Había dibujado sobre la arena su dulce rostro que me sonreía.
Después, llovió sobre la playa y, en esa tormenta, desapareció.

Aline - Christophe


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XXX

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Cuando Camus abrió los ojos una sola lámpara iluminaba su habitación. Se talló los párpados y, al voltear, se encontró con una silueta familiar acostada a los pies de su cama con un brazo estirado hacia él. Era muy tarde y le fue más que obvio que no había logrado partir a su misión a tiempo. Tendría que redactar lo antes posible una carta de disculpa que entregaría el día siguiente a primera hora para recibir indicaciones y su muy posible sanción por faltar a una orden directa del Patriarca.

Salió de la cama y colocó una de sus cobijas sobre el Santo que yacía sentado en el piso. Pensó en despertarlo pero tenía que escribir y entre menos distracciones mejor para él. Ya tendría tiempo para averiguar el porqué de la presencia del Santo de Leo.

Al llegar a su estudio no tardó en sacar una hoja, tinta y papel para empezar su tarea pero unos pasos se acercaron pesados desde la distancia y esperó a que aparecieran.

—¿Qué haces? —preguntó Aioria recargándose en el marco de la puerta.

Camus quiso responderle tantas cosas pero todo le parecía inadecuado.

El león suspiró cansado pero no se apresuró, resignado a que no le contestaría.

—Sí estás ahí porque no saliste a tiempo como lo tenías programado: ahórratelo. Shura ya estuvo aquí y está al tanto de la situación. Mañana haré mi reporte. Tú no tienes de qué preocuparte.

"¿Qué ha pasado?", quiso preguntar. Pero estaba incómodo, nervioso, expectante de si Aioria se atrevería a pasar, deseoso de que así fuera y al mismo tiempo renuente a que tomara un lugar.

—Aún así, debo escribir una carta de disculpa —señaló Camus antes de distraer sus pensamientos con la única excusa que tenía disponible.

Aioria removió su de por sí desordenada cabellera y se sentó en el filo de la puerta. El sonido de la pluma viajó rasgando una página tras otra y Camus resistió el impulso de invitarlo para que no se quedara dormido en medio de la nada.

De repente lo veía abrir los ojos, otras podía sentir su mirada y no sabía que era peor: que lo estudiara o que su vista se alejara por la ventana. Repasó en su mente todos los lugares por los que sus verdes pupilas habían pasado y se dio cuenta de que habían evitado metódicamente un sólo punto: su librero.

Alzó la cabeza para ver de nuevo el dibujo que Milo… ¿le había regalado? Tenía tantas preguntas, pero la principal era ¿qué tanto no recordaba?

Como si el guardián de la puerta hubiera escuchado todos y cada uno de sus pensamientos, Aioria empezó a hablar, como solía hacer cuando ya no soportaba el silencio. Camus quiso ignorar cada una de sus palabras, porque de seguro sería otro discurso sin sentido. Pero lo que escuchó lo dejó helado. Conforme el relato avanzó, de una de sus tantas peleas con Shaka en el último año hasta ese momento en que estaba sentado en el frío piso de su templo, Camus sintió tantas ganas de llorar como si en el transcurso de esos días le hubieran robado algo muy valioso. No sabía porqué.

Aioria lagrimeó un poco sin que su voz se quebrara. Aclaró su garganta y guardó pequeños silencios cuando las pequeñas gotas aparecían, pero no limpió ni una sola parte de ese rocío que, al parecer, nacía para posarse sobre el corazón de Camus.

Al terminar, el león se puso de pie, clavó sus rayos esmeraldas en los témpanos de Camus y, después de un par de minutos, salió del templo de Acuario en silencio. Como si todas las palabras del mundo hubieran sido consumidas por el fuego.

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Entrar al recinto fue como haber llegado de una misión de meses, cubierto de heridas que tardarían en sanar y que probablemente tendrían secuelas. Le hubiera gustado salir a despedir a Milo, decirle que no se preocupara, que Camus estaría esperándolo para cuando él volviera. Pero no juntó las fuerzas para contar la gravedad de lo sucedido ni para decirle al cubo que esperara por el bicho y que arreglara las cosas como Escorpio lo merecía.

La cama de su hermano seguía bien cuidada gracias a Delphine y Aioria le agradeció de nuevo, en silencio, haberle preparado sus cosas en la habitación del noveno templo. Al parecer, ella también sintió que eso fue una misión como tal y, como cada que volvía de una, descansaría ahí la primera noche después de regresar (para recuperar energías). Y sería así de no ser porque en esa ocasión quería hacer todo menos estar solo, justo en aquel lugar.

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