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XXXII

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Conforme el frío aumentaba en el camino, así mismo lo hacía la sensación de desagrado. Milo no sólo acostumbraba y prefería el clima cálido, lo adoraba. En especial el ambiente húmedo y cargado por las sales marinas. Recordaba que había veces que se forzaba a sí mismo a no usar el cosmos para fortalecer su resistencia a ese clima, pero ahora no encontró razones suficientes para hacerlo. Conforme seguía su camino hacia el campamento de Siberia, la nieve se derretía antes de siquiera tocar sus ropas.

Los pequeños poblados del país congelado estaban llenos de vida, al parecer habían tenido una buena temporada y los hombres no tenían mucho tiempo de haber vuelto al lado de sus familias. Eran esas pequeñas escenas las que lo inspiraban a seguir entrenando y a darle un objetivo a su lucha. Sin pensarlo dos veces, Milo sacó sus instrumentos e intentó retratar a dos niños jugando en la nieve, como si esta fuera algo inofensivo.

Cuando el área de entrenamiento apareció ante sus ojos, el contraste con los rostros de los niños lo llenó de orgullo. La inocencia no había dejado por completo a los aprendices y su espíritu era mucho más fuerte. Satisfecho, fue a dejar su equipaje a una pequeña cabaña casi derruida y se dispuso a hacer su primer recorrido antes de poner a prueba el nivel de los maestros y los discípulos.

Las noches tranquilas del desierto helado eran maravillosas, desafiantes, intrigantes. Pidió a Athena poder presenciar un juego de luces digno de ser plasmado y ella se lo concedió a la segunda noche de su estadía. La falta de sueño para un caballero dorado no significaba mayor problema. Mientras tanto, Milo hacía las guardias correspondientes para que los demás descansaran, como Camus le había dicho que hacía si los resultados eran aceptables.

"Camus", pensó para sí y la adrenalina se acumuló de golpe en su sangre. La primera vez que logró conseguir un permiso para visitarlo, con la excusa de hacer un reporte para el Santuario, no se percató de todos los arreglos que su mejor amigo había hecho para asegurar su comodidad y lo lastimó con sus comentarios. Ahora le daba risa pero, en su momento, fue un pequeño problema que casi hace que Camus le dejara de hablar por un año entero, (sin dejar de ayudarlo o cuidar de él por supuesto).

Milo no sabía que haría sin su mejor amigo en su vida. Esas distancias lo hacían querer estar cerca de él con mayor ímpetu.

Todos esos sentimientos intentó reflejarlos en su último trabajo. Con ayuda de su cosmos las pinturas permanecían frescas y el clima ayudaba a fijar con rapidez las mezclas y los degradados de color. Lástima que no podía trabajar a la velocidad de la luz.

Al final de su estadía, fue agregando detalles a su obra en vez de ir armando su reporte. Pero lo valía. Ya se arreglaría después con Shura el asunto de la claridad de su caligrafía. Antes de eso tenía que reparar todavía la cabaña de Camus, para que soportara el siguiente invierno.

De regreso, la calidez de las tierras griegas reavivó su espíritu. Su piel agradeció dejar atrás la aridez helada de Siberia, pero era su corazón el que estaba más entusiasmado. Se sentía como si fuera a ver a Cam después de una muy larga temporada. Las palabras se arremolinaban y rompían en su boca, intentando encontrar la frase perfecta para cuando lo recibiera.

El Santuario rompió el horizonte como una visión majestuosa y la sensación de querer derramar unas lágrimas lo asaltó. De repente sus pies se clavaron a la tierra y la armadura empezó a empujarlo como si algo no estuviera en su lugar. Suspicaz, el guardián dio una vuelta por Rodorio buscando anomalías, pero sólo era el camino hacia las Doce Casas el que había encendido sus alarmas. Presuroso, Milo decidió ir al encuentro de lo que fuera que lo esperara.

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