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XXXI

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La noche era cálida y húmeda. La tierra mojada emanaba su peculiar aroma, dejando un ligero sopor impregnado en el aire; pero la felicidad que percibía en el ambiente incomodaba al Santo de Leo, que seguía detenido en un templo que no era el suyo. Aún le quedaba terminar de apagar las luces si quería regresar a tiempo a su casa.

Contemplando la vista del Santuario desde Sagitario, la mirada de Aioria no descansó en las escaleras descendentes, sino en el Santo que había bajado: Camus. El copero no había esperado encontrar a Leo todavía tan arriba, pero tampoco le extrañó verlo en el lugar que había pertenecido a su hermano. Al león no le habría sorprendido que aquel recién llegado lo esquivara y pasara de largo, pero algo le decía que era a él a quien buscaba. Su cuerpo se tensó de sólo considerar esa posibilidad e infló su pecho anticipando cualquier comentario en su contra, perturbado más aún por la mirada escrutadora e inexpresiva del acuariano.

—Milo no está en su templo —aclaró por si el destino de Camus aún estuviera un recinto más abajo, pero Acuario sólo desvió la vista por un segundo hacia Escorpio.

—Lo sé.

—Ah, sí… —él se lo había informado antes—. Pasaste por Capricornio, ¿ya entregaste tu carta?

—No.

—Si. No es horario todavía, y no deberías estar fuera de tu casa —se volteó para seguir apagando las lámparas.

—Tú tampoco —señaló Camus acercándose a él.

Cuando ya sólo quedaba una luz restante, Aioria se volteó para enfrentar al Santo de Acuario, iluminado por la fría luz de la madrugada. Su presencia le resultaba indescifrable, inmaterial, como si estuviera dibujado por los tenues azules. Algo que lo hacía sentir bastante inquieto. Camus, por su parte, empezó a observar alrededor y a acariciar uno de los pilares más cercanos para luego regresar su vista al león que ahora parecía agazapado.

La espera para Aioria fue larga y dolorosa, hasta volverse cuanto menos absurda pero, de igual manera, sentía que el momento podría desaparecer tan fácil como la inevitable llegada del alba. Se giró, mató la última luz que le quedaba y el frío matutino reclamó la totalidad del día.

Camus, se sentía como haber despertado de un largo sueño, tranquilo y en control. Ni parecía que sus pensamientos y sus dudas eran los que le habían llevado hasta ahí; y tampoco dejaron rastro cuando desaparecieron al encuentro con Aioria. Podría esperar a hablar con Fleur, buscar a Hester o a Calandra, compartir una taza de té con Shaka o un desayuno con Shura; pero ahí estaba: frente al león y la mente despejada.

—¿Quieres tomar el desayuno juntos? —la propuesta salió tan natural de los labios de Camus, que ambos la sintieron como si fuera lo más normal del mundo. Aioria no respondió de inmediato. Jamás había estado ante una solicitud amistosa del cubo, pero le sobresaltaba más su propia falta de ánimo para rechazarlo—. Aún no he retribuido tu ayuda —adelantó a decir Camus, tranquilo, para intentar dar una explicación a su inaudita petición.

—No tendrías por qué, sólo seguí órdenes.

—Pero, quiero hacerlo —insistió girando su cuerpo hacia arriba para que lo acompañara.

—Si quieres agradecerme, podrías arreglar las cosas con Milo cuando el bicho llegue —contestó animado, empezando a bajar hacia su propio templo—. Si no te molesta, aún tengo que llegar a mi casa. Podemos comer ahí, Delphine estará feliz de tener visitas.

En silencio, ambos Santos empezaron a descender por los templos que aún dormían, hasta llegar al quinto recinto. Aioria dejó pasar a su invitado percibiendo ese frescor que emanaba de Acuario por donde quiera que iba. Camus se sorprendió al darse cuenta que se sentía cómodo y protegido para ser la primera vez que llegaba hasta el área residencial de Leo. Un lugar que gritaba la esencia de su guardián: desconocida y habitual.

Camus no evitó darse el gusto de pasearse por los rincones, y confirmó que Aioria se la vivía en su área de entrenamiento tanto como él en su estudio. Al terminar, se volvió a reunir con el guardián del templo y encontró su desayuno servido al lado del Santo que redactaba su informe sobre la misma mesa.

—Se va a manchar la hoja —señaló al descuidado león.

—No, no lo hará. Confío en que tus modales en la mesa siguen siendo impecables. Y más ahora que estás recuperado. Siéntate, en un rato te acompaño.

—Te espero —le respondió y Aioria despegó la vista del pergamino.

Envuelto por la sonrisa del león, Camus tomó el asiento contiguo mientras su anfitrión seguía con su trabajo. Cuando apareció Delphine, la doncella no hizo un mayor énfasis en la inusual visita, pero se aseguró de hacerlo sentir como en casa.

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