole el regalo a nombre de su Señor, el Santo de Leo. Milo la miró extrañado y le agradeció la atención, ofreciendo su casa como refugio en lo que pasaba el mal tiempo.

—Esto no es nada. Andaba bajo climas peores cuando tenía que cuidar a los dos hermanos y vaya que no están cerca.

—¿Por qué Aioria me manda esto? —se atrevió a preguntar Escorpio a riesgo de parecer tonto.

—No lo sé. Llegó hace unos días diciendo que el postre de hoy sería para usted. Imagino que habrá perdido otra de sus apuestas y no lo quise comprobar porque ya sabe cómo se pone si le recuerdan algo desagradable.

—Pero es demasiado temprano para la hora del postre… ¿cómo?

—Hester —le sonrió a la doncella—, me la encontré hace rato y corrí para alcanzar a dárselo. Sin el Señor cerca, no fue complicado tenerlo listo.

—¿Dónde se metió esta vez Aioria?

—Está en el templo de Acuario —Hester tosió nerviosa, y Milo se extrañó más de que no hubiera explotado nada en la onceava casa todavía.

"¿Camus y Aioria?", la sola idea le causó gracia. El escorpión abrió el refractario para ver su contenido y lo guardó en su mochila de viaje para comerlo en el camino. Seguro los niños adorarían un dulce así pero no llegaría intacto ni de broma. Además de que no le gustaba compartir su postre favorito.

Milo aún podía recordar al pobre de Aioria, luchando por proteger su ración de sus hábiles dedos y su hambrienta boca. Aunque siempre sospechó que se hacía el tonto con tal de tenerlo cerca. Su rubor lo delataba. El juego terminó cuando el gato se empezó a juntar más con Shaka, lo cual era una lástima ya que Delphine era de las mejores reposteras de Grecia. Con casi todo empacado, el escorpión sintió que la suerte le empezaba a sonreír y que la lluvia había llegado para apartar sus preocupaciones.

La pequeña Hester se sentía culpable y pidió retirarse por lo que restaba del día. Calandra no puso objeción.

Antes de que Milo se fuera, la mayor de sus doncellas le preguntó si no llevaría consigo también el paquete que le había dado el Señor Camus. Y cuando su señor le preguntó cuál, la robusta señora le entregó el fardo con sosegada alegría.

En cuanto lo vio, Milo dejó caer todas sus cosas y regresó a su cuarto. Abrió el cofre y encontró una carta que creyó ver en un sueño.

—Siempre tuyo: Camus de Acuario —leyó en voz baja.

Apretó el papel contra su pecho y quiso salir volando hacia Camus, su Camus. Eran todas las palabras que necesitaba. Guardó el equipaje extra, lo mejor que pudo, y se dispuso a salir con una sonrisa que contagió a las doncellas veteranas.

En medio de un arcoiris que se formó entre las ya escasas nubes, el Santo de Escorpio se apresuró para recuperar el tiempo que había perdido en administración para recoger sus viáticos. Corrió con la esperanza de que, a su regreso, encontraría a Cam esperándolo. Por fin podría decirle que él también siempre sería suyo. Siempre.

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